jueves, 21 de agosto de 2014

Aniversario



Aniversario

Encuentro un mensaje de voz de mi madre en el celular para desearme felíz aniversario de casada. Creo que es la primera vez que lo hace, muy probablemente gracias a que mi tía le habrá avisado por whatsapp. Ahora tengo comunicación instantánea con mi madre, qué impagable hubiera sido internet en los ochenta.  En cambio, yo esperaba cartas que  llegaban cada dos o tres  semanas, o me llevaba el teléfono a mi cuarto, que tenía un cable largo de veinte metros, por si ella me llamaba a la madrugada (por la diferencia horaria), lo que ocurría quizás una vez por mes o más, cuando conseguía un teléfono pinchado o tenía tiempo, o monedas, o quien sabe, quizás era porque a esa hora sabía que me iba a encontrar en casa. La campanilla me sobresaltaba con violencia, yo atendía el teléfono en medio de una taquicardia que me cortaba la respiración, la voz apenas me salía. Las charlas eran mínimas y repetidas. En general se centraban en cuánto trabajo tenía ella, qué tan cansada estaba, cuántos miles de pesetas había ganado ese mes, y que yo tuviera cuidado, con todo, con la vida.


El ritmo lento de la voz grave ronca, desentonada, deprimida de mi madre,  que siempre expresa lo contrario a lo que dice en palabras, le da un tono incoherente y falso, especialmente cuando trata de comentar un asunto alegre:
-bueno, felíz aniversario, catorce años, no debe haber sido fácil (…)
-hiciste todo lo que yo no hice (…)
No recuerdo lo que decía después, o porque como siempre en nuestra relación esporádica y errática, hay  frases son las que quedan con marcador naranja fluo para el futuro. Esas dos frases pueden ser unos dardos diseñados especialmente para mí, pero también son opiniones objetivas sobre el matrimonio. ¿Se trata de que ve a través de mí más allá de mi imagen externa, y este es un problema específico de mi existencia, o es una proyección suya sobre lo que se supone que hay que soportar para estar casada, su idea de que el matrimonio es una forma de sumisión y no una forma de ser felíz?. Ella es una gotera indomable que va dejando el surco oxidado en la bañera. Yo no tengo suficiente Cif espiritual para limpiarlo. Por supuesto, la pregunta de ella es, cómo he aguantado. Mi respuesta es, porque aprendí, no como vos. Porque quise hacer todo lo contrario a lo que hiciste vos.

Cómo se produjo la reacción química que me transformó  de la estudiante con altas expectativas y ego desbordante en la madre neurótica y desbordada que soy hoy (posiblemente también fui una estudiante neurótica): es una pregunta que me sigo haciendo porque no termino de saber quién es mejor persona, si mi yo anterior o la actual. El mensaje subliminal es que mi vida exitosa como mamá y esposa es el fracaso de todas las expectativas de mi madre. Para ella, mi vida, hubiera sido más exitosa y dentro de lo esperable, como una científica divorciada.  Pero qué versión de mi persona es la mejor, es algo que quizás pueda responder en otros catorce años. O quizás, no.


En  la  entrevista de trabajo para el último empleo que conseguí, hace un par de años, yo trataba de explicar mi situación familiar y por qué había tantos agujeros en mi currículum debido a los años intermitentes en que no trabajé.  Para impactar  a mi futuro jefe le dije, mire, es que yo imaginaba que iba a tener cuatro maridos y un hijo, pero terminé con cuatro hijos y un marido. Ese es el resumen. Me pasó todo lo que no tenía planeado. Y sin embargo, juro que a mi alrededor está lleno de gente que vive según lo planeado. Debo estar equivocada.
Y así conseguí un empleo part time, home based, que reconocía mi experiencia pero no la necesitaba. Era una especie de secretaria sobrecalificada y si bien aguanté dos años, al final mi ego se vio resentido una vez más (y las expectativas de mi madre, también, como siempre). Pero ahora no estoy analizando mis empleos pasados sino cómo  o por qué llevo catorce años de casada.
Pese a  que yo no creía que iba a tener jamás una pareja estable por mucho tiempo,  de acuerdo a mi lista (pero de eso hablo en otro momento), empezó a pasar el tiempo con G y me encontré en una relación nueva, increíble, diferente, sólida, estable. Estábamos en una nueva etapa y hasta el momento mis principios incluían que yo no me pensaba casar, para qué papeles, para qué ataduras burocráticas, lo importante era el amor verdadero que nos unía.  Tampoco iba a tener hijos, hasta que a mi alrededor se empezó a  llenar de amigas embarazadas, y G  me hablaba de tener un hijo como la más natural y próximo en el mundo. Todas mis ideas firmes se empezaron a desmoldar con facilidad: en cuanto tuve una emergencia médica me percaté que necesitaba seguro médico. Como mi sueldo era una beca de posgrado, no tenía beneficios de salud. Por no estar casados, mi compañero tampoco me podía incluir en su obra social  (entonces lo presentaba al mundo con el término uruguayo y benedettiano, ¨ mi compañero¨.  Esa palabra la  abandoné después de un par de años en Buenos Aires, donde nadie me entendía porque ¨compañero¨ era sinónimo de ¨peronista¨). Para registrarnos como pareja en la obra social, teníamos que ir al Registro Civil y hacer una declaración jurada de convivencia, llevando a dos testigos. Ahí tuve la primera epifanía de la vida adulta. Eso era un casamiento. Entonces había que casarse, pero para mí seguía siendo importante la unión ante Dios, había dejado de ir a Misa pero seguía teniendo fe.
Después de insistir poco, o quizás bastante, lo convencí a G de casarnos por Iglesia. Por supuesto que intentamos tener la boda más hermosa, sencilla y original que se pudiera. Nos casamos un mediodía de invierno en la Catedral de Colonia del Sacramento (el punto intermedio entre Montevideo y Buenos Aires). Llegué a la iglesia envuelta en un chal, subida en un zulqui tirado por un bayo viejo que nos encontramos dando vueltas por el casco histórico. Hicimos un almuerzo en un mesón colonial con una fuente y patio de rosas. Todo casi perfecto según mis cálculos básicos,  porque  yo no sabía mucho de bodas, nunca le había prestado mucha atención a los detalles de los casamientos de mis amigas (porque me parecían eventos demasiado remotos para mi vida), que no habían sido muchas hasta el momento. Ni siquiera sabía que la novia no tenía que usar bombacha abajo del vestido para que no se le marcara, o que el velo servía para que no se vea el culo cuando pasas por el camino central de la iglesia, o que había que practicar cómo caminar para no parecer unos patos cluecos. Todo eso lo ví después del casamiento, en el video casero que filmó mi primo).
Pero  yo necesitaba varios reaseguros para estar tranquila de que mi vida iba a ser diferente a la de mis padres, tenía que cumplir varias prendas como en un juego: la primera era convivir un buen tiempo antes de casarme, luego venía otra: casarme embarazada  a propósito, como cábala (le funcionó bien a los matrimonios apurados de mis tíos, quizás daba buena suerte). Así que nos pusimos a organizar la boda y a buscar un bebe a la vez, y las dos cosas fueron muy rápidas. Llevábamos tres años viviendo juntos y eso  era por lejos el récord máximo de toda mi vida sentimental. No sólo eso, llevábamos tres años de convivencia espléndida, sin conflictos, todo funcionaba genial: yo creía que no iba a volver a gritar en mi vida (armonía increíble), estábamos de acuerdo en todo, o en casi todo (compatibilidad óptima). No teníamos conflictos por pavadas (tranquilidad), cada uno hacía su vida independiente y estaba contento con su trabajo, y cogíamos dos o tres veces por semana (pasión). Ese fue el esquema durante unos cuatro años. Hasta que nació nuestro primer hijo. Todavía hoy seguimos trabajando en el nuevo esquema de organización.
 Pero volviendo a la magia del enamoramiento, todos hablan de conocer a la persona indicada, pero tanto o más importante es el momento indicado para conocer a alguien. Cuando las dos gráficas se superponen,  hay fuegos artificiales. Mi larga lista de los besos de sábado a la noche y la larga relación anterior de G, la experiencia de vivir solos, de tener compañeros de apartamento, funcionaron como los antecedentes correctos  para el puesto de pareja estable. Desde entonces, hace catorce años, seguimos trabajando firme, cada tanto con la fantasía de renunciar como en todo laburo, sobre todo después de una pelea exasperante, pero al fin y al cabo, creo yo al menos, que estoy en el puesto correcto.  

Otra forma de verlo: el universo se puede analizar según la formación académica de cada uno, entonces ¿cómo se produjo la reacción química que me transformó  de la estudiante con altas expectativas y ego desbordante en la madre neurótica y desbordada que soy hoy? Hubo un mecanismo de reacción complejo, con muchos pasos con diferentes velocidades y temperaturas, pasos críticos de control. Pero hasta el momento mantenemos la pareja en   estado estacionario, las constantes amor y paciencia a veces se neutralizan   con reproches y desencuentros. El producto resultante es  comprensión  sólida  con irradiación de alivio.

martes, 5 de agosto de 2014

La lista



Una de las obsesiones de mi vida al principio de los noventa eran los noviazgos largos: a los veintidós mi relación más larga había durado seis meses, en cambio algunas de mis amigas  tenían novios desde hacía cuatro, seis años. A medida que pasaba el tiempo, esos números iban creciendo. En cambio, el número que crecía en mi lista era la cantidad de tipos que pasaban por mi vida. No era una cifra de la que me sintiera orgullosa, pero la lista borrosa de los besos de sábados a la noche llegó a sumar varias decenas, por lo menos. 
La otra lista, la de los que llegaron hasta el final del juego, hasta la posta, era bastante más acotada. Apenas pasó la decena. Y aún así era mucho, comparada con mis amigas que se casaron con el primer novio. Era como si yo me hubiera quedado con el primero, el que me dejó por la novia anterior y volvió, y volvió a irse, y luego quiso volver otra vez,  el que estrenó la lista de traiciones me agarró con el orgullo y la dignidad intacta, así que jamás lo perdoné, y no sólo eso, a la tercera reaparición, yo ya vivía sola, estaba en la facultad, y él me llamaba todas las noches. Eso duró unos tres meses, y lo traté mal, con saña y placer, y él se dejaba tratar mal, a ver si compensaba. Pero se ve que le gustaba el drama. La única vez que me encontré con él, andaba por su tercer divorcio.  
Ese fue el principio de todo, así  se había empezado a esculpir mi tabla rasa del amor. Después del primero, durante un tiempo no me enamoré de nadie. Me estaba recuperando. Bueno, sí, me enamoré un poquito. Fue cuando estuve en Estados Unidos como estudiante de intercambio: era un compañero de la clase de teatro. Capitán del equipo de natación. Alto, rubio, risa fresca. Usaba lentes, era amable y dulce, muy considerado. Una vez me invitó a salir. Se quedaba callado y yo dejaba el silencio libre de mis palabras a ver si pasaba algo, pero nada. A pesar de mi ingenuidad yo sospechaba que era gay, pero a esa edad todas las comprobaciones estaban lejos del alcance de la mano. Ahora, con facebook, lo comprobé apenas nos conectamos. No tuve que hacer mucho esfuerzo, fue lo primero que me contó, además de la foto de perfil con su novio que ya lo dejaba claro. Por suerte no sufrí por él, más bien estuve en un estado de curiosidad permanente, era una ilusión a la que aferrarme. Después, volví a Montevideo y no había nadie que me interesara.  Entonces mi grupo de referencia eran los estudiantes de intercambio. Y por ahí, en algún grupo impredecible de una noche, conocí al amigo del amigo de un amigo. Un brasileño que fue mi primer brasileño, que me enseñó el gusto por un buen morocho de pecho fuerte, labios gruesos, ojos oscuros, pestañas espesas. Todos los que me crucé después, fueron la repetición del brasileño. La primera madrugada a la luz de un candelabro, botella de vino, perdiendo la vergüenza al placer porque sí, sin haber tenido tiempo ni de ponerme nerviosa, pero sin pasar la gran barrera. La sorpresa como nunca antes, del triunfo por encima de mis expectativas: esa noche más temprano, cuando lo descubrí en la fiesta pensé, está demasiado bueno, no me va a dar bola. Por supuesto que la cosa no terminó ahí para mí, demoré años en entender la diferencia entre amor y calentura. Durante meses seguí pensando en el brasileño. Una vez, le mandé una carta con unos marineros vestidos de blanco que conocí en la Plaza del Entrevero, sentada al sol, a mediodía, frente al monumento. Yo me podía poner a charlar con cualquiera, en cualquier lugar, contarle mi vida, hacerme amiga en diez minutos. Pasé años pensando en si esos tipos habrían puesto la carta en el correo de Río de Janeiro, para donde zarpaban al otro día. La conversación empezó porque yo venía del correo, no había podido enviar la carta y les habré contado de mi enamorado. Me parece que había huelga, en la época en que el correo todavía era vital, y se tiraban meses de paro a cada rato. Los marineron me ofrecieron enviar la carta desde Brasil, pero munca recibí una carta del brasileño.
Pero vuelvo a la casa donde estuvimos esa noche, una casa antigua con pisos crujientes, ventana de madera y vidrios a cuadros, el balcón con columnas de cemento torneadas. Durante meses pasaba por esa esquina y me quedaba mirando para arriba, el sol brillando en la ventana entre las ramas de plátanos repletas de hojas, o los postigos de madera cerrados, que no me dejaban verla. Otra tanda de meses estaqueada en un único momento  del pasado. Así entré a la facultad. En pocas semanas, por una continuidad tiempo-espacio de la solidaridad no muy bien definida, pasé de las misas del domingo en el colegio salesiano a las reuniones de la federación de estudiantes universitarios, y de ahí a las marchas, y a descubrir que la militancia y el ligue iban de la mano. Apareció otro morocho, al principio me pareció divino, le decían el Curro, por el Curro Jiménez, una especie de Zorro la teve española con patillas. Era uno de los clásicos estudiantes eternos, llevaba años en la facultad pero no había avanzado mucho. Militaba pero no trabajaba, vivía con la mamá, creía que los científicos en realidad no hacían nada útil, a pesar de que estudiaba ciencias biológicas. Aparecía por mi apartamento todos los días, se quedaba por horas. Cada día que lo veía  me gustaba menos y me aburría más, pero igual le dí una oportunidad: al primer beso, el resultado blando, cuidadoso, medio maricón, me puso en alerta. Yo conocía esa sensación aunque no la había vivido antes: mi madre siempre se ocupó de contarme cómo espantaba a los tipos que la querían vivir, tuve buen ejemplo al menos en algo. El Curro fue el primero, después hubo un par más pero nunca dejé que ningún tipo se instalara en mi casa.

Siempre viví en la burbuja de soledad de hija única, a pesar de que tenía muchas amigas. La paleta de amistades mutó instantáneamente cuando entré a la facultad. Mantuve a las del colegio de curas, pero el cambio de paradigma hacía difícil  sostener las teorías contrapuestas. Hasta ahí la idea estaba clara para casi todo el mundo que me rodeaba: no había que tener sexo hasta casarse, o al menos, hasta tener un novio serio durante un tiempo suficiente como para estar segura de que lo querías o posiblemente, de que te ibas a casar. La religión nos mantuvo tan dentro de la raya en el colegio, que me llevó un buen tiempo acomodarme a la libertad de la mayoría de edad. 


Con mis nuevas amigas de la facultad, yo quedaba en un lugar diferente, era la ingenua, la que no había llegado, la que tenía que aprender todo. Se me sumaba una insuficiencia más a las que ya acumulaba, la familia disfuncional, los padres ausentes, la falta de hermanos, la soledad consecuencia de vivir sola como remedio, la inseguridad sobre la carrera que estaba estudiando, sin hablar de las otras inseguridades, todavía me molestaba mi altura excesiva, las piernas huesudas, yo sentía que me faltaba todo lo que las demás tenían o daban por hecho.
Era el momento de empezar a sumar.  La lista de los besos de sábado a la noche empezó a crecer.  De vez en cuando, alguno caía en el tamizador, alguno  que parecía que me quedaba bien, como el estudiante de Agronomía de Carrasco que buscaba una buena chica católica para casarse, pero que antes se fue con una beca a Canadá. Otros, se veía a la legua que no eran lo que yo necesitaba, pero  igual me tiraba de cabeza, como con el estudiante de Ciencias Económicas, al que le daba clases de inglés en un instituto donde pagaban una miseria, y terminamos en su auto,  haciendo experiencia en bajar la cabeza debajo del volante. Tampoco era eso lo que necesitaba. Por ahí seguían flotando historias viejas, de esas que ya eran imposibles de concretar, como el compañero de colegio que me abrazaba en los cumpleaños para la foto familiar, donde la amistad y la duda dejaban el resto para nunca, o el amigo del amigo con el que salimos en una cita de cuatro, justo cuando no estaba esperando nada, y estaba buenísimo y era muy divertido, pero luego resultó que tenía novia allá en Artigas, como todos los estudiantes del interior. Las cosas no encajaban, siempre faltaban cinco para el peso. Parecía que no llegaba más, eso que yo estaba esperando.