martes, 16 de diciembre de 2014

La bruja




Estoy cerrando las cortinas de la casa nueva en la playa. El Océano Atlántico queda atrás de esas telas blancas. Los sillones impecables resplandecen con la resolana, la mesa enorme atrae la vista con su madera virgen perfecta, porque todavía falta aplicarle  el sellador que la va a sacar la  singularidad. Me voy del paraíso, me espera mi casa en la ciudad, mucho más baqueteada pero muy confortable y con sus encantos propios, con su jardín suburbano florecido por la primavera, y la pileta.
Es demasiado, me digo otra vez. Y me vuelve la frase lejana: ¨vas a vivir en la opulencia¨. Me lo dijo una bruja a la que fui a ver cuando tenía unos dieciséis años. El futuro de por sí irreal, aparecía menos creíble todavía unido a esa palabra. Y por otra parte estaba la pregunta, cuál era la idea de opulencia de mi bruja, una señora que leía la suerte en las cartas del Tarot, teñida de rubia, con cutis suave, lentes de maestra y rodeada de imágenes de santos, velas, incienso, sentada a una mesa cuadrada, en una casa chiquitita, una pieza al fondo, subiendo unas escaleras de un conventillo perdido en el barrio Goes, la cocina comedor  con una heladera celeste, un mantel de hule rojo, y macetas con malvones en la entrada.

 ¿De qué opulencia hablaba la bruja?. ¿Sería como la idea de mi abuela,  cuando decía que el dueño del bar de la plaza de Villa Colón  era millonario porque tenía una casa grande con  muebles finos, un jardín muy grande, y una camioneta? esa era la idea de lo que era un rico para mi abuela materna. Para mi abuela paterna, no. Ella era una mujer con clase, culta y moderna,  que tenía en el living los enormes cuadros al óleo de su padre y su madre (que me impresionaban por sus marcos dorados), combinando los muebles familiares del siglo XIX con sillones modernos  y eclécticas mesas de vidrio,  usaba la vajilla patricia de porcelana con el monograma grabado, pero tenía copas mexicanas de vanguardia, guardaba una carta firmada por el Rey Alfonso XIII, con los figurines en los que aparecían sus fotos de modelo en la década del ´30. Mi visión del mundo se nutrió del  equilibrio de ideas entre esas dos señoras que vivían en dos planetas tan separados que no parecían pertenecer al mismo tiempo real.

Fui a ver  dos o tres veces  a la bruja entre los dieciséis y los veinte años. Necesitaba certezas que no encontraba en ninguna parte. Alguien que me dijera que lo que estaba haciendo estaba bien, que iba por el buen camino, que no me iba a encontrar en una calle sin salida, en un precipicio o en una cueva oscura.
La última vez  que fui, me recomendó hacerme jugo de naranja, tomate y zanahoria para tener energía. Todos me veían demasiado flaca, hasta las brujas.

Me es fácil de ver ahora el don que tenía la mujer de interpretar la vida de las personas por su aspecto. Me leyó la mano y me dijo, a los doce tuviste una gran separación. La soledad se me debía transparentar en la mirada. La separación podía ser de mi madre que había emigrado a Europa, o de mi primer amor porque yo ya sufría por amor desde muy chica. O de mi padre, una separación que existió desde siempre por su incapacidad para ejercer la paternidad: de todas maneras, lo que decía la bruja aplicaba a mi vida perfectamente.
También dijo algo muy concreto, demasiado: ¨tu abuela se va a morir en el ´90¨. Otro dato  calculable sólo con mi edad. En algún momento de los próximos años, algún abuelo iba a morir, la probabilidad era alta. Pero mi abuela paterna murió en octubre del 90. Recién ahí me acordé, porque esto había pasado unos tres años antes.
¿Qué más me dijo?: ¨vas a tener dos o tres hijos, no abortes¨. Creo que en ese caso me veía cara de típica incauta que iba a meter la pata y a quedar embarazada de algún nabo, probablemente del primero que se me cruzara. La bruja daba lecciones de educación sexual entre líneas. Gracias a eso, siempre tuve pavor extra a un embarazo no deseado porque estaba escrito en mi destino y tomé todas las precauciones necesarias para evitarlo, casi siempre. La vez que no lo hice y tuve un atraso de dos meses estaba al borde del ataque de nervios cuando fui a  comprar mi primer Evatest. Tenía veintidós años. Me dio negativo y al otro día me vino el período, cuando se me pasó el susto, o según mis fantasías, tuve un aborto espontáneo. Nunca lo supe.

También le escuché decir ¨vas a ser como la mamá gallina con sus pollitos¨. Mi mundo era tan ajeno a las mamás y a los niños que jamás había escuchado la expresión. Pensé que la había inventado ella. Me calmó como una crema para el sol, que alguien me dijera, vas a ser una madre, vas a tener hijos. Fue la primera vez que me ví asociada a la maternidad. No tengo recuerdos de mi madre o tías hablando sobre mi futuro como una madre. Siempre como profesional. Es más, por mi madre (y sus celos eternos hacia ella, su hermana) supe que mi madrina decía que yo no me iba a casar nunca. Mi madrina era la madre perfecta dedicada a criar a sus hijos mientras el marido ganadero y fuerte trabajaba en el campo. Todo lo opuesto a mi madre.
Em realidad la única que me hablaba como a una futura madre era mi tía abuela que también vivía conmigo en mi casa cambalache, y cada vez que yo hacía algo que la disgustaba, si no comía o le contestaba mal, me maldecía, ¨ojalá tus hijos te hagan lo mismo que me hacés a mí ahora¨.  Esa sí que sabía de qué va la vida.

Quiero acordarme qué me dijo la bruja sobre la universidad. Como un manual de autoayuda,  me convenció, me dijo que iba a terminar la facultad, que me iba a ir muy bien en la carrera que había elegido. Que iba a llegar lejos. Y ahí le pregunté ¿y la literatura? y la mujer, algo desconcertada porque yo estudiaba ciencias, me dijo por las dudas, ¨seguí con la literatura, no sabés hasta dónde podés llegar¨. Mis dos primeros años en la facultad fueron penosos por la incertidumbre, después tomé la decisión de seguir hasta el final. No podía hacer otra cosa.

Las veces que fui a ver a la bruja salí reconfortada. No me dijo cosas feas, era como visitar a una vecina cariñosa, ir a sesión amable con una psicóloga, tener una charla con una profesora comprometida. Era como ponerse un chal y sentarse detrás de la ventana al sol de invierno, con los ojos cerrados.

Se lo recomendé a otras amigas, que también fueron. A mí me la había recomendado otra amiga, y así. La red de contención infinita de las amigas. Pero una de mis amigas volvió deprimida. La bruja le dijo que no se iba a casar, que iba a tener un novio que se iba a morir, que iba a tener un novio gay, que no iba a tener hijos.
Pasaron muchos años, diez quizás, y uno de mis amigos de la facultad murió de  un infarto, jugando al fútbol frente al Hotel Conrad donde hacía entrenamiento para trabajar en el Casino durante el verano. Era el novio de mi amiga. Se iban a casar después del verano. Al año siguiente mi amiga se fue a Barcelona. Tuvo una relación con un chico un poco especial, de esos que necesitaban todo pero eran incapaces de dar nada. Un día lo encontró con otro tipo.
Al año siguiente nació mi hijo con síndrome de Down. No lo supe hasta después del parto. El obstetra me convenció de no hacerme el estudio genético prenatal. ¿Quizás ese era el aborto que debía haber evitado?  Qué alivio hubiera sido pensar que mi destino estaba escrito, que todo sucede según un plan. Pero no, al final  entendí que la bruja tenía intuición, estadísticas a su favor, producto de conocer a miles de personas con  dudas y miedos y esperanzas. Sí, había una pequeña porción de sus comentarios que era inexplicable, pero no, no hay, no hubo ni habrá otro plan más que el que voy ejecutando como puedo. Y por eso no tuve ni dos, ni tres, tuve cuatro hijos.













jueves, 21 de agosto de 2014

Aniversario



Aniversario

Encuentro un mensaje de voz de mi madre en el celular para desearme felíz aniversario de casada. Creo que es la primera vez que lo hace, muy probablemente gracias a que mi tía le habrá avisado por whatsapp. Ahora tengo comunicación instantánea con mi madre, qué impagable hubiera sido internet en los ochenta.  En cambio, yo esperaba cartas que  llegaban cada dos o tres  semanas, o me llevaba el teléfono a mi cuarto, que tenía un cable largo de veinte metros, por si ella me llamaba a la madrugada (por la diferencia horaria), lo que ocurría quizás una vez por mes o más, cuando conseguía un teléfono pinchado o tenía tiempo, o monedas, o quien sabe, quizás era porque a esa hora sabía que me iba a encontrar en casa. La campanilla me sobresaltaba con violencia, yo atendía el teléfono en medio de una taquicardia que me cortaba la respiración, la voz apenas me salía. Las charlas eran mínimas y repetidas. En general se centraban en cuánto trabajo tenía ella, qué tan cansada estaba, cuántos miles de pesetas había ganado ese mes, y que yo tuviera cuidado, con todo, con la vida.


El ritmo lento de la voz grave ronca, desentonada, deprimida de mi madre,  que siempre expresa lo contrario a lo que dice en palabras, le da un tono incoherente y falso, especialmente cuando trata de comentar un asunto alegre:
-bueno, felíz aniversario, catorce años, no debe haber sido fácil (…)
-hiciste todo lo que yo no hice (…)
No recuerdo lo que decía después, o porque como siempre en nuestra relación esporádica y errática, hay  frases son las que quedan con marcador naranja fluo para el futuro. Esas dos frases pueden ser unos dardos diseñados especialmente para mí, pero también son opiniones objetivas sobre el matrimonio. ¿Se trata de que ve a través de mí más allá de mi imagen externa, y este es un problema específico de mi existencia, o es una proyección suya sobre lo que se supone que hay que soportar para estar casada, su idea de que el matrimonio es una forma de sumisión y no una forma de ser felíz?. Ella es una gotera indomable que va dejando el surco oxidado en la bañera. Yo no tengo suficiente Cif espiritual para limpiarlo. Por supuesto, la pregunta de ella es, cómo he aguantado. Mi respuesta es, porque aprendí, no como vos. Porque quise hacer todo lo contrario a lo que hiciste vos.

Cómo se produjo la reacción química que me transformó  de la estudiante con altas expectativas y ego desbordante en la madre neurótica y desbordada que soy hoy (posiblemente también fui una estudiante neurótica): es una pregunta que me sigo haciendo porque no termino de saber quién es mejor persona, si mi yo anterior o la actual. El mensaje subliminal es que mi vida exitosa como mamá y esposa es el fracaso de todas las expectativas de mi madre. Para ella, mi vida, hubiera sido más exitosa y dentro de lo esperable, como una científica divorciada.  Pero qué versión de mi persona es la mejor, es algo que quizás pueda responder en otros catorce años. O quizás, no.


En  la  entrevista de trabajo para el último empleo que conseguí, hace un par de años, yo trataba de explicar mi situación familiar y por qué había tantos agujeros en mi currículum debido a los años intermitentes en que no trabajé.  Para impactar  a mi futuro jefe le dije, mire, es que yo imaginaba que iba a tener cuatro maridos y un hijo, pero terminé con cuatro hijos y un marido. Ese es el resumen. Me pasó todo lo que no tenía planeado. Y sin embargo, juro que a mi alrededor está lleno de gente que vive según lo planeado. Debo estar equivocada.
Y así conseguí un empleo part time, home based, que reconocía mi experiencia pero no la necesitaba. Era una especie de secretaria sobrecalificada y si bien aguanté dos años, al final mi ego se vio resentido una vez más (y las expectativas de mi madre, también, como siempre). Pero ahora no estoy analizando mis empleos pasados sino cómo  o por qué llevo catorce años de casada.
Pese a  que yo no creía que iba a tener jamás una pareja estable por mucho tiempo,  de acuerdo a mi lista (pero de eso hablo en otro momento), empezó a pasar el tiempo con G y me encontré en una relación nueva, increíble, diferente, sólida, estable. Estábamos en una nueva etapa y hasta el momento mis principios incluían que yo no me pensaba casar, para qué papeles, para qué ataduras burocráticas, lo importante era el amor verdadero que nos unía.  Tampoco iba a tener hijos, hasta que a mi alrededor se empezó a  llenar de amigas embarazadas, y G  me hablaba de tener un hijo como la más natural y próximo en el mundo. Todas mis ideas firmes se empezaron a desmoldar con facilidad: en cuanto tuve una emergencia médica me percaté que necesitaba seguro médico. Como mi sueldo era una beca de posgrado, no tenía beneficios de salud. Por no estar casados, mi compañero tampoco me podía incluir en su obra social  (entonces lo presentaba al mundo con el término uruguayo y benedettiano, ¨ mi compañero¨.  Esa palabra la  abandoné después de un par de años en Buenos Aires, donde nadie me entendía porque ¨compañero¨ era sinónimo de ¨peronista¨). Para registrarnos como pareja en la obra social, teníamos que ir al Registro Civil y hacer una declaración jurada de convivencia, llevando a dos testigos. Ahí tuve la primera epifanía de la vida adulta. Eso era un casamiento. Entonces había que casarse, pero para mí seguía siendo importante la unión ante Dios, había dejado de ir a Misa pero seguía teniendo fe.
Después de insistir poco, o quizás bastante, lo convencí a G de casarnos por Iglesia. Por supuesto que intentamos tener la boda más hermosa, sencilla y original que se pudiera. Nos casamos un mediodía de invierno en la Catedral de Colonia del Sacramento (el punto intermedio entre Montevideo y Buenos Aires). Llegué a la iglesia envuelta en un chal, subida en un zulqui tirado por un bayo viejo que nos encontramos dando vueltas por el casco histórico. Hicimos un almuerzo en un mesón colonial con una fuente y patio de rosas. Todo casi perfecto según mis cálculos básicos,  porque  yo no sabía mucho de bodas, nunca le había prestado mucha atención a los detalles de los casamientos de mis amigas (porque me parecían eventos demasiado remotos para mi vida), que no habían sido muchas hasta el momento. Ni siquiera sabía que la novia no tenía que usar bombacha abajo del vestido para que no se le marcara, o que el velo servía para que no se vea el culo cuando pasas por el camino central de la iglesia, o que había que practicar cómo caminar para no parecer unos patos cluecos. Todo eso lo ví después del casamiento, en el video casero que filmó mi primo).
Pero  yo necesitaba varios reaseguros para estar tranquila de que mi vida iba a ser diferente a la de mis padres, tenía que cumplir varias prendas como en un juego: la primera era convivir un buen tiempo antes de casarme, luego venía otra: casarme embarazada  a propósito, como cábala (le funcionó bien a los matrimonios apurados de mis tíos, quizás daba buena suerte). Así que nos pusimos a organizar la boda y a buscar un bebe a la vez, y las dos cosas fueron muy rápidas. Llevábamos tres años viviendo juntos y eso  era por lejos el récord máximo de toda mi vida sentimental. No sólo eso, llevábamos tres años de convivencia espléndida, sin conflictos, todo funcionaba genial: yo creía que no iba a volver a gritar en mi vida (armonía increíble), estábamos de acuerdo en todo, o en casi todo (compatibilidad óptima). No teníamos conflictos por pavadas (tranquilidad), cada uno hacía su vida independiente y estaba contento con su trabajo, y cogíamos dos o tres veces por semana (pasión). Ese fue el esquema durante unos cuatro años. Hasta que nació nuestro primer hijo. Todavía hoy seguimos trabajando en el nuevo esquema de organización.
 Pero volviendo a la magia del enamoramiento, todos hablan de conocer a la persona indicada, pero tanto o más importante es el momento indicado para conocer a alguien. Cuando las dos gráficas se superponen,  hay fuegos artificiales. Mi larga lista de los besos de sábado a la noche y la larga relación anterior de G, la experiencia de vivir solos, de tener compañeros de apartamento, funcionaron como los antecedentes correctos  para el puesto de pareja estable. Desde entonces, hace catorce años, seguimos trabajando firme, cada tanto con la fantasía de renunciar como en todo laburo, sobre todo después de una pelea exasperante, pero al fin y al cabo, creo yo al menos, que estoy en el puesto correcto.  

Otra forma de verlo: el universo se puede analizar según la formación académica de cada uno, entonces ¿cómo se produjo la reacción química que me transformó  de la estudiante con altas expectativas y ego desbordante en la madre neurótica y desbordada que soy hoy? Hubo un mecanismo de reacción complejo, con muchos pasos con diferentes velocidades y temperaturas, pasos críticos de control. Pero hasta el momento mantenemos la pareja en   estado estacionario, las constantes amor y paciencia a veces se neutralizan   con reproches y desencuentros. El producto resultante es  comprensión  sólida  con irradiación de alivio.

martes, 5 de agosto de 2014

La lista



Una de las obsesiones de mi vida al principio de los noventa eran los noviazgos largos: a los veintidós mi relación más larga había durado seis meses, en cambio algunas de mis amigas  tenían novios desde hacía cuatro, seis años. A medida que pasaba el tiempo, esos números iban creciendo. En cambio, el número que crecía en mi lista era la cantidad de tipos que pasaban por mi vida. No era una cifra de la que me sintiera orgullosa, pero la lista borrosa de los besos de sábados a la noche llegó a sumar varias decenas, por lo menos. 
La otra lista, la de los que llegaron hasta el final del juego, hasta la posta, era bastante más acotada. Apenas pasó la decena. Y aún así era mucho, comparada con mis amigas que se casaron con el primer novio. Era como si yo me hubiera quedado con el primero, el que me dejó por la novia anterior y volvió, y volvió a irse, y luego quiso volver otra vez,  el que estrenó la lista de traiciones me agarró con el orgullo y la dignidad intacta, así que jamás lo perdoné, y no sólo eso, a la tercera reaparición, yo ya vivía sola, estaba en la facultad, y él me llamaba todas las noches. Eso duró unos tres meses, y lo traté mal, con saña y placer, y él se dejaba tratar mal, a ver si compensaba. Pero se ve que le gustaba el drama. La única vez que me encontré con él, andaba por su tercer divorcio.  
Ese fue el principio de todo, así  se había empezado a esculpir mi tabla rasa del amor. Después del primero, durante un tiempo no me enamoré de nadie. Me estaba recuperando. Bueno, sí, me enamoré un poquito. Fue cuando estuve en Estados Unidos como estudiante de intercambio: era un compañero de la clase de teatro. Capitán del equipo de natación. Alto, rubio, risa fresca. Usaba lentes, era amable y dulce, muy considerado. Una vez me invitó a salir. Se quedaba callado y yo dejaba el silencio libre de mis palabras a ver si pasaba algo, pero nada. A pesar de mi ingenuidad yo sospechaba que era gay, pero a esa edad todas las comprobaciones estaban lejos del alcance de la mano. Ahora, con facebook, lo comprobé apenas nos conectamos. No tuve que hacer mucho esfuerzo, fue lo primero que me contó, además de la foto de perfil con su novio que ya lo dejaba claro. Por suerte no sufrí por él, más bien estuve en un estado de curiosidad permanente, era una ilusión a la que aferrarme. Después, volví a Montevideo y no había nadie que me interesara.  Entonces mi grupo de referencia eran los estudiantes de intercambio. Y por ahí, en algún grupo impredecible de una noche, conocí al amigo del amigo de un amigo. Un brasileño que fue mi primer brasileño, que me enseñó el gusto por un buen morocho de pecho fuerte, labios gruesos, ojos oscuros, pestañas espesas. Todos los que me crucé después, fueron la repetición del brasileño. La primera madrugada a la luz de un candelabro, botella de vino, perdiendo la vergüenza al placer porque sí, sin haber tenido tiempo ni de ponerme nerviosa, pero sin pasar la gran barrera. La sorpresa como nunca antes, del triunfo por encima de mis expectativas: esa noche más temprano, cuando lo descubrí en la fiesta pensé, está demasiado bueno, no me va a dar bola. Por supuesto que la cosa no terminó ahí para mí, demoré años en entender la diferencia entre amor y calentura. Durante meses seguí pensando en el brasileño. Una vez, le mandé una carta con unos marineros vestidos de blanco que conocí en la Plaza del Entrevero, sentada al sol, a mediodía, frente al monumento. Yo me podía poner a charlar con cualquiera, en cualquier lugar, contarle mi vida, hacerme amiga en diez minutos. Pasé años pensando en si esos tipos habrían puesto la carta en el correo de Río de Janeiro, para donde zarpaban al otro día. La conversación empezó porque yo venía del correo, no había podido enviar la carta y les habré contado de mi enamorado. Me parece que había huelga, en la época en que el correo todavía era vital, y se tiraban meses de paro a cada rato. Los marineron me ofrecieron enviar la carta desde Brasil, pero munca recibí una carta del brasileño.
Pero vuelvo a la casa donde estuvimos esa noche, una casa antigua con pisos crujientes, ventana de madera y vidrios a cuadros, el balcón con columnas de cemento torneadas. Durante meses pasaba por esa esquina y me quedaba mirando para arriba, el sol brillando en la ventana entre las ramas de plátanos repletas de hojas, o los postigos de madera cerrados, que no me dejaban verla. Otra tanda de meses estaqueada en un único momento  del pasado. Así entré a la facultad. En pocas semanas, por una continuidad tiempo-espacio de la solidaridad no muy bien definida, pasé de las misas del domingo en el colegio salesiano a las reuniones de la federación de estudiantes universitarios, y de ahí a las marchas, y a descubrir que la militancia y el ligue iban de la mano. Apareció otro morocho, al principio me pareció divino, le decían el Curro, por el Curro Jiménez, una especie de Zorro la teve española con patillas. Era uno de los clásicos estudiantes eternos, llevaba años en la facultad pero no había avanzado mucho. Militaba pero no trabajaba, vivía con la mamá, creía que los científicos en realidad no hacían nada útil, a pesar de que estudiaba ciencias biológicas. Aparecía por mi apartamento todos los días, se quedaba por horas. Cada día que lo veía  me gustaba menos y me aburría más, pero igual le dí una oportunidad: al primer beso, el resultado blando, cuidadoso, medio maricón, me puso en alerta. Yo conocía esa sensación aunque no la había vivido antes: mi madre siempre se ocupó de contarme cómo espantaba a los tipos que la querían vivir, tuve buen ejemplo al menos en algo. El Curro fue el primero, después hubo un par más pero nunca dejé que ningún tipo se instalara en mi casa.

Siempre viví en la burbuja de soledad de hija única, a pesar de que tenía muchas amigas. La paleta de amistades mutó instantáneamente cuando entré a la facultad. Mantuve a las del colegio de curas, pero el cambio de paradigma hacía difícil  sostener las teorías contrapuestas. Hasta ahí la idea estaba clara para casi todo el mundo que me rodeaba: no había que tener sexo hasta casarse, o al menos, hasta tener un novio serio durante un tiempo suficiente como para estar segura de que lo querías o posiblemente, de que te ibas a casar. La religión nos mantuvo tan dentro de la raya en el colegio, que me llevó un buen tiempo acomodarme a la libertad de la mayoría de edad. 


Con mis nuevas amigas de la facultad, yo quedaba en un lugar diferente, era la ingenua, la que no había llegado, la que tenía que aprender todo. Se me sumaba una insuficiencia más a las que ya acumulaba, la familia disfuncional, los padres ausentes, la falta de hermanos, la soledad consecuencia de vivir sola como remedio, la inseguridad sobre la carrera que estaba estudiando, sin hablar de las otras inseguridades, todavía me molestaba mi altura excesiva, las piernas huesudas, yo sentía que me faltaba todo lo que las demás tenían o daban por hecho.
Era el momento de empezar a sumar.  La lista de los besos de sábado a la noche empezó a crecer.  De vez en cuando, alguno caía en el tamizador, alguno  que parecía que me quedaba bien, como el estudiante de Agronomía de Carrasco que buscaba una buena chica católica para casarse, pero que antes se fue con una beca a Canadá. Otros, se veía a la legua que no eran lo que yo necesitaba, pero  igual me tiraba de cabeza, como con el estudiante de Ciencias Económicas, al que le daba clases de inglés en un instituto donde pagaban una miseria, y terminamos en su auto,  haciendo experiencia en bajar la cabeza debajo del volante. Tampoco era eso lo que necesitaba. Por ahí seguían flotando historias viejas, de esas que ya eran imposibles de concretar, como el compañero de colegio que me abrazaba en los cumpleaños para la foto familiar, donde la amistad y la duda dejaban el resto para nunca, o el amigo del amigo con el que salimos en una cita de cuatro, justo cuando no estaba esperando nada, y estaba buenísimo y era muy divertido, pero luego resultó que tenía novia allá en Artigas, como todos los estudiantes del interior. Las cosas no encajaban, siempre faltaban cinco para el peso. Parecía que no llegaba más, eso que yo estaba esperando.

lunes, 14 de julio de 2014

El Club de Golf



Con Alejandro todo fue fácil, suave, fluído. Ese semestre apareció de la nada en mi vida. De pronto éramos compañeros de grupo en el laboratorio de fisicoquímica, a las dos semanas empezamos a estudiar juntos y todo lo que hacíamos estaba bien. Me salían palabras que iban perfectas una al lado de la otra, mis movimientos  y mi risa de pronto no parecían torpes. No nos chocábamos, nos rozábamos sin querer, todo el tiempo. Nos tirábamos a estudiar sobre el colchón en el piso que tenía en su cuarto, que compartía con otro compañero en un apartamento viejo frente al Estadio del Cilindro  y era el mejor lugar del universo.
Fue en un cumpleaños, había un montón de amigos, y yo me senté  al lado de él y de pronto, estábamos de la mano, no supimos quién empezó, quién siguió.  En esos tiempos, con un vaso de cerveza podía decir cosas que no hubiera dicho en seco. Al rato nos fuimos de la fiesta, caminando abrazados. En la placita  de la otra cuadra empezamos a besarnos y el mundo desapareció.  No hacía frío. La ciudad era perfecta para nosotros.  Los días pasaban entre la facultad, el parque de enfrente donde nos tirábamos a charlar y más, los  viajes  apretados en ómnibus, abrazados, más clases. De a poquito fuimos llegando al momento justo en que estuvimos solos en el apartamento del Cilindro.  El colchón tenía unas sábanas bastante percudidas pero yo veía todo reluciente. Después de varios preámbulos, el concierto completo.  La mezcla de susto y ganas, de dolor dulce y placer, la tranquilidad. La realidad era mejor que mis fantasías.

Alejandro andaba mucho en bicicleta. Iba y venía todos los días a la carpintería de su padrastro, donde trabajaba. Había vivido en Barcelona hasta la adolescencia. Volvió a Montevideo con el final de la dictadura. Su madre se escapó a Europ en la época de los milicos, embarazada. A su padre, que era guerrillero Tupamaro, lo agarraron, lo torturaron, lo desaparecieron. Esa era su historia.  Un amigo de su padre, un científico que estuvo exiliado en Suecia, siempre lo ayudó, lo guió. Alejandro le decía tío. Por él, entró a la facultad, a la licenciatura en Bioquímica. Por eso nos conocimos. Alejandro hablaba con un acento de obrero de la construcción a pesar de que lo lógico hubiera indicado un acento español.  Toda su ropa estaba muy gastada.  Él había tenido una novia mucho tiempo, dos años. Él tocaba la guitarra, componía canciones, Tenía una banda.   Y eso era casi todo lo que yo sabía de él. No conocía a su madre, ni a su padrastro, ni la carpintería. Pero estábamos tan bien juntos, que decidí invitarlo al cumpleaños de quince de mi prima.  Mi tío había organizado la fiesta en el Club de Golf, su club de siempre. El lugar me resultaba elitista,  con la mirada hippie contestataria habitual, pero no me imaginaba cuánto más le molestaba a Alejandro.  Cuando me pasó a buscar, yo me había puesto un vestido ajustado, negro con lunares blancos, minifalda, con cuello blanco, y me peiné con rulos y labios rojos a lo Madonna. Cuando me ponía sexy me olvidaba un poco de los aires hippies. Alejandro iba con un jean negro, con camisa leñadora  roja, tiradores, y championes. Los códigos de vestimenta de los cumpleaños de quince eran bastante obvios y limitados en esos días. Los varones iban de traje, o de camisa con corbata. No había mucha variación. Me molestó un poco verlo vestido tan desprolijo, pensé que quizás no tenía otra cosa para ponerse, pero  de todas maneras estaba lindo y rebelde. Lo noté un poco callado, pero a veces era así. Él  estaba en algún lugar que no era al lado mío, sólo que yo no sabía dónde. En el club estaba incómodo. Nos sentamos en la mesa con otros primos, pero él se mantuvo al margen de la charla, de las bromas. Me necesitaba,  pero a la vez él no quería estar donde yo estaba. Cuando empezó la música buena, que seguía siendo el rock de los ochenta, me fui a bailar con mis primas y lo dejé en la mesa, solo. Noté su mal humor pero decidí ignorarlo.  Fue el momento en que decidí que podía Alejandro quedarse ahí quieto esperando porque era mío.

Después de esa noche, la perfección se fue  esfumando de a poco.  Alejandro faltaba a clase, no nos veíamos, no me llamaba ni yo a él. Había un rubio con cara de nene que me hacía mucha gracia, otro compañero de facultad.  Esa fantasía de que había alguien más, me hizo fácil terminar con Alejandro. Lo decidimos los dos, quizás lo empezamos los dos pero él fue el que se alejó de pronto.  No se presentó a los exámenes de fin de año. En verano decidió volver a irse a Barcelona, a probar suerte con la música. Me contó eso cuando nos cruzamos de casualidad por la calle, cerca de la facultad.
Un tiempo después, leyendo una revista política de izquierda,  me enteré de una historia de la dictadura que yo no conocía: de cuando los Tupamaros pusieron una bomba en el Club de Golf, y cómo los clubes de golf eran considerados por los comunistas un símbolo de la burguesía, que fueron cerrados en Cuba cuando triunfó la revolución de Fidel y el Che.  Y me acordé del cumpleaños de mi prima, y entendí todo







jueves, 5 de junio de 2014

la casa de los hippies


 Entre la lista de visitas ineludibles del verano, figura el pueblito donde nos conocimos con Gerardo hace diecisiete años, en mi siempre mencionada etapa hippie, que terminó abruptamente cuando mi vida se pobló con dos hijos chiquitos y nos tocaron varios  veranos lluviosos en el rancho de veraneo sin agua y sin luz, rodeado de pantano inundado. Cosas de la vida, una gran amiga de aquella época, recién empezó a ir  a este lugar cuando yo dejé de ir, porque entonces le prestábamos a ella y su marido la cabaña. Justo cuando yo empecé a odiarlo, ella empezó a amarlo. Y un par de años después se compraron un ranchito a medias con otra pareja, y desde entonces son felices, ellos nunca salieron de la etapa que se puede considerar un estado estable, la cosa de vivir en campamento permanente de colchones en el piso, convivencia multifamiliar con fondo común para cocinar arroz, polenta, y placidez hippie. No sólo les alcanza  con un solo  baño (chiquitito) a las dos familias, sino que además les sobre el ánimo para invitar amigos y parientes a instalar carpas en el terreno alrededor de la casa que aún está sin terminar de refaccionar.
Así que como siempre, cuando llegamos de visita, hay un grupo de gente que desconozco, sentada alrededor de la mesa, que está bastante atrapada abajo de una cina-cina que da sombra. El terreno es más grande de lo que parece, pero está repleto de monte natural, que no piensan podar para mantener el estado vírgen de la tierra, así que el espacio realmente libre en el jardín es muy poco.
Me comentan que los que están almorzando hoy, son los vecinos de la casa de atrás, con los que también hacen fondo común para las comidas, porque son amigos de verano. A pesar de la repetición de los años, todavía sigo dudando si admirar o abominar del espíritu abierto de mis amigos, y practico mi cara de poker anual, viendo que todo sigue exactamente como estaba el verano pasado, que nadie se cansó ni una gota del estilo de vida, y me voy sintiendo pesada y vieja, y decrépita de burguesa, chiquitita tratando de ocultar mi camioneta grande, y disimulada para no describir demasiado la casa que alquilamos este verano, o menos, la que estamos construyendo para el verano próximo. Pero hay algo obvio, si yo no soy transparente, ella tampoco, ya no es posible que nos comuniquemos como antes. No se trata de hipocresía, más bien es un intento desesperado por encontrarnos en territorio común, encuentre las similitudes. Noto que ella habla de corrido, como sin pararse a descansar, creo que ella también tiene que hacer un esfuerzo para juntar mi imagen actual con la de la flaca de la facultad, la de los eternos pantalones con arabescos, el enterito de jean y las remeras cortadas a tijeretazos.  Qué pasará por detrás de sus palabras, ¿cuál es el texto subliminal de nuestra charla? Por lo menos, ya no me dice que estoy divina cada vez que me ve, como contrapunto a que estoy fuera del sistema, es que ya  no es sostenible. Esa era una punta de la madeja, estás divina, es decir,  te vestís bien y se luce, y te lo juro que te lo digo sin mala onda, de corazón. Y no, ya no queda nada bueno que decir tampoco sobre mi cuerpo: la pancita que quedó instalada después del cuarto hijo me pone más en el lugar de la flaca heladera deforme que en el de la divina, me ponga lo que me ponga. No hay terrenos firmes para nuestra charla, lugares que podamos pisar cómodas las dos, salvo los hijos. Y es que aunque sea una de las amigas que más he admirado en mi vida,  tiene esa certeza de superioridad que le brota, que no puede evitar aunque sea una de las personas más buenas o ecuánimes que conozco. Es  que es un hecho cierto, estoy tan abajo académicamente, profesionalmente, con respecto a mis ex condiscípulos, que es muy incómodo de manejar, para cualquiera. No se la puede culpar a ella, es el resultado de mis acciones, de mis elecciones de madre burguesa. Elegí quedarme con mis hijos. Además, por si caben dudas, la  vida académica se me hizo difícil en muchos aspectos: causa, consecuencia. No quise, no pude, las dos caras de mi personalidad, por eso no la puedo culpar a ella por lo que ve.  Es la gran victoria de los intelectuales hippies, saberse por encima del resto del mundo, con humildad.  El conocimiento es la piedra filosofal. Nada material está por encima de ese tesoro.  Lo sé porque alguna vez estuve ahí. Por eso me pesa tanto ser la madre burguesa que no trabaja, con una casa grande y un auto grande, que no compré yo, aunque parí cuatro hijos, mientras que mi marido hacía su camino en el mundo de los negocios hightech.  En cambio  ellos, mis amigos hippies, están en un pedestal, siguen sin necesitar comodidades, o un baño propio, o una casa para una sola familia. No, les alcanza con la superioridad moral que emana de su lugar en el mundo, de la investigación, de la universidad. Y seguro si yo le digo todo esto me va a decir que no, que estoy loca, y  ella no está en ningún pedestal,  como tampoco me diría que vive en comunidad hippie, no porque no le alcanza para pagarse unas vacaciones propias, sino porque realmente está eligiendo una opción de vida. ¿Más para admirar?. Será que yo perdí la capacidad de comunión (¿a mediano plazo, como unas vacaciones completas?) con alguien que no sea mi propia familia nuclear. O será que yo apenas logro transcurrir la vida diaria con mi marido y mis hijos, que me llenan y me completan y me agotan todos los huecos mentales y sentimentales. No me queda mucho espacio para compartir la casa,  la cocina,  el baño.

martes, 8 de abril de 2014

Vengo de un planeta lejano




Creo que siempre pertenecí a otro mundo. Yo vengo de un lugar habitado sólo por mí. Antes de cumplir tres años, estuve en cama durante dos meses. Un pediatra muy viejo me diagnosticó fiebre reumática, algo no tan común desde que se generalizó el uso de antibióticos. Como otras veces en mi vida, se juntaron dos sucesos independientes: un doctor con ideas antiguas, y una familia demasiado aprensiva. Me llevaron a tres o cuatro o cinco consultas más, los demás doctores dijeron, esta niña no tiene nada. Pero mi madre prefirió quedarse con el diagnóstico más grave, para poder mantener el control del mundo, del destino, del azar. El tratamiento consistía en una inyección mensual de una penicilina de larga duración, muy dolorosa, no hacer ejercicio, tomar una aspirina diaria, análisis de sangre periódicos, visitas al doctor. Una lista de asuntos incómodos y dolorosos que  me pusieron al margen de la normalidad desde que tengo memoria. A la base inicial se le fueron sumando más puntos: mi padre se fue a Venezuela a probar suerte pero tuvo un surmenaje,  perdió la memoria, lo fueron a buscar, volvió y se internó en una clínica psiquiátrica.
En mi familia abundaban los abuelos, me habían enseñado a   llamar abuela y abuelo a todos mis tíos abuelos. Ese era otro detalle que me desconcertaba. Yo tenía una familia rara. Uno de mis tíos abuelos era El Padrino de todos los sobrinos, el dueño de la carnicería familiar, el hombre que tomaba las decisiones: todos sus hermanos eran sus subordinados, todos hacían lo que él decía.  Y a mi padre lo llamaba el Microbio, porque no era suficiente hombre para mi madre. Luego de alguna conclusión suya sobre lo que convenía hacer o no, mis padres se separaron.  Mi naturaleza extraterrestre se hacía cada vez más visible. Cuando entré a primer grado,  yo era la única que tenía padres divorciados en aquel colegio católico que quedaba como al final de Montevideo,  en la parada final de varios ómnibus que recorrían la ciudad: Lezica-Sant Bois.  El colegio y el manicomio, uno casi al lado del otro. Como en todos los colegios, había mamás que esperaban a los niños a la salida de la escuela, había mamás que hacían tortas, que iban a las reuniones de padres, que llevaban niños a los cumpleaños. A mí, me llevaba mi abuela a todos lados.
En la fila de la clase, yo iba última. Era más alta que casi todos los varones. Me hice amiga de una nena bajita y redonda,  que tenía hoyuelos en los cachetes, y  llevaba las trenzas  negras atadas con cintas blancas. Yo era larga, finita y algo torcida, como una rama de paja brava. La maestra me hizo sentar en el fondo de la clase. Mi amiga chiquitita, estaba en la primera fila. Pero apenas pasaron unas semanas cuando la maestra notó que yo achicaba los ojos para mirar al pizarrón, mi abuela me llevó al oculista, y de pronto, aparecí en la escuela con unos lentes rectangulares. Desde entonces me senté en la primera fila. Al lado de mi amiga a la que todos llamaban la peti, aunque en realidad, el nombre se lo había puesto yo.