jueves, 14 de noviembre de 2013

El límite del horizonte




Los viajes  al pasado son elípticos.  Cada vez que vuelvo a Los Charabones me encuentro con los mismos recuerdos, como un espíritu errante que quedó flotando en las habitaciones, en el paisaje que llega hasta el límite gris del horizonte, estático, en la cocina y en las piedras de la galería. Hasta hace poco, incluso la pintura de las paredes se mantenía idéntica, nublada  la misma bruma negruzca por el tizne de la chimenea de aquel tiempo. Y los agujeros en la puerta del baño que hizo alguno de mis primos con la maza de las milanesas. Los adultos que me rodean son los niños con quienes jugué en la estancia donde pasaba los veranos, cuando yo era la prima de la ciudad, pero ahora casi todos vivimos a miles de kilómetros de distancia de este lugar. No tenemos los mismos gustos, no podemos compartir una conversación más allá de lo convencional: el trabajo, el desarraigo, la vida en la gran ciudad latinoamericana o en el evolucionado mundo yanki.  Que todos fracasamos según nuestros sueños, no sería una charla para cinco minutos entre asado y choripanes. No veo un camino fácil para llegar a esa conversación. No es necesario. Más bien nos concentramos en mostrar la mejor cara de nuestros logros, todos tenemos un lustrado perfil tipo linkedin familiar para vender, se nota cómo armamos la justificación de nuestras vidas actuales. Yo intento  justificar que soy la madre de cuatro niños pero que no quedó tan atrás mi pasado de traga, de estudiante de bioquímica, de laboratorios y papers y aventuras científicas, que el remanente sigue vivo. Pierdo por goleada. No hay visión más crítica y despiadada que la de la familia, de los que te vieron crecer y conocían las aspiraciones no dichas.  Para equilibrar,  de mis cinco primos, todos los hijos del estanciero, ganadero, futuros  ingenieros agrónomos, sólo dos se mantuvieron a la altura de las expectativas. Casualmente, siempre fueron los que más se identificaron con el padre, es decir, el lado oligarca de su familia. Por el lado materno,-el mío-, estaban el abuelo carnicero y la abuela con pocas letras. Los inmigrantes urbanos, con poco apellido criollo para lucir.
Los otros tres de los cinco hermanos, que siempre tuvieron un poco más de afinidad con la ciudad, con la mamá montevideana, siguieron el sueño mentiroso que les vendió nuestro padrino, el clásico caso del uruguayo emigrado, que venía de visita todas las navidades a vender humo desde Estados Unidos. Que allá se gana rebien, que el auto que se compró y los viajes que hace.  Las cadenas y pulseras de oro  que este tío llevaba colgadas, como un cartel luminoso de ¨latino ordinario¨ no les decían nada a la inocencia agrícola de mis primos. Sus referentes siempre fueron los peones, para la música, para el tono de voz, y hasta para los desayunos de mate con asado. Mis primos, mi modelo de vida familiar perfecta, con el padre fuerte y decidido, siempre presente, la madre amorosa, cocinando para todos, resolviendo cada problema doméstico que se les cruzaba por delante. Mis primos, tan rústicos, tan inocentes, tan simples. No entendían, no se imaginaban mi vida. Ellos no tenían conflictos, indecisiones. Desde que podían hablar sabían que iban a ser ingenieros agrónomos, iban a trabajar en el campo, como su papá.  Yo no sabía qué hacer con mi vida. Cada decisión fue una agonía. Elegir un camino, o el otro, o el de más allá, siempre fue horrible. Y para ellos tan fácil. Después vino la vida real. Ahí, cuando  se colgaban los diplomas en la pared. Pero cuando se decidieron a irse a Miami, yo les llevaba décadas de ventaja. Eso que parecía madurez, pero no eran más que  veinte años escuchando a mi madre, a mis tíos, y sus historias de inmigrantes. Ellos, mis primos, no habían escuchado nada. No les había significado nada el revoleo de palabras de los viajeros de visita, durante su infancia de familia constituida. Por eso,  no era posible decirles que se iban a vivir al fondo de la mierda, no lo hubieran creído. Habría que haberles dicho que no se metieran en el lío de la emigración y el desarraigo, que esperaran y laburaran como pudieran, en Uruguay. Ni hablar de los papeles sucios, los matrimonios para conseguir papeles, el miedo que sería el nuevo compañero.
Tampoco les expliqué la conclusión simple que fui sacando con los años, al ver que  las amigas de mi madre, que se habían quedado acá cuando ella se fue para Europa atrás de un sueño, lograron salir adelante y tener vidas mucho más razonables, reales, disfrutables, que la mentira del ahorro y los millones de pesetas de ella. Pero quién les iba a decir eso en la cara. Los dólares, los euros que todos sueñan. La incertidumbre económica: había que matarla de cualquier manera. No se les ocurrió que no iban a ser nadie allá, sólo unos latinos perdidos, pensaron que su apellido vasco y ganadero iba a ser reconocido en todo el mundo automáticamente como moneda de oro. Yo no sé los detalles de sus vidas pero me los puedo imaginar con lo que me cuenta su mamá, mi tía modelo, cuenta que la esposa de Daniel limpia casas,  Daniel coloca sistemas de riego, Adrián hace fumigaciones. Antes cargaron cajas y ladrillos. Sé los trabajos que han aceptado, y quiénes son sus amigos hoy. Los veo en Facebook. Los amigos que se pueden, son los que se consiguen lejos.
Y de pronto estamos todos ahí, picando asado, sentados en ronda un poco abajo del alero, otro poco afuera, porque somos muchos, mirando hasta el fondo de la suavidad del campo en la tarde nublada. Ellos vuelven a estar al mando, ensillan caballos, con sus botas altas ceban mate, como si la evolución hubiera sido una línea recta. Para peor, está el control positivo del experimento, los dos hermanos que se quedaron en Uruguay, los más laburantes, los que estudiaron en serio y nunca pararon de trabajar y ahorrar, los que siguen siendo ganaderos,  de alcurnia sencilla, porque saben que el campo propio está perdido, ya son arrendatarios, unos porteños compraron la estancia justo antes de que el banco la rematara por la deuda acumulada, impagable hasta la obscenidad. Ellos sí, trabajaron, ahorraron, tienen ganado, caballos. Tienen el futuro que todos soñaban. Los otros allá, tienen sus camionetas para lucir en fotos, sus closets llenos de ropa  y los viajes anuales a Uruguay, para llegar agotados después de dos días de viaje, hasta Itapebí.
Pero hay cosas que no se dicen, al final todos los sueños son mentirosos. Quizás la vida que tenemos es la que soñamos en el fondo. Quizás siempre fue así.
                                        ***
Julio, el que se casa mañana, es el motivo de esta reunión familiar. Es el mayor de los cinco hermanos, pero ya se casaron casi todos. Fue el primero en irse, el primero en volver (hasta ahora). Él se patinó la plata que ganó vendiendo seguros, justo hasta que  llegó la crisis a los United States. Tampoco se le ocurrió ahorrar ni cuando estaba allá. Todo lo que hacía era conocer mujeres por Skype, por sitios de citas, buscaba latinas, chicas que se parecieran a su estereotipo de la buena muchacha del interior para casarse y formar una familia. Pero lo que conseguía eran copias de papel carbónico, ennegrecidas, difusas, corridas de lugar. Una compulsión por cumplir los deseos familiares que al final le hizo tomar la decisión más inmadura y la mejor. Se volvió. Ahora hace asados con los amigos cada fin de semana. Consiguió un trabajo que reconoce su título de ingeniero agrónomo, aunque sea para vender peces a los chinos. Le salva el orgullo aunque no paga muy bien. Conoció a una muchacha soltera con la edad suficiente como para estar desesperada por tener hijos y casarse ya. De repente, justo antes de los cuarenta consiguió todas las metas que se había ido a buscar tan lejos. Parece que ese es el secreto mejor guardado entre los que se fueron.