lunes, 13 de julio de 2009

Fuera del sistema


Fuera del sistema

Estoy llegando tarde al congreso, un poco por el congestionamiento de tránsito del mediodía en el centro, y otro poco porque preferiría no tener tiempo de encontrarme con todos ellos antes de la conferencia. Entro apurada y mirando con cuidado los escalones, que en la penumbra de la sala se me hacen difíciles de distinguir, a pesar de la luz mínima que ilumina cada escalón. Busco un asiento que oculte mi presencia lo mejor posible, como un pecador en la iglesia: encuentro lugar en una de las últimas filas, un poco hacia el centro, para evitar ver a algún conocido que pase retrasado por el corredor. Me pregunto si mi aspecto habrá cambiado tanto para los que no me ven hace tres años: la maternidad se me nota en algunos ángulos, pero también me visto mejor que antes. Es el cambio de ambiente.Lentamente me voy habituando a la luz tenue. El disertante, un especialista en proteomics, de la Universidad de Berkeley, despliega en pantalla gigante su lista interminable de nuevos genes y las funciones de sus correspondientes proteínas de resistencia a patógenos vegetales. Como siempre, los norteamericanos impresionan con el volumen de su producción científica. Y siempre agradecen al final a una decena de estudiantes, -indudablemente chinos por sus nombres-, y me puedo imaginar entonces la mezcla de prolijidad oriental, con tecnología y recursos de última generación, que está detrás de sus avances. Ellos vienen a presentar el Estado del Arte. Aprovechan la oportunidad de conocer South America. Cualquier lugar del Cono Sur les viene bien, con tal de que esté por debajo de la línea del Ecuador. Y aquí nos encanta creer que no hay diferencias entre el Primer Mundo científico, y el nuestro.
La conferencia termina y yo me siento apabullada por la cantidad de información que intenté procesar durante una hora. La última vez que leí sobre ese tema, la lista contenía algo más de diez genes genes. Esta es la era de la secuenciación automática, de los chips de DNA, de la bioinformática, la era de la que yo me quedé afuera. Viene el descanso y otra conferencia más. Sé que si salgo a tomar un café me voy a encontrar con ellos, con alguno o con todos. Desde la pelea con Ricardo, no volví al laboratorio. Pienso, ¿qué hago? mejor que temer es actuar. Me decido por el café.
No bien llego al hall de entrada, me encuentro con algunos de mis ex-compañeros. No puedo dejar de saludar, responder a las preguntas de asombro escéptico. Para cambiar de tema, pregunto por mi amiga:
-¿Y Fabiana no vino?
-Nooo, Fabiana está fuera del sistema-, me responde Julia, con un tono impaciente. Julia habla con aparente ingenuidad, pero siempre sabe lo que dice. El reverso del mensaje está dirigido a mí.
-Disculpame, entonces ¡yo me tengo que ir a la plaza a leer ¨Para tí¨!
-Ay, no te enojes, es una forma de decir... ¡Vos siempre malinterpretando todo!, ¡Eduardo!, mirá lo que dice Victoria...
Observo a Julia rápidamente: ya no tiene ese aire perenne de mochilera recién llegada del Sur. Quizás es la piel algo pálida, el pelo largo y tieso, o el pantalón de corte sastre. No sólo yo estoy más grande. Me alejo antes de decir algo más; mejor no escucharla. Pero sus palabras repican en mi cabeza. Pienso: entonces, Fabiana, la posdoc a cargo del secuenciador automático del Instituto, está ¨fuera del sistema¨, porque tiene un cargo técnico. A pesar de que Julia también tiene un posdoc, y es una jóven investigadora, no está dispuesta a aceptar que la misma información pueda ser absorbida en diferentes niveles, según el contexto académico y profesional al que pertenece el oyente. O justamente por esa razón. Hay lugares que son para unos pocos.Pienso en Fabiana que es tan práctica, que considera a Julia su amiga, y que convive con situaciones como esta, todos los días. Imagino que Fabiana no pudo venir porque no tendría quien pudiera ir a buscar a sus hijos a la salida del colegio. En mi retirada quedo frente al campo visual de Eduardo. Lo observo: se acerca a saludar sin demasiadas ganas. Lo encuentro más gordo y canoso. Puedo notar que está tenso, él, que solía ser tan tranquilo. Trato de imaginar la razón. ¿Será el peligro de ceder posiciones en la lucha constante? Todos están muy cambiados desde que tienen más poder. Se nota que él sí está dentro del sistema. Mucho tiempo atrás fue un becario jóven y solidario. También fuimos grandes amigos. No veo nada de eso cuando lo miro. Disimulo y devuelvo el saludo con una sonrisa mínima

Por suerte llega Marina, y me saluda con alegría sincera. Ahora ella es la jefa del laboratorio, el cargo que antes tenía Ricardo, quien ahora es Director del Instituto. Todos dicen que está cada vez más loca, será por eso que nos tenemos cariño. Ella está igual, con sus canas sin teñir y sus anteojos redondos. Creo que ella también mira con ojos del pasado cuando me ve.Conversamos mínimamente. Los hijos, las últimas vacaciones en la playa, su nuevo proyecto de investigación.
No hay lugar para preguntarle si hay posibilidades para mí, un lugar, un trabajo. No quiero escuchar un ¨no¨ amigable y compungido. ¿Realmente quiero eso? Sigo mi camino.Finalmente llego hasta la mesa donde está el café. Adelante mío diviso una cabeza inconfundible: castaño, rulos despeinados, y no se ha quedado pelado.
-¿Lucho?Se da vuelta, con una medialuna en una mano y un cortado en la otra, y una sonrisa enorme:
-¡Vica! ¿qué hacés por acá?! ¿no estabas repartiendo pastillas en los hospitales?
-Si, ¡Viagra!, ¿necesitás, por casualidad? Menos mal que estás lindo como siempre.
-¿Vos estás más pulposa o me parece a mí?
Me hace reír con el juego de siempre. Noto que se me esfumó la tensión en el entrecejo, el que tengo siempre arrugado. Luis sigue habitando su nube personal: el mundo real todavía es un asunto distante para él; tiene suerte.En eso aparece Jerónimo, con su aspecto de niño cool: zapatillas de tela, jeans de tiro bajo, flequillo lacio: parece casi un popstar adolescente. Puedo soportar cualquier cosa menos a él. Lo veo y comprendo que el recuerdo de la derrota todavía me hiere. Cuando Ricardo decidió darle el cargo a él, y no a mí, nuestros méritos no eran tan diferentes. Todos decían que Ricardo quería tener más hombres en su grupo. Que se sentiría más a gusto así. Pero sí, Jerónimo era más jóven, y brillante, también. Si, era el mejor y yo me quedé afuera.Detrás de Jerónimo, anónimo como siempre detecto a Ricardo, con su calva brillante y el eterno saco de lana gris. Se le nota en la mirada la ansiedad contenida, la necesidad de tenerlo siempre cerca a Jerónimo, al alcance de la mano, aunque sin dar jamás el paso siguiente. Por lo visto eso sigue igual. Prefiero irme antes de tener que saludarlo, antes que me pregunte qué estoy haciendo ahora. Él lo sabe.Nuestro último encuentro fue en Aeroparque, el año pasado. Esa vez nos saludamos apenas con un gesto, nos miramos fijo y en silencio, y cada uno siguió su camino. Yo iba de viaje a Mendoza por trabajo: actualmente estoy en un laboratorio multinacional, y eso siempre llena de repulsión a cualquier científico, incluida yo misma. Tengo un sueldo mucho mejor ahora, mejor que el de Ricardo, probablemente, pero me dedico a mirar papeles y revisar firmas, entre otras cosas. Le llaman control de calidad de datos, de los ensayos clínicos en pacientes que son tratados con nuevos medicamentos. Trabajo administrativo, en su mayoría. Un eufemismo maravilloso, ideado por los de Recursos Humanos, sin lugar a dudas, para no herir orgullos profesionales.Dudo si quedarme o no a la siguiente conferencia. Tengo que aceptar que ya no formo parte de la galaxia científica. Aunque me pese, la ciencia es una especie de religión para mí: puedo no participar en el ritual diario, pero no deja de ser parte de mi espíritu. Que yo pretenda considerarme una científica no practicante, al círculo de Iluminados del Instituto de Biociencias le suena ridículo, casi irritante.Camino rápidamente hacia la puerta. Veo a Eduardo hablando por celular con aspecto de persona importante. Nos saludamos con la mano, de lejos. Sigo caminando sin mirar a los costados. No espero el ascensor, voy por la escalera, bajo y salgo al sol. Estoy afuera.





















1 comentarios:

  1. Uno cree cuando empieza que la ciencia es para quienes se esfuerzan en llegar a la beca, el paper, el descubrimiento, y quiere llegar a ese grupo selecto, y crecer disfrutando este laburo único. Pero al (empezar a) llegar se ve que hay condicionamientos mucho más fuertes, que para dedicarse a esto se debe pertenecer, antes que a un grupo meritorio, a un grupo económicamente selecto: el de aquellos que tienen un soporte extra que les permite vivir con los sueldos científicos. Así vagamos por ahí, laburando para grandes empresas, con grandes sueldos, los ratones que por falta de vento no pudimos sobrevivir en la ciencia.
    Encantadores tus textos. Un beso,

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