martes, 22 de marzo de 2016

Distintas muertes II


Entierro de enero

Es la primera vez que veo morir a alguien, me dijo mi prima, las dos sentadas frente al cajón de su padre. Me contó cómo había ido dejando de respirar de a poco bajo el efecto de la morfina, para no sentir el agobio del ahogo progresivo. Se fue en paz y rodeado de amor. Después la conversación tomó otro rumbo. Todos me iban a decir lo mismo ese día.
-Mirá, nosotros no te juzgamos, no te sientas mal pero tengo que explicarte algunas cosas, tu padre no está bien, nosotros no te hablamos de él si vos no preguntas pero si él te ve se descompensa, le da el patatús, así que tratá de que no te vea en el entierro. Le dijimos que no venga al velorio, no le va a hacer bien.  La última vez que te vio se descompensó, en el casamiento de Carola
-Pero yo nunca me enteré, ¿los tíos tuvieron que ocuparse de él, irse de la fiesta? Nunca me dijeron nada, eso fue hace diez años.
-No, si vos no preguntas no te decimos nada, es tu decisión, es personal. Pero tu padre está ahora en una casa de salud porque además toma mucho alcohol, no toma la medicación, se separó, su estado mental es frágil.
Después de veinticinco años, noticias de mi padre, de pronto tengo información concreta con la que tampoco sé qué hacer. Qué hacer con un padre alcohólico, bipolar, que está en una casa de salud mental, con alguien que no fue parte de mi vida porque su esposa prefería no tenerme cerca. Hace un año que su mujer lo puso en una casa de salud porque además de bipolar es alcohólico. Yo no tenía esa información, resulta que mi padre se suma a la lista de los alcohólicos de la familia. Eso me pone a mí un paso más cerca del alcoholismo de lo que  siempre sospeché. Pero yo vivo en control de mi vida, los dientes apretados, con las riendas firmes en todo.  Hasta que algún día se me escapen.  Como siempre, el tema de mi padre se me va de la mente, es algo que no puedo controlar desde hace décadas, se esfuma de mis pensamientos. Ni siquiera mientras viajaba en el ómnibus camino a Montevideo pensé en él: iba recordando todos los momentos de mi vida en que mi tío Agustín estuvo ahí para ayudarme. Entonces, mi padre. La situación se volvió demasiado aún para ella, la mujer, mayor que él, que se casó sabiendo que el hombre no estaba muy bien de la cabeza pero ella quería compañía, estaría por los treinta y pico y tenía una herencia, necesitaba a alguien dócil que hiciera caso en todo, que se dejara mantener y no chistara. Ella no quería tener que lidiar con la hija de ocho años del matrimonio anterior de él, ese de los veinte años, porque de esos matrimonios solo salen errores, es el precio que hay que pagar para crecer. Y así yo había quedado fuera de la vida de mi padre desde chica, aunque para decir la verdad, antes tampoco existió una vida compartida. Podía pasar meses sin verlo y por eso no fue raro enterarme un día que se había casado un tiempo atrás.
La muerte de mi tío no llegó de sorpresa, sí la noticia del segundo cáncer, ya ineludible, que me dio tiempo para un viaje fugaz, una despedida incierta en la clínica, con sonrisas y optimismo falso, un último abrazo y después no lo vi más. Un par de semanas después, llegué directo al velorio donde fueron apareciendo muchas caras, de parientes y personas especiales y lejanas del pasado familiar, como en una boda, sólo que estábamos en un funeral y las bodas van quedando lejos. Los entierros se acercan. El tiempo se acaba para mis tíos cansados, canosos, enfermos, y mi generación queda al frente, para ser la próxima. El mejor momento ya le pertenece a los que tienen diez años menos que yo. A nosotros nos quedan diez años de energía, diez para decaer, diez más de incertidumbre hacia la decrepitud.
Me tuve que esforzar para encontrar los recuerdos indelebles que me humedecieran el corazón seco  por los ansiolíticos. Mi tristeza parecía una caja vacía. No tenía nada para dar, un dolor sin lágrimas. Por dentro la depresión me va oscureciendo pero por fuera insisto en mantener la apariencia luminosa de la joven alegre que ya no soy,  mi vacío laboral y social son los cimientos que sostienen al  edificio de la estructura matriarcal que vengo construyendo en lo que va del siglo, y que va a colapsar eventualmente, cuando ya nadie me necesite.  
El entierro fue sobrio, silencioso y rápido, y el sol de enero no molestaba entre la sombra de las palmeras y el viento del mar montevideano.  Sin el típico calor asfixiante de Buenos Aires, mi ropa era inadecuada, aunque eso sólo empezó a incomodarme un par de días después del entierro, cuando caí en la cuenta de que la musculosa y la pollera que había llevado en mi mochila eran desubicadas. En el momento de salir corriendo a tomar el ómnibus, agarré lo primero que tuve a mano entre mi ropa de veraneo. Pero como siempre, en retrospectiva la mayoría de mis actos  y palabras no resisten el análisis y todo lo que hago está fuera de lugar.
No supe dónde estaba mi padre entre los pocos asistentes al entierro en ese enero vacío en Montevideo. Podía ser uno de esos señores flacos pelados y débiles que aparecieron, con lentes oscuros y antiguos, la expresión perdida, con camperas de jogging y camisas que alguna vez fueron de su tamaño, encogidos, encorvados. Alguno de esos podía ser mi padre pero no pude distinguirlo. Ninguno de esos ancianos tenía ningún rasgo ni cercano de los que yo recordaba de la cara de mi padre, los mismos que se repiten en los rostros de mis tíos y los que me encuentro frente al espejo.  En el cementerio sólo vi a la vejez que disuelve lo que queda de los individuos para convertirlas en parte de una masa gris de arrugas similares, huesos débiles y movimientos lentos. Como a un perro desconocido, no encontré a mi padre entre los asistentes al entierro de mi tío. Creo que no me ve, pensé, no es ninguno de esos, quizás está más atrás. No se generó ningún ataque de pánico. Es probable que alguien lo estuviera cuidando para que no se acercara demasiado al cajón, ni a mí.
Cuando terminó la ceremonia, una de mis tías, ex mujer de mi tío recién enterrado, me sacó del brazo muy rápido por un costado del cementerio. Salimos por una avenida diagonal entre los monumentos mortuorios, y de pronto estábamos en la puerta, le di un abrazo, salí, caminé una cuadra un poco desorientada y me subí a un taxi salido de la nada, en una calle ancha y desierta, a media tarde. Todos los lugares que antes conocía como la palma de mi mano, tienen ahora algo de foto de instagram, de recuerdo de mentira. Todo es otra cosa.
Llegué a la terminal de Tres Cruces pensando que perdía mi ómnibus, pero  estaba equivocada y faltaba una hora para salir: un acto fallido con el que se hubieran deleitado todos mis psicólogos.  Me senté a tomar una cerveza con un pancho en La Mostaza, toda una traición a los únicos panchos que tolero en el mundo de los bares (los de la Cervecería y Frankfurtería La Pasiva). Una Pilsen y un Rivotril deberían hacerme dormir en el viaje lo que no  había dormido la noche anterior.  Sentada sola en el bar, en medio de la multitud de la terminal me sentía libre. Buscaba la culpa, la responsabilidad de hija, de adulta, y me vi una vez más como  un ser mediocre y vacío. ¿Sería orgullo? no encuentro forma de cambiar la inercia de mis actos. No tengo motivos para acercarme a mi padre, o tengo miedo. Qué tan loco puede estar ahora, o al revés, qué tan cuerdo. Por lo que dicen, no mucho. Me acuerdo de alguna película en la que una hija tenía que ir a buscar a su padre indigno de su bondad, le consultaba a algún consejero que le decía, ¿eres felíz? Si, decía ella, y el consejero le decía, entonces es el momento de ser generosa. Y allá iba ella, la hija hermosa. Generosa, es algo que intento ser pero en el fondo soy más bien mezquina. Pienso en la mujer de mi padre, a quien no conocí hasta unos meses después de casados, veía a mi padre una vez o dos veces por año. Después, la explicación, a Gracia no le gustan los niños así que prefiere que no vengas a casa ni llames. Nunca pasé las fiestas con ellos. Nunca me fui de vacaciones con ellos a pesar de que se iban cada verano, un mes a Brasil, un mes a Punta del Este. Las situaciones poco frecuentes iban aumentando en mi vida año a año: un tiempo después mi madre se fue a vivir a España y yo me quedé con mis abuelos. Entonces, en los dos primeros años, el vacío era tan grande en mi vida, que mi padre encontró un hueco para llevarme al cine y después a tomar una coca, de vez en cuando. Fueron los únicos tiempos relativamente normales en los que no me parecía tan extraño, estaba aprendiendo a ignorar sus desacomodos, como cuando se puso a llorar mientras se peleaba con una vendedora de supermercado. Después de ese breve espacio preadolescente, desapareció el lugar en el que podía coexistir con mi padre. Sólo fui dos veces a su casa en mi vida, por asuntos imprescindibles, seguramente para que  firmara algún documento.
 Para cuando pasé los veinte, sin planearlo, un día cualquiera despegué su presencia errática e incómoda como una etiqueta falsa, un caso de portación de  título de padre por razones de existencia.  Nunca me pude arrepentir, tampoco me lo tomé como una cuestión de justicia divina, sino una solución saludable. Era la edad para sacar todo lo raro de mi vida. De pronto, con una excusa chiquita, sucedió. El empujón al vacío me lo dio mi padre justamente  cuando me reprochó  que yo iba almorzar a casa de mi tío muy seguido (yo atendí el teléfono cuando él llamó precisamente a la casa de mi tío), que me esperaba una vez por semana, me escuchaba, me ayudaba en todo lo que podía.  A partir de ese día no lo vi más. Él me llamó una vez, tres o cuatro años después  y volvió a formular sus preguntas rituales desde hacía una década ¿cuándo te sacan los lentes?, ¿tu madre piensa volver de España?, ¿cuándo te vas a ganar una beca para estudiar en el exterior?.  La miopía alta y los planes de mi madre estaban fuera de mi control. La beca la obtuve, porque yo creía que era lo mínimo que el mundo esperaba de mí. Después, ya no estuve a la altura de mis propias expectativas, ni de las del mundo.
Para mí no existió otro concepto de familia que lo que después supe que se llama ¨familia extendida¨. Tíos, abuelos, primos segundos, tíos abuelos, padrinos, todos eran mis familiares directos y mis referentes principales. Mi tío Agustín siempre estuvo para ayudarme, era en su casa a donde me quedaba  a dormir las pocas veces en que de niña  mi padre me buscaba un fin de semana, el paseo incluía ir a lo de mi tío y quedarme allí con mi prima a jugar.  Para mí era genial quedarme a dormir en casa de mi tío, y siempre era mejor que estar con mi padre que decía y hacía cosas raras. Cuando me fui a vivir sola, mi tío me ayudó a instalar estantes, luces, calefón, y todos los problemas hogareños que surgieron durante años me los resolvía él con una sonrisa y diciendo, no es nada flaquita.  Cuando nacieron mis hijos y antes de que nacieran sus nietos, él se encontró un puesto de abuelo vacante.
Ante la pregunta, ¿me voy a arrepentir alguna vez? Todavía no sucede. Porque viví muy tranquila todos estos años, porque no sé de qué me salvé. Ahora no me siento responsable. Es cierto que me estoy tomando una venganza fría contra alguien que no tiene capacidad de defenderse. Pero siempre estuvo al límite de lo normal.  Las pocas veces que aparecía hacía cosas raras como ofrecerme un cigarrillo a los ocho años y llevarme a pasear en moto sin casco a toda velocidad. Era un loco  cuerdo, difícil de catalogar y más difícil de tener como figura paterna porque oficiaba de decorado. Mi padre era una escenografía de algún acto mínimo en mi vida.  Desde muy chica yo tenía claro que la relación de mi padre conmigo era muy diferente a la de mis tíos con sus hijos, todos mis tíos eran mis ídolos porque eran tipos fuertes, protagonistas, en el desayuno y la cena, en los cumpleaños y en las fiestas, se hacían cargo de sus hijos, tomaban decisiones, los rezongaban por causas razonables, estaban ahí para lo que se necesitaba. Yo tenía que actuar,  hacía de cuenta de que era una hija escuchando a su padre, cuidaba la escena, para que mi padre pensara que estaba cumpliendo bien su papel.  Además tenía que escuchar a mis abuelos y a mi madre hablar de mi padre, pero lo que me asustaba era que entonces yo también llevaba esa cosa podrida en la sangre como una enfermedad secreta. Mis problemas en general eran resueltos por sustitutos, tías que me llevaban de vacaciones y me invitaban a pasar las fiestas con ellos, mi abuela que me llevaba al médico e iba a las reuniones escolares, hacía las tortas de cumpleaños, porque mi madre tampoco aparecía demasiado: antes de irse a vivir a España, era una estrella distante. Siempre estaba trabajando, se iba temprano, llegaba tarde, dormía todo el fin de semana para recuperarse, incluso vivía en otro lado, en un apartamento más cerca del centro. Lo que ella hacía sí era importante, se sacrificaba trabajando como loca pero ganaba una miseria, estaba deprimida porque no encontraba pareja y todos a su alrededor ya estaban casados, amigos y parientes. Se fue de Uruguay buscando resolver esos dos problemas. Pudo resolver uno solo.

Los hijos de los alcohólicos parecen tener una relación desesperada con sus padres. Resulta que yo también soy hija de un alcohólico y no lo sabía. Lo mío siempre fue el desapego, ¿cuándo lo aprendí?. Habré sido una pequeña hija de puta o sólo aprendí pronto a manejarme en mi mundo. La pregunta que me da más miedo es, mis hijos me querrán en el futuro, me lo mereceré o encontrarán una justificación para odiarme y alejarse. Por eso decidí estar pegada a ellos como una sopapa. Voy y vengo, doy vueltas, hago todo, estoy cerca, soy la mamá helicóptero pero no me gusta hacer manualidades, o jugar juegos de mesa. Tengo el miedo secreto de no haberles sabido enseñar a jugar y por eso mis hijos prefieren la computadora, la Play, el iPad. Después miro a la sociedad alrededor y me conformo un poco. Pero sé que hay mejores madres que yo por todos lados. Yo compenso estando todo el tiempo que puedo con ellos, mientras mis hijos me necesitan, hasta que no me necesiten más.

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