lunes, 9 de diciembre de 2013

Velocidad crucero


No soy una buena hija: para mí, darle un beso a mi madre, cuando aparece en mi vida una vez al año, es un acto protocolar, sé que se necesita mantener el ritual, y que parezca verídico, y sobre todo, que no se me note el disgusto. No sé cuándo empezó el rechazo a estar cerca de ella, a tocarla incluso, porque sí puedo recordar perfecto los largos años en que todavía era una nena y ella ya se había ido a España, y cómo aún siendo adolescente, cuando  venía de visita una vez al año, yo me volvía a convertir en una nena durante esos días, me sentaba a upa,  dejaba que me tratara como si fuera chiquita, como una forma de compensar todo el tiempo que me había faltado con ella, desde antes de que se fuera, cuando ya era un ser ausente en la casa donde vivíamos con mis abuelos, y donde ella nunca dejó de ser hija. Y yo, una especie de hermana menor de mi madre.
Como decía, no  puedo encontrar el recuerdo, el momento exacto en que empecé a alejarme, o la causa. Pero en la neblina de amnesia que recubre mis recuerdos, se destaca una idea, y es que todo se disparó desde el momento en que yo me convertí en madre, y pude comparar la sombra desde la misma vereda.  Crecí escuchando lo horrible que había sido cambiar pañales, despertarse de noche, y sobre todo, llevar el corral a casa de la mamá a la mañana para tener que ir a buscarme de vuelta a la noche, pero la queja era por el esfuerzo físico y jamás escuché una referencia a que le costara dejarme allí. Era el principio de los setenta y con el feminismo en explosión, nada más liberado para las jóvenes sin soutien, que dejar a los hijos en manos de las propias madres, mujeres sometidas si las había. Crecí con la sensación de que cuidar niños era el trabajo más desdichado, inútil y sacrificado del mundo. No estaba nada segura de querer vivir esa experiencia.

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Pero estaba en el cambio, lo que pasó cuando tuve a mi hijo en mis brazos, el hijo que era todo lo que siempre temí que me pudiera pasar, el hijo pesadilla, y aún así, hijo. Esa prolongación de mi existencia que me daba una responsabilidad inaudita, su vida en mis manos para siempre, y sin importar qué sentimientos me despertaba, era ineludible, intransferible.
Y mi espejo del pasado, de pronto reflejaba todo lo contrario, alguien que desde el primer baño prefirió delegar la maternidad como una tarea más, como ir al supermercado o pintar la pared. Sumado a la reacción nefasta  cuando la madre-abuela se encontró con un nieto esperado que tampoco era el nieto soñado. No recuerdo el momento porque en la pena se me perdieron muchas memorias, pero puedo imaginar que a partir de ahí, la bola de nieve empezó a rodar imparable. La madre ausente, abuela ausente, ahora aparecía una vez por año pero para opinar sobre todo, y sobre cosas que nunca hizo, nunca supo hacer, y para criticar mi vida de casada comparándola con la nada,  con la que ella  nunca tuvo. Y yo cada vez más fría, más impaciente e intolerante. Hasta que en un momento, por poco tiempo, pensé que lo había logrado, que ya podía pasar de largo por encima de todos sus comentarios sin contestarle, y estaba bien. Velocidad crucero, por encima de las nubes, quince mil metros sobre la tierra. Pero como el agua entre las rocas, o los gusanos en la tumba, ella encontró otro hueco. El foco ya no soy yo, para ella, ahora soy la víctima, mi familia es una mierda -dicho textual-, que mi hijo de once es un desalmado, un vago y un cerdo que me utiliza, que mi hijo de doce, con síndrome de Down es un subnormal (una descripción poco original), y que los chiquitos son una dulzura, pero sólo por ahora, hasta que aprendan a copiarle a los grandes. Nadie es perfecto, y todo que dice tiene un porcentaje de verdad, aunque no más que un diez o veinte por ciento. Todavía sigo volando a velocidad crucero, por encima de las nubes, quince mil metros sobre la tierra, pero ya no cargo el equipaje de la duda. 








jueves, 14 de noviembre de 2013

El límite del horizonte




Los viajes  al pasado son elípticos.  Cada vez que vuelvo a Los Charabones me encuentro con los mismos recuerdos, como un espíritu errante que quedó flotando en las habitaciones, en el paisaje que llega hasta el límite gris del horizonte, estático, en la cocina y en las piedras de la galería. Hasta hace poco, incluso la pintura de las paredes se mantenía idéntica, nublada  la misma bruma negruzca por el tizne de la chimenea de aquel tiempo. Y los agujeros en la puerta del baño que hizo alguno de mis primos con la maza de las milanesas. Los adultos que me rodean son los niños con quienes jugué en la estancia donde pasaba los veranos, cuando yo era la prima de la ciudad, pero ahora casi todos vivimos a miles de kilómetros de distancia de este lugar. No tenemos los mismos gustos, no podemos compartir una conversación más allá de lo convencional: el trabajo, el desarraigo, la vida en la gran ciudad latinoamericana o en el evolucionado mundo yanki.  Que todos fracasamos según nuestros sueños, no sería una charla para cinco minutos entre asado y choripanes. No veo un camino fácil para llegar a esa conversación. No es necesario. Más bien nos concentramos en mostrar la mejor cara de nuestros logros, todos tenemos un lustrado perfil tipo linkedin familiar para vender, se nota cómo armamos la justificación de nuestras vidas actuales. Yo intento  justificar que soy la madre de cuatro niños pero que no quedó tan atrás mi pasado de traga, de estudiante de bioquímica, de laboratorios y papers y aventuras científicas, que el remanente sigue vivo. Pierdo por goleada. No hay visión más crítica y despiadada que la de la familia, de los que te vieron crecer y conocían las aspiraciones no dichas.  Para equilibrar,  de mis cinco primos, todos los hijos del estanciero, ganadero, futuros  ingenieros agrónomos, sólo dos se mantuvieron a la altura de las expectativas. Casualmente, siempre fueron los que más se identificaron con el padre, es decir, el lado oligarca de su familia. Por el lado materno,-el mío-, estaban el abuelo carnicero y la abuela con pocas letras. Los inmigrantes urbanos, con poco apellido criollo para lucir.
Los otros tres de los cinco hermanos, que siempre tuvieron un poco más de afinidad con la ciudad, con la mamá montevideana, siguieron el sueño mentiroso que les vendió nuestro padrino, el clásico caso del uruguayo emigrado, que venía de visita todas las navidades a vender humo desde Estados Unidos. Que allá se gana rebien, que el auto que se compró y los viajes que hace.  Las cadenas y pulseras de oro  que este tío llevaba colgadas, como un cartel luminoso de ¨latino ordinario¨ no les decían nada a la inocencia agrícola de mis primos. Sus referentes siempre fueron los peones, para la música, para el tono de voz, y hasta para los desayunos de mate con asado. Mis primos, mi modelo de vida familiar perfecta, con el padre fuerte y decidido, siempre presente, la madre amorosa, cocinando para todos, resolviendo cada problema doméstico que se les cruzaba por delante. Mis primos, tan rústicos, tan inocentes, tan simples. No entendían, no se imaginaban mi vida. Ellos no tenían conflictos, indecisiones. Desde que podían hablar sabían que iban a ser ingenieros agrónomos, iban a trabajar en el campo, como su papá.  Yo no sabía qué hacer con mi vida. Cada decisión fue una agonía. Elegir un camino, o el otro, o el de más allá, siempre fue horrible. Y para ellos tan fácil. Después vino la vida real. Ahí, cuando  se colgaban los diplomas en la pared. Pero cuando se decidieron a irse a Miami, yo les llevaba décadas de ventaja. Eso que parecía madurez, pero no eran más que  veinte años escuchando a mi madre, a mis tíos, y sus historias de inmigrantes. Ellos, mis primos, no habían escuchado nada. No les había significado nada el revoleo de palabras de los viajeros de visita, durante su infancia de familia constituida. Por eso,  no era posible decirles que se iban a vivir al fondo de la mierda, no lo hubieran creído. Habría que haberles dicho que no se metieran en el lío de la emigración y el desarraigo, que esperaran y laburaran como pudieran, en Uruguay. Ni hablar de los papeles sucios, los matrimonios para conseguir papeles, el miedo que sería el nuevo compañero.
Tampoco les expliqué la conclusión simple que fui sacando con los años, al ver que  las amigas de mi madre, que se habían quedado acá cuando ella se fue para Europa atrás de un sueño, lograron salir adelante y tener vidas mucho más razonables, reales, disfrutables, que la mentira del ahorro y los millones de pesetas de ella. Pero quién les iba a decir eso en la cara. Los dólares, los euros que todos sueñan. La incertidumbre económica: había que matarla de cualquier manera. No se les ocurrió que no iban a ser nadie allá, sólo unos latinos perdidos, pensaron que su apellido vasco y ganadero iba a ser reconocido en todo el mundo automáticamente como moneda de oro. Yo no sé los detalles de sus vidas pero me los puedo imaginar con lo que me cuenta su mamá, mi tía modelo, cuenta que la esposa de Daniel limpia casas,  Daniel coloca sistemas de riego, Adrián hace fumigaciones. Antes cargaron cajas y ladrillos. Sé los trabajos que han aceptado, y quiénes son sus amigos hoy. Los veo en Facebook. Los amigos que se pueden, son los que se consiguen lejos.
Y de pronto estamos todos ahí, picando asado, sentados en ronda un poco abajo del alero, otro poco afuera, porque somos muchos, mirando hasta el fondo de la suavidad del campo en la tarde nublada. Ellos vuelven a estar al mando, ensillan caballos, con sus botas altas ceban mate, como si la evolución hubiera sido una línea recta. Para peor, está el control positivo del experimento, los dos hermanos que se quedaron en Uruguay, los más laburantes, los que estudiaron en serio y nunca pararon de trabajar y ahorrar, los que siguen siendo ganaderos,  de alcurnia sencilla, porque saben que el campo propio está perdido, ya son arrendatarios, unos porteños compraron la estancia justo antes de que el banco la rematara por la deuda acumulada, impagable hasta la obscenidad. Ellos sí, trabajaron, ahorraron, tienen ganado, caballos. Tienen el futuro que todos soñaban. Los otros allá, tienen sus camionetas para lucir en fotos, sus closets llenos de ropa  y los viajes anuales a Uruguay, para llegar agotados después de dos días de viaje, hasta Itapebí.
Pero hay cosas que no se dicen, al final todos los sueños son mentirosos. Quizás la vida que tenemos es la que soñamos en el fondo. Quizás siempre fue así.
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Julio, el que se casa mañana, es el motivo de esta reunión familiar. Es el mayor de los cinco hermanos, pero ya se casaron casi todos. Fue el primero en irse, el primero en volver (hasta ahora). Él se patinó la plata que ganó vendiendo seguros, justo hasta que  llegó la crisis a los United States. Tampoco se le ocurrió ahorrar ni cuando estaba allá. Todo lo que hacía era conocer mujeres por Skype, por sitios de citas, buscaba latinas, chicas que se parecieran a su estereotipo de la buena muchacha del interior para casarse y formar una familia. Pero lo que conseguía eran copias de papel carbónico, ennegrecidas, difusas, corridas de lugar. Una compulsión por cumplir los deseos familiares que al final le hizo tomar la decisión más inmadura y la mejor. Se volvió. Ahora hace asados con los amigos cada fin de semana. Consiguió un trabajo que reconoce su título de ingeniero agrónomo, aunque sea para vender peces a los chinos. Le salva el orgullo aunque no paga muy bien. Conoció a una muchacha soltera con la edad suficiente como para estar desesperada por tener hijos y casarse ya. De repente, justo antes de los cuarenta consiguió todas las metas que se había ido a buscar tan lejos. Parece que ese es el secreto mejor guardado entre los que se fueron.

domingo, 15 de septiembre de 2013

El Jefe



Parece que va a nevar, me dice Gerardo. Pero no, es lluvia finita, y  un frío de invierno verdadero, de noche a la intemperie, no el de calefacción y auto y mediodías de sol que vivo en mi burbuja presente. Estamos viendo a The Boss, cantando y tocando la guitarra con los moves de tres décadas atrás. El frío me lleva a las noches de mi adolescencia en minifalda, saliendo a bailar desabrigada, congelada por el viento montevideano, cuando no lo vine a ver porque era chica, tenía dieciseis años y el viaje a Buenos Aires era caro y el peligro incluido,  nebuloso. 
Pasó mi vida entretanto. Hoy estoy en el Campo preferencial. En casa quedaron cuatro hijos y un amigo, jugando juegos en la computadora, y la empleada, mirando HBO.  Y yo vengo a recordar mis Glory Days. Veo una bandera de Peñarol flameando a unos metros, más cerca del escenario. Fue Leonardo el que mi hizo escuchar a Bruce Springsteen, y a Dire Straits. Me pregunto si puede haber otro uruguayo tan hinchapelotas como para venirse con esa bandera. En el fútbol nunca nos pudimos poner de acuerdo. Me voy lejos, a una charla de reencuentro imaginaria, a una foto para subir a Facebook y hacerle adivinar a las pocas amigas que lo pueden recordar de aquella época, quién es el personaje que me encontré. Me pregunto si estará canoso o pelado, si tendrá rulos grises o se habrá convertido en su papá. Escaneo las caras cercanas pero no lo encuentro, sé que si está, es allá adelante, pronto para cumplir su sueño viejo. Me pregunto si le quedará entusiasmo para la aventura, o si estará en Montevideo y le habrá dado pereza la travesía o el gasto para venir. El show pasa, The Boss recorre el campo con su guitarra, impresionante. Nunca ví un show como este en mi vida. Nos movemos para todos lados tratando de seguirlo. Hay una valla pero está ahí, a tres, cuatro metros. Los sueños se cumplen, pero no tienen buen timing. Seguimos así hasta pasada la medianoche. Bailamos Dancing in the dark, pero la que sube al escenario es una nena de veintipocos años, posiblemente no había nacido en el ochenta y cinco, cuando aluciné con el video. 
Cuando termina, salimos todos tranquilos, en silencio, apurando el paso para no congelarnos, no me cruzo con ninguna bandera uruguaya, ni de Peñarol.  La vida sigue. Algunas puertas del pasado siguen cerradas. 

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Los templos perdidos




¨Tu cuerpo es tu templo, ¿dejarías que cualquiera entrara en él?¨.
Nunca pude comprender bien lo que querían decir las monjas del colegio con esta pregunta, durante las clases de educación sexual en catequesis (un oxímoron), ya que a mí me parecía perfecto que la gente pudiera visitar cuantos templos quisiera. Por supuesto, jamás respondí de esa manera en voz alta, o más bien, respondía igual que todas las demás compañeras, con  un firme ¨no¨.  De todas maneras, yo era una alumna aplicada en todo lo que hacía. No había otra forma de actuar que no fuera la correcta. Todo lo demás era pecado, peligro. Jamás me lo cuestioné,  hasta que empecé la facultad, y dejé de ir a misa los domingos, en ese orden. De pronto tenía nuevos amigos y un universo totalmente diferente a mi alrededor, como si le hubieran invertido la polaridad. La virginidad que hasta entonces había sido el bien más preciado, resultaba ahora una incomodidad, un traje de plomo. Pero no me imaginaba cuánto, hasta que conocí a Gonzalo. Al principio me pareció  lindo pero  raro, con la piel tan blanca, el pelo demasiado rubio, largo, ondulado, la nariz como quebrada. Pero apenas me puse a hablar con él, empecé a verlo de a poquito cada vez más hermoso, mientras me hacía reír con comentarios inesperados, así como otras veces me dejaba callada porque hablaba de temas, autores, o ideas de las que yo no sabía qué opinar.
Gonzalo me daba charla y me miraba, de a poco me fue convenciendo de más cosas de las que él se esperaba. Una noche nos volvimos caminando de clase, él me acompañó aunque se desviaba unas veinte cuadras de su casa, pero yo vivía sola. Subir hasta mi apartamento en el primer piso era la cosa más fácil del mundo, y en un minuto nos estábamos besando. Después de años de dudar, de quedarme siempre en el prólogo, o en el capítulo dos a lo sumo,  esa vez decidí que iba a seguir hasta el final del libro. Ya era tiempo. Entre los abrazos y las caricias mutuas con  recorrido lento, mi cabeza viajaba a gran velocidad, con cinturón puesto. Le dije

-esta es mi primera vez

Casi no respiró antes de contestar
-Aah no, es mucho compromiso

De todas las respuestas posibles, esa no estaba en mi lista. Se incorporó de un salto, aunque ya estaba encima mío hacía un  rato. Se deshizo el nudo de cuerpos y el hechizo desapareció, y yo pasé en un segundo, de domadora de fieras a pajarito herido. A partir de esa noche, tenía un nuevo propósito en la vida. 



miércoles, 24 de julio de 2013

Tapando agujeros


Te largan a la cancha
sin preguntarte si querés entrar
y por si fuera poco,  de golero,
toda una vida tapando agujeros
y si en una de esas salís bueno
se tiran al suelo y te cobran
¡y te cobran penal!

Jaime Roos- Brindis por Pierrot


Lo había escrito yo, a mano en la parte de adentro de mi placard, pero no supe que esa era una estrofa de una canción de murga hasta unos  años después. La primera vez, la ví escrita en una entrevista a Fernando Alvez, arquero de Peñarol, y de una de las  sufridas selecciones uruguayas de los ochenta, o sea, de las que no nos clasificaron al Mundial. La nota era de la revista Guambia, pionera del humor político uruguayo, que empezó a asomar cuando ya la dictadura se iba astillando de poco, desde adentro. A la foto de Alvez le pusieron un globito con el  texto, que yo encontré perfecto y original para describir mi vida, a esa edad en la que los niños todavía no saben que son transparentes, justo antes de la adolescencia: una frase ajena, en la que nadie podría intuir nada personal,  nada personal.
Cada vez que abría el ropero, ahí estaba, yo la leía y me parecía que le quedaban más capas por descubrir, cosas que no todavía no me habían pasado, que no podía entender. Toda mi vida estaba contenida en ese placard blanco y angosto, con estantes forrados en contact a rayas y olor a naftalina (el perfume de una época en la que no existía otro abrigo que los buzos de lana),  donde la ropa se iba acumulando a medida que yo crecía, hasta explotar.
La leyenda estuvo ahí todos esos años, hasta que me fui, a los diecinueve, y luego hasta que mis abuelos vendieron el apartamento. ¿Quién la habrá leído por última vez?, ¿habrá sido un pintor el que la habrá borrado, junto con las huellas azules pintadas en el techo, y los hongos de la pared, la medianera que yo tapaba con un póster de la Cote d´ Azur, aquel que me gané una vez en el Stand de Francia en La Rural?
Antes, la leyó Alejandro muchas veces, mientras sonreía con los ojos y los rulos, todo junto, recostado sobre la madera que la contenía, acariciando apenas el contorno de mi pecho  por afuera de la camisa del uniforme mientras me abrazaba, y yo me preguntaba si se iba a animar a más. Todavía no sabía lo que era el deseo de verdad. Recuerdo sus labios sobre los míos, como jugando, sin animarse a besarme. Curiosidad era la palabra, por cómo sería lo que venía después.

Fue la primera vez que me quedé el fin de semana sola en la casa: mis abuelos estaban en casa de una tía en el campo. Esa tarde, en la cama grande, con la ventana abierta y el sol entrando a raudales sobre el cubrecama floreado, Ale me sacó la blusa  y el soutien, pero me dejé puesto el jean. De todas maneras, una mano pudo llegar hasta mi bombacha, y a pesar de que nunca pasó por debajo de la tela, alcanzó para despertar una sensación nuevísima, entre picazón, dolor y cosquillas. El miedo pudo más, y nos quedamos así, abrazados, Alejandro arriba, y yo sintiendo algo duro sobre mi pelvis, sorprendida y con un poco de vergüenza.
El viernes siguiente nos peleamos. En realidad me lo encontré por la calle, el día antes de mi cumpleaños, caminando con Cecilia, la ex novia mayor que él, con la que sí había hecho el amor. Me quiso explicar que era por mi bien, que me quería cuidar. Yo lo mandé a la mierda y empecé a odiarlo después de veinticuatro horas en las que pensé que había  tocado el  fondo del pozo de la tristeza. No quise festejar mi cumpleaños, pero al otro día, mi amiga Lucía armó un plan y me convenció. Fuimos al Parque Rodó con un grupito de adolescentes gansos, a reírnos en la Rueda Gigante, los Autos Chocadores, la Montaña Rusa, el Rock &Samba, y hasta el Gusano Loco. De pronto, el mundo estaba perfecto.
Esa noche mi personalidad madura, seria e introvertida, la que le gustaba a Alejandro, desapareció para siempre. Nunca la pude recuperar. Pero empecé a entender el significado de la frase de mi placard.













lunes, 1 de julio de 2013

Memorias de una jirafa


Capítulo I
Capítulo II

Recién me percaté de que mi problema con los jeans cortos era visible para el mundo, entre otras cosas un poco raritas en mí,  cuando empecé la facultad. Estaba vestida con un enterito de jean (parecía una camionera, seguro), y una compañera me dijo,
-vos estás acostumbrada a usar los pantalones cortos, no?
Fue como una iluminación. De pronto entendí el por qué de esa forma extraña en que me caían los pantalones, tan distinto de lo que yo veía en otras chicas, bajitas y redondas.
Con los varones me pasaba lo mismo. Durante años me quedaron incómodos, inadecuados. Cuando empecé la secundaria estaba en un colegio de monjas: en mi clase había veinte mujeres y diez varones, y de estos, ocho me llegaban hasta el codo, los hombros o como mucho, hasta la nariz. Los dos varones que tenían mi altura, competían para ver quién tenía más cara de mono, y además eran unos infradotados, no entendían nada, eran  los peores alumnos de la clase. Los tipos altos como yo eran mayores, estaban como mínimo dos clases más arriba, o tres, o cuatro, o más. Pero yo era tan ingenua, que no tenía ni chance con ellos, con mi fenotipo de escoba larga y flaca, nada de culo o tetas que pudiera interesarle a alguien, con mi pelo largo  sin gracia, y sobre todo, me faltaba aquello que no sabía ni que existía. No se me ocurría la forma de atraer a los chicos, no los buscaba con excusas, no sonreía de más, ni los miraba cuando pasaban. Y para peor, había uno, de los varones más bajos de mi clase, tan inocente como para confesar a todo el mundo que estaba enamorado de mí, algo que me hacía odiarlo. Lo detestaba porque era tan chiquito, tan inapropiado para mí, que me hacía sentir expuesta, exhibiendo a la extraterrestre oculta que era yo (y quizás también, porque me llamaba ¨jirafa¨). Demasiado alta, flaca,  demasiado distinta al mundo por fuera y por dentro.  Ojo, faltaban años de terapia y vida por venir para que yo entendiera todo esto. Hasta ahí todo era confuso como el principio del Big Bang.
Pero sin embargo, hubo un asunto que cambió todo, o al menos fue la mecha que empezó el cambio, y como muchas veces le pasa a la gente,  no me dí cuenta claramente,  sino hasta unos años después. Yo tenía unos trece años, y teníamos un profesor de gimnasia de esos típicos, el flaco barbudo, algo pelado, siempre de equipo Adidas y mate abajo del brazo. Para nosotras era un viejo, pero seguramente no tendría más de treinta y dos, treinta y tres años.  Cuando llegó fin de año, armó una coreografía con la canción de Laura Branigan, Selfcontrol. Estamos hablando de 1984, esto era el hit del momento. Eran tres o cuatro pasitos, no muy complicada. Cuando la teníamos más o menos ensayada, armó la formación, y yo ya me iba a mi puesto en el fondo, como en todos los actos escolares, cuando el flaco José Luis me hizo pasar adelante de todos, a mí y a Rosana, una morocha grandota como yo, pero con el doble de tetas y culo. Y todas las petisas, para atrás, para atrás. La formación era: dos adelante, cuatro atrás, otras seis más atrás, y atrás las otras diez chicas de la clase.  Y así hicimos el acto de fin de año, con mallas negras de danza, medias color carne, y calentadores de colores estilo Fama.  Durante años no se me ocurrió pensar que el profesor debía ser medio baboso. Pero tengo que agradecerle ese click que hice cuando de pronto percibí que no era tan malo ser la más alta. De a poquito fui tomándole el gusto. Mi regla de oro desde entonces fue: no bailar con tipos más bajos que yo. No era fácil, pero tampoco era tan difícil ver las cabezotas de los flacos más altos en medio de los boliches. No siempre eran lo que yo esperaba: más bien, casi nunca, pero fui adquiriendo destrezas. Mi primer novio, a los quince, era tres años mayor que yo, tenía unos ojos azules soñados. Lo perseguí durante un año. Y por supuesto, era más alto que yo. Aunque igual, no duramos mucho tiempo juntos. Era un rayado (aunque el problema real debe haber sido que él quería coger, y yo no me animaba. No sólo eso, en aquella época, la palabra coger me resultaba intolerable: cómo cambiamos).
Para cuando estaba en la universidad, siempre firme en mi posición, el axioma había evolucionado a ¨feos y petisos, son amigos¨ (por eso tengo tantos amigos de esa época.  Ellos tendrían sus reglas secretas también, nunca se las consulté).  A pesar de todo, fui sumando  flacos altos en bailes, reuniones, boliches. Donde había algún  tipo alto, yo lo detectaba a pesar de la miopía, omnipresente en mi vida (por ejemplo, los flacos altos que faltaban en Facultad de Ciencias Exactas, abundaban en la de Ingeniería). Tuve varios novios, todos altos. Con el tiempo me casé con un flaco alto, y tengo hijos altos. Una cosa más, ahora disfruto cuando me encuentro al lado de un hombre más bajo que yo, es una satisfacción inevitable. Y si ese hombre es mi jefe, además, uso tacos altos.


sábado, 1 de junio de 2013

Siempre me quedaron cortos


Vengo de una familia de gente larga, alta, flaca: iba a decir estirada pero suena feo. También, cierto, hay algunos más estirados que otros.  De todo. La familia, esa  buhardilla genética y social. De la familia de mi padre me viene el aspecto físico. De la de mi madre, la ira explosiva de mis peleas, una marca característica, como en la yerra. Pero la ansiedad  viene del lado paterno: los episodios repetidos que se llamaban surmenage cuando mi padre era joven, antes de que el ataque de pánico se pusiera de moda. Yo tengo una versión más leve, menos fulgurante, no llego a niveles intolerables como él, como algunas de mis primas, o mis tías, pero, como todo el resto de mi herencia, mi ansiedad es una cagada.
Los brazo huesudos, las rodillas flacas. Mis primos varones tenían un aspecto espantoso en su adolescencia, con codos punteagudos y pantorrillas finitas. Las mujeres en cambio, casi dábamos  con el look anoréxico de los noventa, sólo que eso fue antes de que se pusieran de moda, porque yo fui adolescente en los ochenta. Que además era una época extremadamente difícil para conseguir jeans largos en Montevideo. El universo textil se agotaba en gorditas culonas de un metro sesenta y cinco. A partir de los catorce o quince años, cuando desaparecieron los baggies (aquellos pantalones bolsudos que me quedaban perfectos), se me volvió casi imposible encontrar un pantalón al que no le faltaran al menos unos diez centímetros de pierna (y le sobrara lugar para una pelota en mi cola). Los jeans siempre me quedaban cortos. Y en tela nevada, para mayor horror. Cuando aparecieron los Topper de caño alto, encontré la solución: equilibraba los pantalones cortos con las zapatillas de básquetbol.


sábado, 6 de abril de 2013

finales en modo kistch


Primero era la duda, la incertidumbre de eso que estaba adelante en el camino como un tótem interrumpiendo el tránsito en una calle del centro a la hora del atardecer. Después lo empezó a visualizar de cerca, con detalles cercanos del  cuándo y del cómo, bajo la lupa mental. Sin darse cuenta cómo pasó,  si se lo chocó o lo esquivó, un día ya estaba del otro lado y se había convertido en una sombra enorme y oscura como una nube de tormenta  veraniega, que parecía querer arrasar con el mundo. Después de un período inespecífico de días compactos, el viento del olvido empezó a soplar, o quizás fue una brisa narcótica venida del mar del tiempo que nunca deja de avanzar; se empezaron a abrir claros en la noche constante, hasta que un amanecer salió un rayo de sol acostado entre el sanguche de nubes y cielo. Se fue agrandando de a poco y trajo más luz y entonces se dio cuenta de que ya no le quedaban memorias nítidas sino que todo estaba impregnado por la nueva luz  del presente, y que el pasado estaba allá lejos, desfigurado en la oscuridad de los recuerdos. La luz se hizo cada vez más fuerte, hasta que un día, de pronto, inundó todo su cielo.

domingo, 13 de enero de 2013

Domingos de paseo

Detectar el momento exacto en que empieza el ¨para siempre¨, cosa difícil cuando sos niño. Hasta el día de hoy, si me lo permito, los fines de semana me cae la modorra, me quedaría leyendo todo el tiempo, jamás fui a un club social, aunque sí tuve mis épocas de salir en bicicleta cuando vivía sola y estudiaba en la universidad, como parte de mi combate permanente contra la soledad que me agobiaba (aunque tenía muchos amigos), por la incertidumbre de cuánto tiempo más iba a durar. Puedo recordar cuándo empezó. Ahí vuelvo al para siempre. Estaba en lo de los fines de semana, no sé cuándo empecé a aburrirme, las imágenes que me vienen a la mente son de sábados (¿domingos?) de sol, en casa de mis abuelos, que tenía un lindo patio, y yo quieta en alguna parte, o con las piernas colgando para afuera de la ventana, mientras mi madre se levantaba tarde, y después del almuerzo, dormía la siesta. De lunes a viernes trabajaba como loca, y eso era lo que quería hacer el fin de semana.  No tengo idea de si se le ocurrió alguna vez que podría llevarme a pasear, que era una buena idea. Supongo que sí, y lo habrá descartado porque eso implicaba gastar plata. El gran tema de la vida. Mi madre vivía para trabajar y ahorrar. Para comprar un apartamento, después que se divorció de mi padre. Pero lo de los fines de semanas aburridos de pronto cambió, fue cuando yo estaba en cuarto año de primaria, ella se hizo una amiga que vivía en el Parque Posadas, estaba divorciada y tenía un hijo de mi edad. Habían vuelto recién de Barcelona. No eran exiliados retornando, porque todavía estábamos en medio de la dictadura, pero tenían toda la mística. Durante todo el año siguiente, el ochenta y dos, tuvimos de esos domingos en el Museo Blanes, tardes de picnic al sol en el Prado, o tomando chocolate caliente en casa de Alicia, la amiga. Y Manuel, el nenito sabihondo que me desafiaba todo el tiempo con sus preguntas imposibles: ¨sabés cuál es la capital de Corea del Norte?, Pyongyang¨. Yo me divertía, lo admiraba y también lo odiaba por su superioridad en todo, aunque en altura me llegaba por el codo.
Mi madre se transformaba cuando estaba con Alicia. Los fines de semana divertidos tenían un motor secreto, mi madre estaba felíz. Escuchaba las historias de su amiga sobre Barcelona, la vida entre los artesanos que vendían piedritas pintadas en las Ramblas, y le parecía fascinante. El futuro de pronto se le iluminó. Se sintió joven. Tenía treinta y tres años y siempre se había sentido vieja.  Empezó a hacer planes para irse a España, a Barcelona, donde todo parecía posible. Me preguntó a mí si me gustaría irme, y yo con mis once años, contesté con sinceridad: ¨no, a mí me gusta estar acá¨.  Durante mucho tiempo me culpé por esa respuesta, porque al año siguiente, mi madre se fue sola y no volvió hasta el ochenta y cinco, eso fue la primera vez. Después se volvió a ir, y así siguió. Yo me quedé viviendo con mis abuelos maternos y mi tía abuela.  La familia de mi padre empezó a aparecer con más fuerza en mi vida. Mi padre, sólo para tomar una coca cola en algún bar, ir al cine.  Mis tíos me llevaban a pasear, a pasar los fines de semana a sus casas de la playa, en La Floresta, El Pinar o Punta Ballena. Mi abuela paterna tomó las riendas del sentido común, algo que no abundaba en mi casa. Pero el momento en que todo empezó, fue en el Aeropuerto de Carrasco, justo después que mi madre embarcó. Ya no estaba a la vista. Subimos con mis abuelos a la terraza de cemento a ver despegar el avión, estacionado lejos en la pista, borroso por mi miopía,  y que después de un rato interminable empezó a correr y salió volando, achicándose como un punto negro hasta desaparecer en el cielo.  Aunque quizás, lo de la soledad había empezado antes.

martes, 8 de enero de 2013

el baile de carnaval


Como todos los veranos, aquel Febrero estaba con mis tíos y mis primos, pasando las vacaciones, en un pueblo que ni siquiera me gustaba, en esa situación tan particular, que implicaba siempre ser la que se portaba bien, la prima mayor, la que estaba de visita obligada, y entonces ayudaba y hacía caso a todo, sin contestar ni enojarme. Nunca pedía nada.  Para afuera todo funcionaba perfecto. La casa de mi tío estaba en Pan de Azúcar, era linda, de estilo italiano, muy grande y fresca, con un estudio enorme lleno de libros y ventanas con vista a las sierras y al bosque. Eso era lo que más me gustaba, porque lo otro era tremebundo. Para ir a la playa cada día había que armar varias conservadoras llenas de refuerzos de mortadela y queso, pascualinas, naranjas, manzanas, agua y Coca Colas. Para la tarde leche con Vascolet y bizcochos, además de otros bolsos con toallas y abrigos. De todo menos protector solar. En esa época todavía no nos habíamos enterado del agujero de ozono. Después nos subíamos a la Ford 100 con varias sillas y sombrillas, para ir hasta Solís, a unos veinte kilómetros por la ruta. Seis chiquilines sentados en la caja, nadie había visto un cinturón de seguridad en su vida. Allá desembarcábamos todo el equipaje para ir a la playa frente al Hotel Alción, donde nos encontrábamos con otros amigos. Así todos los días. La sensación de ridículo y fuera de lugar me pesaba en cada movimiento familiar. Yo tenía amigas que estaban en el Hotel y me invitaban a la pileta, algo que para mí era la mayor maravilla imaginada, aunque el agua estaba siempre helada, pero el guardavidas era un rubio musculoso y con la nariz pelada de tanto quemarse. Tenía unos veintidos años y nosotras catorce, o sea que estaba totalmente fuera de nuestro rango, pero igual nos fascinaba. En una de esas tardes de pileta,  me enteré que esa noche había baile de Carnaval en el Hotel. Como mis primos eran más chicos, mi tío todavía no había entrado en la etapa de llevar y traer adolescentes de los bailes. No sólo eso, él no perdía su costumbre de campo, de irse a dormir a las diez de la noche y levantarse a las seis de la mañana. La sola idea de pedírselo parecía incompatible con la realidad. Yo no estaba acostumbrada a que nadie me llevara a ninguna parte, en Montevideo ya viajaba con mis amigas en taxi para todos lados porque detestaba que mi abuelo apareciera caminando a buscarme a las fiestas de quince. En la casa de mis abuelos, donde yo vivía todo el año, mi actitud era rebelde y agresiva,   totalmente opuesta a la docilidad del verano.  Mi tío, además, pertenecía a la categoría de tíos políticos, -era el esposo de mi tía-, o sea, de esos que son cercanos pero aún con el paso de los años mantienen una cierta distancia afectiva. Así que pretender eso de él era una exigencia inapropiada desde todo punto de vista, y yo lo sabía. Pero sólo por esa vez me permití hacer un desplante,  y decidí insistir con lo que quería, como mis primos, que hacían caprichos a cada rato por las pavadas más mínimas.
No puedo recordar si el guardavidas era el único chico que me gustaba en ese momento, o si había alguno más que ni siquiera registro. Sólo me acuerdo de que fui vestida con un conjunto de pantalón amarillo y una camisola blanca y suelta pero con hombreras muy ochentosas: enormes, con un estampado como de hojas de diario, terrible. Supongo que debo haber llevado un cinturón por encima,  el pelo largo con aquel flequillo infame, y seguro, unos aros grandes, rouge, rímel y delineador. No puedo saber si la noche fue inolvidable o intrascendente pero me inclino más por lo segundo. Tengo la impresión difusa de que mi tío rezongó mucho, pero quizás se dio por vencido enseguida, y calculó que por una vez sola podía hacerlo.  Lo que más recuerdo de esa noche es que la sensación de que había alguien haciendo algo por mí.