jueves, 19 de abril de 2012

Estigmas

Capítulo I- Estigmas                                      

Cuando decidí inflar la colchoneta pensé primero en hacerlo de frente a la pileta en el jardín, para poder cuidar a Andrés que flotaba en un caballito salvavidas, que en realidad le quedaba chico porque él ya era muy alto con sus cuatro años, pero seguía insistiendo en sentarse ahí, con la espalda encorvada. No le había puesto el chaleco salvavidas porque hacía un calor insoportable, estábamos en pleno enero, y él se pasaba todo el tiempo con el torso fuera del agua.
No quisiera decirlo, pero recuerdo una voz interior muy calladita, a la que yo me hago la que no oigo, pero sé perfectamente lo que me dice. Y esa tarde me dijo, mejor ponete para el otro lado, en una de esas. El resto del mensaje lo entendíamos las dos.  Junto con el hábito de resguardarlo del peligro, había desarrollado la capacidad paralela de imaginar qué situación inesperada podría hacerlo desaparecer de mi vida. Eso que me dí cuenta que era imposible, la noche en que nació, que había llegado para estar ahí por el resto de mi vida, después que se fue la médica que nos dio la larga explicación, de a puchitos, tirando pistas como para que nosotros solos llegáramos a la conclusión que nos negábamos a oir. Después de llorar abrazados con Daniel, fuimos a verlo a Neonatología, y la espera previa por una silla de ruedas que me llevara pareció una eternidad. El pasillo interminable, todo lo que luego con mis otros hijos sería tan alegre, tan corto y sencillo pero sin llegar nunca a quitarme del todo el gusto amargo de esa primera vez de ser madre, tan al estilo de mi vida, arruinada. Y cuando llegué por fin al lado de esa cuna de acrílico, rodeada de aparatos y cables,  ahí estaba todo lo que nos había dicho la cardióloga, que nos explicó primero que tenía una abertura en el corazón, que la sangre no oxigenaba bien, que había que operarlo (y yo me sentí confiada todavía, porque todo tendría que salir bien) para luego seguir con que tenía los ojos rasgados (y yo le contesté que a mí me decían ¨chinita¨) y los pulgares cortos (mientras yo trataba de ver a dónde iba con esas vueltas)  y una arruga en forma de ¨y¨ en las plantas de los pies, y las orejas un poco abiertas y con las puntas hacia abajo (y le volví a decir que yo tengo las orejas como Dumbo, que incluso mi madre me las hizo operar cuando yo tenía ocho años), y bajo tono muscular, todos estigmas compatibles con el síndrome de Down (y ahí no recuerdo más que oscuridad y la palabra unida a la explicación que más temía minutos antes, cuando pensaba, que sea cualquier cosa menos Down) pero que en realidad no querían confirmarlo hasta no hacer el test genético, y entonces ya parecía una estupidez, con todos esos datos, que no estuvieran seguros, si yo lo entendí apenas lo ví en la incubadora, y a pesar de todo me sorprendí, tengo un bebé, pero la alegría era tan triste,  y después había que volver por ese pasillo largo, lleno de flores de otros, a esperar la nada, y me sentía caer en un pozo sin fondo cada vez más oscuro, más alejado del mundo, más adentro de mi misma y después sólo recuerdo la oscuridad, arrollada como un ovillo, como un bebé, como el que acababa de salir de mi cuerpo, así enroscada en la cama mientras el dolor intenso de los puntos de sutura de la episiotomía parecía sólo una forma de desagotar el vacío que me explotaba adentro, todo se estaba acabando allí mismo, mi vida futura como la imaginaba, perfecta, hermosa, y mi vida pasada, como la había vivido, como una dura montaña que nunca paré de escalar, siempre creyendo en el verde que me esperaba del otro lado de la cumbre sin saber que ya había pasado por mis mejores paisajes y adelante quedaba sólo un valdío deforme.

Me falta una parte, le dije llorando a la terapeuta de  la clínica, cuando me enteré que finalmente le daban el alta y me podía llevar a mi hijo a casa, sin cables, sin enfermeras, sólo vida adentro del cochecito que había elegido después de tanto pensar y dar vueltas buscando el más adecuado para el niño perfecto que iba a nacer.   Y cuando salimos, lo primero que hice fue salir a dar una vuelta por la placita, pero me sentía una farsante, los que me veían pasar se imaginaban a una madre felíz y orgullosa. Nada más lejos.

No había nada peor que me pudiera pasar. Yo no era de las que pensaban un hijo es un hijo, cuando se lo escuché a una amiga, que me dijo,  y tienes que aceptarlo (con su acento chileno que no ha perdido con más de una década por este lado de la cordillera). Me pareció tan violento que me dio ganas de gritarle, ¡pero no quiero aceptarlo!, no quiero, yo no quería esto...

---a bit different, English version---

I was in the garden, facing the pool, so I could watch Andy floating on his undersized horse-lifeboat, which he insisted in his throaty moaning, to play with every day, although he was a tall four-year-old boy, with his back hunched over under the burning sun. Then I decided to inflate the mat.
I wouldn´t say it then, but I remember a quiet inner voice, which I pretended not to hear, though I knew exactly what it whispered. And that afternoon it said, why if you turn to the other side, there´s a chance, maybe. The rest of the message, we both understood it.
Along with the habit of keeping him safe from danger, I had developed a parallel hability to imagine which unexpected situation could make him disappear. I had grasped it two hours after I gave birth, Andy was here for the rest of my life, there was no way back: it started when we were expecting the nurse to bring us the newborn, but instead, some unkwnown doctor came into the room, gave us the long explanation, and then, she went away. She had dropped it by little pieces, pulling clues, expecting from us to conclude what we refused to listen. I hated her more for being a woman, for surely having normal children.
After hugging and crying together with my husband, we wanted to see the baby at the ICU. The wheelchair trip over there seemed to take an eternity through the endless hallway (even now, I can picture it in a dim gloomy light, mixed up with memories so lighter of my other babies in the coming years. I could neved get rid of the bitter taste of that first time being a mother, so of the kind of things in my life, ruined). And when I finally got beside the acrylic cradle, there he was, surprisingly helpless, surrounded by devices and wires. Just then I got to understand all that the cardiologist had said about the baby, that he had a hole in his heart, that he had to go through surgery  (and I still had felt confident, because everything would be fine) and then she had dropped other hints, how he had slanted eyes  (and I had said that he had got my eyes, that even my husband calls me ¨China girl¨) and short thumbs (and I tried to see where she was going with those loops), and a wrinkle shaped as a ¨y¨ on the soles of the feet, and ears opened and slightly pointing down (and I had interrupted her again, saying that I have ears like Dumbo, and my mother had me go through esthetic surgery by the time I was eight to make me look better , and that he had very low muscle tone, and then she dropped it,  all these signs were compatible with the stigmata of Down Syndrome (and hence I do not remember but darkness and those words bounded to the explanation that I most feared minutes earlier, when I thought, please let him be anything but Down Syndrome). And then she said she  really did not want to confirm the diagnosis until  the genetic testing was done: but later, myself in front of the baby, it seemed so faked, after all that data, that the doctors would not be sure about it, being that I could see it perfectly right when I looked at him in the incubator, my own surprise still stronger than the sorrow, I have a baby, I said to myself, but the joy was so sad. And then I had to go back through that long hallway, full of other people´s flowers standing on each door of the maternity wing, as I felt like I was falling into a bottomless pit, away from the world, further into myself and then I only remember the dark, my body rolled into a ball in the bed, like a baby, just like that one who had come out of my body, and I was curled up in bed with intense pain from the stitches of the  episiotomy  which seemed only a way to drain the exploding emptiness inside me. That night I felt my life was over, my future as I pictured it, perfect, beautiful. And I saw my past as a commonplace joke, after such a long time of climbing that hard mountain ahead, always believing in the green than was expecting me on the other side of the peak, without knowing that I had already passed through my best landscapes, I all that was laying forth was just a deformed wasteland.

But I am missing a part, I told in tears to the clinic´s therapist, when I learned that after a month I could finally take my son home, no wires, no nurses, just life in the stroller that I had chosen after so many deliberations, looking for the perfect one to fit the perfect child to be born. The one I was missing. Still, the first thing I did when we were out of the clinic, was to take a walk around the park, pulling the stroller as I had dreamed for so long, but I felt like a fraud: people would see me and they would picture a happy and proud mother. Not remotely.
Suddenly, I was back to the intense blue sky above my head, the sunshine, the noise of the air pulling up the plastic yellow mat. I was facing the garden, so I slowly turned around to the pool, as I knew it before I actually saw him, under the water, his static body, his eyes wide open and the pain and despair in his face. The horse-lifeboat floating upside down, in the quiet water. He had given up, I had my chance, but all I did was to run and jump into the water, take him out, make him breathe again.