lunes, 28 de diciembre de 2015

hablando de más

Hablo demasiado. Siempre me dejaban hablar. Eso es lo que creía yo pero  todo es subjetivo. Nunca fui el centro de atención cuando era chica, eran mis primos chicos, los que estaban con sus papás, los que alborotaban, lloraban y se peleaban; yo siempre portaba bien, pasando el verano al cuidado de una tía, siempre era la más tranquila. Salvo en la casa de mi abuela paterna donde  tenía mi lugar asegurado, ahí era otra persona, ¨un terremoto¨, como decía mi abuela, en los otros lugares, una laguna silenciosa. Los otros abuelos, maternos, con los que vivía,  no existían,  yo tenía que hacerlos desaparecer de mi vida para poder sostener la convivencia con ellos. Ignorancia, vejez, sus propias neurosis, la soledad incurable de esos tres viejos juntos todo el día chocaban contra mi adolescencia sin padres.

De un día para el otro aprendí a soltarme. Fue al cumplir dieciséis, el payaso saltarín que tenía atrapado en mi interior, se tiró para afuera, decidido a pasar la adolescencia a las carcajadas. El yo exterior era extrovertido y exagerado. En mi casa, silencio y mal humor.

Por otro lado, las visitas esporádicas a mi familia    paterna, mis tíos me dejaban tener el momento de atención central, o yo lo fui acaparando a pura charla. Todo empezó cuando me estaba por ir un año a estados unidos como estudiante de intercambio: gracias a esa aventura por venir, en el liceo, el grupo de teatro, en todos lados tenía un poco de popularidad, yo me creía de las grandes ligas pero seguramente no pasé de un nivel promedio, 

La cosa siguió al volver el año siguiente, todas mis experiencias americanas bizarras convertidas en grandes anécdotas; otra vez frente a los reflectores, eso creía yo, pero quizás la gente sólo me toleraba. 

La familia paterna otra vez, disfrutando mi exuberancia verbal, en esa edad en que los jóvenes pasan a ser los protagonistas de la familia y los tíos se empiezan a retirar despacito recostados en la silla con el whisky en la mano, con una media sonrisa y sacando cuentas de que ellos ya están de vuelta y comparando tu momento con aquellas viejas épocas de ellos

En la facultad, después de un mes y medio de silencio, empecé a encontrar mi tipo de gente, ese ectoplasma que se gestó de a poco, hasta convertirnos a todos en una gran masa amorfa y parecida. Era parte de un grupo, parte de mi aporte único era la perspectiva de vivir sola, me veían como la burguesa hippie y yo trataba de demostrar que la cosa era muy diferente. Pero en ese entorno no era la que más hablaba ni interrumpía  a todos como loca, no, porque estaba lleno de gente que hablaba mucho, muy divertida, muy fluida, yo no era la única ni la más charlatana. Ni la única que interrumpía. ¿O sí?

Después de unos años me tocó empezar a meterme en el mundo laboral, la experiencia de ser la colaboradora honoraria, la más chica, la recién llegada, me duró varios años porque en esa época todavía entraba poca gente a los grupos de investigación, tuve unos cuatro o cinco años de gracia mientras me moví entre tres laboratorios. Fui tomando experiencia y viento en la camiseta con mi personaje.  Hasta que me vine a buenos aires y la cosa se exacerbó, las bromas que me hacían por ser uruguaya, el aura narcisista que me hacía creerme inteligente simpática y graciosa. Cuánta gente me toleró en esos años,  seguro habría más fallutos de los que yo en mi inmadurez afectiva y desesperada necesidad de atención podía detectar. O quizás, no tantos.
Cuando pasé al mundo laboral en serio la cosa cambió. Estaba bien ser la graciosa pero no compensaba las cagadas. cagadas, faltas de atención, más chistes, nada de eso  funcionaba demasiado con las managers a la hora de evaluar mi desempeño.  Falta de atención, siempre, todos en cada lugar, la misma conclusión, tenes que poner más atención, los años habían pasado y yo me fui corriendo de ser la alumna brillantita de la escuela, del liceo, a empezar a subir la cuesta empinada de la facultad sin arañar las mejores posiciones, a la empleada mediocre de la industria privada. Mi inteligencia pasó a  ser un bien medio difuso, el esfuerzo tomó  el protagonismo absoluto de esos años. El humor empezó a parecer tonto. Y la falta de atención nunca despareció.


Demasiado ego, por años creyendo que era más que lo demás, para ir entendiendo de a poco que estaba lleno de tipos más brillantes, que yo había alcanzado mi techo, que había conceptos que no se derretían al deslumbrante destello de mi inteligencia. Había cosas con las que no podía.

Y después de años de intentar lo opuesto, me van haciendo ver que soy igual a mi padre al que no puedo tolerar ni verlo porque tengo terror de ser igual que él. Quise escaparme pero me alcanzó el destino como a Edipo. Me salteo varios años de explicaciones para llegar al momento actual.

Fui al psiquiatra, con la esperanza new age de encontrar una solución a mi ansiedad que siempre se disfraza de preocupaciones diferentes, y  en cinco minutos me recetó medicación para trastorno bipolar. Y  como la sesión se terminó, me quedé con  ganas de decir, ¿entonces yo también,  soy como él, como mi padre? Y de justificarme y decir, veeeeeen todos ustedes que todo es por eeeesoooo ahí está el asunto del vivir medio fuera de foco, de interrumpir porque me salta a la cabeza esa idea, acá estaba la justificación de por qué caía en esas distracción inevitable que me dejaba sin la máxima nota en la facultad, y en el laboratorio me hacía tener que repetir el experimento, para después hacerme quedar como una idiota por la línea que me saltié en el el exel en el laburo porque lo mío ha sido una carrera descendiente, un colina abajo en la dirección del éxito que queda para el otro lado claramente

Pero resulta que fui otra vez a verlo, y el psiquiatra tampoco me quiere diagnosticar como bipolar, no ya mismo, no ahora, entonces me receta segunda medicación, la primera me dio muchos efectos adversos. Cuando leí el prospecto de la segunda medicación, otra vez dice, indicaciones: trastorno bipolar y blablá, no sigo leyendo y  le vuelvo a preguntar en la tercera cita, pero entonces, ¿soy o no soy bipolar?
Y el tipo que no, que tengo un temperamento influenciable por el entorno por lo que no puedo manejar,  como las emociones de otros,  el fracaso y  muchas cosas más que podría agregar yo acá porque en realidad no me acuerdo bien qué me dijo después de la frase temperamento influenciable porque pasó la mosca mental y yo me puse a pensar mientras él hablaba, sacando yo las conclusiones antes de que él las dijera. Porque por mucho tiempo yo le terminaba la frase a la gente cuando estaban hablando. Debo haber aburrido a varios tipos.  Varios deben haber pensado qué insoportable o qué loca, cuántos me habrán bancado, tolerado, querido o falluteado. Durante muchos años sentí que mi cabeza iba más rápido que la de la gente alrededor, ellos estaban pensando todavía y yo ya había entendido y quería decirles algo muy importante e ineludible, ya.
Resulta que siempre tenía cosas interesantes que decir, que comparar, añadir, comentar, resaltar; en mi cabeza hay miles de datos que saltan a toda velocidad: cada vez que alguien está hablando lentamente pensando en lo que dice, yo tengo como un resorte que lanza comentarios al vacío  como pista de autito hotwheels.
 Claro que con los años se ha complicado la cosa cuando la gente a mi alrededor tiene experiencias que yo no tengo, culturales o laborales, porque yo fui quedando aislada en el mundo infantilizado de madres y niños,  vivo enchufada a todas las versiones de información que me da la era de internet, eso me salva de la anulación total, del vació mental, sigo teniendo la cabeza llena de ideas, pero está lleno de gente con ideas y conocimientos más avanzados, actualizados, pertinentes que los míos, me meto en zapatos que me quedan grandes, o yo me siento chiquita y cada vez más consciente de cada palabra desubicada que emito. Y sin embargo, no paro de hablar, todavía.  
Self conscious, cada vez más, ¿siempre hice lo mismo pero no lo veía antes? En los últimos diecinueve años me he exacerbado, y la causa, digo yo es porque mi marido  habla poco. Yo hablo por los dos. Y ya no tengo un grupo estable de trabajo. Soledad. Entre amigas también aturdo, imagino que me soportan. Hay un grupito chico, de fierro, estable. La nube difusa de madres del colegio, ese ente que alterna entre casienemigas y confidentes, amigas todo terreno y gente casi desconocida con la que sería imposible compartir una toalla en la playa.

Yo cada vez más consciente de mí, pero no me puedo evitar, sigo hablando, como por ejemplo, llevo años aturdiendo al jefe de mi marido y a su mujer,  dos franceses, cuando vienen a cenar una vez al año, son una de mis pesadillas más patentes. Me demuestran quién soy de verdad. Una neurótica.

Pero de pronto la bomba explota, en el lugar donde parecía que tenía mi lugar, siempre supe que no estaba la altura pero ahora veo que me toleraban más de lo que yo suponía.  Hasta allí llego. Me siento cada vez más fuera del mundo.

 Trato de  contrarrestar el efecto de ser yo misma, y convoco a un café de fin de año con las mamás del colegio, todas regias y divinas,  viejas conocidas, no-amigas, simpatías difusas y demás; de veinticuatro  invitadas tengo dos okey. Sé que no es a propósito, la invitación coincide con otro evento, yo no sabía. Y resulta que me pega en el resto bajito de ego que me iba quedando. Me imagino un funeral solitario en esta ciudad. Con suerte a mis hijos los acompañarán sus amigos. La poca gente que me conoce va a tener cosas más importantes que hacer ese día, impostergables.
Me acuerdo de mi antigua gran amiga, murió pero yo estaba a trescientos kilómetros, en la playa. Hacía unos seis años que no nos veíamos, para qué ir a verla cuando ella no me podía ver, me podía despedir mejor mirando a la espuma y las nubes de verano, con el viento de la playa de frente. Todo es un poco más mediocre en mí de lo que yo creía



lunes, 10 de agosto de 2015

Rescatando borradores: La caja que perdí aquella vez, y otros retazos.


Soy de tirar cosas. Desprecio el valor de lo material, y no porque soy espiritual, sino por falta de lugar, y por miedo al polvo y las polillas. Pero me persiguen como fantasmas los recuerdos de ciertas cosas que perdí por ese camino, como una caja con todos mis recuerdos de la infancia y adolescencia que había quedado perdida en el fondo del placard en el dormitorio que ocupaba en la casa de mis abuelos donde crecí. Cuando me mudé quedó ahí, y alguna vez me preguntaron por teléfono: ¿qué hago con lo que tenés en tu placard?, yo sin pensar respondí, tirá todo. Tiempo después recordé la caja con los carné del colegio (los boletines, ahora que soy casi una porteña me suena rara la palabra), fotos, y sobre todo, los diarios de mi adolescencia, donde escribí durante dos años cada detalle sobre mi primer amor de ojos azules y pelo enrulado y morocho, idéntico a Tom Hanks en Big. Me encantaría releer mi primera experiencia como escritora pero no podrá ser. Quedará en la neblina del ayer, como dijo Caetano Veloso.
Creo que dejé de escribir en el diario justo cuando me arreglé con Antonio la primera vez, que duró tres días. El primer beso. Del cielo al infierno en un viaje de ascensor.

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De chica no me gustaba comer. Eso decían todos. Yo me acuerdo que me daba arcadas el pescado, la espinaca con salsa blanca. No podía tragar el tomate ni la lechuga, y muchas cosas más. Además, siempre tuve las piernas y los brazos muy flacos, cosa que los hacía parecer más largos todavía. Mi abuela materna me hacía leche con huevo y cinco cucharadas de azúcar esperando que engordara. Yo miraba a mis primos con sus bracitos regordetes, sus piernas torneadas, mis primas con la cola redonda de nena perfecta, y me sentía tan torpe, tan fuera de lugar, como cuando me paraba al lado de cualquiera de ellos y el más alto me llegaba al hombro. Mis primos eran grupos de hermanos como un juego de dados: cinco varones, tres nenas y un varón, dos nenas y un varón. Ninguno tenía a sus padres divorciados, ni era hijo único . Salvo una prima regordeta y ultra tímida, Alejandra, que a partir de los catorce se convirtió de una vez y para siempre, con sus amigas de su colegio americano top,  en una de las cuatro chicas Sex and the City, sólo que veinte años antes de que existieran, siempre fue una pionera. Pero en esa época, cuando éramos nenas, aunque yo me divertía mucho con ella, no parecía que funcionara igual a la inversa. A mí me parecía genial hacerle cosquillas, y ella se lo tomaba como una ofensa personal, al lado de ella, mi problema con mi cuerpo era un chiste. Pero lo raro es que desde siempre me sentí más en un lugar de igualdad frente a mis primas del lado paterno, aunque en mi casa (o sea, donde vivían abuelos, tíos abuelos, mi padrino y mi madre) a mi padre lo llamaban el microbio y el inútil, mierda revenida y sorete mal cagado, y el mayor insulto que me podían hacer era decirme ¨sos igual a tu padre¨ -eso siempre corrió por cuenta de mi tía abuela, alias la yegua, como la llamaba mi madre (que era su ahijada). Desde chiquita viví en medio de la balacera de odio y amor de mi familia italiana-.

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jueves, 28 de mayo de 2015

El apellido


No se escucha más que los cascos del alazán que monta el niño, perfectamente vestido de fiesta dominguera con pañuelo, sombrero con cinta, bombachas con cinturón de monedas, botas de gaucho, y un rebenque en la mano derecha.  Es Toribio el que lo entrena en la prueba de riendas,  firme,  exigente.  Es como una clase en la escuela de choferes,  pero arriba de un caballo, hay que ir sorteando obstáculos
-¡Esquivalo, esquivalo, lo más importante es esquivarlo!
Silencio,  el bosque de fondo hace de pared para tapar el brillo del sol.  El niño hace el recorrido, esquiva, siempre derecho, elegante, fuerte y seguro en su metro treinta. Anda a caballo desde que era bebé, no caminaba y Papá ya lo subía a un petiso tubiano muy manso. Para que se críe  bien macho, bien de afuera, gaucho de sociedad rural,  oligarca testimonial, señor de las tierras que  ya no le van a pertenecer porque el abuelo vendió la estancia a unos porteños justo antes de que el Banco se la rematara.
Ahora  Toribio sólo tiene la sangre oligarca, pero no la tierra. Es administrador de los Jauregui,  que tienen campos en Artigas, en Tacuarembó, en Durazno.   Toribio siempre tan orgulloso y altanero, obedece con delicadeza a  su patrón, Don Jauregui.  Presidente de la Sociedad Rural de Cerro Largo, padrino de la Patria Gaucha. Eso quería Toribio cuando era chico, desfilar con el poncho patrio y la vincha  blanca, como Aparicio Saravia. Pero no, a su padre no le interesaba ni el folklore ni los festivales  tradicionales, la tradición era algo para dejar atrás, prefería estudiar catálogos de cosechadoras nuevas, compró un teodolito para mejorar la siembra,  se metió como dirigente de la Cooperativa de Productores Agrícolas de Salto, siempre votó al Frente Amplio pero nunca le interesó demasiado la política.
 Este es el turno de criar hijos para Toribio: ahora se puede desquitar. La esposa de Toribio viste al niño de gaucho para ir a pasear a la Rural,  y a la bebita también. Toribio se compra caballos purasangre con la plata que ahorra viviendo en la estancia de Jauregui. Le gusta cantar Aparicio Aparicio/te estoy buscando/donde estás General/de poncho blanco,  cuando hace la recorrida por el campo para ver a los animales.
El niño va a desfilar vestido de Artigas en la Fiesta de la Patria Gaucha.  Eso no es pa cualquier culo roto de la ciudad. Toribio puede mostrar todo su desprecio por la vida de Montevideo, esos ómnibus llenos de gente apretada, que no sabe andar a caballo, esos   que le tienen miedo a una falsa crucera, que no saben carnear una vaca. Pero sobre todo, no tienen idea de lo que se siente al mirar hasta el horizonte desde abajo del alero de la estancia, y saber que toda esa tierra alrededor es tuya, de tus hermanos y tu padre, como antes fue de tu abuelo, y de tu bisabuelo, que la heredó del viejo Garzón que en realidad llegó medio muerto de hambre  de las Islas Canarias y se instaló en la zona nomás. 
Ese es el desprecio profundo que le brota más que nunca,  porque ahora él observa hasta el horizonte desde la Casa del Administrador, y ve la tierra de Jauregui.  Entonces hay que aferrarse a la tradición, a lo que los otros no tienen. Eso es lo que le quiere dejar al niño, que va absorbiendo los gestos, la actitud de superioridad. Hay que cuidar cada detalle para crear un perfecto noble ganadero sin estancia.
-¡Perfecto, perfecto, perfecto, perfecto!
El jinete escolar revolea el lazo mientras esquiva tanques de agua vacíos, al galope, con elegancia y estilo, y completa la prueba con la seguridad de saber que está haciendo lo que Papá quiere, con la tranquilidad de haber heredado el  poder mágico, esa cualidad única que  tiene por ser un Garzón. Eso que él ya sabe porque cuando dice su apellido en la escuela, las maestras lo reconocen, la directora ha sido compañera de colegio de sus tíos, sabe quiénes son sus abuelos, es una familia muy grande, lástima que casi todos han perdido las estancias. Toribio  tiene hermanos que se fueron a Miami, donde el apellido Garzón no le dice nada a nadie, cuando lo pronuncian allá en sus trabajos mediocres, no se pueden olvidar del aura brillante que los rodeaba cuando vivían en su ciudad natal. El apellido era algo muy valioso. Ahora, en boca de los gringos se derrite, se desfigura como un sorete pisoteado.
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Toribio sale temprano a hacer la recorrida por el campo, un rato después del amanecer, después de tomar unos mates sentado con las piernas abiertas, en alpargatas, inclinado hacia delante,  repitiendo hasta el infinito la herencia de cada gesto de su padre y de su abuelo. Trata a los peones con la mezcla justa de respeto, distancia, aprobación y superioridad.  Conoce el mundo del galpón, allá adentro él  aprendió cómo funcionaba el mundo,  cuando era chico, observando al capataz de la estancia, sus movimientos, sus gestos y palabras,  incluyendo sus primeros conocimientos sobre el sexo,  gracias a las revistas porno, las diapositivas con fotos a color de mujeres abiertas de piernas,  y también por los ruidos sofocados y los olores y los movimientos confusos que espiaba a través de la cerradura del cuarto de las limpiadoras a la hora de la siesta,  cuando los peones las iban a visitar. Así nacían bebes a lo loco en la estancia, y los peones y las limpiadoras iban pasando, pero siempre quedaba Ernesto, el capataz, que lo trataba con respeto de señor, autoridad de padre, y complicidad de tío. Fue él quien lo bautizó Tobito, cuando apenas sabía hablar.  En su jergón de lana de oveja desayunaba  mate con asado y lo acompañaba al campo donde aprendió a andar en pelo y al galope agarrado de las crines nomás o parado sobre los pingos, a hacer pruebas de riendas, a bailar en las peñas con la música de los Iracundos.  Y un día Ernesto se casó y se fue a España, a vivir con su mujer que era enfermera. Nunca más anduvo a caballo, se convirtió en albañil.  Un traidor.