domingo, 20 de mayo de 2012

mi área 51



Área60, el aviso de  un Country Club de la zona sur con nombre ridículo, que vimos al pasar por la ruta hacia la costa, me fue llevando de sinapsis en sinapsis. En el auto, mi marido, que me tomaba el pelo, ¡no, esa era el área 69!, no nene, que cuál era el número del área del incidente Roswell, ah, si, área 51. Como tantas veces, una palabra suelta funcionó como clave para traerme del pasado uno de esos tantos momentos que preferí borrar de mi mente, pero que ahora vistos tan de lejos, desnudos de la amargura que los rodeaba, me hacen algo de gracia. No tanta. Ni después de todos estos años. Fue todo por  un video que pasaron en la tele, sobre el área 51, no sé  bien en qué año, sería el  ´88, yo tenia unos dieciséis años, algo así.  Los almuerzos eran agobiantes en la casa donde viví, que sólo empecé a llamarla mi casa después de pasar una década fuera de ahí, y más bien a modo informativo para el mundo, esa casa era  donde yo vivía con mi tía abuela y mis abuelos, un lugar que se fue convirtiendo en algo cada vez más ajeno, opresivo, y desagradable a medida que transcurrió mi adolescencia: mi madre se había ido a vivir a  España en el ´83, y yo esperaba cada año a que algo pasara, que ella volviera, que yo me fuera.  Mi padre tampoco  existía mucho, por ponerlo en pocas palabras, y después yo lo borré de mi vida, como una limpieza espiritual atrasada, al cumplir veinte. Pero como siempre, me fui por las ramas, estábamos en la hora del almuerzo, un ritual amargo que ponía en evidencia mi soledad de cada día. En ese tiempo desarrollé la costubre de comer a toda velocidad para salir volando de vuelta a encerrarme en mi cuarto: en la mesa no se hablaba y el espectáculo de los viejos haciendo ruido al comer me repugnaba, el ambiente era entre aburrido y lúgubre y yo calculaba mentalmente que así no se suponía que tenia que ser la vida, que qué hacia yo ahí encerrada con esos tres viejos. Yo no hablaba en esa casa para no pertenecer a la realidad. Pasaba perdida en un mundo de fantasías románticas -no muy eróticas, porque era bastante naba-, entonces, cosa extraña, ese día me dio por hablar en la mesa -¿estaría de muy buen humor?-, y comenté la publicidad que había visto en la tele, porque lo habían anunciado como publicidad, algo que no existía en la televisión uruguaya de aquel momento: vender una noticia por adelantado. Y lo anunciaban como al pasar, de verdad que no le estaban dando el énfasis que yo esperaba para un hito en la historia del humanidad: iban a mostrar por primera vez los hallazgos del caso Roswell (los extraterrestres encontrados en los años cincuenta por el ejército norteamericano). Yo, que a esa edad me había leído decenas de libros sobre OVNIS, extraterrestres y teorías estrafalarias,  dije algo como esto:
-¡yo sabia que alguna vez iba a ver esto, que se iba a demostrar que hay vida en otros planetas!,
un comentario que podría haber sido tomado con interés, indulgencia, camaradería, o para la chacota directamente, pero como sucedía casi siempre,  las conversaciones en mi casa  no estaban acompañadas por la lógica, la paciencia, ni mucho menos por el humor.
Fue mi tía abuela la que me contestó, ofuscadísima:  
-mirá, yo no creo en nada de eso ¡porque yo creo en Dios, y en la Santísima Virgen, yo soy Católica Apostólica Romana!!
-¡¿y eso qué tiene que ver?! 
supongo que una frase así le  habré tirado yo, pero ella no escuchaba. Sus respuestas siempre eran ridículas, como para llorar de risa si hubiera tenido con quién reírme, porque sola nada tenía gracia. Como siempre, era imposible seguir una conversacion racional con ellos, no me acuerdo cuánto discutí, si poco o mucho, pero mis argumentos chocaban como tenedores contra copos de nieve, mientras comíamos como todos los días, rigurosamente, milanesas de carne picada al horno (sin aceite y sin sal) con zapallitos rellenos y croquetas de papa. Hasta el día de hoy no he vuelto a probar zapallitos rellenos y no creo que en mi vida los vaya  a cocinar jamas. Ni croquetas. Pero sigo, esa noche me senté frente al televisor con toda la expectativa del mundo, esperando una gran revelación, pero lo que mostraron fue tan absurdo que no había forma de creérselo: eran unos muñecos como inflados con caras alargadas y blancas, y el video mostraba una especie de intervención quirúrgica o autopsia bastante trucha. Cuando terminaron de mostrar el video, el comentarista de la tele dijo algo, pero yo ya no escuchaba, enojada y decepcionada. No se había producido el cambio fundamental en la historia de la humanidad, todo seguía igual, como mi vida.  Y mi tía abuela tenia razón al final, pero como siempre,  por motivos equivocadas.













jueves, 19 de abril de 2012

Estigmas

                                           

Cuando decidí inflar la colchoneta pensé primero en hacerlo de frente a la pileta en el jardín, para poder cuidar a Andrés que flotaba en un caballito salvavidas, que en realidad le quedaba chico porque él ya era muy alto con sus cuatro años, pero seguía insistiendo en sentarse ahí, con la espalda encorvada. No le había puesto el chaleco salvavidas porque hacía un calor insoportable, estábamos en pleno enero, y él se pasaba todo el tiempo con el torso fuera del agua.
No quisiera decirlo, pero recuerdo una voz interior muy calladita, a la que yo me hago la que no oigo, pero sé perfectamente lo que me dice. Y esa tarde me dijo, mejor ponete para el otro lado, en una de esas. El resto del mensaje lo entendíamos las dos.  Junto con el hábito de resguardarlo del peligro, había desarrollado la capacidad paralela de imaginar qué situación inesperada podría hacerlo desaparecer de mi vida. Eso que me dí cuenta que era imposible, la noche en que nació, que había llegado para estar ahí por el resto de mi vida, después que se fue la médica que nos dio la larga explicación, de a puchitos, tirando pistas como para que nosotros solos llegáramos a la conclusión que nos negábamos a oir. Después de llorar abrazados con Daniel, fuimos a verlo a Neonatología, y la espera previa por una silla de ruedas que me llevara pareció una eternidad. El pasillo interminable, todo lo que luego con mis otros hijos sería tan alegre, tan corto y sencillo pero sin llegar nunca a quitarme del todo el gusto amargo de esa primera vez de ser madre, tan al estilo de mi vida, arruinada. Y cuando llegué por fin al lado de esa cuna de acrílico, rodeada de aparatos y cables,  ahí estaba todo lo que nos había dicho la cardióloga, que nos explicó primero que tenía una abertura en el corazón, que la sangre no oxigenaba bien, que había que operarlo (y yo me sentí confiada todavía, porque todo tendría que salir bien) para luego seguir con que tenía los ojos rasgados (y yo le contesté que a mí me decían ¨chinita¨) y los pulgares cortos (mientras yo trataba de ver a dónde iba con esas vueltas)  y una arruga en forma de ¨y¨ en las plantas de los pies, y las orejas un poco abiertas y con las puntas hacia abajo (y le volví a decir que yo tengo las orejas como Dumbo, que incluso mi madre me las hizo operar cuando yo tenía ocho años), y bajo tono muscular, todos estigmas compatibles con el síndrome de Down (y ahí no recuerdo más que oscuridad y la palabra unida a la explicación que más temía minutos antes, cuando pensaba, que sea cualquier cosa menos Down) pero que en realidad no querían confirmarlo hasta no hacer el test genético, y entonces ya parecía una estupidez, con todos esos datos, que no estuvieran seguros, si yo lo entendí apenas lo ví en la incubadora, y a pesar de todo me sorprendí, tengo un bebé, pero la alegría era tan triste,  y después había que volver por ese pasillo largo, lleno de flores de otros, a esperar la nada, y me sentía caer en un pozo sin fondo cada vez más oscuro, más alejado del mundo, más adentro de mi misma y después sólo recuerdo la oscuridad, arrollada como un ovillo, como un bebé, como el que acababa de salir de mi cuerpo, así enroscada en la cama mientras el dolor intenso de los puntos de sutura de la episiotomía parecía sólo una forma de desagotar el vacío que me explotaba adentro, todo se estaba acabando allí mismo, mi vida futura como la imaginaba, perfecta, hermosa, y mi vida pasada, como la había vivido, como una dura montaña que nunca paré de escalar, siempre creyendo en el verde que me esperaba del otro lado de la cumbre sin saber que ya había pasado por mis mejores paisajes y adelante quedaba sólo un valdío deforme.

Me falta una parte, le dije llorando a la terapeuta de  la clínica, cuando me enteré que finalmente le daban el alta y me podía llevar a mi hijo a casa, sin cables, sin enfermeras, sólo vida adentro del cochecito que había elegido después de tanto pensar y dar vueltas buscando el más adecuado para el niño perfecto que iba a nacer.   Y cuando salimos, lo primero que hice fue salir a dar una vuelta por la placita, pero me sentía una farsante, los que me veían pasar se imaginaban a una madre felíz y orgullosa. Nada más lejos.

No había nada peor que me pudiera pasar. Yo no era de las que pensaban un hijo es un hijo, cuando se lo escuché a una amiga, que me dijo,  y tienes que aceptarlo (con su acento chileno que no ha perdido con más de una década por este lado de la cordillera). Me pareció tan violento que me dio ganas de gritarle, ¡pero no quiero aceptarlo!, no quiero, yo no quería esto...











jueves, 23 de febrero de 2012

A contraluz




Cuando se miraron a través de la mesa de  reuniones,  a contraluz, fue apenas un segundo que las unió en el deseo: el de Alina, por saber cómo sería tener aquella calma al hablar  y  aquella voz cantarina y esos pómulos redondos, y el de Silvia, quien también cayó en la trampa de la vanidad  por conocer los secretos de la envidia que generaba en esa mujer tan flaca y rubia de aspecto juvenil, que ya no era una nena.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Desencuentro en una confitería

CECI

Sentada en la confitería preferida de mi madre, miraba hacia la rambla pero me distraía con el murmullo compacto  que cortaba el ambiente. De a ratos me detenía en la gente sentada en las mesas. todos viejos, todos canosos o arrugados. A dónde están los jóvenes de la ciudad a esta hora. Estarán trabajando, o no tendrán interés en entrar al Oro del Rhin a pesar de que ahora comparte el local con una cadena de librerías muy conocidas y muy cool. O es que siguen faltando menores de cuarenta años en este país, como siempre.
Me preguntaba eso mientras miraba la hora en el celular por décima vez y consultaba si había recibido un mensaje de texto. Pero Magda seguía sin contestar.  Ya le había avisado por el chat de google hace un par de semanas. Qué bueno, yo también voy, nos vemos. Por teléfono apenas concretamos el encuentro, sólo un ratito breve e intenso de esos que son perseguidos por el límite de crédito del teléfono. Quedamos en vernos hoy, uno de esos encuentros épicos de los bares montevideanos. Hace cuatro o cinco años que no nos cruzamos. O más.  Y de pronto pasamos de esa ausencia total a intercambiar  mensajes instantáneos, a tal hora, más tarde, si. Las dos estamos de visita y tenemos mucha gente para visitar. Cada reencuentro es un cimbronazo que nos sacude del pasado al presente como una cuerda de guitarra. Los que viven afuera se pueden reconocer  por las calles y por la vida montevideana como por un cartel luminoso en la frente, o mejor dicho, en sus gorras de béisbol, sus championes super brillantes, algún detalle en su pelo, demasiado peinado, o sus gafas (no sus lentes), sus ¨vale¨ que dejan ver que han perdido la idiosincracia del paisíto. Y al revés, hay un algo común que puedo percibir en mis compatriotas, un aire de haber pasado juntos estas últimas décadas. En eso estaba pensando cuando de pronto advertí que mi estado de felicidad caducó. No puedo precisar cuándo, quizás caminando por las calles silenciosas del Prado, hace un par de horas, fue que volví a sentir la soledad que  me tapaba en algunos días montevideanos. La melancolía, quizás la depresión leve como una garúa ya estaba a la vuelta de la esquina y no la podían contener un capuccino con tarteletas de frutilla en una confitería.

Como otras veces llegué a Montevideo buscando una ráfaga de felicidad intensa. Una tajada de postre de paz pero me encontré que  no  quedaba más en la fuente y volví a sentirme vacía, agujereada, perdiendo ese algo que me faltaba desde siempre.


 Y entonces fue que me pareció verlo ahí, era él otra vez, sentado en un sofá de la librería,  pero ya no es el mismo chico asustado de aquellos años. Ahora tiene la seriedad del hombre que carga el peso de su familia, la imagen de la esposa, atada al anillo de casado, y la seguridad adquirida luego de años de esfuerzo y trabajo. Esa que le ha hecho alejarse del mundo como a todos los hombres maduros que ya pasaron los treinta. Él maneja las distancias ahora. Cuando volví a mirar a la mesa del silloncito, me di cuenta claramente que no era él. Fantasías en mi cabeza mientras esperé que Magda apareciera.  Mi vida giraba en la batidora mientras yo tomaba un té sentada en el Oro del Rhin.

Cuando la ansiedad dejó paso al aburrimiento me di cuenta que ya no tenía ganas de seguir esperando que Magda llegara. Supe que el resentimiento no había desaparecido, que los años de vida en Euriopa sólo habían transformado en desdén los celos ocultos de antes, que no tenía sentido tratar de revivir una amistad en un café. Al fin de cuentas, en la última década  apenas intercambiamos un puñado de mails de feliz cumpleaños, y feliz año nuevo. Hay que dejar morir dignamente a las amistades atrofiadas. Tratar de resucitarlas es inútil, pero sobre todo, es triste como la mirada que queda perdida en el tiempo que pasó.
Un cansancio de la nada de pronto me cayó encima una pesadez de las piernas, de los ojos, las ganas de reír se me cortaron  y  sentí la garganta seca y ronca.
Lo peor de todo  es que no recordaba la parte mala del asunto, como una novia idealizadora, yo guardaba más bien los recuerdos buenos.


MAGDA

Si, posiblemente tus recuerdos sean buenos porque vos vivías en ese mundo intenso de la facultad y el centro de estudiantes y los campamentos y las reuniones y esa barra de amigos que llenaban el apartamentos a cualquier hora de la noche o del día. Vos creías que yo estaba a otro nivel, que era medio monja, que me tenías que enseñar algo, y me protegías desde tu superioridad sólo porque te acostabas con todos los que se te cruzaban por la vida buscando alguno que te llenara el vacío, qué metáfora. Yo te censuraba pero muy por dentro me preguntaba si estaría bueno ser así como vos, medio loquita, aunque yo sabía que después sufrías y me alegraba el castigo, como con aquel rubio con pinta de sudafricano, Daniel, te acordas, el que fuiste a despedir al aeropuerto y te encontraste a la novia ahí. Siempre te las ingeniabas para engancharte con tipos que después desaparecían. Los veías como una aventura y yo me asustaba pero también sentía algo de celos.
y ahora mirá qué loco, vos sos la señora casada, con el familión, la que viaja con cochecitos y mamaderas para todos lados, y yo voy por el mundo buscando con quién acostarme. Y también me encuentro a los que se van y desaparecen. Y me acuerdo de vos, que ya lo hiciste veinte años atrás. Pero ahora soy yo la que vive la vida y vos mirás tv cable en tu casa. Y no te quiero contar que estuve en India, y que me fui a la Ile de la Reunion para encontrarme con un francés, un tipo casado, pero que me enloquece, y que sólo quiero pasarlo bien con él. Que lo conocí en un curso de francés que fui a hacer a ParÍs, y que viajo todo lo que quiero, sola y que ahora sos vos la que quisieras hacer lo que yo hago, pero también sabés que yo quería eso que vos tenés, la casa, los niños, el marido, pero ahora lo veo todo tan patético, tan opresivo, y vos estás contenta, entregada, amansada. ¿Dónde dejaste la energía que te llevaba por el mundo, se te va toda en ir al supermercado y a los cumpleaños infantiles? No te quiero ver porque sé que gané, al final. No te lo quiero demostrar porque no me interesa. No es bronca, es el tiempo que pasó. Ya no sos parte de mi vida.

viernes, 2 de diciembre de 2011

El momento justo

A veces se me escapa el momento justo de la vida en que hay que actuar. Más bien, casi siempre me demoro un par de horas más de las necesarios en pensar la frase que hubiera necesitado responder en un segundo. Otras veces, la solución se me ocurre dos minutos después. Y alguna vez más, quedo paralizada y no reacciono, punto. Por ejemplo, con un beso decidido y cierto. Así fue aquella vez cuando estábamos solos Santi y yo en la oficina del fondo. Sintiendo cada uno la presencia del otro con la total consciencia, pendientes de cada movimiento, de cada respiración inspiración exalación, centímetros de distancia que separaban nuestras bocas, nuestras manos, nuestros sexos. y de pronto sin decir una palabra, él se quedó mirándome serio, quieto, sin explicaciones, nada más que sus ojos fijos en los míos y yo me quedé petrificada,  sin perder la noción de que cualquiera podía entrar en un momento y pescarnos así.  Y así como se paró frente a mí, se fue. y yo me quedé casi sin poder respirar , nunca supe dominar la ansiedad que me generaba verlo, la inseguridad de no saber qué me tocaba ese día, si me iba a encarar como un salvaje o me iba a ignorar. Desde el primer día hasta el último en que lo ví, tuve la misma sensación. pero volviendo a aquella vez,  apenas me recuperé,  salí corriendo a buscarlo, a buscar una oportunidad mejor. Con él siempre faltaba un buen momento para estar solos. en realidad se nos había pasado el cuarto de hora. Nos conocimos demasiado tarde, nos regalamos unos minutos robados, y después seguimos con nuestros horarios de vida ya pautados

Continuará...


martes, 8 de noviembre de 2011

Vampiros en el techo- II


Otra vez se despertó con esa mezcla de olor a pis con zorrino quemado, y unas pelotitas negras en el piso. En el techo están los murciélagos, escondidos entre la paja y la chapa. Su primera idea es armar la mochila y salir corriendo del rancho directo a la ruta, a hacer dedo para volver a su casa. Pero después de un rato, Alberto se sienta en el borde del colchón tirado sobre el piso, cruza las piernas y se pone a fumar despacio. Busca en su mochila un cuaderno chico en el que escribe ideas y versos por la mitad.  Se pone la remera y se cuelga el morralito mientras se calza las ojotas.  Sale apurado del rancho con un aire casi urbano de individuo apremiado por el tiempo. Rumbea al centro por un caminito  de barro y tierra hasta el cibercafé Ecos, una cabaña de madera que tiene un par de PC en mesas rústicas  al aire libre, abajo del alero .Ya lo conocen, y lo saludan con el afecto pasajero del turismo. Se sienta y empieza a teclear. Sin pensar mucho lo primero que escribe es:
¨matar vampiros¨.  Google le contesta con links sobre cómo matar vampiros y hombres lobos. Primer consejo, estaca de madera, ajo, o ponerlo entre dos espejos. Se tienta con más links, y ya se divagó como en facultad. Vuelve a hacer la búsqueda, esta vez más en serio: ¨murciélagos eliminar techos¨. Ahora sí, control de plagas, venenos, naftalenos. Todo muy complicado. Otro link dice: usar vapores de formol, pero parece que caen como desmayados al piso; demasiado asqueroso y además, qué hace después con los bichos. La idea de volverse a Montevideo le está gustando cada vez más. En Yahoo! respuestas, entre medio de varias cargadas aparece un buen consejo: espantar murciélagos con un ruido fuerte, una luz brillante para encandilarlos, y mucho humo:  podría funcionar.  Decide afinar la búsqueda, ¨espantqr murciélagos¨. Otra vez en Yahoo! answers, una genialidad: la receta incluye colgar CDs para que interfieran con el ultrasonido que usan los  murciélagos para orientarse en sus movimientos. Cómo enseña internet. De todo lo que apuntó en su libretita, fue subrayando:  ajos, humo, ruido, luz, CDs. Ya tiene un plan. Después de pagar por una hora de internet se va caminando a la  playa. La cuestión de la lucha contra los bichos lo puso energético.  Recuerda una vez más que entró a la facultad de  Agronomía porque le gustaba ver el campo verde y ondulado, la tierra negra recién arada, las plantas de maíz más altas que él, en aquella estancia de su abuelo que vendieron cuando él era chico. Pero los animales no le encantan, salvo los caballos.  Camina tranquilo con el viento en contra. La arena vuela por lo bajo y le pica en las piernas,  pero él se siente fuerte para la lucha.  Sólo tiene que esperar a que se haga de noche.


viernes, 28 de octubre de 2011

Vampiros en el techo

Alberto no sabe lo que quiere . Le gustaría estar cómodo en la vida pero siempre hay algo que le molesta: él mismo.  Es flaco y alto, nada atlético,  de pelo lacio y fuerte, largo,   un charrúa desgarbado con un taparrabo de lycra. Usa una malla negra con una hoja de marihuana pintada a mano, cual hoja de Adán. Cuando se ríe se le ven unos dientes blancos y grandes, derechos. No parecen suyos, están por encima de su estandar de belleza masculina.
En el Polonio está felíz, liberado de las responsabilidades de la vida burguesa obligada, de la limpieza como un ritual sagrado. Anda con la ropa dura por la arena, la sal y el sudor. El olor a transpiración queda neutralizado por el sol que seca todo. La arena es ya parte de su cuerpo, metida hasta lo más íntimo, en medio de las bolas y  la espalda, las orejas y el cuello y sobre las sabanas, en los championes, en el pelo. Se siente parte de de la playa.