domingo, 11 de noviembre de 2012

El paraguas


Casi siempre que voy a Montevideo en mis escapadas desde Buenos Aires, algún tema pendiente me obliga a pasar por la Ciudad Vieja. Una reunión o un trámite. Y en la pausa obligatoria, termino en  La Pasiva, frente a la Catedral. Es parte de mi memoria gastronómica. Amo sus frankfurters con la mítica mostaza de la misma manera que los aborrezco en cualquier otro bar del planeta. Tampoco tiene una buena vista ese lugar largo y angosto, apenas puedo ver la esquina del Cabildo con sus paredones grises de mugre y vejez, que parece que nunca terminarán de refaccionar. También acecho una punta de la Plaza Matríz con su fuente llena de esculturas entreverada entre los trazos verdes y grises de los plátanos enormes. Vuelvo a recordar las historias de mi abuelo materno que fue guardián de esa plaza, de eso hace unos sesenta años quizás. Y me parece que en aquella época eran todos buenos ciudadanos y no había nada que cuidar. Como siempre, el pasado aparece perfecto. Cuanto menos real, más perfecto.
Esta vez la lluvia me detuvo más de lo que pensaba en mi parada. No sólo lluvia, sino el viento huracanado que en estos días de El Niño es novedad en la vida montevideana. Y eso que  he convivido con vientos más humildes pero casi tan molestos durante los años que viví acá. Los paraguas que se vuelven inútiles. A lo sumo se pueden usar como un escudo de guerra, frenando la lluvia horizontal. Pero de pronto veo a una señora que pasa muy tranquila adentro de un paraguas transparente. Es como un gran hongo de plástico.  La mujer parece contenta, protegida por su amuleto, como una niña. Eso es lo que me llama la atención. Vuelvo a ver aquel paraguas que me trajo mi madre cuando volvió de su viaje a Estados Unidos. Yo tenía ocho años y ella se fue a probar suerte, como hacían todos los jóvenes que podían escapar en paz de la dictadura y el desánimo de la vida en Montevideo. Me quedé con mis abuelos, lo cual era lo mismo que no hacer ningún cambio. Desde que nací me cuidaba mi abuela el día entero, mientras  ella  estudiaba o trabajaba, a veces la semana completa, hasta el punto que cuando empecé la primaria en el Colegio Pío, mi madre, ya divorciada, vivía en un apartamento minúsculo cerca del centro, y yo, con mis abuelos y mis tíos abuelos, en la casa grande en Villa Colón. Diez kilómetros eran una distancia muy grande para una ciudad  tan chica, o tan lenta. Por eso no recuerdo nada de cuando ella se fue en ese viaje. Sí recuerdo que apareció de pronto, una noche, cuando yo ya estaba acostada en mi cama. Se había ido tres meses, pero extrañaba mucho y decidió volverse. Tan rápido lo decidió, que lo único que pudo comprarme como regalo, fue un paraguas en el aeropuerto de Nueva York. Y yo quedé tan contenta con que ella estuviera de vuelta, y de repente, volviendo a vivir en la misma casa que yo, que todo fuera tan mágico y perfecto. Y que me hubiera traído ese regalo tan genial: un paraguas transparente que tenía las señales de tránsito -stop en rojo y go en verde-, que no llegué a decepcionarme cuando ví las fotos de ella en Disney, con las orejas de Mickey Mouse que yo tanto soñaba. ¿No me las había traído? no importaba. Será por eso que luego cuando yo pude viajar, muchos años después, me las compré y las guardé como un tesoro hasta que las mudanzas se las tragaron para siempre. El resto del recuerdo se esfuma en esa noche sorpresiva. Lo que pasó en las semanas siguientes, seteó el rumbo en el GPS de mi niñez y adolescencia. Mi madre se vino de Estados Unidos, tan de repente, porque su padrino, -mi tío abuelo, el verdadero líder de la familia-, se estaba muriendo de cáncer. Èl era el dueño de la casa, de la carnicería, del edificio donde ella vivía. La paz familiar explotó en una nube atómica y la normalidad se evaporó para siempre de mi vida en segundos cuando él murió. Todo se vendió, me cambiaron de colegio, de barrio. Durante un año vivimos en un apartamento en el centro, con mis abuelos, mi madre y mi tía abuela viuda, ahora, la dueña de todo lo que nos rodeaba. Esos años estuvieron marcados por la consciencia permanente de vivir en un lugar que no me pertenecía. Empecé a andar sola por la calle para todos lados, a pesar de las recomendaciones cargadas de reproches anticipados: ¨está bien, andá, pero si te pasa algo no digas que no te advertí¨. Era la frase que más escuchaba cuando tenía diez años. Mi madre se volvió a ir, esta vez a España, esta vez, dispuesta a no volver hasta no haber logrado el éxito. Treinta años después, todavía no sabe si volver del todo o no. En Montevideo ya no le queda nada.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Facebook es el aleph del tiempo



Facebook es el Aleph del tiempo. El descubrimiento me golpeó de pronto, como la manzana de la gravedad al pobre Newton imaginario que todos llevamos dentro. Cuando apareció su foto colgada en mi página de inicio, yo estaba en medio de una tarde cualquiera, de esas en las que no podía esperar más emoción que el sonido del microondas con mi café con leche listo. Me quedé frenada en el aire, la sorpresa dejó mi mano con la birome a medio camino del cuaderno. La tentación que tantas veces descarté después de un par de cálculos emocionales estaba ahí, ahora, a un click de mi vida.
Los sonidos del mundo de afuera, una nota de guitarra, unos pajaritos mezclados con gritos infantiles. El sol silenciando al viento. El calor brillando en las hojas de los árboles vestidos de primavera. Todo parecía haber estado esperando este momento por años. Facebook me dice que tal vez conozco a esa persona. Me sugiere ¨añadir a mis amigos¨. Hacer click o no. Volver al pasado. Eso que hago permanentemente en mi cabeza. Pero, me pregunto, ¿pertenezco todavía a ese pasado?. Las emociones reales se me evaporaron hace mucho, al ritmo de los neurotransmisores agotados por las sinapsis del amor. El pasado está a un click de distancia pero es una ilusión. Los compañeros de colegio que no veo hace treinta años, los de los campamentos de secundaria, que desaparecieron de mi vida cuando el primero de ellos se casó un poco temprano de más, apurado por un niño por nacer. Incluso los grandes amigos de la facultad que dejé de ver ya hace casi quince años, esos que me conocieron como adulta fresquita, pero ya formada, tampoco encajan en mi presente. Los tíos terceros que ví en algún casamiento, los primos desperdigados por el mundo que apenas conozco, los vecinos del barrio de mis abuelos, que no pude rechazar como amigos y me escriben como si tuviera siete años. Todas las etapas de mi vida en una gran licuadora, mezcladas con aquella amiga de los veranos adolescentes en Atlántida, la profesora de yoga con la que me llevaba tan bien y pintaba como una genia, un par de amigas de trabajos pasados, compañeros de mi segundo posgrado, de los cuales nunca supe nada realmente, hasta las pocas amigas que me cruzo en mi vida real y presente. Todo está ahí, en Facebook. ¿Hago click o no? Por la foto de perfil puedo ver sus rasgos antiguos, difusos entre algunas canas y arrugas que puedo imaginar. Es y no es él. ¿Doy el paso yo, o espero?. Una vez más, la curiosidad me domina. Acepto.