miércoles, 24 de julio de 2013

Tapando agujeros


Te largan a la cancha
sin preguntarte si querés entrar
y por si fuera poco,  de golero,
toda una vida tapando agujeros
y si en una de esas salís bueno
se tiran al suelo y te cobran
¡y te cobran penal!

Jaime Roos- Brindis por Pierrot


Lo había escrito yo, a mano en la parte de adentro de mi placard, pero no supe que esa era una estrofa de una canción de murga hasta unos  años después. La primera vez, la ví escrita en una entrevista a Fernando Alvez, arquero de Peñarol, y de una de las  sufridas selecciones uruguayas de los ochenta, o sea, de las que no nos clasificaron al Mundial. La nota era de la revista Guambia, pionera del humor político uruguayo, que empezó a asomar cuando ya la dictadura se iba astillando de poco, desde adentro. A la foto de Alvez le pusieron un globito con el  texto, que yo encontré perfecto y original para describir mi vida, a esa edad en la que los niños todavía no saben que son transparentes, justo antes de la adolescencia: una frase ajena, en la que nadie podría intuir nada personal,  nada personal.
Cada vez que abría el ropero, ahí estaba, yo la leía y me parecía que le quedaban más capas por descubrir, cosas que no todavía no me habían pasado, que no podía entender. Toda mi vida estaba contenida en ese placard blanco y angosto, con estantes forrados en contact a rayas y olor a naftalina (el perfume de una época en la que no existía otro abrigo que los buzos de lana),  donde la ropa se iba acumulando a medida que yo crecía, hasta explotar.
La leyenda estuvo ahí todos esos años, hasta que me fui, a los diecinueve, y luego hasta que mis abuelos vendieron el apartamento. ¿Quién la habrá leído por última vez?, ¿habrá sido un pintor el que la habrá borrado, junto con las huellas azules pintadas en el techo, y los hongos de la pared, la medianera que yo tapaba con un póster de la Cote d´ Azur, aquel que me gané una vez en el Stand de Francia en La Rural?
Antes, la leyó Alejandro muchas veces, mientras sonreía con los ojos y los rulos, todo junto, recostado sobre la madera que la contenía, acariciando apenas el contorno de mi pecho  por afuera de la camisa del uniforme mientras me abrazaba, y yo me preguntaba si se iba a animar a más. Todavía no sabía lo que era el deseo de verdad. Recuerdo sus labios sobre los míos, como jugando, sin animarse a besarme. Curiosidad era la palabra, por cómo sería lo que venía después.

Fue la primera vez que me quedé el fin de semana sola en la casa: mis abuelos estaban en casa de una tía en el campo. Esa tarde, en la cama grande, con la ventana abierta y el sol entrando a raudales sobre el cubrecama floreado, Ale me sacó la blusa  y el soutien, pero me dejé puesto el jean. De todas maneras, una mano pudo llegar hasta mi bombacha, y a pesar de que nunca pasó por debajo de la tela, alcanzó para despertar una sensación nuevísima, entre picazón, dolor y cosquillas. El miedo pudo más, y nos quedamos así, abrazados, Alejandro arriba, y yo sintiendo algo duro sobre mi pelvis, sorprendida y con un poco de vergüenza.
El viernes siguiente nos peleamos. En realidad me lo encontré por la calle, el día antes de mi cumpleaños, caminando con Cecilia, la ex novia mayor que él, con la que sí había hecho el amor. Me quiso explicar que era por mi bien, que me quería cuidar. Yo lo mandé a la mierda y empecé a odiarlo después de veinticuatro horas en las que pensé que había  tocado el  fondo del pozo de la tristeza. No quise festejar mi cumpleaños, pero al otro día, mi amiga Lucía armó un plan y me convenció. Fuimos al Parque Rodó con un grupito de adolescentes gansos, a reírnos en la Rueda Gigante, los Autos Chocadores, la Montaña Rusa, el Rock &Samba, y hasta el Gusano Loco. De pronto, el mundo estaba perfecto.
Esa noche mi personalidad madura, seria e introvertida, la que le gustaba a Alejandro, desapareció para siempre. Nunca la pude recuperar. Pero empecé a entender el significado de la frase de mi placard.













lunes, 1 de julio de 2013

Memorias de una jirafa


Capítulo I
Capítulo II

Recién me percaté de que mi problema con los jeans cortos era visible para el mundo, entre otras cosas un poco raritas en mí,  cuando empecé la facultad. Estaba vestida con un enterito de jean (parecía una camionera, seguro), y una compañera me dijo,
-vos estás acostumbrada a usar los pantalones cortos, no?
Fue como una iluminación. De pronto entendí el por qué de esa forma extraña en que me caían los pantalones, tan distinto de lo que yo veía en otras chicas, bajitas y redondas.
Con los varones me pasaba lo mismo. Durante años me quedaron incómodos, inadecuados. Cuando empecé la secundaria estaba en un colegio de monjas: en mi clase había veinte mujeres y diez varones, y de estos, ocho me llegaban hasta el codo, los hombros o como mucho, hasta la nariz. Los dos varones que tenían mi altura, competían para ver quién tenía más cara de mono, y además eran unos infradotados, no entendían nada, eran  los peores alumnos de la clase. Los tipos altos como yo eran mayores, estaban como mínimo dos clases más arriba, o tres, o cuatro, o más. Pero yo era tan ingenua, que no tenía ni chance con ellos, con mi fenotipo de escoba larga y flaca, nada de culo o tetas que pudiera interesarle a alguien, con mi pelo largo  sin gracia, y sobre todo, me faltaba aquello que no sabía ni que existía. No se me ocurría la forma de atraer a los chicos, no los buscaba con excusas, no sonreía de más, ni los miraba cuando pasaban. Y para peor, había uno, de los varones más bajos de mi clase, tan inocente como para confesar a todo el mundo que estaba enamorado de mí, algo que me hacía odiarlo. Lo detestaba porque era tan chiquito, tan inapropiado para mí, que me hacía sentir expuesta, exhibiendo a la extraterrestre oculta que era yo (y quizás también, porque me llamaba ¨jirafa¨). Demasiado alta, flaca,  demasiado distinta al mundo por fuera y por dentro.  Ojo, faltaban años de terapia y vida por venir para que yo entendiera todo esto. Hasta ahí todo era confuso como el principio del Big Bang.
Pero sin embargo, hubo un asunto que cambió todo, o al menos fue la mecha que empezó el cambio, y como muchas veces le pasa a la gente,  no me dí cuenta claramente,  sino hasta unos años después. Yo tenía unos trece años, y teníamos un profesor de gimnasia de esos típicos, el flaco barbudo, algo pelado, siempre de equipo Adidas y mate abajo del brazo. Para nosotras era un viejo, pero seguramente no tendría más de treinta y dos, treinta y tres años.  Cuando llegó fin de año, armó una coreografía con la canción de Laura Branigan, Selfcontrol. Estamos hablando de 1984, esto era el hit del momento. Eran tres o cuatro pasitos, no muy complicada. Cuando la teníamos más o menos ensayada, armó la formación, y yo ya me iba a mi puesto en el fondo, como en todos los actos escolares, cuando el flaco José Luis me hizo pasar adelante de todos, a mí y a Rosana, una morocha grandota como yo, pero con el doble de tetas y culo. Y todas las petisas, para atrás, para atrás. La formación era: dos adelante, cuatro atrás, otras seis más atrás, y atrás las otras diez chicas de la clase.  Y así hicimos el acto de fin de año, con mallas negras de danza, medias color carne, y calentadores de colores estilo Fama.  Durante años no se me ocurrió pensar que el profesor debía ser medio baboso. Pero tengo que agradecerle ese click que hice cuando de pronto percibí que no era tan malo ser la más alta. De a poquito fui tomándole el gusto. Mi regla de oro desde entonces fue: no bailar con tipos más bajos que yo. No era fácil, pero tampoco era tan difícil ver las cabezotas de los flacos más altos en medio de los boliches. No siempre eran lo que yo esperaba: más bien, casi nunca, pero fui adquiriendo destrezas. Mi primer novio, a los quince, era tres años mayor que yo, tenía unos ojos azules soñados. Lo perseguí durante un año. Y por supuesto, era más alto que yo. Aunque igual, no duramos mucho tiempo juntos. Era un rayado (aunque el problema real debe haber sido que él quería coger, y yo no me animaba. No sólo eso, en aquella época, la palabra coger me resultaba intolerable: cómo cambiamos).
Para cuando estaba en la universidad, siempre firme en mi posición, el axioma había evolucionado a ¨feos y petisos, son amigos¨ (por eso tengo tantos amigos de esa época.  Ellos tendrían sus reglas secretas también, nunca se las consulté).  A pesar de todo, fui sumando  flacos altos en bailes, reuniones, boliches. Donde había algún  tipo alto, yo lo detectaba a pesar de la miopía, omnipresente en mi vida (por ejemplo, los flacos altos que faltaban en Facultad de Ciencias Exactas, abundaban en la de Ingeniería). Tuve varios novios, todos altos. Con el tiempo me casé con un flaco alto, y tengo hijos altos. Una cosa más, ahora disfruto cuando me encuentro al lado de un hombre más bajo que yo, es una satisfacción inevitable. Y si ese hombre es mi jefe, además, uso tacos altos.