lunes, 14 de julio de 2014

El Club de Golf



Con Alejandro todo fue fácil, suave, fluído. Ese semestre apareció de la nada en mi vida. De pronto éramos compañeros de grupo en el laboratorio de fisicoquímica, a las dos semanas empezamos a estudiar juntos y todo lo que hacíamos estaba bien. Me salían palabras que iban perfectas una al lado de la otra, mis movimientos  y mi risa de pronto no parecían torpes. No nos chocábamos, nos rozábamos sin querer, todo el tiempo. Nos tirábamos a estudiar sobre el colchón en el piso que tenía en su cuarto, que compartía con otro compañero en un apartamento viejo frente al Estadio del Cilindro  y era el mejor lugar del universo.
Fue en un cumpleaños, había un montón de amigos, y yo me senté  al lado de él y de pronto, estábamos de la mano, no supimos quién empezó, quién siguió.  En esos tiempos, con un vaso de cerveza podía decir cosas que no hubiera dicho en seco. Al rato nos fuimos de la fiesta, caminando abrazados. En la placita  de la otra cuadra empezamos a besarnos y el mundo desapareció.  No hacía frío. La ciudad era perfecta para nosotros.  Los días pasaban entre la facultad, el parque de enfrente donde nos tirábamos a charlar y más, los  viajes  apretados en ómnibus, abrazados, más clases. De a poquito fuimos llegando al momento justo en que estuvimos solos en el apartamento del Cilindro.  El colchón tenía unas sábanas bastante percudidas pero yo veía todo reluciente. Después de varios preámbulos, el concierto completo.  La mezcla de susto y ganas, de dolor dulce y placer, la tranquilidad. La realidad era mejor que mis fantasías.

Alejandro andaba mucho en bicicleta. Iba y venía todos los días a la carpintería de su padrastro, donde trabajaba. Había vivido en Barcelona hasta la adolescencia. Volvió a Montevideo con el final de la dictadura. Su madre se escapó a Europ en la época de los milicos, embarazada. A su padre, que era guerrillero Tupamaro, lo agarraron, lo torturaron, lo desaparecieron. Esa era su historia.  Un amigo de su padre, un científico que estuvo exiliado en Suecia, siempre lo ayudó, lo guió. Alejandro le decía tío. Por él, entró a la facultad, a la licenciatura en Bioquímica. Por eso nos conocimos. Alejandro hablaba con un acento de obrero de la construcción a pesar de que lo lógico hubiera indicado un acento español.  Toda su ropa estaba muy gastada.  Él había tenido una novia mucho tiempo, dos años. Él tocaba la guitarra, componía canciones, Tenía una banda.   Y eso era casi todo lo que yo sabía de él. No conocía a su madre, ni a su padrastro, ni la carpintería. Pero estábamos tan bien juntos, que decidí invitarlo al cumpleaños de quince de mi prima.  Mi tío había organizado la fiesta en el Club de Golf, su club de siempre. El lugar me resultaba elitista,  con la mirada hippie contestataria habitual, pero no me imaginaba cuánto más le molestaba a Alejandro.  Cuando me pasó a buscar, yo me había puesto un vestido ajustado, negro con lunares blancos, minifalda, con cuello blanco, y me peiné con rulos y labios rojos a lo Madonna. Cuando me ponía sexy me olvidaba un poco de los aires hippies. Alejandro iba con un jean negro, con camisa leñadora  roja, tiradores, y championes. Los códigos de vestimenta de los cumpleaños de quince eran bastante obvios y limitados en esos días. Los varones iban de traje, o de camisa con corbata. No había mucha variación. Me molestó un poco verlo vestido tan desprolijo, pensé que quizás no tenía otra cosa para ponerse, pero  de todas maneras estaba lindo y rebelde. Lo noté un poco callado, pero a veces era así. Él  estaba en algún lugar que no era al lado mío, sólo que yo no sabía dónde. En el club estaba incómodo. Nos sentamos en la mesa con otros primos, pero él se mantuvo al margen de la charla, de las bromas. Me necesitaba,  pero a la vez él no quería estar donde yo estaba. Cuando empezó la música buena, que seguía siendo el rock de los ochenta, me fui a bailar con mis primas y lo dejé en la mesa, solo. Noté su mal humor pero decidí ignorarlo.  Fue el momento en que decidí que podía Alejandro quedarse ahí quieto esperando porque era mío.

Después de esa noche, la perfección se fue  esfumando de a poco.  Alejandro faltaba a clase, no nos veíamos, no me llamaba ni yo a él. Había un rubio con cara de nene que me hacía mucha gracia, otro compañero de facultad.  Esa fantasía de que había alguien más, me hizo fácil terminar con Alejandro. Lo decidimos los dos, quizás lo empezamos los dos pero él fue el que se alejó de pronto.  No se presentó a los exámenes de fin de año. En verano decidió volver a irse a Barcelona, a probar suerte con la música. Me contó eso cuando nos cruzamos de casualidad por la calle, cerca de la facultad.
Un tiempo después, leyendo una revista política de izquierda,  me enteré de una historia de la dictadura que yo no conocía: de cuando los Tupamaros pusieron una bomba en el Club de Golf, y cómo los clubes de golf eran considerados por los comunistas un símbolo de la burguesía, que fueron cerrados en Cuba cuando triunfó la revolución de Fidel y el Che.  Y me acordé del cumpleaños de mi prima, y entendí todo