domingo 28 de agosto de 2011

El primer cumpleaños de 15


Ya se hablaba del asunto como dos o tres meses antes. Lourdes nos dio la tarjeta a todos en julio, toda blanca con letras plateadas en relieve. parecía de casamiento. Aunque estábamos en segundo de liceo y casi todos teníamos trece años, Lourdes era repetidora y de las más grandes y entonces su cumpleaños de quince fue el primero,  una noche helada de agosto.
Mi abuela me había hecho un trajecito de chqueta y pantalón rosados, (ella tenía buen gusto aunque era vieja y me mostraba los modelos en la Para Ti  o la Burma que traían moldes, para que yo eligiera, y ella me los cosía), y me compré una blusa de las que estaban en la vidriera de P-k-2, con cuello acampanado .
La fiesta empezaba a las nueve pero yo estaba pronta mucho antes. Me fui a casa de Sabrina que vivía a tres cuadras, porque ella tenía rímel y lápiz de labios de su mamá.  Ella sabía pintarse y me puso un rouge rosa claro  y algo de sombra gris sobre los ojos, muy poquito porque me parecía muy rara cuando me veía al espejo.


Me peiné con una media cola y algo de flequillo suelto en la frente y me puse unas caravanas colgantes  del Mercado de Artesanos que eran una preciosura. El perfume, que nos pusimos las dos, el  Paloma Picasso, que me había traído mi tío del avión cuando vino de España, era mi tesoro.
Sabrina se había comprado un traje de chaqueta y pantalón negro, la de ella era más larga y suelta que la mía, con un chaleco negro y una blusa blanca de volados en los puños y el cuello -como las camisas de los The Cure-, y se peinó con todos los rulos al viento, un sombrerito de ala y unos aros grandes como pulseras en las orejas. Ella era la audaz y yo la tímida, el duo típico de la amistad adolescente. El tema de conversación  mientras nos pintábamos era quién iría o no al cumpleaños. Lourdes había invitado a los varones de tercero y cuarto. Pablo dijo que iba, yo estaba segura de que estaría ahí y la noche por delante me parecía  el universo justo antes del big bang.  A Sabrina le gustaban Daniel, Germán, Alvaro, ella no se decidía, estaba enamorada de todos y de ninguno.
Nos fuimos caminando congeladas las tres cuadras hasta Dieciocho de julio y nos paramos a esperar algún ómnibus que siguiera derecho, porque todos nos dejaban  en la puerta de la confitería Lion d´or.  Llegamos un poco tarde pero la cumpleañera todavía no había llegado, como una novia.
El salón de fiestas estaba en el subsuelo. Había globos blancos en las paredes y centros de mesas con rosas rosadas.  Cuando bajaba las escaleras sentía las piernas blanditas. Sonaba Duran Duran y apenas podíamos hablarnos.  Las luces rojas, amarillas y azules daban vueltas por el piso de la pista, la parte más iluminada del salón. Las mesas estaban un poco en penumbra así que yo no podía ver  quién estaba sentado, o si estaba Pablo. Nos fuimos acercando de a poco a una mesa rectangular muy larga y de pronto lo ví, con un traje gris, camisa blanca y corbata, los rulos mojados, los cachetes colorados y los ojos azules que me sonreían. Un poco agrandado como siempre.
Había un lugar libre al lado de su silla.  No tenía nada que explicarle a Sabrina y me senté al lado de él, y ella se sentó enfrente a mí.
Con su tonito de pillado me dijo  ¨¿cómo andás chiquita?¨ mientras me daba un beso sonoro en el cachete.  y a partir de ahí empezó a hablar sin parar.  En esa época yo escuchaba mucho y hablaba poco.
Pablo me contó que había traído cassettes de Dire Straits y the Police. ÉL siempre sabía más que todos, más que los profesores, que sus padres, y que los disc-jockeys.  De pronto la música paró, las luces se prendieron.  La del cumpleaños hizo su aparición bajando las escaleras seguida por los focos blancos, ni siquiera con el vestido de fiesta quedaba linda, aunque estaba radiante, eso sí. Y empezó el vals a todo volumen, ese vals que estaba en el camino de todas nosotras como una montaña que teníamos que atravesar. El vals insoportable. En mi vida no cabía el vestido largo, la mamá emocionada y el papá bailando con la nena de blanco.  Y a Pablo le parecía ridículo todo el asunto, así que nos escapamos mientras Lourdes seguía girando en el medio del salón.  Como sin querer, me puso el brazo sobre los hombros y me empujó suavecito.  Un calor me bajó al estómago.
-Dale!
Tapándonos la boca para no reírnos de los pasos duros de los pocos varones que se animaban a sacar a bailar a Lourdes, nos volvimos a la  oscuridad de las mesas. Estábamos muy cerca uno del otro para poder escucharnos. Pablo me hablaba al oído y jugaba con mi pelo mientras decía pavadas que me hacían tentar de la risa.  Yo no veía nada más a mi alrededor y no sé cuándo fue que ya estaban todos bailando, debe haber sido cuando el ritmo de Live is life nos puso a sacudirnos en la silla sin poder evitarlo y entonces él me agarró de la mano y me llevó a la pista
Todos pasaban y nos decían cosas y yo sentía un calor intenso en las mejillas pero no me importaba. De a ratos nos poníamos en ronda para bailar con otros amigos pero siempre uno al lado del otro.  Cuando pasaba el fotógrafo me abrazaba para la foto, y después seguíamos bailando, cerca pero sueltos. Entonces aparecieron luces blancas girando en la pista que iluminaban sólamente a la bola de espejos, y con Sunshine reggae  y sus imitaciones de gotitas de sintetizador empezaron  las lentas. La pista se vació como si hubieran echado pis de gato. Yo también me fui a sentar con todas mis amigas  mientras escuchaba mi corazón latiéndome en la garganta. Pablo estaba cerca pero entreverado entre otros amigos que se reían y él también caminaba hacia las mesas.  Yo soñaba con bailar Careless whisper abrazada a él.
Cuando ya creía que lo había perdido de vista, apareció de la nada y se sentó en la silla  que yo había cuidado que quedara vacía al lado mío. Me dijo
-espero que pasen Still loving you de  Skorpions, y me miró a los ojos. Yo lo tomé como un mensaje secreto pero clarísimo. Le sonreí.   Y  ahí, el tarado del disc jockey puso Conociéndote,  y mientras que Sabrina, Marcela y Marisa se mandaron un suspiro gigante que se escuchó fuerte, yo me quedé quietita con un poco de vergÜenza. Pablo puso cara de  superado y me dijo
-No me gustan las lentas en español
Y entonces la cumpleañera decidió venir al rincón de nuestra mesa porque había varios varones sentados ahí, medio escondidos en la oscuridad
-Ché, ¡saquen a bailar! vamos, vamos!
A Lourdes le salía muy bien mandonear porque era grandota, tenía unas tetas gigantes y un cuerpo de mujeraza con quince años. Al final se armó tanto lío que terminé bailando con Camilo, el único alto como yo de mi clase. Pablo se quedó sentado con sus amigos, como si no le importara. Total, bailamos sólo una canción y ya después de Mil horas llegó el momento de cortar la torta.  Después, el carnaval carioca (que se llamaba farándula antes de que nos invadiera la tele argentina) que tampoco le gustaba a Pablo, pero esa no me la iba a perder.


Llegué a casa  pasada de felicidad o de cansancio cuando todavía no aclaraba el cielo de las seis de la mañana. Caí rendida en la cama y me desperté al mediodía siguiente soñando que seguía en la confitería Lion D`or, sentada al lado de Pablo.













3 comentarios:

  1. Lindo cuento.Me gusta como describís. Lamento la invasión de tele argentina.

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  2. Me encantó el cuento!
    Besos,
    Michellines

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  3. qué lindo leerlas a uds, gracias

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