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sábado, 18 de diciembre de 2010

Staff meeting

Como siempre le sucedía más o menos a fin de octubre, cuando la primavera estaba en su punto medio, después de esa tarde de reunión con Luis, Rosana empezó a encontrarle algo interesante, indescriptible, a sus ojos brillantes, a los cachetes de niño y a sus brazos flacos. Era una decisión casi premeditada. Era el momento de olvidarse de Eduardo. Ya lo había intentado antes, al menos una vez. El resultado había sido transitorio. Es decir, durante un par de meses salió con aquel Fernando, profesor de historia y jugador de fútbol frustrado, una combinación rara que daba como resultado un buen cuerpo con la cabeza de un intelectual, casi perfecto. Si no hubiera sido porque los porros lo dejaban a veces sin fuerzas en medio de un polvo. Y que le salía el nerd de vez en cuando, y no podía dejar de hablar de lo horrible que había sido su mamá, quizás lo hubiera intentado un par de meses más. Pero ahora estaba en un nuevo intento de olvidar, y de pasar a una historia fresca. Luis tenía algo de frágil, de pajarito herido. Daba ganas de cobijarlo bajo las alas, o más bien de apretárselo entre las tetas. Las horas que compartían por semana no eran más que un par, en las reuniones de staff, pero todos los días tenían excusas para escribirse mails. Rosana arrancaba, y Luis contestaba con gracia y con algo de ternura, siempre. Quizás la ternura estaba solo en esos finales de ¨beso grande¨ o ¨muchos besos¨ a los que Eduardo la tuvo tan desacostumbrada durante todos esos años de ir, venir, desaparecer y reaparecer. Pero por otro lado, tanta ternura parecía exageradamente inocente. Le dejaba la duda de si de verdad quería decirle que le mandaba besos o si no era más que la costumbre que ese chico tenía de ser un tierno con sus hermanas y su mamá. ¿Y si todo era educación y amabilidad y no había nada de tensión real atrás de esos intercambios electrónicos?.
Pasó un par de días pensando si él se animaría a invitarla a tomar una cerveza después del trabajo alguna vez. No era fácil, no coincidían físicamente en ningún lado, salvo en la reunión de los martes. De hecho, esas reuniones habían empezado a fin del otoño, y durante todo el invierno, a Rosana no se le pasó por la cabeza mirar a Luis más de dos segundos de corrido. Pero la primavera siempre le despertaba pasiones imperceptibles que hacía leudar a pura fantasía. Así durante unas cuantas semanas. Pero Rosana tenía poca paciencia, y las señales de Luis se hacían cada vez menos claras. Pero todo se aclaró, como siempre. Hasta esa tarde de fin de noviembre, cuando el chico así sin querer comentó que su novia se estaba mudando y la tenía que ayudar, Rosana no había tenido en cuenta esa posibilidad tan obvia, tan evidente. De pronto se sintió liviana, pero encandilada, como si le hubieran puesto una linterna directo a los ojos. Durante un par de noches, se despertaba para ir al baño y escuchaba la voz de Luis diciendo ¨porque mi novia...¨. Le dolía alguna esquina del pecho, como si se le hubiera quedado pegado un alfiler al soutien. Después, de a poco, se le fue pasando, como si hubiera tomado un calmante para el dolor de muelas. Ya estaba grande para seguir cayendo en la misma trampa de siempre. Sin querer, o por costumbre, de a poco se le volvían a colar algunas imágenes perdidas de Eduardo, siempre las mismas, repetidas. Pero más tenues, más apagadas. Ya estaba empezando Diciembre y la luz del atardecer interminable le subía el ánimo cuando salía del trabajo. En vez de esperar el colectivo, se iba caminando desde el centro hasta su departamento, mientras quedaba luz natural. Para cuando llegaba a su casa, la noche la envolvía sutilmente pero ni se notaba, la calle estallaba de luces, y los negocios seguían abiertos, con las vidrieras llenas de arbolitos de navidad. La ciudad la consolaba cuando se ponía triste en verano.


martes, 12 de mayo de 2009

la ventana de la esquina


Mientras camino hacia esa esquina con Agustín de la mano, que me pide insistentemente que le compre un alfajor, en una sonriente mañana otoñal de vacaciones, el recuerdo me cae en la cabeza literalmente, como una rama o una manzana que cayera de un árbol.  Ahí al lado del kiosco, esa ventana, era la casa de Fabio.  Hacía años que no pasaba por allí. Años que no lo recordaba. Tiene sus ventajas irte de la ciudad en que naciste. 
Irse: verbo en infinitivo, verbo de los deseos, del futuro.  Finalmente un día me fui.  Para los que se quedaron, los recuerdos se mantuvieron anclados a lugares reales, que cruzan a diario, fijos como barcos en el puerto.  Para los que nos fuimos, las memorias están impresas en frágiles fotografías que se nos van borrando con el tiempo, que se decoloran. Pero la casa ahí sigue, firme y rozagante con su ventana en la ochava, la puerta de madera alta, angosta, con los pomos de bronce, y el balconcito con barrotes torneados.  Se me cruza por la cabeza la canción que habla de  ¨diez años después¨.  Me recuerdo con piedad y ternura. Diecinueve años tenía yo. Ahora tengo el doble.

Nos fuimos del cumpleaños de no sé quién, caminando por la rambla, y charlando, charlando, charlando. Recién nos habíamos conocido, pero no podíamos parar de contarnos cosas. Nos fuimos de aquel cumpleaños  a eso de a las cuatro de la mañana. Caminábamos y nos mirábamos a los ojos.  Cuando llegamos a mi casa serían las siete.  La calle estaba vacía, era toda nuestra. Eramos los dueños del amanecer. Todavía teníamos cosas que decirnos. Nuestras palabras coincidían, se acomodaban perfectamente las unas con las otras como en un juego de amor (o de sexo) perfecto.