lunes, 27 de agosto de 2012

Buscando la mirada


Desde el momento en que me enteré, me obsesioné con las miradas de los niños. Es que los médicos me decían que no sabían si era o no trisómico, me quisieron dejar en la duda unas semanas como para que yo me fuera encariñando con el bebé.  Yo lo veía a los ojos en la incubadora y no tenía dudas. Pero a la vez, quería estar equivocada. Empecé a buscar en todos lados una mirada igual a la suya, pero era única. Ya en el sanatorio era lo primero que observaba en todos esos humanos chiquititos que reposaban en sus cunas de acrílico. Después, cuando la vida volvió a existir fuera de la sala de neonatología, yo seguí persiguiendo las miradas de todos los niños que me cruzaba por delante, y lo extraño es que empecé a encontrar un rango de miradas y rostros que dejaban alguna duda. Si, esos nenes eran normales pero parecían medio raritos.  No podía distinguir si era la realidad o era mi mirada la que veía ojos achinados y frentes rectas por todos lados.

Cuando pasaron algunos meses más, también había desarrollado una mirada experta en cuellos, en nucas más bien rectas. Podía chequear  a los que caminaban en mi misma dirección, adelante mío. No necesitaba ver de frente a un niño para confirmarlo, no, este tampoco es. Pero mientras tanto yo seguía patrullando la ciudad, los ómnibus y trenes, en busca de estadísticas. Tenía que haber otros, en alguna parte. ¿Era posible que estuviéramos tan solos en el mundo?.
Un día,  estaba sentada en un café adentro de un shopping, sola, a buscar algo o a escaparme un poco, no me acuerdo. Y de pronto ví a un chiquito caminando. Estaba de espaldas a mí, y se iba alejando por el corredor amplio, sin hacer caso a la mamá que lo llamaba insistiendo,
-Bauti, vení!
Todos mis sensores y traductores de imágenes se activaron y se prendieron las lamparitas.  Ese nene sí, sin duda, era Down. Apenas lo trajeron a upa, ví sus ojitos inconfundibles.  La mamá y la abuela estaban sentadas a unos metros de mi mesa. Había algo en ella que me cayó bien ya antes de hablarle. Me acerqué. Ella estaba sentada con los regalos de Navidad alrededor, relajada, bien. Le pregunté, me contestó, le conté. Nos presentamos. Al ratito yo estaba sentada en la mesa, conversando con toda naturalidad, con ella y su mamá, de los sueños, de los cambios, de la mala y buena suerte. Le hice muchas preguntas, Bautista tenía dos años, Andrés, el mío, unos nueve meses. Esa pequeña diferencia abismal de vida transitada, que la convertía una sabia frente a mí incertidumbre. Pero además me encontré con una amiga nueva, sin darme cuenta. Creo que un rato después le conté que estaba embarazada, de pocas semanas. Intercambiamos teléfonos.  Ella detestaba los grupos de apoyo (como yo), sin embargo, me invitó a su casa, una tarde. Por años nos seguimos viendo cada tanto, cada vez retomando la charla anterior con total tranquilidad.
Bautista tiene  autismo, además. Vive en su mundo. Nunca pudimos hacer que nuestros hijos jugaran juntos. Pero nosotras nos conectamos de una manera espontánea, muy reparadora.  Silvina era un espejo sereno en el que podía verme reflejada  Después de que conocí a Bautista, sin darme cuenta dejé de buscar por la calle las nucas rectas, y los ojos achinados.


miércoles, 22 de agosto de 2012

En el aire

ÉL: ya estoy arriba de un avión otra vez, respirando el aire filtrado de la cabina, con ese tufo lejano a sudor rancio, con el cinturón puesto y la tensión del despegue que todavía me produce un miedo incierto. Me estoy alejando de todo, pero no puedo evitar que se me aparezca un flash de ella, desnuda arriba mío, moviéndose despacio, acabando en síntonía los dos.  Me la tengo que sacar de la cabeza, me la tengo que coger, cómo me histeriquea esta mina, pero yo sé que me tiene ganas, otra vez pienso todo eso, y ya me caliento sólo de imaginármela.  Hace mucho que no me pasaba esto.  Cuánto más tranquilo es no tener a nadie en la cabeza, vivir con los pies en la tierra,  con mi mujer y mis hijos. No tengo tiempo para distraer mi atención en pendejadas.  La próxima vez que la vea va a tener que caer, me tiró esa onda y después no hace nada para concretar, la hija de puta. Y yo no estoy para andar persiguiendo a nadie, ya estamos grandes, no quiero problemas en el laburo.  Las minas, no las puedo entender.

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ELLA: No quiero pensar, si me engancho a darle vueltas al asunto me voy a acordar otra vez de ese momento en que me lo hubiera comido entero, no puedo quedar atrapada pensando en ese tipo. Los hombres son irresistibles hasta que te encamás, después hacen un click desagradable, se alejan, lo que más quieren es que quede claro que eso fue sólo un polvo,  no sé con qué me puedo encontrar al día siguiente. Eso es seguro, se va a volver todo muy incómodo y después voy a tener que remontarlo en medio del trabajo, poniendo cara de acá no pasa nada. Ya conozco la tela. No tengo fuerzas para volver a pasar por ahí.

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EL VP: Creo que estos dos tienen algo pero todavía no les da para darse. Al menos le están poniendo energía al trabajo, podría felicitarlos por la entrega que están poniendo para el nuevo proyecto, pero me voy a tentar de risa, si lo que este flaco quiere es que la entregue de una buena vez y no lo haga sufrir más. Ella es medio loquita, yo ya le cacé la onda alguna vez, debe ser una vez al mes, que se pone  como una loba, y después nada, cero bola al mundo.

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Capítulo I