miércoles, 28 de diciembre de 2011

Desencuentro en una confitería




CECI

Sentada en la confitería preferida de mi madre, miraba hacia la rambla pero me distraía con el murmullo compacto  que cortaba el ambiente. De a ratos me detenía en la gente sentada en las mesas. todos viejos, todos canosos o arrugados. A dónde están los jóvenes de la ciudad a esta hora. Estarán trabajando, o no tendrán interés en entrar al Oro del Rhin a pesar de que ahora comparte el local con una cadena de librerías muy conocidas y muy cool. O es que siguen faltando menores de cuarenta años en este país, como siempre.
Me preguntaba eso mientras miraba la hora en el celular por décima vez y consultaba si había recibido un mensaje de texto. Pero Magda seguía sin contestar.  Ya le había avisado por el chat de google hace un par de semanas. Qué bueno, yo también voy, nos vemos. Por teléfono apenas concretamos el encuentro, sólo un ratito breve e intenso de esos que son perseguidos por el límite de crédito del teléfono. Quedamos en vernos hoy, uno de esos encuentros épicos de los bares montevideanos. Hace cuatro o cinco años que no nos cruzamos. O más.  Y de pronto pasamos de esa ausencia total a intercambiar  mensajes instantáneos, a tal hora, más tarde, si. Las dos estamos de visita y tenemos mucha gente para visitar. Cada reencuentro es un cimbronazo que nos sacude del pasado al presente como una cuerda de guitarra. Los que viven afuera se pueden reconocer  por las calles y por la vida montevideana como por un cartel luminoso en la frente, o mejor dicho, en sus gorras de béisbol, sus championes super brillantes, algún detalle en su pelo, demasiado peinado, o sus gafas (no sus lentes), sus ¨vale¨ que dejan ver que han perdido la idiosincracia del paisíto. Y al revés, hay un algo común que puedo percibir en mis compatriotas, un aire de haber pasado juntos estas últimas décadas. En eso estaba pensando cuando de pronto advertí que mi estado de felicidad caducó. No puedo precisar cuándo, quizás caminando por las calles silenciosas del Prado, hace un par de horas, fue que volví a sentir la soledad que  me tapaba en algunos días montevideanos. La melancolía, quizás la depresión leve como una garúa ya estaba a la vuelta de la esquina y no la podían contener un capuccino con tarteletas de frutilla en una confitería.

Como otras veces llegué a Montevideo buscando una ráfaga de felicidad intensa. Una tajada de postre de paz pero me encontré que  no  quedaba más en la fuente y volví a sentirme vacía, agujereada, perdiendo ese algo que me faltaba desde siempre.


 Y entonces fue que me pareció verlo ahí, era él otra vez, sentado en un sofá de la librería,  pero ya no es el mismo chico asustado de aquellos años. Ahora tiene la seriedad del hombre que carga el peso de su familia, la imagen de la esposa, atada al anillo de casado, y la seguridad adquirida luego de años de esfuerzo y trabajo. Esa que le ha hecho alejarse del mundo como a todos los hombres maduros que ya pasaron los treinta. Él maneja las distancias ahora. Cuando volví a mirar a la mesa del silloncito, me di cuenta claramente que no era él. Fantasías en mi cabeza mientras esperé que Magda apareciera.  Mi vida giraba en la batidora mientras yo tomaba un té sentada en el Oro del Rhin.

Cuando la ansiedad dejó paso al aburrimiento me di cuenta que ya no tenía ganas de seguir esperando que Magda llegara. Supe que el resentimiento no había desaparecido, que los años de vida en Euriopa sólo habían transformado en desdén los celos ocultos de antes, que no tenía sentido tratar de revivir una amistad en un café. Al fin de cuentas, en la última década  apenas intercambiamos un puñado de mails de feliz cumpleaños, y feliz año nuevo. Hay que dejar morir dignamente a las amistades atrofiadas. Tratar de resucitarlas es inútil, pero sobre todo, es triste como la mirada que queda perdida en el tiempo que pasó.
Un cansancio de la nada de pronto me cayó encima una pesadez de las piernas, de los ojos, las ganas de reír se me cortaron  y  sentí la garganta seca y ronca.
Lo peor de todo  es que no recordaba la parte mala del asunto, como una novia idealizadora, yo guardaba más bien los recuerdos buenos.


MAGDA

Si, posiblemente tus recuerdos sean buenos porque vos vivías en ese mundo intenso de la facultad y el centro de estudiantes y los campamentos y las reuniones y esa barra de amigos que llenaban el apartamentos a cualquier hora de la noche o del día. Vos creías que yo estaba a otro nivel, que era medio monja, que me tenías que enseñar algo, y me protegías desde tu superioridad sólo porque te acostabas con todos los que se te cruzaban por la vida buscando alguno que te llenara el vacío, qué metáfora. Yo te censuraba pero muy por dentro me preguntaba si estaría bueno ser así como vos, medio loquita, aunque yo sabía que después sufrías y me alegraba el castigo, como con aquel rubio con pinta de sudafricano, Daniel, te acordas, el que fuiste a despedir al aeropuerto y te encontraste a la novia ahí. Siempre te las ingeniabas para engancharte con tipos que después desaparecían. Los veías como una aventura y yo me asustaba pero también sentía algo de celos.
y ahora mirá qué loco, vos sos la señora casada, con el familión, la que viaja con cochecitos y mamaderas para todos lados, y yo voy por el mundo buscando con quién acostarme. Y también me encuentro a los que se van y desaparecen. Y me acuerdo de vos, que ya lo hiciste veinte años atrás. Pero ahora soy yo la que vive la vida y vos mirás tv cable en tu casa. Y no te quiero contar que estuve en India, y que me fui a la Ile de la Reunion para encontrarme con un francés, un tipo casado, pero que me enloquece, y que sólo quiero pasarlo bien con él. Que lo conocí en un curso de francés que fui a hacer a ParÍs, y que viajo todo lo que quiero, sola y que ahora sos vos la que quisieras hacer lo que yo hago, pero también sabés que yo quería eso que vos tenés, la casa, los niños, el marido, pero ahora lo veo todo tan patético, tan opresivo, y vos estás contenta, entregada, amansada. ¿Dónde dejaste la energía que te llevaba por el mundo, se te va toda en ir al supermercado y a los cumpleaños infantiles? No te quiero ver porque sé que gané, al final. No te lo quiero demostrar porque no me interesa. No es bronca, es el tiempo que pasó. Ya no sos parte de mi vida.

viernes, 2 de diciembre de 2011

El momento justo




A veces se me escapa el momento justo de la vida en que hay que actuar. Más bien, casi siempre me demoro un par de horas más de las necesarios en pensar la frase que hubiera necesitado responder en un segundo. Otras veces, la solución se me ocurre dos minutos después. Y alguna vez más, quedo paralizada y no reacciono, punto. Por ejemplo, con un beso decidido y cierto. Así fue aquella vez cuando estábamos solos Santi y yo en la oficina del fondo. Sintiendo cada uno la presencia del otro con la total consciencia, pendientes de cada movimiento, de cada respiración inspiración exalación, centímetros de distancia que separaban nuestras bocas, nuestras manos, nuestros sexos. y de pronto sin decir una palabra, él se quedó mirándome serio, quieto, sin explicaciones, nada más que sus ojos fijos en los míos y yo me quedé petrificada,  sin perder la noción de que cualquiera podía entrar en un momento y pescarnos así.  Y así como se paró frente a mí, se fue. y yo me quedé casi sin poder respirar , nunca supe dominar la ansiedad que me generaba verlo, la inseguridad de no saber qué me tocaba ese día, si me iba a encarar como un salvaje o me iba a ignorar. Desde el primer día hasta el último en que lo ví, tuve la misma sensación. pero volviendo a aquella vez,  apenas me recuperé,  salí corriendo a buscarlo, a buscar una oportunidad mejor. Con él siempre faltaba un buen momento para estar solos. en realidad se nos había pasado el cuarto de hora. Nos conocimos demasiado tarde, nos regalamos unos minutos robados, y después seguimos con nuestros horarios de vida ya pautados

Continuará...