martes, 16 de diciembre de 2014

La bruja




Estoy cerrando las cortinas de la casa nueva en la playa. El Océano Atlántico queda atrás de esas telas blancas. Los sillones impecables resplandecen con la resolana, la mesa enorme atrae la vista con su madera virgen perfecta, porque todavía falta aplicarle  el sellador que la va a sacar la  singularidad. Me voy del paraíso, me espera mi casa en la ciudad, mucho más baqueteada pero muy confortable y con sus encantos propios, con su jardín suburbano florecido por la primavera, y la pileta.
Es demasiado, me digo otra vez. Y me vuelve la frase lejana: ¨vas a vivir en la opulencia¨. Me lo dijo una bruja a la que fui a ver cuando tenía unos dieciséis años. El futuro de por sí irreal, aparecía menos creíble todavía unido a esa palabra. Y por otra parte estaba la pregunta, cuál era la idea de opulencia de mi bruja, una señora que leía la suerte en las cartas del Tarot, teñida de rubia, con cutis suave, lentes de maestra y rodeada de imágenes de santos, velas, incienso, sentada a una mesa cuadrada, en una casa chiquitita, una pieza al fondo, subiendo unas escaleras de un conventillo perdido en el barrio Goes, la cocina comedor  con una heladera celeste, un mantel de hule rojo, y macetas con malvones en la entrada.

 ¿De qué opulencia hablaba la bruja?. ¿Sería como la idea de mi abuela,  cuando decía que el dueño del bar de la plaza de Villa Colón  era millonario porque tenía una casa grande con  muebles finos, un jardín muy grande, y una camioneta? esa era la idea de lo que era un rico para mi abuela materna. Para mi abuela paterna, no. Ella era una mujer con clase, culta y moderna,  que tenía en el living los enormes cuadros al óleo de su padre y su madre (que me impresionaban por sus marcos dorados), combinando los muebles familiares del siglo XIX con sillones modernos  y eclécticas mesas de vidrio,  usaba la vajilla patricia de porcelana con el monograma grabado, pero tenía copas mexicanas de vanguardia, guardaba una carta firmada por el Rey Alfonso XIII, con los figurines en los que aparecían sus fotos de modelo en la década del ´30. Mi visión del mundo se nutrió del  equilibrio de ideas entre esas dos señoras que vivían en dos planetas tan separados que no parecían pertenecer al mismo tiempo real.

Fui a ver  dos o tres veces  a la bruja entre los dieciséis y los veinte años. Necesitaba certezas que no encontraba en ninguna parte. Alguien que me dijera que lo que estaba haciendo estaba bien, que iba por el buen camino, que no me iba a encontrar en una calle sin salida, en un precipicio o en una cueva oscura.
La última vez  que fui, me recomendó hacerme jugo de naranja, tomate y zanahoria para tener energía. Todos me veían demasiado flaca, hasta las brujas.

Me es fácil de ver ahora el don que tenía la mujer de interpretar la vida de las personas por su aspecto. Me leyó la mano y me dijo, a los doce tuviste una gran separación. La soledad se me debía transparentar en la mirada. La separación podía ser de mi madre que había emigrado a Europa, o de mi primer amor porque yo ya sufría por amor desde muy chica. O de mi padre, una separación que existió desde siempre por su incapacidad para ejercer la paternidad: de todas maneras, lo que decía la bruja aplicaba a mi vida perfectamente.
También dijo algo muy concreto, demasiado: ¨tu abuela se va a morir en el ´90¨. Otro dato  calculable sólo con mi edad. En algún momento de los próximos años, algún abuelo iba a morir, la probabilidad era alta. Pero mi abuela paterna murió en octubre del 90. Recién ahí me acordé, porque esto había pasado unos tres años antes.
¿Qué más me dijo?: ¨vas a tener dos o tres hijos, no abortes¨. Creo que en ese caso me veía cara de típica incauta que iba a meter la pata y a quedar embarazada de algún nabo, probablemente del primero que se me cruzara. La bruja daba lecciones de educación sexual entre líneas. Gracias a eso, siempre tuve pavor extra a un embarazo no deseado porque estaba escrito en mi destino y tomé todas las precauciones necesarias para evitarlo, casi siempre. La vez que no lo hice y tuve un atraso de dos meses estaba al borde del ataque de nervios cuando fui a  comprar mi primer Evatest. Tenía veintidós años. Me dio negativo y al otro día me vino el período, cuando se me pasó el susto, o según mis fantasías, tuve un aborto espontáneo. Nunca lo supe.

También le escuché decir ¨vas a ser como la mamá gallina con sus pollitos¨. Mi mundo era tan ajeno a las mamás y a los niños que jamás había escuchado la expresión. Pensé que la había inventado ella. Me calmó como una crema para el sol, que alguien me dijera, vas a ser una madre, vas a tener hijos. Fue la primera vez que me ví asociada a la maternidad. No tengo recuerdos de mi madre o tías hablando sobre mi futuro como una madre. Siempre como profesional. Es más, por mi madre (y sus celos eternos hacia ella, su hermana) supe que mi madrina decía que yo no me iba a casar nunca. Mi madrina era la madre perfecta dedicada a criar a sus hijos mientras el marido ganadero y fuerte trabajaba en el campo. Todo lo opuesto a mi madre.
Em realidad la única que me hablaba como a una futura madre era mi tía abuela que también vivía conmigo en mi casa cambalache, y cada vez que yo hacía algo que la disgustaba, si no comía o le contestaba mal, me maldecía, ¨ojalá tus hijos te hagan lo mismo que me hacés a mí ahora¨.  Esa sí que sabía de qué va la vida.

Quiero acordarme qué me dijo la bruja sobre la universidad. Como un manual de autoayuda,  me convenció, me dijo que iba a terminar la facultad, que me iba a ir muy bien en la carrera que había elegido. Que iba a llegar lejos. Y ahí le pregunté ¿y la literatura? y la mujer, algo desconcertada porque yo estudiaba ciencias, me dijo por las dudas, ¨seguí con la literatura, no sabés hasta dónde podés llegar¨. Mis dos primeros años en la facultad fueron penosos por la incertidumbre, después tomé la decisión de seguir hasta el final. No podía hacer otra cosa.

Las veces que fui a ver a la bruja salí reconfortada. No me dijo cosas feas, era como visitar a una vecina cariñosa, ir a sesión amable con una psicóloga, tener una charla con una profesora comprometida. Era como ponerse un chal y sentarse detrás de la ventana al sol de invierno, con los ojos cerrados.

Se lo recomendé a otras amigas, que también fueron. A mí me la había recomendado otra amiga, y así. La red de contención infinita de las amigas. Pero una de mis amigas volvió deprimida. La bruja le dijo que no se iba a casar, que iba a tener un novio que se iba a morir, que iba a tener un novio gay, que no iba a tener hijos.
Pasaron muchos años, diez quizás, y uno de mis amigos de la facultad murió de  un infarto, jugando al fútbol frente al Hotel Conrad donde hacía entrenamiento para trabajar en el Casino durante el verano. Era el novio de mi amiga. Se iban a casar después del verano. Al año siguiente mi amiga se fue a Barcelona. Tuvo una relación con un chico un poco especial, de esos que necesitaban todo pero eran incapaces de dar nada. Un día lo encontró con otro tipo.
Al año siguiente nació mi hijo con síndrome de Down. No lo supe hasta después del parto. El obstetra me convenció de no hacerme el estudio genético prenatal. ¿Quizás ese era el aborto que debía haber evitado?  Qué alivio hubiera sido pensar que mi destino estaba escrito, que todo sucede según un plan. Pero no, al final  entendí que la bruja tenía intuición, estadísticas a su favor, producto de conocer a miles de personas con  dudas y miedos y esperanzas. Sí, había una pequeña porción de sus comentarios que era inexplicable, pero no, no hay, no hubo ni habrá otro plan más que el que voy ejecutando como puedo. Y por eso no tuve ni dos, ni tres, tuve cuatro hijos.