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martes, 10 de mayo de 2011

Se acabó el verano





Aquel flash en medio de la oscuridad me sorprendió mientras revolvía la salsa en el sartén. No imaginaba dónde podría estar posicionado el audaz fotógrafo en esa noche de campo cargada de nubes. Al fogonazo de luz le siguió una explosión fuera de lo habitual, unos segundos después, y fue entonces que entendí que se venía una tormenta fuerte. El viento empezó a soplar sin previo aviso, y la fuerza era tanta que los vidrios de las ventanas temblaban hasta repiquetear como un motor a punto de arrancar. La cabaña que había comprado a un pescador, y que se convirtió en mi refugio del mundo desde hacía un año, de pronto parecía terriblemente frágil. Se podía escuchar la amenaza vibrando en el techo de chapa, que resistía la fuerza persistente. En unos minutos llegó la lluvia, toda junta, de repente, y las gotas que caían eran enormes, pesadas, copiosas, insistentes. El estruendo de los truenos no dejaba de atemorizarme cada vez que me sorprendía una detonación. La fuerza del viento empujaba el agua por debajo de la puerta hacia adentro, chorreaba de las hendiduras de las ventanas, y empezaba a filtrarse por las grietas del techo, mientras las gotas iban convirtiéndose en verdaderos charcos, en unos pocos minutos. Mientras corría buscando baldes, cortando botellas de plástico y cajas de tetrabrik, tratando inútilmente de atajar el agua que caía desordenada por el viento, el alambrado afuera se sacudía frenéticamente, doblando los palos sueltos que se habían desclavado de la tierra. El rugido del mar quedaba silenciado por la frondosa lluvia que nos ensordecía como una máquina imparable. El viento seguía silbando con su tono agudo y amenazante, la lluvia caía oblicua. Presentía cómo el camino de tierra iba quedando anegado en la oscuridad. De a ratos se escuchaban choques de latas y latones, posiblemente eran los techos de los ranchos de la otra cuadra, que no habían soportado la fuerza contínua del viento tirando hacia arriba. El agua empezaba a correr por el lecho de barro del camino, venía bajando desde el cerro Verde, con fuerza de correntada, cada vez subiendo más y más hacia la casa. Un par de horas después el camino era sólo un río marrón, el agua bajaba con furia, y un árbol flaco que crecía en la entrada no resistió el tironeo y salió arrastrado como si fuera una ramita seca. Quedó apelotonado contra un rancho en la otra cuadra, que ya tenía agua hasta la puerta.
Como si acomodaran cajas en un enorme salón de las alturas, seguían resonando los truenos, y el soplido asmático del viento vibraba contra los vidrios, cada vez más fuerte. Una ventana se abrió de repente. Se apagaron las velas, volaron los libros que estaban sobre la mesa, la cortina quedó hecha un trapo empapado y colgante. El agua me pegaba en la cara mientras forcejeaba para cerrarla. Una ráfaga que entró por la ventana embolsó el techo desde abajo y terminó por arrancar un pedazo de chapa alrededor de la chimenea de la salamandra. El resto de la chapa temblaba ruidosamente, resistiendo, pero ya no quedaba nada por hacer. En un instante quedé helada de frío y pánico, empapada. La tormenta me había acorralado.

martes, 7 de abril de 2009

El tren del invierno







Llegó apurado, como si el tren estuviera  a punto de partir.  Se sentó en un asiento quedaba vacío.  Se lo notaba ansioso, no paraba de mover los pies: a veces daba golpecitos con uno solo, otras veces, alternaba el movimiento. Cruzaba los pies, estiraba las piernas, las volvía a cruzar.   También se acariciaba las mejillas, con gesto preocupados.  Todavía faltaban quince minutos para que el tren partiera.
El día gris que se dibujaba por las puertas de la estación, hacía pensar que el vagón era una especie de cueva  subterránea que protegía del frío y de la tormenta invernal que en cualquier momento comenzaría.
El chico nerviosos llevaba calzoncillos de lana.  Se le notaban por debajo del jean.  Eso le daba un aire de fragilidad que contrastaba con su gorra y campera verdes estilo militar.  Más bien parecía un militar de la Antártica, yo que su campera tenía  una capucha bordeada con piel oscura. Quizás para contrarrestar su naturaleza friolenta y casi inocente, es que se había hecho un piercing en el labio inferior.  Con aquel símbolo ritual parecía decir:  ¨¡Alto!  No soy tan frágil como parezco.  Tengan cuidado.¨
El tren arrancó su marcha.  El movimiento inicial, siempre impredecible, lo tomó por sorpresa.  El movimiento de vaivén se fue acelerando, ruidoso y pesado, un poco sacudido sobre los viejos rieles.
El muchacho dejó de mover los pies.  Observaba el paisaje gris a través de la ventanilla, con la mejilla apoyada sobre su mano.  El tren atravesó el territorio solitario sembrado de rieles y cables, de villeríos lejanos y rascacielos intocables como telón de fondo.
Cuando el tren se detuvo en la primera estación, el muchacho se puso alerta, como si hubiera percibido un sonido que lo despertara de su meditación. En cuanto sintió el movimiento nuevamente, se calmó.  El tren seguía su marcha. 
Imperceptiblemente, el cielo empezó a oscurecerse, cada vez más.  Los muros sucios, que alguna vez fueron blancos, reflejaban un resplandor apenas violeta.
El muchacho miraba hacia abajo, para no marearse con la sucesión de imágenes que pasaban por al ventanilla. Los árboles, esqueletos negros que protegían este tramo del camino, parecían tristes guardianes de las vías manchadas de aceite.
El tren se detuvo en la siguiente estación.  El chico se enderezó, miró alrededor.  El cielo estaba más negro, casi no se veía nada afuera.  El chico sujetó con las dos manos la mochila negra que llevaba en la falda. Que no se le fuera a olvidar. 
En este tramo el tren parecía ir más y más veloz.  A través de la campera verde se empezó a distinguir el fondo rojizo del tapizado de los asientos.  La cara y el gorro verde permitían ver algo de la ventana del otro lado del tren. 
A medida que la velocidad aumentaba, el volúmen que ocupaba el cuerpo del muchacho, se iba convirtiendo en una masa de puntos negros y verdes, algunso beige, cada vez menos densos.  Pronto se parecía a la nube de humo que dejan los camiones viejos por la ruta.
El cielo estaba cada vez más negro.  Nadie iba sentado al lado del chico nube de humo.
Entonces el tren empezó a disminuir la velocidad, en un decampado, y en una curva se sacudió tanto que deba la impresión de que iba a descarrilar. 
Con el salto brusco, la nube negra se disolvió completamente.  A la vera de la curva apareció un pequeño pino verde, no muy alto, con su tronco negro, y con un arito  plateado que colgaba de una rama.  Su verdor contrastaba con los paraísos desnudos y los plátanos secos. 
El tren se detuvo en la siguiente estación.  Un muchacho de unos veinte años, subió y se sentó en el asiento.  El tren arrancó. El muchacho se acariciaba la cara gesto preocupado