jueves, 27 de diciembre de 2012

Antes de Navidad



Mientras nos tomamos un té de mango y cardamomo en la cafetería más cool que tenemos cerca del colegio, antes de que los nenes salgan del último día de clase,  le cuento una vez más mi historia a María. Sé que me entiende pero me pregunto si no se cansa de escucharme, cuánto me juzga mientras oye, cuánto cree o no de lo que le cuento.
-No, no nos vamos a Uruguay, yo prefiero pasar las fiestas en mi casa, con mis hijos y mi marido, a mi manera. Treinta años pasé la Navidad en casa de alguien más, siempre de visita, en casa de parientes, mis padres no estuvieron jamás, ya sabés, yo era la sobrina que se portaba bien, la prima grande que hacía caso, la amiga que se quedaba de invitada todo el mes, la novia sumisa, siempre siguiendo el ritmo, las costumbres de los otros. Pero se acabó cuando nacieron mis hijos. Ahora yo organizo lo que quiero, y el que quiera que venga a nuestra casa. Mi suegra y la Misa de Gallo, la cena de medianoche en su casa, el menú de Nochebuena no apto para niños, están fuera de los límites que acepto para mis fiestas. Por suerte en eso estamos de acuerdo con Martín. Él también quiere quedarse en casa, acá en Buenos Aires.

María me mira y parece comprender, pero su vida es opuesta a la mía. Todos sus hermanos, todos los hermanos de Santi, su marido, los padres de ambos, todos viven cerca, en la misma ciudad, prácticamente en el mismo barrio. Su vida social está casi saturada por la familia. Para ella es impensable no reunirse con ellos en las fiestas. No se lo plantea como algo terrible. Es natural. En cambio, yo sé que en el fondo de mi ser soy del grupo de raritos de este mundo, los que  detestan la frase ¨felíz Navidad¨, casi tanto como el ¨felíz cumpleaños¨.  Lo bueno es que ahora con los nenes puedo focalizarme en comprarles regalos caros que compensen mis navidades vacías de la infancia, o al menos los puedo llenar de muchos regalos baratos hasta que el arbolito rebalse con la imagen de la Navidad perfecta; para eso también tenemos las luces de colores en la escalera y las medias colgadas de la chimenea.  Y a pesar de que no puedo olvidarme del todo de la sensación tirante que me es tan familiar en estas fechas, como de un agujero que hay que tapar con una tela demasiado chica, cuando llega el momento en que nos escondemos a espiar a Papá Noel desde la ventana del dormitorio, y después cuando los chiquilines salen corriendo por la escalera hasta el arbolito, la noche se hace perfecta, por un rato. Ya no necesito más que eso.


domingo, 11 de noviembre de 2012

El paraguas


Casi siempre que voy a Montevideo en mis escapadas desde Buenos Aires, algún tema pendiente me obliga a pasar por la Ciudad Vieja. Una reunión o un trámite. Y en la pausa obligatoria, termino en  La Pasiva, frente a la Catedral. Es parte de mi memoria gastronómica. Amo sus frankfurters con la mítica mostaza de la misma manera que los aborrezco en cualquier otro bar del planeta. Tampoco tiene una buena vista ese lugar largo y angosto, apenas puedo ver la esquina del Cabildo con sus paredones grises de mugre y vejez, que parece que nunca terminarán de refaccionar. También acecho una punta de la Plaza Matríz con su fuente llena de esculturas entreverada entre los trazos verdes y grises de los plátanos enormes. Vuelvo a recordar las historias de mi abuelo materno que fue guardián de esa plaza, de eso hace unos sesenta años quizás. Y me parece que en aquella época eran todos buenos ciudadanos y no había nada que cuidar. Como siempre, el pasado aparece perfecto. Cuanto menos real, más perfecto.
Esta vez la lluvia me detuvo más de lo que pensaba en mi parada. No sólo lluvia, sino el viento huracanado que en estos días de El Niño es novedad en la vida montevideana. Y eso que  he convivido con vientos más humildes pero casi tan molestos durante los años que viví acá. Los paraguas que se vuelven inútiles. A lo sumo se pueden usar como un escudo de guerra, frenando la lluvia horizontal. Pero de pronto veo a una señora que pasa muy tranquila adentro de un paraguas transparente. Es como un gran hongo de plástico.  La mujer parece contenta, protegida por su amuleto, como una niña. Eso es lo que me llama la atención. Vuelvo a ver aquel paraguas que me trajo mi madre cuando volvió de su viaje a Estados Unidos. Yo tenía ocho años y ella se fue a probar suerte, como hacían todos los jóvenes que podían escapar en paz de la dictadura y el desánimo de la vida en Montevideo. Me quedé con mis abuelos, lo cual era lo mismo que no hacer ningún cambio. Desde que nací me cuidaba mi abuela el día entero, mientras  ella  estudiaba o trabajaba, a veces la semana completa, hasta el punto que cuando empecé la primaria en el Colegio Pío, mi madre, ya divorciada, vivía en un apartamento minúsculo cerca del centro, y yo, con mis abuelos y mis tíos abuelos, en la casa grande en Villa Colón. Diez kilómetros eran una distancia muy grande para una ciudad  tan chica, o tan lenta. Por eso no recuerdo nada de cuando ella se fue en ese viaje. Sí recuerdo que apareció de pronto, una noche, cuando yo ya estaba acostada en mi cama. Se había ido tres meses, pero extrañaba mucho y decidió volverse. Tan rápido lo decidió, que lo único que pudo comprarme como regalo, fue un paraguas en el aeropuerto de Nueva York. Y yo quedé tan contenta con que ella estuviera de vuelta, y de repente, volviendo a vivir en la misma casa que yo, que todo fuera tan mágico y perfecto. Y que me hubiera traído ese regalo tan genial: un paraguas transparente que tenía las señales de tránsito -stop en rojo y go en verde-, que no llegué a decepcionarme cuando ví las fotos de ella en Disney, con las orejas de Mickey Mouse que yo tanto soñaba. ¿No me las había traído? no importaba. Será por eso que luego cuando yo pude viajar, muchos años después, me las compré y las guardé como un tesoro hasta que las mudanzas se las tragaron para siempre. El resto del recuerdo se esfuma en esa noche sorpresiva. Lo que pasó en las semanas siguientes, seteó el rumbo en el GPS de mi niñez y adolescencia. Mi madre se vino de Estados Unidos, tan de repente, porque su padrino, -mi tío abuelo, el verdadero líder de la familia-, se estaba muriendo de cáncer. Èl era el dueño de la casa, de la carnicería, del edificio donde ella vivía. La paz familiar explotó en una nube atómica y la normalidad se evaporó para siempre de mi vida en segundos cuando él murió. Todo se vendió, me cambiaron de colegio, de barrio. Durante un año vivimos en un apartamento en el centro, con mis abuelos, mi madre y mi tía abuela viuda, ahora, la dueña de todo lo que nos rodeaba. Esos años estuvieron marcados por la consciencia permanente de vivir en un lugar que no me pertenecía. Empecé a andar sola por la calle para todos lados, a pesar de las recomendaciones cargadas de reproches anticipados: ¨está bien, andá, pero si te pasa algo no digas que no te advertí¨. Era la frase que más escuchaba cuando tenía diez años. Mi madre se volvió a ir, esta vez a España, esta vez, dispuesta a no volver hasta no haber logrado el éxito. Treinta años después, todavía no sabe si volver del todo o no. En Montevideo ya no le queda nada.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Facebook es el aleph del tiempo



Facebook es el Aleph del tiempo. El descubrimiento me golpeó de pronto, como la manzana de la gravedad al pobre Newton imaginario que todos llevamos dentro. Cuando apareció su foto colgada en mi página de inicio, yo estaba en medio de una tarde cualquiera, de esas en las que no podía esperar más emoción que el sonido del microondas con mi café con leche listo. Me quedé frenada en el aire, la sorpresa dejó mi mano con la birome a medio camino del cuaderno. La tentación que tantas veces descarté después de un par de cálculos emocionales estaba ahí, ahora, a un click de mi vida.
Los sonidos del mundo de afuera, una nota de guitarra, unos pajaritos mezclados con gritos infantiles. El sol silenciando al viento. El calor brillando en las hojas de los árboles vestidos de primavera. Todo parecía haber estado esperando este momento por años. Facebook me dice que tal vez conozco a esa persona. Me sugiere ¨añadir a mis amigos¨. Hacer click o no. Volver al pasado. Eso que hago permanentemente en mi cabeza. Pero, me pregunto, ¿pertenezco todavía a ese pasado?. Las emociones reales se me evaporaron hace mucho, al ritmo de los neurotransmisores agotados por las sinapsis del amor. El pasado está a un click de distancia pero es una ilusión. Los compañeros de colegio que no veo hace treinta años, los de los campamentos de secundaria, que desaparecieron de mi vida cuando el primero de ellos se casó un poco temprano de más, apurado por un niño por nacer. Incluso los grandes amigos de la facultad que dejé de ver ya hace casi quince años, esos que me conocieron como adulta fresquita, pero ya formada, tampoco encajan en mi presente. Los tíos terceros que ví en algún casamiento, los primos desperdigados por el mundo que apenas conozco, los vecinos del barrio de mis abuelos, que no pude rechazar como amigos y me escriben como si tuviera siete años. Todas las etapas de mi vida en una gran licuadora, mezcladas con aquella amiga de los veranos adolescentes en Atlántida, la profesora de yoga con la que me llevaba tan bien y pintaba como una genia, un par de amigas de trabajos pasados, compañeros de mi segundo posgrado, de los cuales nunca supe nada realmente, hasta las pocas amigas que me cruzo en mi vida real y presente. Todo está ahí, en Facebook. ¿Hago click o no? Por la foto de perfil puedo ver sus rasgos antiguos, difusos entre algunas canas y arrugas que puedo imaginar. Es y no es él. ¿Doy el paso yo, o espero?. Una vez más, la curiosidad me domina. Acepto.

jueves, 18 de octubre de 2012

rendidos





tensan la noche los zumbidos inciertos
atraviesan el silencio como agujas
a la tela de la vida,
opuesto de soledad acompañada
aislados por el cansancio, respiramos
cada cual
a su ritmo

miércoles, 3 de octubre de 2012

La tabla rasa


Cuando me desperté en mi cama esta mañana, mis piernas ya no llegaban hasta el final del colchón, me incorporé de la cama pero cuando quise bajar, tuve que saltar del muro inmenso en el que me encontraba. La mesa de luz estaba llegaba a la altura de mi cabeza, y el techo se encontraba mucho más arriba que la noche anterior. No pude alcanzar el botón de la cisterna ni las canillas del lavatorio en el baño al salir, demasiado lejanos. Y después, en el vestidor, los zapatos me quedaban grandes y la ropa parecía imposible de descolgar de sus perchas, como disfraces enormes de alguien que ya no soy yo. Todo estaba oscuro porque no pude prender la luz aunque salté inútilmente para alcanzar el interruptor. Mi marido y mis hijos dormían y aunque yo gritaba nadie se movía de la cama, y cuando intenté sacudirlos me resultaron tan pesados como una roca inmóvil. Nada  ya dependía de mi. Todos siguieron durmiendo.
Para hacerme el desayuno tuve que subirme a un banco y sacar la leche de la heladera, se me derramó un poco pero no me importó.  Arrastré el banquito hasta el aparador para sacar el café y el azúcar pero de pronto me dio ganas de desayunar nesquik. Entre idas y venidas con el banco, desparramé de todo por el piso de la cocina. Y también en la mesada al intentar poner la leche en el microondas. Y ya no supe qué tenía que marcar, ¿130, 30, 330? todo parecía lo mismo.  Mi mundo se había encogido, mis conocimientos se habían evaporado. Ya no sabía todo lo que supe antes. No sabía nada más. Ya no era una tabla rasa, ahora era una tabla gastada, con las letras despulidas. Miré mi reflejo en la puerta del microondas. La imágen desdibujada y encogida me permitió entender lo que pasaba. Lo que había cambiado no era yo, era la idea de mí misma. Habré sido alguna vez tan grande como creí. O siempre fui esta miniatura y nunca me dí cuenta. Después de verme realmente, respiré serena, sin alegría, y un poco desesperanzada. Era hora de despertar a la familia.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Desfasados


El momento pasó, pero como siempre pasan las cosas, pasó a destiempo. Cuando Esteban volvió de su último viaje, ya lo tenía definido. La calentura tiene fecha de vencimiento, y ésta se le había pasado. Que se vaya a la recontra mil que la parió, Lía. Y con eso cambió de aire.
A mí por debajo de los kilos de argumentos racionales, me quedaba flotando sutil el deseo como un perfume con buen fijador aunque me decía, es una fantasía y ya está.  La solvencia moral pudo más que el instinto, aunque se le podía llamar histeriqueo, y si no fue eso, el hecho de que todos mis movimientos eran rastreados por SMS, celular, o whatsapp, contribuyó lo suficiente para  mantener la cabeza fría. Hasta esa tarde en que de pronto me encontré en el auto de Esteban. No fue casualidad, sutilmente  permití que la logística familiar me dejara sin su auto ese día. La coincidencia, sí, me servía perfecto el trayecto de Esteban hasta su casa. Somos vecinos. Unas pocas cuadras separan sus colchones matrimoniales.
Era más temprano que de costumbre, salíamos de una presentación para un cliente, pero ya no daba para volver a la oficina. La casualidad llegaba tarde, pero al fin estaba de mi parte. Pero tarde. Quizás.
Esteban no dudó, estaba acostumbrado a tomar decisiones y no cambiaba de opinión dos veces sobre un tema: Me voy temprano a mi casa, me dijo. Ya fue, le faltó decir.  Yo lo  escuché desde muy lejos, tomando distancia, aunque estaba en el asiento del acompañante. Me acordé del Titanic, chocando con el iceberg. La incomodidad existencial. A veces se hace tan densa que hay que esquivarla. O te agujerea.

Al otro día todo siguió igual que siempre en la oficina, salvo que la capa de incomodidad se volvió algo más espesa, y las coincidencias empezaron a abundar, a destiempo. De pronto empezaron a sobrar momentos de estar solos, en la máquina del café, en el ascensor, que ahora parecía otro, hasta en el bar de enfrente. La coincidencia total, pero desfasada. Hasta en la calle. Cuando por fin salí de la oficina, a última hora,  ahí estaba Esteban de espaldas, en la esquina,  muy cerca de Claudia, la Manager de los vestidos animal print, la que lleva escotes abiertos en pleno julio, y siempre se inclina hacia adelante cuando habla con los tipos. No tiene conflicto ético para acostarse con nadie, está divorciada. Tiene otros problemas, en todo caso. Se le notan en el pelo, muy parecido al de Alaska, de Alaska & Dinarama. No puedo dejar de pensar eso cada vez que le miro de reojo los mechones de la melena larga hasta mitad de la espalda, desparejos y largos. No lo comenté nunca con nadie de la oficina, porque dudo de que alguien recordara a Alaska & Dinarama, aquel duo pop español de los ochentas. Es un chiste sin gracia. No como el chiste del que se estaba riendo Esteban, mientras Claudia se inclinaba hacia él con la raya de las lolas bien visibles en el escote. Esteban me saludó  al pasar con un adiós alto, bien de jefe, mientras que Claudia le puso toda la onda a su chau simpático, canchero. Yo pasé de largo, derecho al estacionamiento. Esteban y Claudia empezaron a caminar en la dirección opuesta. Para el lado del telo de la otra cuadra.




Capítulo II-En el aire

Capítulo I- En Morse


jueves, 6 de septiembre de 2012

la vicepresidenta


Ella era una Blancanieves con látigo y botas altas. Podía usar perlitas de oro pero combinadas con musculosa gatuna y minifalda negra.  Mentirosa con su vocecita cantarina y ojos simpáticos, de verdad, era una yegua. Morocha de pelo largo, con mucha cadera. Me la podía imaginar sacudiendo la melena, ofuscada, mientras me gritaba:
-vos sabías perfectamente que yo estaba trabajando en ese tema y tenías que preguntarme a mí qué  hacer, ¿no lo entendés? no tenés autoridad acá, yo soy la vicepresidenta, la presidenta en ejercicio, ¿te creés que me estás pasando por encima? A ver, ¿me podés decir qué formación tenés vos?
Y  mientras, del otro lado del teléfono, yo le enumeraba los renglones de mi currículum, me la imaginaba  de piernas abiertas en su silla giratoria,  una mano sosteniendo el celular y la otra, un poco distraída, entrando por entre la bombacha y el pubis, abriéndose camino entre los labios hasta encontrar la piel suave y húmeda del clítoris, latiendo sorpendida de lo ajeno de sus propios dedos fríos que la despertaban extrañamente a otros sonidos silenciosos, hasta que no escuchaba más nada de lo que yo le decía. Cuando terminé de hablar, del otro lado había sólo silencio.


lunes, 27 de agosto de 2012

Buscando la mirada


Desde el momento en que me enteré, me obsesioné con las miradas de los niños. Es que los médicos me decían que no sabían si era o no trisómico, me quisieron dejar en la duda unas semanas como para que yo me fuera encariñando con el bebé.  Yo lo veía a los ojos en la incubadora y no tenía dudas. Pero a la vez, quería estar equivocada. Empecé a buscar en todos lados una mirada igual a la suya, pero era única. Ya en el sanatorio era lo primero que observaba en todos esos humanos chiquititos que reposaban en sus cunas de acrílico. Después, cuando la vida volvió a existir fuera de la sala de neonatología, yo seguí persiguiendo las miradas de todos los niños que me cruzaba por delante, y lo extraño es que empecé a encontrar un rango de miradas y rostros que dejaban alguna duda. Si, esos nenes eran normales pero parecían medio raritos.  No podía distinguir si era la realidad o era mi mirada la que veía ojos achinados y frentes rectas por todos lados.

Cuando pasaron algunos meses más, también había desarrollado una mirada experta en cuellos, en nucas más bien rectas. Podía chequear  a los que caminaban en mi misma dirección, adelante mío. No necesitaba ver de frente a un niño para confirmarlo, no, este tampoco es. Pero mientras tanto yo seguía patrullando la ciudad, los ómnibus y trenes, en busca de estadísticas. Tenía que haber otros, en alguna parte. ¿Era posible que estuviéramos tan solos en el mundo?.
Un día,  estaba sentada en un café adentro de un shopping, sola, a buscar algo o a escaparme un poco, no me acuerdo. Y de pronto ví a un chiquito caminando. Estaba de espaldas a mí, y se iba alejando por el corredor amplio, sin hacer caso a la mamá que lo llamaba insistiendo,
-Bauti, vení!
Todos mis sensores y traductores de imágenes se activaron y se prendieron las lamparitas.  Ese nene sí, sin duda, era Down. Apenas lo trajeron a upa, ví sus ojitos inconfundibles.  La mamá y la abuela estaban sentadas a unos metros de mi mesa. Había algo en ella que me cayó bien ya antes de hablarle. Me acerqué. Ella estaba sentada con los regalos de Navidad alrededor, relajada, bien. Le pregunté, me contestó, le conté. Nos presentamos. Al ratito yo estaba sentada en la mesa, conversando con toda naturalidad, con ella y su mamá, de los sueños, de los cambios, de la mala y buena suerte. Le hice muchas preguntas, Bautista tenía dos años, Andrés, el mío, unos nueve meses. Esa pequeña diferencia abismal de vida transitada, que la convertía una sabia frente a mí incertidumbre. Pero además me encontré con una amiga nueva, sin darme cuenta. Creo que un rato después le conté que estaba embarazada, de pocas semanas. Intercambiamos teléfonos.  Ella detestaba los grupos de apoyo (como yo), sin embargo, me invitó a su casa, una tarde. Por años nos seguimos viendo cada tanto, cada vez retomando la charla anterior con total tranquilidad.
Bautista tiene  autismo, además. Vive en su mundo. Nunca pudimos hacer que nuestros hijos jugaran juntos. Pero nosotras nos conectamos de una manera espontánea, muy reparadora.  Silvina era un espejo sereno en el que podía verme reflejada  Después de que conocí a Bautista, sin darme cuenta dejé de buscar por la calle las nucas rectas, y los ojos achinados.


miércoles, 22 de agosto de 2012

En el aire

ÉL: ya estoy arriba de un avión otra vez, respirando el aire filtrado de la cabina, con ese tufo lejano a sudor rancio, con el cinturón puesto y la tensión del despegue que todavía me produce un miedo incierto. Me estoy alejando de todo, pero no puedo evitar que se me aparezca un flash de ella, desnuda arriba mío, moviéndose despacio, acabando en síntonía los dos.  Me la tengo que sacar de la cabeza, me la tengo que coger, cómo me histeriquea esta mina, pero yo sé que me tiene ganas, otra vez pienso todo eso, y ya me caliento sólo de imaginármela.  Hace mucho que no me pasaba esto.  Cuánto más tranquilo es no tener a nadie en la cabeza, vivir con los pies en la tierra,  con mi mujer y mis hijos. No tengo tiempo para distraer mi atención en pendejadas.  La próxima vez que la vea va a tener que caer, me tiró esa onda y después no hace nada para concretar, la hija de puta. Y yo no estoy para andar persiguiendo a nadie, ya estamos grandes, no quiero problemas en el laburo.  Las minas, no las puedo entender.

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ELLA: No quiero pensar, si me engancho a darle vueltas al asunto me voy a acordar otra vez de ese momento en que me lo hubiera comido entero, no puedo quedar atrapada pensando en ese tipo. Los hombres son irresistibles hasta que te encamás, después hacen un click desagradable, se alejan, lo que más quieren es que quede claro que eso fue sólo un polvo,  no sé con qué me puedo encontrar al día siguiente. Eso es seguro, se va a volver todo muy incómodo y después voy a tener que remontarlo en medio del trabajo, poniendo cara de acá no pasa nada. Ya conozco la tela. No tengo fuerzas para volver a pasar por ahí.

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EL VP: Creo que estos dos tienen algo pero todavía no les da para darse. Al menos le están poniendo energía al trabajo, podría felicitarlos por la entrega que están poniendo para el nuevo proyecto, pero me voy a tentar de risa, si lo que este flaco quiere es que la entregue de una buena vez y no lo haga sufrir más. Ella es medio loquita, yo ya le cacé la onda alguna vez, debe ser una vez al mes, que se pone  como una loba, y después nada, cero bola al mundo.

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Capítulo I




jueves, 26 de julio de 2012

Los huesudos

Están sentados en la hamaca de jardín, uno a cada lado de la madre flaca y huesuda, los hijos flacos y huesudos, blancos, tornasolados, casi violetas, quizás sea la sangre azul que les corre por las venas o la piel transparente que tienen, el pelo castaño claro, opaco, deslucido, los ojos celestes lavados, hundidos en las cuencas ojerosas, marrones. Posan para la foto. El padre está parado detrás de la hamaca, con su viejo traje gris y anteojos gruesos, y completa la escena de la familia huesuda perfecta. Es increíble que se formen parejas tan equilibradas, los dos padres tan frágiles como árboles nuevos, con esos troncos tan quebradizos y encorvados, finalmente se sintieron complementados y procrearon a su semejanza, y ahora en la repetición parece que su fenotipo es aceptado, son parte de un todo, de un conjunto cerrado. Lo que siempre fue malo y oscuro y los hizo sufrir, esa imágen terrible que el espejo les devolvía cuando eran jóvenes solitarios, fue suavizada hasta el límite por la amnesia de la vida familiar y el amor filial, esa foto del pasado que ahora  ven reproducida en sus hijos, su orgullo, con su futuro incierto y huesudo, e intentarán enseñarles a ser felices con esos cuerpos y esa piel, o mejor, preferirán ignorar la realidad, pelear para que los hijos sean mejores que ellos, luminosos y musculosos y bronceados, y después se lamentarán porque los niños no han heredado su espíritu de lucha, la perseverancia que sólo tienen los que se bancan el sufrimiento. La felicidad persistente puede ser un gran obstáculo para el desarrollo del espíritu fuerte. Es como una economía favorable. Creen que va a durar para siempre. Sus hijos tendrán una ventaja latente si aprenden a sobrellevar su inadecuación, cuando se crucen con los jugadores de fútbol habilidosos, con cualquiera que domine un skateboard, o que sea un mediador nato,  o sepa hacer surf o amansar a un caballo acariciándole el hocico. Si, sus hijos tendrán que aceptar que pueden ser buenos leyendo libros de Historia Universal, pero no serán protagonistas en la obra de teatro del colegio. La foto está enmarcada en un portarretratos de metal, grande, sobre la mesa de entrada, el orgullo de lo innegable.

domingo, 24 de junio de 2012

Sapo de otro pozo

Capítulo II- sapo de otro pozo

Dejé de sentirme sola en el mundo con mi bebé Down,  cuando me contaron de un grupo que se llamaba ¨down is up¨. Aunque el nombre me chocó como algo imposible, leí la nota que aparecía en un diario zonal. Me la trajo la estudiante de terapia ocupacional que cuidaba a Andrés mientras yo preparaba mi tesis de maestría o salía al gimnasio, algunas tardes por semana. Fue el primer paso para salir del pozo. Pero todo tiene dos caras. Me enfrenté por primera vez a un grupo de mujeres que tenían unos diez años más que yo en promedio, todas muy chetas, de San Isidro, señoras de su casa, que pasaban los cuarenta años, y al nacer su cuarto o quinto hijo, se enteraron que tenía  Síndrome de Down.  Y estas mujeres tenían una actitud muy distinta a la mía. Estaban tristes, si, pero a la vez, ya tenían la vasta experiencia de ser madres de hijos incluso adolescentes. No sólo eso, ellas tenían mucho en común entre sí. Se conocían del barrio, de los colegios, de los veranos, de la Iglesia. Todas pertenecían al mismo ambiente. Yo estaba acompañada pero era un sapo de otro pozo, aunque tardé un tiempo en darme cuenta.
Las primeras reuniones me quitaron un peso enorme de encima, el mundo de a poquito empezaba a girar otra vez. No me aliviaron el dolor y la rabia, pero estaban ahí, con sus hijos de ojos achinados y lenguas para afuera. Yo ya no estaba sola. Estas mujeres a la vez me presentaban un universo que yo todavía no podía imaginarme: me decían que todos los hijos tenían sus problemas, que todos eran difíciles a su manera. Ni que hablar que ellas tenían el tema del hijo Down mucho más bajo control que yo, varias lo consideraban una prueba del Señor. Fue también en esos meses cuando me dí cuenta de que había perdido la fe. Una consecuencia también inimaginable para mi pasado hippie, frenteamplista y reticente a todo contacto con los chetos, fue que de pronto me vi inmersa en tardes de té con señoras bien, en salas decoradas con empapelados de flores, floreros con girasoles, sillones floreados con fundas festoneadas.  Y todas eran simpáticas, buenas. Y yo, como si llevara un saco impresentable abajo del brazo, empecé a guardar mis prejuicios socialistas bajo una capa de tolerancia, y abracé la burguesía sin rastros de resentimiento. Me quedaba una incomodidad de fondo, como arena en el zapato o una etiqueta en el cuello de la remera. Algo que no me cerraba pero iba por dentro. Para afuera yo sonreía y asentía en conversaciones inverosímiles para mi vida pasada, es decir, los treinta años que había vivido fuera de ese mundo.

Creo que aguanté en el grupo un año o un poco menos. Yo seguía sin aceptar lo que me había pasado, aunque desde que supe lo que tenía Andrés, me encontré frente a un único camino: sólo podía intentar hacer todo para que él fuera la mejor versión de sí mismo, dentro de sus posibilidades.

Entre los planes del grupo estaba que los niños en el futuro tuvieran su grupo de amigos,- Down, pero gente como uno-, como me dijo irónicamente el papá de una nena también trisómica. La sola posibilidad de verme unida por años a estas chicas bien me estaba asfixiando. Además, había otro problema, si yo apenas podía aceptar a mi propio hijo, los otros bebes Down me causaban una mezcla de horror y desesperación. Les sonreía, los mimaba, pero yo los veía y me preguntaba si Andrés era tan espantoso como ellos, y concluía que no, que él tenía que ser el más lindo y el menos, ¿menos qué? ¿menos retrasado? ¿Sería cierto que existía una competencia casi imperceptible entre las madres por mostrarnos que nuestros niños  eran los menos Down de todos?. Ya teníamos incorporado el chip, que todavía no se llamaba chip, de la palabra correcta. Porque el adjetivo mongólico, que tanto terror me causaba antes de imaginarme como madre de Andrés, había desaparecido del vocabulario general. Mis amigas, mi tía que siempre lo usaron, nadie lo dijo más a mi alrededor.  Las otras madres llamaban a los bebés los chinos, pero yo no podía encontrarle la gracia. En esas palabras se traslucía la burla de la vida.
Tratando de encontrar soluciones imposibles, yo me dedicaba a leer libros especializados en el tema del síndrome, que iban desde la fisiología, el aprendizaje, hasta las enfermedades más comunes y como consecuencia me deprimían más que lo que me ayudaban. Y entonces  empezaron a suceder cosas, como en una historia de terror donde las pesadillas se vuelven realidad.  No me dieron tiempo de terminar mis libros cuando uno, y después otro de los nenes del grupito, como en las páginas que había leído, empezaron a tener episodios de convulsiones, y las madres se enteraron que sufrían una forma de epilepsia llamada Sindrome de West. Un poco después, uno de ellos recibió diagnóstico de celiaquía, otro de hipotiroidismo, otro necesitaba urgente una cirugía cardiovascular  y uno o dos meses más adelante, otro de los nenes del grupo desarrolló leucemia. A esa altura yo ya no soportaba ni a las madres, ni a los niños, ni al futuro, y no veía solución a mi vida más que llorar de vez en cuando, y evadirme de la realidad pensando en el mundo que había perdido.

Cuando me enteré de que estaba embarazada otra vez. no me acuerdo de haberme sentido contenta, pero las estadísticas tenían que estar de mi parte. No podía salir todo mal otra vez. Hasta que no me hice la amniocentesis no respiré. Y después, la vida siguió su curso lento y de a poco aprendí a ser mamá de Andrés, cuando ya tenía a mi segundo hijo en brazos, como una segunda oportunidad. Y a las chicas no las ví más. Pero creo que yo me volví un poquito cheta. Por afuera nomás.





lunes, 11 de junio de 2012

en Morse

Nunca antes habían tenido más que buena onda e intercambio de miradas amables, de sonrisas de ella con guiños de él,  siempre desprovistas de tensión erótica. pero esa noche al bajar juntos el ascensor, solos por primera vez en casi un año de compartir la misma oficina, sabiendo que no quedaba nadie afuera ni arriba, algo se desató y se descolgó del techo de aluminio, una ráfaga de deseo que duró los ocho pisos como una luz encandilante. Cuando salieron, los dos lo sabían y no hubieran necesitado palabras para seguir adelante. Pero, siempre hay un pero, Lía se dio cuenta que tenía que volver a subir, imperiosamente a la oficina, a buscar algo super importante para su viaje del día siguiente. Esteban no tenía ninguna excusa para quedarse esperándola abajo. No se le ocurrió. No se animó. Y se fue, caminando solo, sorprendido, excitado y frustrado. Y desde entonces, los dos esperaron la vuelta de ella, cada uno imaginando su versión del próximo encuentro, y de cómo podrían forzar algo que no había pasado en tanto tiempo. La soledad en esa empresa estaba mal vista. Todos salían a comer a la misma hora, en grupos joviales, nadie se desviaba en parejas ni siquiera a comprar un chocolatín, y menos a la hora de la salida. Se iban escurriendo por goteo de a tres o cuatro,  encontraban un cómplice para la huída, calculando quién había llegado  a la misma hora que ellos, como gold standar para poder salir rajados.
Así era que no podían calcular con precisión quién se iba a unir a la salida cada día. Los días se hicieron pesados de incertidumbre. Las noches volvieron a tener etapas para Lía, como una carrera de postas, vigilia-sueño-vigilia, como le sucedía años atrás cuando otras ansiedades la desvelaban. De pronto en medio de la noche, un relámpago mental le iluminaba los recuerdos y sus fantasías se desparramaban sobre la almohada, tan difíciles de retener como plumas en el viento, y ella se quedaba despierta. Esteban con la verga dura en un cuarto de  hotel en penumbra, los dos desnudos, ella lamiéndole apenas como para excitarlo algo más pero no demasiado, apenas se imaginaba la escena se  calentaba como hacía tiempo que no le pasaba. Las fantasías eróticas habían desaparecido de su vida de casada como un animal en vías de extinción, ella sabía que andaban por ahí pero no las veía casi nunca.

Esteban pasaba el día entero enchufadísimo en los temas de la empresa, tomando decisiones prácticas, rápidas, difíciles o banales. Sin perder tiempo y sin desesperarse, tenía la capacidad de mantener la calma en medio de la tormenta incesante. Pero esos días se encontró mirándose preocupado el pelo canoso, se vio desprolijo con los rulos crecidos (los mismos que le encantaban a Lía). Se preocupó por ir a la peluquería. Se miró la barriga ya no tan plana y pensó que estaba más gordo.
Intercambió mails con Lía, que estaba en un congreso en Philadelphia, sobre los temas que trabajaban en común.  Por debajo de las frases repetidas que hacían propuestas o consultaban soluciones o solicitaban reportes, el mensaje silencioso seguía tecleándose como un código Morse invisible.

Y así pasó la semana hasta que volvieron a encontrarse en otra reunión de última hora. Esta vez había clientes, el ambiente iba a ser un poco distinto, menos distendido.

Lía se fue a la peluquería el día anterior a la reunión, apenas volvió a Buenos Aires, se depiló toda. Esa mañana buscó una combinación negra con encaje que le apretaba un poco pero le dejaba las lolas bien arriba y como servidas en bandeja. Se puso una blusa fresca, pensando que quizás tendría que ir a recogerla del piso para volver a vestirse después en algún telo cerca de la oficina. Trató de imaginar cuál sería la elección de Esteban, ¿la obvia, el telo de ahí a la vuelta?, ¿o tendría alguna sorpresa pensada?
Durante el día estuvo ocupada en todos los temas pendientes y no paró de trabajar, aunque sentía que había como un espacio de aire entre ella y el mundo. La duda le aceleraba el corazón más que las ganas. De verdad, ella no había sentido una atracción tan fuerte por Esteban hasta ese día loco del ascensor. Ella tenía una teoría: esa vez, estaban los dos tan cansados que simplemente no tenían filtros y si hubieran sido dos salvajes en la jungla, hubieran cogido ahí mismo. Pero no, eran dos compañeros de trabajo. Más bien, Esteban era su jefe. Apenas lo pensaba, se volvía transparente, como si estuviera por desaparecer.

Pero cuando lo vio llegar sin el traje habitual, vestido casual a pesar de que era miércoles, con campera ligera y saco de lana, sin corbata, la garganta se le secó y no pudo volver a hidratarse por más que tomó varios vasos de agua. Cuando en medio de la reunión, sentada al lado del VP, notó las miradas directas y persistentes de él, por sobre el cañón de power point, a la vista de todos  y bajo la luz dicroica de la sala de conferencias, todo su coraje y sus fantasías se disolvieron de pronto. Si, el deseo se le escurrió entre las manos, se le fue volando junto con sus latidos precipitados y de pronto la invadió la calma inigualable. No, no tenía que ponerse a prueba ni tenía que jugarse a apagar el incendio que había iniciado. Pero no hay que dejar a un hombre con las ganas, y menos al jefe. Lía se dio cuenta del lío en que se había metido. Otra vez tendría que escapar por la puerta trasera de la vida. Cuando la reunión terminó, Lía se fue a su escritorio, juntó papeles, cerró la laptop, se puso el tapado y la cartera, y se fue por el pasillo al ascensor. Nadie a la vista. Salió a la noche y la sintió helada. Caminó sin fuerzas, entre la tristeza y la calma. Cuando llegó a la esquina, el semáforo estaba rojo. A un par de metros, el grupo de cuatro conversadores incluía a Esteban, que no se dio vuelta.  La luz se puso verde y Lía empezó a caminar, dejando al grupo atrás. Siguió apurada hasta que llegó a su auto. Se subió y arrancó, y el tráfico la llevó hacia adelante. No miró por el retrovisor, por las dudas.




domingo, 20 de mayo de 2012

mi área 51



Área60, el aviso de  un Country Club de la zona sur con nombre ridículo, que vimos al pasar por la ruta hacia la costa, me fue llevando de sinapsis en sinapsis. En el auto, mi marido, que me tomaba el pelo, ¡no, esa era el área 69!, no nene, que cuál era el número del área del incidente Roswell, ah, si, área 51. Como tantas veces, una palabra suelta funcionó como clave para traerme del pasado uno de esos tantos momentos que preferí borrar de mi mente, pero que ahora vistos tan de lejos, desnudos de la amargura que los rodeaba, me hacen algo de gracia. No tanta. Ni después de todos estos años. Fue todo por  un video que pasaron en la tele, sobre el área 51, no sé  bien en qué año, sería el  ´88, yo tenia unos dieciséis años, algo así.  Los almuerzos eran agobiantes en la casa donde viví, que sólo empecé a llamarla mi casa después de pasar una década fuera de ahí, y más bien a modo informativo para el mundo, esa casa era  donde yo vivía con mi tía abuela y mis abuelos, un lugar que se fue convirtiendo en algo cada vez más ajeno, opresivo, y desagradable a medida que transcurrió mi adolescencia: mi madre se había ido a vivir a  España en el ´83, y yo esperaba cada año a que algo pasara, que ella volviera, que yo me fuera.  Mi padre tampoco  existía mucho, por ponerlo en pocas palabras, y después yo lo borré de mi vida, como una limpieza espiritual atrasada, al cumplir los veinte. Pero como siempre, me fui por las ramas, estábamos en la hora del almuerzo, un ritual amargo que ponía en evidencia mi soledad de cada día. En ese tiempo desarrollé la costubre de comer a toda velocidad para salir volando de vuelta a encerrarme en mi cuarto: en la mesa no se hablaba y el espectáculo de los viejos haciendo ruido al comer me repugnaba, el ambiente era entre aburrido y lúgubre y yo calculaba mentalmente que así no se suponía que tenia que ser la vida, que qué hacia yo ahí encerrada con esos tres viejos. Yo no hablaba en esa casa para no pertenecer a la realidad. Pasaba perdida en un mundo de fantasías románticas -no muy eróticas, porque era bastante naba-, entonces, cosa extraña, ese día me dio por hablar en la mesa -¿estaría de muy buen humor?-, y comenté la publicidad que había visto en la tele, porque lo habían anunciado como publicidad, algo que no existía en la televisión uruguaya de aquel momento: vender una noticia por adelantado. Y lo anunciaban como al pasar, de verdad que no le estaban dando el énfasis que yo esperaba para un hito en la historia del humanidad: iban a mostrar por primera vez los hallazgos del caso Roswell (los extraterrestres encontrados en los años cincuenta por el ejército norteamericano). Yo, que a esa edad me había leído decenas de libros sobre OVNIS, extraterrestres y teorías estrafalarias,  dije algo como esto:
-¡yo sabia que alguna vez iba a ver esto, que se iba a demostrar que hay vida en otros planetas!,
un comentario que podría haber sido tomado con interés, indulgencia, camaradería, o para la chacota directamente, pero como sucedía casi siempre,  las conversaciones en mi casa  no estaban acompañadas por la lógica, la inteligencia, ni mucho menos por el humor.
Fue mi tía abuela la que me contestó, ofuscadísima:  
-mirá, yo no creo en nada de eso ¡porque yo creo en Dios, y en la Santísima Virgen, yo soy Católica Apostólica Romana!!
-¡¿y eso qué tiene que ver?! 
supongo que una frase así le  habré tirado yo, pero ella no escuchaba. Sus respuestas siempre eran ridículas, como para llorar de risa si hubiera tenido con quién reírme, porque sola nada tenía gracia. Como siempre, era imposible seguir una conversacion racional con ellos, no me acuerdo cuánto discutí, si poco o mucho, pero mis argumentos chocaban como tenedores contra copos de nieve, mientras comíamos como todos los días, rigurosamente, milanesas de carne picada al horno (sin aceite y sin sal) con zapallitos rellenos y croquetas de papa. Hasta el día de hoy no he vuelto a probar zapallitos rellenos y no creo que en mi vida los vaya  a cocinar. Ni croquetas. Pero sigo, esa noche me senté frente al televisor con toda la expectativa del mundo, esperando una gran revelación, pero lo que mostraron fue tan absurdo que no había forma de creérselo: eran unos muñecos como inflados, con caras alargadas y blancas, y el video mostraba una especie de intervención quirúrgica o autopsia bastante trucha. Cuando terminaron de mostrar el video, el comentarista de la tele dijo algo, pero yo ya no escuchaba, enojada y decepcionada. No se había producido el cambio fundamental en la historia de la humanidad, todo seguía igual, como mi vida.  Y mi tía abuela tenia razón al final, pero como siempre,  por motivos equivocados. De pronto volví a ver el camino frente a mí, ya estábamos en el kilómetro 80. ¿Cómo elegirán los nombres para los Countries? Tengo mis teorías...












jueves, 19 de abril de 2012

Estigmas

Capítulo I- Estigmas                                      

Cuando decidí inflar la colchoneta pensé primero en hacerlo de frente a la pileta en el jardín, para poder cuidar a Andrés que flotaba en un caballito salvavidas, que en realidad le quedaba chico porque él ya era muy alto con sus cuatro años, pero seguía insistiendo en sentarse ahí, con la espalda encorvada. No le había puesto el chaleco salvavidas porque hacía un calor insoportable, estábamos en pleno enero, y él se pasaba todo el tiempo con el torso fuera del agua.
No quisiera decirlo, pero recuerdo una voz interior muy calladita, a la que yo me hago la que no oigo, pero sé perfectamente lo que me dice. Y esa tarde me dijo, mejor ponete para el otro lado, en una de esas. El resto del mensaje lo entendíamos las dos.  Junto con el hábito de resguardarlo del peligro, había desarrollado la capacidad paralela de imaginar qué situación inesperada podría hacerlo desaparecer de mi vida. Eso que me dí cuenta que era imposible, la noche en que nació, que había llegado para estar ahí por el resto de mi vida, después que se fue la médica que nos dio la larga explicación, de a puchitos, tirando pistas como para que nosotros solos llegáramos a la conclusión que nos negábamos a oir. Después de llorar abrazados con Daniel, fuimos a verlo a Neonatología, y la espera previa por una silla de ruedas que me llevara pareció una eternidad. El pasillo interminable, todo lo que luego con mis otros hijos sería tan alegre, tan corto y sencillo pero sin llegar nunca a quitarme del todo el gusto amargo de esa primera vez de ser madre, tan al estilo de mi vida, arruinada. Y cuando llegué por fin al lado de esa cuna de acrílico, rodeada de aparatos y cables,  ahí estaba todo lo que nos había dicho la cardióloga, que nos explicó primero que tenía una abertura en el corazón, que la sangre no oxigenaba bien, que había que operarlo (y yo me sentí confiada todavía, porque todo tendría que salir bien) para luego seguir con que tenía los ojos rasgados (y yo le contesté que a mí me decían ¨chinita¨) y los pulgares cortos (mientras yo trataba de ver a dónde iba con esas vueltas)  y una arruga en forma de ¨y¨ en las plantas de los pies, y las orejas un poco abiertas y con las puntas hacia abajo (y le volví a decir que yo tengo las orejas como Dumbo, que incluso mi madre me las hizo operar cuando yo tenía ocho años), y bajo tono muscular, todos estigmas compatibles con el síndrome de Down (y ahí no recuerdo más que oscuridad y la palabra unida a la explicación que más temía minutos antes, cuando pensaba, que sea cualquier cosa menos Down) pero que en realidad no querían confirmarlo hasta no hacer el test genético, y entonces ya parecía una estupidez, con todos esos datos, que no estuvieran seguros, si yo lo entendí apenas lo ví en la incubadora, y a pesar de todo me sorprendí, tengo un bebé, pero la alegría era tan triste,  y después había que volver por ese pasillo largo, lleno de flores de otros, a esperar la nada, y me sentía caer en un pozo sin fondo cada vez más oscuro, más alejado del mundo, más adentro de mi misma y después sólo recuerdo la oscuridad, arrollada como un ovillo, como un bebé, como el que acababa de salir de mi cuerpo, así enroscada en la cama mientras el dolor intenso de los puntos de sutura de la episiotomía parecía sólo una forma de desagotar el vacío que me explotaba adentro, todo se estaba acabando allí mismo, mi vida futura como la imaginaba, perfecta, hermosa, y mi vida pasada, como la había vivido, como una dura montaña que nunca paré de escalar, siempre creyendo en el verde que me esperaba del otro lado de la cumbre sin saber que ya había pasado por mis mejores paisajes y adelante quedaba sólo un valdío deforme.

Me falta una parte, le dije llorando a la terapeuta de  la clínica, cuando me enteré que finalmente le daban el alta y me podía llevar a mi hijo a casa, sin cables, sin enfermeras, sólo vida adentro del cochecito que había elegido después de tanto pensar y dar vueltas buscando el más adecuado para el niño perfecto que iba a nacer.   Y cuando salimos, lo primero que hice fue salir a dar una vuelta por la placita, pero me sentía una farsante, los que me veían pasar se imaginaban a una madre felíz y orgullosa. Nada más lejos.

No había nada peor que me pudiera pasar. Yo no era de las que pensaban un hijo es un hijo, cuando se lo escuché a una amiga, que me dijo,  y tienes que aceptarlo (con su acento chileno que no ha perdido con más de una década por este lado de la cordillera). Me pareció tan violento que me dio ganas de gritarle, ¡pero no quiero aceptarlo!, no quiero, yo no quería esto...

---a bit different, English version---

I was in the garden, facing the pool, so I could watch Andy floating on his undersized horse-lifeboat, which he insisted in his throaty moaning, to play with every day, although he was a tall four-year-old boy, with his back hunched over under the burning sun. Then I decided to inflate the mat.
I wouldn´t say it then, but I remember a quiet inner voice, which I pretended not to hear, though I knew exactly what it whispered. And that afternoon it said, why if you turn to the other side, there´s a chance, maybe. The rest of the message, we both understood it.
Along with the habit of keeping him safe from danger, I had developed a parallel hability to imagine which unexpected situation could make him disappear. I had grasped it two hours after I gave birth, Andy was here for the rest of my life, there was no way back: it started when we were expecting the nurse to bring us the newborn, but instead, some unkwnown doctor came into the room, gave us the long explanation, and then, she went away. She had dropped it by little pieces, pulling clues, expecting from us to conclude what we refused to listen. I hated her more for being a woman, for surely having normal children.
After hugging and crying together with my husband, we wanted to see the baby at the ICU. The wheelchair trip over there seemed to take an eternity through the endless hallway (even now, I can picture it in a dim gloomy light, mixed up with memories so lighter of my other babies in the coming years. I could neved get rid of the bitter taste of that first time being a mother, so of the kind of things in my life, ruined). And when I finally got beside the acrylic cradle, there he was, surprisingly helpless, surrounded by devices and wires. Just then I got to understand all that the cardiologist had said about the baby, that he had a hole in his heart, that he had to go through surgery  (and I still had felt confident, because everything would be fine) and then she had dropped other hints, how he had slanted eyes  (and I had said that he had got my eyes, that even my husband calls me ¨China girl¨) and short thumbs (and I tried to see where she was going with those loops), and a wrinkle shaped as a ¨y¨ on the soles of the feet, and ears opened and slightly pointing down (and I had interrupted her again, saying that I have ears like Dumbo, and my mother had me go through esthetic surgery by the time I was eight to make me look better , and that he had very low muscle tone, and then she dropped it,  all these signs were compatible with the stigmata of Down Syndrome (and hence I do not remember but darkness and those words bounded to the explanation that I most feared minutes earlier, when I thought, please let him be anything but Down Syndrome). And then she said she  really did not want to confirm the diagnosis until  the genetic testing was done: but later, myself in front of the baby, it seemed so faked, after all that data, that the doctors would not be sure about it, being that I could see it perfectly right when I looked at him in the incubator, my own surprise still stronger than the sorrow, I have a baby, I said to myself, but the joy was so sad. And then I had to go back through that long hallway, full of other people´s flowers standing on each door of the maternity wing, as I felt like I was falling into a bottomless pit, away from the world, further into myself and then I only remember the dark, my body rolled into a ball in the bed, like a baby, just like that one who had come out of my body, and I was curled up in bed with intense pain from the stitches of the  episiotomy  which seemed only a way to drain the exploding emptiness inside me. That night I felt my life was over, my future as I pictured it, perfect, beautiful. And I saw my past as a commonplace joke, after such a long time of climbing that hard mountain ahead, always believing in the green than was expecting me on the other side of the peak, without knowing that I had already passed through my best landscapes, I all that was laying forth was just a deformed wasteland.

But I am missing a part, I told in tears to the clinic´s therapist, when I learned that after a month I could finally take my son home, no wires, no nurses, just life in the stroller that I had chosen after so many deliberations, looking for the perfect one to fit the perfect child to be born. The one I was missing. Still, the first thing I did when we were out of the clinic, was to take a walk around the park, pulling the stroller as I had dreamed for so long, but I felt like a fraud: people would see me and they would picture a happy and proud mother. Not remotely.
Suddenly, I was back to the intense blue sky above my head, the sunshine, the noise of the air pulling up the plastic yellow mat. I was facing the garden, so I slowly turned around to the pool, as I knew it before I actually saw him, under the water, his static body, his eyes wide open and the pain and despair in his face. The horse-lifeboat floating upside down, in the quiet water. He had given up, I had my chance, but all I did was to run and jump into the water, take him out, make him breathe again.











jueves, 23 de febrero de 2012

A contraluz




Cuando se miraron a través de la mesa de  reuniones,  a contraluz, fue apenas un segundo que las unió en el deseo: el de Alina, por saber cómo sería tener aquella calma al hablar  y  aquella voz cantarina y esos pómulos redondos, y el de Silvia, quien también cayó en la trampa de la vanidad  por conocer los secretos de la envidia que generaba en esa mujer tan flaca y rubia de aspecto juvenil, que ya no era una nena.