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domingo, 15 de septiembre de 2013

El Jefe



Parece que va a nevar, me dice Gerardo. Pero no, es lluvia finita, y  un frío de invierno verdadero, de noche a la intemperie, no el de calefacción y auto y mediodías de sol que vivo en mi burbuja presente. Estamos viendo a The Boss, cantando y tocando la guitarra con los moves de tres décadas atrás. El frío me lleva a las noches de mi adolescencia en minifalda, saliendo a bailar desabrigada, congelada por el viento montevideano, cuando no lo vine a ver porque era chica, tenía dieciseis años y el viaje a Buenos Aires era caro y el peligro incluido,  nebuloso. 
Pasó mi vida entretanto. Hoy estoy en el Campo preferencial. En casa quedaron cuatro hijos y un amigo, jugando juegos en la computadora, y la empleada, mirando HBO.  Y yo vengo a recordar mis Glory Days. Veo una bandera de Peñarol flameando a unos metros, más cerca del escenario. Fue Leonardo el que mi hizo escuchar a Bruce Springsteen, y a Dire Straits. Me pregunto si puede haber otro uruguayo tan hinchapelotas como para venirse con esa bandera. En el fútbol nunca nos pudimos poner de acuerdo. Me voy lejos, a una charla de reencuentro imaginaria, a una foto para subir a Facebook y hacerle adivinar a las pocas amigas que lo pueden recordar de aquella época, quién es el personaje que me encontré. Me pregunto si estará canoso o pelado, si tendrá rulos grises o se habrá convertido en su papá. Escaneo las caras cercanas pero no lo encuentro, sé que si está, es allá adelante, pronto para cumplir su sueño viejo. Me pregunto si le quedará entusiasmo para la aventura, o si estará en Montevideo y le habrá dado pereza la travesía o el gasto para venir. El show pasa, The Boss recorre el campo con su guitarra, impresionante. Nunca ví un show como este en mi vida. Nos movemos para todos lados tratando de seguirlo. Hay una valla pero está ahí, a tres, cuatro metros. Los sueños se cumplen, pero no tienen buen timing. Seguimos así hasta pasada la medianoche. Bailamos Dancing in the dark, pero la que sube al escenario es una nena de veintipocos años, posiblemente no había nacido en el ochenta y cinco, cuando aluciné con el video. 
Cuando termina, salimos todos tranquilos, en silencio, apurando el paso para no congelarnos, no me cruzo con ninguna bandera uruguaya, ni de Peñarol.  La vida sigue. Algunas puertas del pasado siguen cerradas. 

lunes, 13 de septiembre de 2010

La primera noche



Por la ventana se veía sólo el negro intenso del pozo de luz, acentuado por la noche. El viento hacía remolinos en ese agujero sucio y las ráfagas dejaban temblando los vidrios mojados por la lluvia. El apartamento estaba casi vacío todavía, y con el silencio parecía más gris de lo que era. Daniela prendió la lámpara de pie que se había pertenecido a su abuela, le daba un aspecto más cálido al piso de roble ennegrecido, y se sentó sobre el colchón cubierto con una manta hindú y almohadones de colores que era su nuevo sofá. Traía un té de la cocina. La única manera de mantenerse caliente en ese lugar helado. Los buñuelos de espinaca que se había hecho para estrenar la cocina le habían caído un poco pesados. No estaba segura de si habían quedado un poco crudos o muy aceitosos, o si eran sólamente los nervios de vivir sola, por fin. Cada tanto escuchaba alguna voz en el corredor, gente que entraba o salía de sus apartamentos, tan oscuros y fríos como el de ella, siempre acompañados por el estrépito que hacía la puerta de la calle al cerrarse. Esos ruidos la conectaban con el mundo de afuera, como una excusa para imaginarse que no estaba completamente sola en ese lugar.
El malestar no se le pasaba, más bien se estaba sintiendo peor. Le vino una arcada muy fuerte y apenas pudo llegar al lavatorio del baño para vomitar todo lo que había comido. Se lavó la cara, la boca y se fue a tirar sobre su cama. Allí se escuchaban los ruidos de la calle, los ómnibus y camiones que frenaban en los semáforos, unos para ir hacia el centro, otros para salir de la ciudad. Todos aceleraban sus motores viejos cuando venía la verde. Así toda la noche. Ante cada silencio, Daniela esperaba en vano que se mantuviera la calma hasta que ella se pudiera dormir, pero a los dos o tres minutos, otro semáforo, otra vez primera, segunda, ruido, ruido. Se sentía débil, no le daban las fuerzas o el ánimo para volver a levantarse, ir a la cocina, tomarse otro té o algo. No había nadie a quién pedirle ayuda. Tenía un leve nudo en la garganta pero algo le impedía llorar. La peor parte de la soledad era que no sabía cuánto iba a durar. En algún momento de la noche finalmente se durmió.
La radio-despertador y su música a todo volúmen la sobresaltaron cuando ya estaba claro. Ahí seguían los motores, los caños de escape. Le parecía que cargaba un saco de arena arriba de su cuerpo. No podía siquiera abrir los ojos. Así pasó media hora, cuarenta y cinco minutos, hasta que la alarma interior le dio el impulso necesario para incorporarse. Se vistió con el jean del día anterior, una polera a rayas, los borceguíes y un saco rojo. Se ató el pelo en un moño desordenado. Tomó un té con leche y tres galletitas de agua y salió de su casa. La puerta del edificio se cerró con estrépito detrás suyo. Ya estaba en la calle y por suerte tenía la parada en la esquina. Se subió la capucha de la campera y se apretó más la bufanda. Le hizo señas al 145 que venía lento, listo para detenerse en el semáforo rojo. El sol asomaba, frío, entre las nubes. La vida parecía mejor a esa hora. En un rato seguramente se iba a cruzar con él, quizás en el comedor, quizás en algún pasillo. Colgada de una fantasía se subió, pagó el boleto y se sentó.







lunes, 21 de junio de 2010

la novia de la noche más helada


Tengo la nariz congelada. Ni hablar de mis pies en estos zapatos azules tan italianos y tan poco apropiados para una noche de junio. Me da igual que mi vestido largo strech ya esté un poco estirado de más. Me acuerdo del casamiento de Lucía. Qué bien me quedaba. Los botones con perlitas azules en la espalda, la panza chata. Ahora todo está más flojo, y no sólo es el vestido. El frío que traspasa las medias de nylon no es ninguna novedad. Aunque ya hace décadas que no salgo a bailar, sigo odiando el frío de las madrugadas de invierno. Me da igual el estado del vestido, apenas me peiné y casi no me pinté. El tapado gris de mi madre no tiene nada de gracia pero al menos me llega hasta los tobillos. Todavía no llegamos al salón de fiestas y ya estoy soñando con estar en mi cama, calentita. Al menos pude salir rápido de la iglesia. Fue como pasarse una hora adentro del freezer. La calefacción del auto apenas me empieza a calentar los pies y por suerte falta para llegar a Carrasco. Encima la fiesta es frente al mar, no quiero pensar en el momento en que tenga que bajarme en plena rambla. Espero no tener que saludar a los novios. Ese tipo es una caricatura de hombre. Yo entiendo que mi cuñada ya estaba grande, y deseaba casarse más que nada en el mundo. Pero ¿realmente necesitaba casarse con esa marioneta?. Confío que es su estrategia para por fin poder divorciarse y salir a festejar como hacen sus amigas.
De a poco logro calentarme las manos. Bostezo.
-No te apures, le digo a Julián.
Me levanta algo el ánimo pensar en un champán con canapés, pero preveo la mesa de familia política donde nos sentaremos y los invitados cercanos a la jubilación que me voy a encontrar en la fiesta y cambio de opinión otra vez. Empiezo a planear la retirada oculta. Vuelvo a bostezar y la sola idea de aguantar un parlante de un metro de alto explotando en mis costillas al ritmo de Miranda, me termina de convencer.
Ya se ven las luces del club allá adelante, y todavía hay algunos taxis en la puerta. Es ahora o nunca. Dejo que Julián camine adelante con sus zancadas de siempre, es una ventaja que mi taco corrido no me deje saltar las piedras con tanta velocidad. Disimuladamente me voy desviando hacia un taxi que está a punto de volverse al centro. Le hago la seña y me meto en el asiento trasero, apretándome el tapado contra el cuerpo. Listo.
Mientras el auto arranca y pasa por la entrada del club, puedo ver la expresión pasmada de Julián, lo saludo con la mano sin abrir la ventana.