miércoles, 28 de diciembre de 2011

Desencuentro en una confitería




CECI

Sentada en la confitería preferida de mi madre, miraba hacia la rambla pero me distraía con el murmullo compacto  que cortaba el ambiente. De a ratos me detenía en la gente sentada en las mesas. todos viejos, todos canosos o arrugados. A dónde están los jóvenes de la ciudad a esta hora. Estarán trabajando, o no tendrán interés en entrar al Oro del Rhin a pesar de que ahora comparte el local con una cadena de librerías muy conocidas y muy cool. O es que siguen faltando menores de cuarenta años en este país, como siempre.
Me preguntaba eso mientras miraba la hora en el celular por décima vez y consultaba si había recibido un mensaje de texto. Pero Magda seguía sin contestar.  Ya le había avisado por el chat de google hace un par de semanas. Qué bueno, yo también voy, nos vemos. Por teléfono apenas concretamos el encuentro, sólo un ratito breve e intenso de esos que son perseguidos por el límite de crédito del teléfono. Quedamos en vernos hoy, uno de esos encuentros épicos de los bares montevideanos. Hace cuatro o cinco años que no nos cruzamos. O más.  Y de pronto pasamos de esa ausencia total a intercambiar  mensajes instantáneos, a tal hora, más tarde, si. Las dos estamos de visita y tenemos mucha gente para visitar. Cada reencuentro es un cimbronazo que nos sacude del pasado al presente como una cuerda de guitarra. Los que viven afuera se pueden reconocer  por las calles y por la vida montevideana como por un cartel luminoso en la frente, o mejor dicho, en sus gorras de béisbol, sus championes super brillantes, algún detalle en su pelo, demasiado peinado, o sus gafas (no sus lentes), sus ¨vale¨ que dejan ver que han perdido la idiosincracia del paisíto. Y al revés, hay un algo común que puedo percibir en mis compatriotas, un aire de haber pasado juntos estas últimas décadas. En eso estaba pensando cuando de pronto advertí que mi estado de felicidad caducó. No puedo precisar cuándo, quizás caminando por las calles silenciosas del Prado, hace un par de horas, fue que volví a sentir la soledad que  me tapaba en algunos días montevideanos. La melancolía, quizás la depresión leve como una garúa ya estaba a la vuelta de la esquina y no la podían contener un capuccino con tarteletas de frutilla en una confitería.

Como otras veces llegué a Montevideo buscando una ráfaga de felicidad intensa. Una tajada de postre de paz pero me encontré que  no  quedaba más en la fuente y volví a sentirme vacía, agujereada, perdiendo ese algo que me faltaba desde siempre.


 Y entonces fue que me pareció verlo ahí, era él otra vez, sentado en un sofá de la librería,  pero ya no es el mismo chico asustado de aquellos años. Ahora tiene la seriedad del hombre que carga el peso de su familia, la imagen de la esposa, atada al anillo de casado, y la seguridad adquirida luego de años de esfuerzo y trabajo. Esa que le ha hecho alejarse del mundo como a todos los hombres maduros que ya pasaron los treinta. Él maneja las distancias ahora. Cuando volví a mirar a la mesa del silloncito, me di cuenta claramente que no era él. Fantasías en mi cabeza mientras esperé que Magda apareciera.  Mi vida giraba en la batidora mientras yo tomaba un té sentada en el Oro del Rhin.

Cuando la ansiedad dejó paso al aburrimiento me di cuenta que ya no tenía ganas de seguir esperando que Magda llegara. Supe que el resentimiento no había desaparecido, que los años de vida en Euriopa sólo habían transformado en desdén los celos ocultos de antes, que no tenía sentido tratar de revivir una amistad en un café. Al fin de cuentas, en la última década  apenas intercambiamos un puñado de mails de feliz cumpleaños, y feliz año nuevo. Hay que dejar morir dignamente a las amistades atrofiadas. Tratar de resucitarlas es inútil, pero sobre todo, es triste como la mirada que queda perdida en el tiempo que pasó.
Un cansancio de la nada de pronto me cayó encima una pesadez de las piernas, de los ojos, las ganas de reír se me cortaron  y  sentí la garganta seca y ronca.
Lo peor de todo  es que no recordaba la parte mala del asunto, como una novia idealizadora, yo guardaba más bien los recuerdos buenos.


MAGDA

Si, posiblemente tus recuerdos sean buenos porque vos vivías en ese mundo intenso de la facultad y el centro de estudiantes y los campamentos y las reuniones y esa barra de amigos que llenaban el apartamentos a cualquier hora de la noche o del día. Vos creías que yo estaba a otro nivel, que era medio monja, que me tenías que enseñar algo, y me protegías desde tu superioridad sólo porque te acostabas con todos los que se te cruzaban por la vida buscando alguno que te llenara el vacío, qué metáfora. Yo te censuraba pero muy por dentro me preguntaba si estaría bueno ser así como vos, medio loquita, aunque yo sabía que después sufrías y me alegraba el castigo, como con aquel rubio con pinta de sudafricano, Daniel, te acordas, el que fuiste a despedir al aeropuerto y te encontraste a la novia ahí. Siempre te las ingeniabas para engancharte con tipos que después desaparecían. Los veías como una aventura y yo me asustaba pero también sentía algo de celos.
y ahora mirá qué loco, vos sos la señora casada, con el familión, la que viaja con cochecitos y mamaderas para todos lados, y yo voy por el mundo buscando con quién acostarme. Y también me encuentro a los que se van y desaparecen. Y me acuerdo de vos, que ya lo hiciste veinte años atrás. Pero ahora soy yo la que vive la vida y vos mirás tv cable en tu casa. Y no te quiero contar que estuve en India, y que me fui a la Ile de la Reunion para encontrarme con un francés, un tipo casado, pero que me enloquece, y que sólo quiero pasarlo bien con él. Que lo conocí en un curso de francés que fui a hacer a ParÍs, y que viajo todo lo que quiero, sola y que ahora sos vos la que quisieras hacer lo que yo hago, pero también sabés que yo quería eso que vos tenés, la casa, los niños, el marido, pero ahora lo veo todo tan patético, tan opresivo, y vos estás contenta, entregada, amansada. ¿Dónde dejaste la energía que te llevaba por el mundo, se te va toda en ir al supermercado y a los cumpleaños infantiles? No te quiero ver porque sé que gané, al final. No te lo quiero demostrar porque no me interesa. No es bronca, es el tiempo que pasó. Ya no sos parte de mi vida.

viernes, 2 de diciembre de 2011

El momento justo




A veces se me escapa el momento justo de la vida en que hay que actuar. Más bien, casi siempre me demoro un par de horas más de las necesarios en pensar la frase que hubiera necesitado responder en un segundo. Otras veces, la solución se me ocurre dos minutos después. Y alguna vez más, quedo paralizada y no reacciono, punto. Por ejemplo, con un beso decidido y cierto. Así fue aquella vez cuando estábamos solos Santi y yo en la oficina del fondo. Sintiendo cada uno la presencia del otro con la total consciencia, pendientes de cada movimiento, de cada respiración inspiración exalación, centímetros de distancia que separaban nuestras bocas, nuestras manos, nuestros sexos. y de pronto sin decir una palabra, él se quedó mirándome serio, quieto, sin explicaciones, nada más que sus ojos fijos en los míos y yo me quedé petrificada,  sin perder la noción de que cualquiera podía entrar en un momento y pescarnos así.  Y así como se paró frente a mí, se fue. y yo me quedé casi sin poder respirar , nunca supe dominar la ansiedad que me generaba verlo, la inseguridad de no saber qué me tocaba ese día, si me iba a encarar como un salvaje o me iba a ignorar. Desde el primer día hasta el último en que lo ví, tuve la misma sensación. pero volviendo a aquella vez,  apenas me recuperé,  salí corriendo a buscarlo, a buscar una oportunidad mejor. Con él siempre faltaba un buen momento para estar solos. en realidad se nos había pasado el cuarto de hora. Nos conocimos demasiado tarde, nos regalamos unos minutos robados, y después seguimos con nuestros horarios de vida ya pautados

Continuará...


martes, 8 de noviembre de 2011

Vampiros en el techo- II


Otra vez se despertó con esa mezcla de olor a pis con zorrino quemado, y unas pelotitas negras en el piso. En el techo están los murciélagos, escondidos entre la paja y la chapa. Su primera idea es armar la mochila y salir corriendo del rancho directo a la ruta, a hacer dedo para volver a su casa. Pero después de un rato, Alberto se sienta en el borde del colchón tirado sobre el piso, cruza las piernas y se pone a fumar despacio. Busca en su mochila un cuaderno chico en el que escribe ideas y versos por la mitad.  Se pone la remera y se cuelga el morralito mientras se calza las ojotas.  Sale apurado del rancho con un aire casi urbano de individuo apremiado por el tiempo. Rumbea al centro por un caminito  de barro y tierra hasta el cibercafé Ecos, una cabaña de madera que tiene un par de PC en mesas rústicas  al aire libre, abajo del alero .Ya lo conocen, y lo saludan con el afecto pasajero del turismo. Se sienta y empieza a teclear. Sin pensar mucho lo primero que escribe es:
¨matar vampiros¨.  Google le contesta con links sobre cómo matar vampiros y hombres lobos. Primer consejo, estaca de madera, ajo, o ponerlo entre dos espejos. Se tienta con más links, y ya se divagó como en facultad. Vuelve a hacer la búsqueda, esta vez más en serio: ¨murciélagos eliminar techos¨. Ahora sí, control de plagas, venenos, naftalenos. Todo muy complicado. Otro link dice: usar vapores de formol, pero parece que caen como desmayados al piso; demasiado asqueroso y además, qué hace después con los bichos. La idea de volverse a Montevideo le está gustando cada vez más. En Yahoo! respuestas, entre medio de varias cargadas aparece un buen consejo: espantar murciélagos con un ruido fuerte, una luz brillante para encandilarlos, y mucho humo:  podría funcionar.  Decide afinar la búsqueda, ¨espantqr murciélagos¨. Otra vez en Yahoo! answers, una genialidad: la receta incluye colgar CDs para que interfieran con el ultrasonido que usan los  murciélagos para orientarse en sus movimientos. Cómo enseña internet. De todo lo que apuntó en su libretita, fue subrayando:  ajos, humo, ruido, luz, CDs. Ya tiene un plan. Después de pagar por una hora de internet se va caminando a la  playa. La cuestión de la lucha contra los bichos lo puso energético.  Recuerda una vez más que entró a la facultad de  Agronomía porque le gustaba ver el campo verde y ondulado, la tierra negra recién arada, las plantas de maíz más altas que él, en aquella estancia de su abuelo que vendieron cuando él era chico. Pero los animales no le encantan, salvo los caballos.  Camina tranquilo con el viento en contra. La arena vuela por lo bajo y le pica en las piernas,  pero él se siente fuerte para la lucha.  Sólo tiene que esperar a que se haga de noche.


viernes, 28 de octubre de 2011

Vampiros en el techo

Alberto no sabe lo que quiere . Le gustaría estar cómodo en la vida pero siempre hay algo que le molesta: él mismo.  Es flaco y alto, nada atlético,  de pelo lacio y fuerte, largo,   un charrúa desgarbado con un taparrabo de lycra. Usa una malla negra con una hoja de marihuana pintada a mano, cual hoja de Adán. Cuando se ríe se le ven unos dientes blancos y grandes, derechos. No parecen suyos, están por encima de su estandar de belleza masculina.
En el Polonio está felíz, liberado de las responsabilidades de la vida burguesa obligada, de la limpieza como un ritual sagrado. Anda con la ropa dura por la arena, la sal y el sudor. El olor a transpiración queda neutralizado por el sol que seca todo. La arena es ya parte de su cuerpo, metida hasta lo más íntimo, en medio de las bolas y  la espalda, las orejas y el cuello y sobre las sabanas, en los championes, en el pelo. Se siente parte de de la playa.



miércoles, 5 de octubre de 2011

El verano que viene








El auto está lleno a más no poder.  Por el espejo retrovisor apenas se ve una línea de horizonte finita, del baúl emergen bultos amorfos de valijas, cochecito doble, sillas de comer, camperas de último momento, porque en Rocha siempre hace frío de noche, aunque sea verano. En el asiento de atrás, los mellizos atados cada uno en su sillita, tranquilos durante un rato, increíble.
Después de días de revuelo, de preparativos interminables, de ropa, elementos de playa:  sillas, sombrillas, conservadora y tanto más, juguetes, medicamentos por las dudas, comestibles secos, pelelas, pañales, linternas, sombreros y mucho más, finalmente están en la ruta en un mediodía esperanzado como todos los principios de enero, cuando los días todavía traen un aire nuevo, de sorpresa.  Raquel abre la matera que lleva ajustada entre las piernas gordas, y se pone a preparar el mate.  Si no le ceba unos mates a Juan Carlos durante el viaje, siente que le falta una parte esencial a su ritual de vacaciones. Eso y  música de fondo de algún CD de Joaquín Sabina, como ¨Ruleta Rusa¨, uno bien viejo, de los que escuchaba en los primeros años de facultad.  Mientras mira por la ventana las curvas suaves  del campo, los molinos brillando plateados, algún caballo suelto, va pensando qué se habría olvidado esta vez. Ah, las alitas para flotar de los nenes, que eran buenísimas. Si sigue pensando seguro encontrará algo más pero se le gustan las sorpresas.  Ya están pasando San Carlos y no se siente ansiosa por llegar. Está contenta y tranquila. Falta poco. Se mira un rollo que le sobresale de la cintura.  Antes se amargaba con eso, pero ahora le da igual, su cuerpo grande es parte de su maquinaria de  maternidad.  Entonces, Juan Carlos, que no había hablado nada en un rato, le suelta como si nada:
-ché Raquel, ¿y si en vez de La Pedrera seguimos hasta Valizas?  Nico me dijo que el rancho está vacío y que podemos pedir las llaves en lo del Chupete
-Ay no, Juan Carlos, otra vez al rancho de Nico y Ana no,  por favor. Ya habíamos quedado que este año no íbamos a ir a Valizas, por favor. Ya tengo la reserva en las cabañas, no jodas
-Pero no pagaste nada, ¿o si?
-No, si sabés que no pagué,  pero ya teníamos un plan. Por qué siempre  llegás a las conclusiones sin decirme lo que estás pensando entre medio?
-Es que se me ocurrió ahora. Nos ahorramos esa guita, así después podemos arreglar el estudio. Dale, Raquel
-Ay no, Juan Carlos. Vos sabés la mugre que debe tener ese rancho, yo no llego otra vez a sacar bichos bola de todos lados, limpiar pisos y ventilar colchones húmedos al sol. Estoy podrida.  ¿Y si llueve otra vez como el año pasado? ¿ ya te olvidaste de cuando quedamos ahí atrapados como en una isla, rodeados de agua estancada llena de renacuajos? No se me olvida más el coro de ranas que nos cantaba todos los atardeceres entre los pastizales inundados. Y con los nenes  que van de un lado al otro todo el tiempo me voy a enloquecer tratando de atajarlos, y otra vez sin agua para lavar la ropa, que vos no lavás, además, y  tener que ir a buscar los bidones hasta la OSE todos los días, dejate de joder. Ese no era el plan
-¿Pero qué sabés si va a llover mucho? ¿y si no llueve?
-Juan Carlos, a nosotros nos persigue la lluvia. El nubarrón se instala en la playa a la que vamos nosotros. ¿Cuántas veces ya nos clavamos en el rancho inundado de Nico y Ana? ¡Estoy podrida de Valizas!
El grito  despierta a Bruno que se pone a llorar. Raquel se inclina y saca un vaso de piquito de la mochila que ya lleva preparado con agua. Se lo da y el nene se queda tranquilo.  Ya no se escucha a Sabina, el CD se  terminó en medio de la discusión. El camino ahora sólo parece una línea negra inexorable hacia el destino.
-Qué cosa, Raquel, ¿no querés llevar a los nenes al arroyo a bañarse?, ahí estamos tranquilos en la laguna, podemos subir a las dunas. La Pedrera está llena de chetos y todo es más caro, te acordás aquella vez cuando alquilamos todos juntos con Ana y Nico...
-Vos sabés que a mí me encantan las dunas, pero no vas a poder subir con los chiquilines, son muy chicos. Todo lo que me gustaba hacer en Valizas antes, es lo que no puedo hacer ahora, ¡caminar hasta el Cabo Polonio,  quedarme de noche viendo las estrellas tirada en el sobre de dormir,  levantarme tarde, y tomar cerveza a mediodía!. Y todo lo que no me gustaba es lo único que hago ahora, todo el tiempo: lavo ropa meada, con agua de pozo marrón, cocino cuatro comidas en la garrafita de mierda esa y después hay que lavar los platos ahorrando el agua de los bidones que hay que acarrear una y otra vez;  para bañar a los nenes es interminable, calentando agua en la olla,  me canso de sólo pensarlo Juan Carlos, no...
-Dale, yo te ayudo, va a estar bueno
-Yo te ayudo, yo te ayudo, ¡quién te dijo que es mi tarea!!!
-Ay no exageres, no es para tanto... Raquel, en serio. Nos ahorramos esa guita, ¿vos querés tirar así la plata?, en serio...
La rotonda de La Paloma ya está a la vista adelante de ellos.  Las nubes perfectas que cuelgan del cielo ya no emocionan a Raquel. Bruno le pregunta:
-¿Y la playa dónde está, mamá?
-Ya estamos por llegar


-Raquel, dale, por favor, le pedimos a alguien que limpie el rancho cuando llegamos, y te acordás de aquel gaucho que cortaba los pastizales con una azada, podemos pedirle que venga,  así queda seguro para los nenes, dale, va a estar bueno...
-Bueno, está bien
Se quedan en silencio. El motor es la música de fondo ahora. El mate ya está frío.  Raquel empieza a clavarse la uña del  índice en la cara interna del dedo gordo, como hacía en los exámenes de facultad.  Resopla y mira los palmares que ya aparecen a la vista en el campo. Piensa que el año que viene va a alquilar una casa en octubre,  va a pagar la reserva de antemano así ya queda todo claro y decidido con tiempo. Si, va a alquilar una casa con tres dormitorios y vista al mar. Con agua caliente y una cocina de verdad. El verano que viene.  Mientras tanto, una nube gris empieza a aparecer en el horizonte que queda justo detrás del auto. Y el viento la viene acercando, despacito

domingo, 25 de septiembre de 2011

fuera de foco

Matilde  observa  las arrugas finitas en su frente por enésima vez cuando se mira en el espejo, bajo la luz fría del baño. Maldito cambio global y las lámparas de bajo consumo.  Además se lavó el pelo hoy, y ya no es como antes,  ahora le queda un casquito marrón, medio erizado, oscuro y opaco, que prefiere no seguir mirando. No tiene más solución, ya está ahí y tiene que enfocarse en la reunión.  Al menos la ropa le queda bien pero en algún momento se darán cuenta de que su elegancia simplona es algo forzada. El traje le sobra demasiado en el pantalón. La botamanga  a veces le queda como incrustada contra el caño de las botas. El saco no es el perfect match, pero combina.
No ha empezado su presentación pero igual se le seca la boca sin  tregua cada vez que respira. Además está congestionada y el bebe no la  dejó dormirse hasta las dos de la mañana, y el marido se había tomado venganza, dijo venganza? descanso de sus noches de pasearlo a upa para que se durmiera.  Algo tan verdadero como falso, según qué abogado de divorcio quisiera demostrarlo (el de él o el de ella. Siempre fantaseaba con esos asuntos).
El hecho de que al otro día es su cumpleaños número cuarenta influye en dos direcciones (opuestas, claro). Si, siente que ha logrado algo aunque ese puesto no era lo que ella hubiera considerado éxito, diez años atrás.  Pero aún así es mucho más que la nada, el hecho de estar hoy, ahí  parada, nerviosa, esperando para hablar quince minutos sobre   los aspectos regulatorios de las inspecciones de calidad en los procesos administrativos de la industria.  Es  algo, un mínimo logro para su vida mínima.
 Repasa una vez más la presentación en papel. Siente que lo va a hacer mal. Por debajo de las expectativas. Lo peor en su historia personal siempre fueron las expectativas que no cumplió, las que le fijaron los otros cuando la consideraban tan inteligente, las que se puso ella durante todos los años en que estuvo convencida, segura, de su capacidad para llegar a los más altos niveles de algo. Lo siguiente peor eran todas las cosas que le habían pasado en su vida desde que podía recordar (la fiebre reumática que no fue, dos divorcios paternos, exilios, su madre bipolar, los cambios de colegios, de novios traicioneros, de carreras universitarias, y eso no era todo). A los diez, a los veinte, a los treinta, y ahora finalmente está a su nivel, se  equilibraron los conductos de Vernoulii, y se vuelve a enorgullecer de las metáforas científicas que no le puede comentar más que a ciertos interlocutores, sus ex compañeros de facultad, los que se cuidan de contarle de sus nuevos proyectos de investigación, de los detalles, de los problemas con los jurados de los papers. Para ellos alguien que no pipietea frente a una mesada solo puede comprender una vaga nube de datos pero no tiene el espíritu crítico necesario para una verdadera discusión. No se puede seguir adelante con la conversación.  Ni lo intentan.
Ella está entre los dos mundos y está fuera de los dos. Para los que no estudiaron ciencias, ella forma parte de ese mundo misterioso y ella tiene mucha vergüenza de admitir que no, que ya no. Y sin embargo todavía puede entender, puede recordar, puede explicar. Le faltan detalles pero tiene conceptos. Pero los otros tienen razón. Ella ya no pertenece.  Y acá en esta oficina, sí.  Encaja justo porque no esperan que encaje. Dan por hecho que tampoco sabe a fondo de lo que están hablando pero no le piden tanto, sólo que lo maneje como mejor pueda.  Y ella puede,  a su manera un poco despistada, torpe, entrecortada.  Pero está pudiendo. Y además quiere, quisiera un rivotril para poder frenar la locomotora que tiene en su pecho el día entero, algo que la lleva a volver a salir cuando entra, a volver a bajar cuando subió, a irse nuevamente cuando ya había llegado,-pero si frena eso, no a a poder más, subir y bajar, entrar y salir todo el día.

A medida que  va pasando las diapo en el power point.  trata de poner su mejor voz de segura y en el medio todos se rien aunque ella no pretendió hacer un chiste.
Ya está terminando y se siente más tranquila. Algo del ruido interior empieza a  bajar el volúmen. En eso ve que el subdirector sale a la puerta sin avisar y contesta el celular. Ella amaga levemente a frenar pero se da cuenta de que a nadie le importa. Son dos renglones más en su apunte. Mientras cierra la laptop y apaga el proyector todos salen muy apurados, ninguna felicitación o comentario. El director del área que es muy correcto, la saluda y le sonríe
-gracias,
Eso es todo, y se va.
Afuera hay un murmullo, se cierra la puerta con el último que sale y ella se queda sola en la sala de conferencias juntando sus papeles y sin poder ver a través del vidrio de la oficina,  las cortinas americanas están bajas.
Unos cinco minutos después tiene todo en orden, la laptop en su valija, los papeles en la carpeta, el saco puesto, para no cargarlo.  Nadie le comenta nada a ella directamente pero escucha que salió nomás, que ya pueden empezar,  está todo destrabado.  Ella sabe que hizo su aporte para lograrlo pero todos los que están ahí han hecho algo y mucho más. Sigue de largo medio apurada hasta su oficina para dejar las cosas. El pasillo es largo. Su escritorio está en un box solitario como una mesa de la prisión pero es su oficina particular, qué loco que eso sea un beneficio. Quisiera una sillita pelada al lado de la ventana. Y entonces de lejos escucha el chiiiiiiiis para la foto y las bromas, la incomodidad de la cercanía física entre hombres que siempre lleva a una risotada, alguno encuentra cómo meter el chiste.  No se dieron cuenta de que ella no estaba y no importa. Seguro iba a salir horrible con ese pelo y después se tendría que ver en el folletín mensual impresa en tonos azul y celeste.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Desde la arena



Desde la arena se puede ver la ventana con la luz prendida, es una especie de entrepiso del edificio del viejo Rambla Hotel. Conozco ese detalle porque estuve varias veces en ese apartamento.  ¿Seguirá teniendo esos mismos muebles, aquella mesa contra la ventana?.  Miro una vez más hacia arriba y doy vuelta para volver caminando por la playa en dirección opuesta. La luz en la ventana me lleva atrás en el tiempo.
Vinicius apareció de la nada en la facultad, cuando ya nos conocíamos  todos y no parecía que pudiera aparecer alguien nuevo en ese pequeño mundo. Al principio no le hice mucho caso, aunque me encantó su aspecto fuerte desde el primer momento en que lo ví, con razgos bien de varón, algunos rulos revueltos y la mirada seria y directa. Cuando me invitó al cine y nos fuimos después a comer unas pizzas a Tasende -yo lo llevé para que conociera uno de los bares míticos de Montevideo, pero a él no le impresionó mucho- ya en esa primera noche me dio vuelta la cabeza con su simpatía, con esa cercanía medio franela de los brasileros, que siempre le ponen un toque de amor como parte de la receta para la pasión, y después al otro día te dicen fue bueno pero acabó, querida.
Pero en ese momento yo no conocía las canciones brasileras y todo parecía tan profundo. Él me habló del destino, de que le había vaticinado una bruja que iba a conocer a la mujer de su vida en este viaje, y yo quedé como congelada, pasmada porque el destino estaba frente a mí, así de pronto a la salida del cine Metro, después de ver ¨Forrest Gump¨ en una noche de octubre.  Nos vimos varias veces más, nos cruzábamos por los  pasillos durante el día, él había venido a hacer su doctorado en Biología del desarrollo, yo trabajaba como colaboradora honoraria en el grupo de Biología Celular de la Facultad de Ciencias.  Me faltaba un año para terminar la licenciatura. Vinni era unos cuatro años mayor que yo y parecía el hombre más sabio que había visto en mi vida.  Me llamaba por teléfono, nos encontrábamos los sabados a mediodía, los domingos de tarde. Yo también estaba sola en la ciudad. No éramos pareja pero compartíamos tiempo juntos. Todo iba muy suave, muy lento. Una noche me invitó a cenar a su apartamento.  Había alquilado un lugar muy chiquito en el antiguo Rambla Hotel, creo que habían reconvertido las habitaciones del edificio en estudios para alquilar.  Cenamos arroz con camarones y vino blanco.  Todo muy romántico, y sin embargo, apenas nos besamos en el sofá un rato, y después me acompañó hasta mi apartamento, a unas diez cuadras de ahí, por la rambla. Entonces me contó que tenía una novia en Santa Catarina, pero que la iba a dejar. Que no estaba enamorado.  Todo parecía todavía más nítido, más seguro, aunque el tema de la novia se me revolvió en el pecho como si me apretaran el corazón y sentí unos celos fuertísimos, algo físico.  Después de esa noche, yo tomé un poco de distancia aunque estaba cada vez más obsesionada con Vinni.  Él me buscaba en la facultad, me llamaba para vernos.  Todo en un plan muy cuidado, a mí me impactaba esa cualidad moral en él, me parecía increíble que fuera tan honesto, tan fiel. Estaba llegando diciembre, y fuimos a ver los fuegos artificiales a la playa, él me abrazó  por la cintura y me cuidaba la espalda. Yo lo idealizaba cada vez más y a la vez me escapaba más de él. Me gustaba jugar a ser difícil. Si él no estaba accesible, yo tampoco.  Le había preguntado por su novia una vez más pero me dijo que todavía no podía hablar con ella.  Un par de viernes lo descarté y preferí salir con mis amigas a tomar algo y charlar. Me dijo que había una chica que lo perseguía y yo me reí. Me sentía segura, tranquila con mis decisiones, aunque él me gustaba cada vez más. Entonces, un sabado que no tenía planes y no había sabido nada de Vinni en toda la semana,  salí a caminar por la rambla, bajé directo a la arena y fui por el borde de la playa hasta llegar bien enfrente a su edificio. La ventana estaba iluminada.  Tomé coraje y subí las escaleras hasta el nivel de la calle, crucé. Qué incierto era el mundo sin celulares, pienso ahora.  Entré al edificio que a esa hora tenía la puerta de abajo abierta de par en par. Subí por la escalera  de malla metálica que rodeaba el ascensor antiguo y toqué timbre. Escuché voces adentro.  Cuando me abrió la puerta lo noté amable y nervioso pero no llegué a conectar ninguna idea. Pasé por el corredor oscuro que llevaba hasta el living, frente a la ventana donde estaba la mesa, y recién ahí entendí. Me quedé helada un segundo y después reaccioné. En la mesa había una vela, vino tinto, queso y  aceitunas. Y había una chica pelirroja sentada. Yo la conocía porque también era compañera de facultad, y estábamos cursando juntas al menos una materia. La veía los viernes en el laboratorio de fisicoquímica. Vinni me invitó a sentarme sin presentarnos y sin dar ninguna explicación.  Yo me senté porque no reaccioné a hacer otra cosa. Agarré una de las copas aunque sólo había dos, y me tomé un sorbo de vino. Me fui comiendo los quesitos y las aceitunas mientras él comentaba algo sobre un viaje, que se iba a pasar Navidad a Santa Catarina, y que pensaba volver en un mes. Tomé otro sorbo y casi me terminé la copa de vino.  Ya no quedaban más quesos y sólo había dos aceitunas enteras y varios carozos sobre una servilleta. Me paré de un tirón y la mesa tambaleó, la vela se cayó y el cebo se desparramó sobre el mantel. La pelirroja no parecía entender mucho pero tampoco se la notaba disgustada. Les dije, me tengo que ir, chau. Y salí tanteando el camino por el corredor sin luz, hasta la puerta. Bajé las escaleras mientras escuchaba mi corazón latiendo a golpes y un dolor filoso en la garganta me impedía ponerme a llorar hasta estar a una distancia suficiente. Salí a la calle, crucé para el lado de la rambla otra vez, bajé la escalera y me fui hasta el agua. Seguí caminando justo al borde  donde rompían las olas mínimas de la playa Pocitos mientras las lágrimas se me salían como propulsadas por la fuerza de la rabia.  Pero en ese momento todo lo que podía pensar era que había dejado escapar mi destino y sólo me quedaba seguir sin rumbo en el vacío de una equivocación. Después el tiempo empezó a pasar, lento al principio, más rápido después, y más rápido hasta que todo quedó tan lejos, tan atrás como una vida anterior. Lo único que queda de todo eso, es una luz prendida en la ventana del viejo Hotel Rambla.

domingo, 28 de agosto de 2011

El primer cumpleaños de 15


Ya se hablaba del asunto como dos o tres meses antes. Lourdes nos dio la tarjeta a todos en julio, toda blanca con letras plateadas en relieve. parecía de casamiento. Aunque estábamos en segundo de liceo y casi todos teníamos trece años, Lourdes era repetidora y de las más grandes y entonces su cumpleaños de quince fue el primero,  una noche helada de agosto.
Mi abuela me había hecho un trajecito de chqueta y pantalón rosados, (ella tenía buen gusto aunque era vieja y me mostraba los modelos en la Para Ti  o la Burma que traían moldes, para que yo eligiera, y ella me los cosía), y me compré una blusa de las que estaban en la vidriera de P-k-2, con cuello acampanado .
La fiesta empezaba a las nueve pero yo estaba pronta mucho antes. Me fui a casa de Sabrina que vivía a tres cuadras, porque ella tenía rímel y lápiz de labios de su mamá.  Ella sabía pintarse y me puso un rouge rosa claro  y algo de sombra gris sobre los ojos, muy poquito porque me parecía muy rara cuando me veía al espejo.

martes, 16 de agosto de 2011

El hombre con el tiempo en la espalda





Está sentado en el borde de la cama, en calzoncillos y camiseta. La piel curtida es un cuero marrón, bronceado por el sol de la rambla sur. La pelada reluciente, las arrugas gruesas de la cara, los pelos blancos en el pecho. Resopla encorvado, los hombros gruesos ahora caídos, como sus brazos cansados. Se pasa la mano por los pocos pelos que le quedan, grises y desordenados.
Cada noche repasa los errores del pasado y vuelve a ese momento en que hubiera podido cambiarlo todo y no lo hizo. Cada noche vuelve a repetir sus momentos cruciales como una oración contra el olvido. Como una penitencia.
Despacio se mete en la cama con el cuerpo dolorido por los años, se acuesta  y suspira fuerte. Contiene la bronca de no poder volver atrás. Mira su vida desde lejos, como un río desbordado que se llevó todo a su paso. Ya no le quedan fuerzas, no le queda tiempo


Finalmente apaga la luz y entonces todos los fantasmas vuelven a rodearlo, más vivos y lúcidos cada noche

sábado, 30 de julio de 2011

Amigas para siempre

Mariela vió el nombre resaltado en negrita apenas abrió el mail.  Serían los años, la costumbre inconsciente de recordar a los amigos perdidos lo que hizo que fuera ese el primer nombre que vio a pesar de que la lista de correos sin leer era larga.  Una o dos veces por año recibía los mails de Leticia  como una dosis de vacuna. Como una protección contra el olvido.
No se veía con Leticia desde hacía cinco, siete años. Ya no lo podía recordar, pero la amistad de la adolescencia tiene una autoridad, unos derechos,  que no caducan, es vitalicia, y sigue doliendo como un miembro amputado si  se corta.  Cuando leyó el mail, una vez más se encontró con la imágen antigua de Leticia, escribiéndole a su antiguo ser, aquella Mariela que se quedó en Montevideo, la que no quería ir a bailar, la que no faltaba un domingo a misa.  No se podía imaginar que Leticia hubiera cambiado demasiado, y esa sola idea le producía un escalofrío de rechazo, casi una arcada.

Desde que murió su madre, ella decidió no volver más.  Aunque tenía la esperanza de que en algún momento surgiera algo inevitable que la obligara a volver, recordaba perfecto el vértigo, el vacío que sintió cuando  no se subió a aquel avión para ir al entierro, varios años atrás. Ese día volvió a nacer en Madrid como una huérfana de la vida.  El mundo se convirtió en esas calles ajenas, antiguas, hermosas y agresivas. La gente a su alrededor, una masa de extraños: nadie que le importara.  Los sentimientos nuevos estaban todos bajo control.
En la oficina donde trabajaba, nadie la imaginaba en su adolescencia escuchando el llamado del Señor.  Ella no hablaba de eso con nadie.  Ni con sus parejas casuales, ni con Enrique, con quien estuvo en una relación por más de un año.

En su mundo actual todos creían que no le interesaba tener hijos.   En cambio, los ecos lejanos que le llegaban de Leticia siempre traían la pregunta repetida como una ola rompiendo en la orilla, ¨¿y estás con alguien, estás pensando en tener bebes?¨.  Y Mariela sabía que no quería responder a esa pregunta.
Ella sabía que ahí estaba la pieza clave del dominó de su vida.  Los acontecimientos entrelazados hacia atrás en una línea larga, larga, que llegaba hasta los retiros espirituales, las clases de teología, los grupos de oración. Dios no tenía la culpa, ella recibió el llamado. Lo escuchó, lo dejó pasar. Ella era responsable por su vida actual, era una mujer exitosa, evolucionada, una psicóloga laboral, libre. Feliz, quería decir. Pero no le salía la palabra. En el fondo de su felicidad había un rincón oscuro y vacío, ahí donde Mariela prefería no mirar, -como hace todo el  mundo-, se decía  a sí misma.   Pero ese mail de Leticia llegaba justo hasta esa esquina de su ser.  Lo abrió rápido, lo miró sin leerlo, como para pasar el trago y lo cerró. Después siguió adelante con otras cosas del trabajo.  En un par de horas ya estaría bien otra vez, como si nada.

lunes, 11 de julio de 2011

Una copa sobre la mesa

Lo primero que veo apenas atravieso la reja cubierta por una enredadera tupida es una  pileta de natación seca, un agujero enorme de piedralaja, filoso, hondo y oscuro, ovalado como un aljibe estirado. Los yuyos le crecen alrededor y está escondida como una trampa salvaje abajo de una palmera enorme. Apenas cruzo el umbral me asquea el  olor a pis de gato que viene del interior de la casa.  Los vidrios rotos y los pedazos de cortina descolorida flamean al viento que se cuela por el living. El color ocre de las paredes descascaradas como una piel de muerto reseco, el olor a humedad vieja que emana la mesa de madera opaca, todavía con el nylon encima para protegerla de peligros fantasmas. El álbum de fotos abierto sobre la mesa con unas imágenes chiquititas y borrosas, en blanco y negro, con bordes de encaje de papel.  Hay una botella de vino evaporado y una copa polvorienta con la borra en el fondo como una cicatriz. Las sillas medio asquerosas de mugre de gato están desarregladas alrededor de la mesa. La cocina angosta y asfixiante con grasa pegada sobre la mesada. El piso de unas baldosas  blancas y negras perdidas bajo la grisura  de la suciedad, y  una puerta de chapa que da al fondo donde se ve el piletón para lavar la ropa. Todos son rastros fantasmas de una vida pasada.

sábado, 25 de junio de 2011

En un café solitario

Leyendo una vez más el mail que el profesor envió a toda la clase, Julieta caminaba por la vereda del sol con el papel impreso en la mano, algo que siempre la hacía felíz en invierno. Las ultimas palabras le intrigaban 

Nos vemos pronto, sigan trabajando.
Un abrazo,
Felipe

Miraba el papel concentrada, y escrutaba el significado profundo de esas palabras, porque, unido a otras palabras, algunas no dichas, unidas a esos gestos significativos, como el momento especial que el profesor le dedicaba a su saludo cuando entraba al salón, todo eso, más los comentarios aparentemente dirigidos a nadie, a nada, pero que Julieta intuía, realmente estaban dirigidos a ella, todo eso la conmovía profundamente.
Sin saber cómo o cuando ocurrió por primera vez, Julieta no podía dejar de pensar en Felipe. Era el ruido de fondo de sus pensamientos, ya que lo veía muy poco, a penas dos veces por semana durante el teórico de Evolución. Y, paradójicamente, cuando lo veía, cuando lo escuchaba y podía cotejar y medir su actitudes frente a la realidad, entonces, por un rato, la imágen perfecta de su imaginación se convertía en ese hombre imperfecto que enseñaba biología frente a ella.
Felipe no era atractivo, pero Julieta buscaba en sus ojos celestes lavados, detrás de los anteojos rectangulares y su piel algo pálida de más, una chispa de emoción, en los dedos largos, en la voz suave. Buscaba sensualidad en esos labios finos. Espiaba su barriga algo visible por encima del cinturón y a veces extrapolaba  el tiempo hasta el momento en que Felipe se quitaría la camisa en la penumbra de un hotel y entonces temía cruzarse con un hombre encorvado y panzón, un hombre mayor que ella. Una desilusión.

Durante las semanas que duró el paro en la universidad, Julieta estuvo ansiosa, ella pensaba que había otros caminos mejores para protestar, que no incluyeran perderse las clases de Evolución.  Y además, cada día que pasaba sin pisar la facultad, le agregaba mas lineas, más detalles a sus fantasías con Felipe, y ya casi se imaginaba en plena cabalgata: él la sorprendería con una sensualidad oculta, contenida, que sólo liberaba en la intimidad y seguramente sería especial con ella.

Finalmente llegó el martes a las diez de la mañana en que se reanudó el curso y encontes Felipe volvió a entrar al aula, mientras Julieta sentia el latido de su corazón repicándole en las orejas.
Felipe pasó de largo y no la miró siquiera, quizás, a propósito. En cambio, le sonrió galantemente a Lara, la morocha de  pelo largo espléndido,  que tenia unas tetas inusualmente grandes para lo que se veía normalmente en esa facultad.
Julieta se quedó quieta en su sitio tratando de ignorar el calor que le explotó en las mejillas, la ola expansiva  que la dejó congelada por un buen rato. Sin escuchar una palabra de la explicación sobre la evolución saltatoria, ella  trataba de manejar su decepción y sus celos analizando las posibilidades de lo que había pasado, de lo que podría pasar después, porque sus esperanzas siempre se trasladaban a un futuro perfecto. Aunque cuando recordaba la lista de sus fracasos en el amor, sentía un odio intenso que iba dirigido a ella misma y no a sus amores ideales.
Julieta empezó a imaginar una conversación relajada con Felipe en la que todo se aclararía, quizás los dos sentados en un cafe solitario, un poco alejado de la facultad, alguna tarde gris de invierno.  Desde la última fila del salón, soñaba que él tenía una mirada profunda, que nunca le había visto en la vida real. Sin escalas, en su fantasía podía sentir sus  besos, lentos, de boca abierta y aliento caliente,  inolvidables,  besos para despertar la pasión. Después, estaban en un hotel, él la desvestía lentamente o mejor, mientras se desvestían uno al otro, torpemente, exitados, deseándose mas cada segundo,  se saboreaban,  y él la abrazaba con fuerza, no importaba cómo llegaban a ese punto y siempre, el cuerpo de Felipe  quedaba oculto en la bruma de su fantasía, no podía despejar la duda de si su tórax sería el de un flacucho con panza o por el contrario si lograría asombrarla con un cuerpo fuerte y sensual.
Después del sexo, ella escuchabría las historias de su vida, sus pensamientos ocultos, sus sueños y sus secretos, y entonces se unirían de verdad, en cuerpo y alma. Pero en algún momento algo no cerraba y  Julieta rebobinó, y volvió a la realidad del aula y la lección:  las incertidumbres le congelaban la imaginación, y además iba a tener que pedir apuntes de la clase a alguien.

sábado, 4 de junio de 2011

Secretos bien guardados


Hacía tanto tiempo de todo eso que en realidad ella creía que ya no lo recordaba, hasta que Alejandro le hizo la pregunta cuando volvió de visita con su mujer y sus hijas aquel verano, veinte años después.
Aunque no todo había sido malo durante aquellos años perdidos que vivió en el apartamento oscuro y frío de la calle Cebollatí, cuando Gabriela se vino a Montevideo para empezar la Facultad, ella se había olvidado de todo, como si no hubiera existido nada de eso. El olor a sopa rancia del corredor y la escalera, el frío que no había con qué templar durante el invierno, el miedo a la oscuridad como si fuera una nena.
Para ahorrar y sentirse acompañada trataba de compartir los gastos y el espacio:  el primer año compartió el apartamento con un par de chicas pero resultaron una más rara que la otra. Al final prefirió la soledad aunque el silencio le explotaba en los oídos como una chicharra. Los viernes de noche, si no tenía programa, se desesperaba revisando la agenda hasta dar con alguna amiga que le hiciera gancho para salir. Casi siempre era Patricia, que era una combinación de freak y diversión en proporciones saludables. Varios años antes de los celulares, el mail y facebook,  la tarea de armar las salidas del fin de semana empezaba desde el miércoles o jueves.

Entre todos los que pasaron por ese apartamento, estuvo su primo Alejandro. Se había ido del país con su familia cuando tenía unos doce años, en plena dictadura, y su padre se fue escapando de los milicos.
Ella era cuatro años menor que él y lo recordaba como un chiquilín muy grande, muy alto, que tenía fuerza para hacer pozos muy hondos en la playa, y tiraba bombas de arena que hacían doler muchísimo.
Pasaron los años, se escribían cartas cuando viajaba algún tío o los abuelos, iban y venían fotos familiares a través del Atlántico, algún regalo. Nunca perdieron contacto. Cuando Alejandro le escribió para contarle que venía a visitar a los tíos y a ver la ciudad por un par de semanas, ella le ofreció su casa para quedarse. Cualquier compañía era mejor que la soledad.  
El primo Alejandro seguía siendo altísimo, obviamente más que Gabriela que era muy alta para ser mujer. Y era flaquísimo, más que Gabriela, que tenía unos brazos y piernas huesudas que odiaba muchísimo a sus dieciocho años, y que eran iguales a los de las modelos que empezaron a aparecer en las revistas unos años despues.

lunes, 23 de mayo de 2011

Una mañana como tantas otras



Está esperando en la cola del supermercado con su carro lleno al tope. Los productos que fue recolectando, las marcas que eligió como cazadora urbana, definen su grupo de pertenencia, sus deseos por cumplir. A esa hora del día millones de mujeres recorren pasillos y góndolas con ansiedad, apuro y desinterés, con alegría o angustia guardada detrás de la expresión imparcial de ser anónimo que todos llevan en la calle siempre que pueden. Ella sabe que tiene el mismo aspecto que todas las otras, que encaja perfecto en el estereotipo, que se comporta igual, con similar nivel de arrogancia, que tiene el pelo, la ropa, el auto y el celular que corresponden al modelo, que sigue el itinerario esperado y todo así. Una de sus funciones fundamentales, como la de todas ellas, es la de abastecer a la familia de alimentos, bebidas, vestimenta y accesorios variados, así como la de hacer de chofer para llevar y traer a sus hijos entre las distintas actividades a las que concurren para aprender, desarrollarse en todas sus posibilidades, aún en aquellas para las que no son especialmente virtuosos.


martes, 10 de mayo de 2011

Se acabó el verano





Aquel flash en medio de la oscuridad me sorprendió mientras revolvía la salsa en el sartén. No imaginaba dónde podría estar posicionado el audaz fotógrafo en esa noche de campo cargada de nubes. Al fogonazo de luz le siguió una explosión fuera de lo habitual, unos segundos después, y fue entonces que entendí que se venía una tormenta fuerte. El viento empezó a soplar sin previo aviso, y la fuerza era tanta que los vidrios de las ventanas temblaban hasta repiquetear como un motor a punto de arrancar. La cabaña que había comprado a un pescador, y que se convirtió en mi refugio del mundo desde hacía un año, de pronto parecía terriblemente frágil. Se podía escuchar la amenaza vibrando en el techo de chapa, que resistía la fuerza persistente. En unos minutos llegó la lluvia, toda junta, de repente, y las gotas que caían eran enormes, pesadas, copiosas, insistentes. El estruendo de los truenos no dejaba de atemorizarme cada vez que me sorprendía una detonación. La fuerza del viento empujaba el agua por debajo de la puerta hacia adentro, chorreaba de las hendiduras de las ventanas, y empezaba a filtrarse por las grietas del techo, mientras las gotas iban convirtiéndose en verdaderos charcos, en unos pocos minutos. Mientras corría buscando baldes, cortando botellas de plástico y cajas de tetrabrik, tratando inútilmente de atajar el agua que caía desordenada por el viento, el alambrado afuera se sacudía frenéticamente, doblando los palos sueltos que se habían desclavado de la tierra. El rugido del mar quedaba silenciado por la frondosa lluvia que nos ensordecía como una máquina imparable. El viento seguía silbando con su tono agudo y amenazante, la lluvia caía oblicua. Presentía cómo el camino de tierra iba quedando anegado en la oscuridad. De a ratos se escuchaban choques de latas y latones, posiblemente eran los techos de los ranchos de la otra cuadra, que no habían soportado la fuerza contínua del viento tirando hacia arriba. El agua empezaba a correr por el lecho de barro del camino, venía bajando desde el cerro Verde, con fuerza de correntada, cada vez subiendo más y más hacia la casa. Un par de horas después el camino era sólo un río marrón, el agua bajaba con furia, y un árbol flaco que crecía en la entrada no resistió el tironeo y salió arrastrado como si fuera una ramita seca. Quedó apelotonado contra un rancho en la otra cuadra, que ya tenía agua hasta la puerta.
Como si acomodaran cajas en un enorme salón de las alturas, seguían resonando los truenos, y el soplido asmático del viento vibraba contra los vidrios, cada vez más fuerte. Una ventana se abrió de repente. Se apagaron las velas, volaron los libros que estaban sobre la mesa, la cortina quedó hecha un trapo empapado y colgante. El agua me pegaba en la cara mientras forcejeaba para cerrarla. Una ráfaga que entró por la ventana embolsó el techo desde abajo y terminó por arrancar un pedazo de chapa alrededor de la chimenea de la salamandra. El resto de la chapa temblaba ruidosamente, resistiendo, pero ya no quedaba nada por hacer. En un instante quedé helada de frío y pánico, empapada. La tormenta me había acorralado.

martes, 12 de abril de 2011

Bajando la cuesta


Otro sabado de tarde, silencioso y asfixiante. Manuel está tirado en el sillón mirando Star Wars como si no hubieran pasado más de treinta años desde que se fascinó por primera vez con Luc Skywalker en la matiné del cine Maturana. Y cuando veinte años después, fue al estreno el Episodio I se sentía de nuevo como esperando a Papá Noel, y por más que había visto las películas decenas de veces seguía encontrando nuevas lecturas a la filosofía de los Jedi, a los conflictos entre el bien y el mal, entre el Imperio y la República, aunque se sabía los diálogos de memoria.
Nunca se le ocurrió ser director de cine porque en la época en que iba al liceo eso era algo tan fuera de la vida real como la Estrella de la Muerte. En cambio, decidió ser neurocirujano una noche, y cambió el bachillerato Humanístico por el Biológico. Después volvió a cambiar de idea, un par de meses más adelante. No podía esperar tanto como para estudiar toda una carrera de Medicina, especialización, residencia y todo eso. Ingeniería Robótica parecía más a su medida, pero el bachillerato científico se le volvió insuperable. Entonces empezó un curso de programación en la ORT y uno de operador de radio y al final la vida le pasó por encima.

Ahora mira la tele con la sensación de que se perdió su gran oportunidad por el camino, y esto es lo que le queda. Quería tener una familia con tres hijos pero tuvo tres divorcios. La convivencia con sus mujeres se le descomponía en medio año, siempre terminaba en un campo de batalla, la vida en pareja se le volvía como un paredón de marmol, duro, impenetrable, con ella de un lado y él del otro. Y cada vez que terminaba con una, ya estaba enamorado de otra. Los celos de las mujeres y los ataques de nervios lo ponían de muy mal humor. Culpable, triste. Pero en algún rincón sentía como una caricia al comprobar que el dolor que les causaba era fruto del amor desesperado que ellas le tenían, a pesar de que lo odiaban. Él, en cambio, se reservaba siempre un espacio vacío donde podía escaparse del amor completo de cualquier persona, hombre, mujer, hermano, padres, pero no de su hija.
De su segundo matrimonio tuvo a Micaela. Ahora es la felicidad de su vida, cuando la puede ver. La guerra con su ex continúa sin pausa aunque ya pasaron cuatro años del divorcio.
La nena es igual a la madre pero inocente, dulce. Aunque a veces se le notan los estacazos que la madre le manda a él, enredados en sus palabras infantiles. Micaela lo admira como a un genio, todavía le cree la escena que él se arma, pero también escucha a su madre y de a poco se va apropiando de palabras como perdedor, fracasado, inútil, egoísta, egocéntrico, narcisista.

Manuel odia su empleo de programador en la Intendencia Municipal, pero se justifica pensando que eso le permite tener su otro trabajo. Ama entrar a la cabina de operador y poner la música de la radio: ¨De 16 a 22h, musicaliza Manuel Suarez por FM de la Costa¨. Pero de 8 a 15h es el soporte técnico del área catastro. Esas horas transcurren lentas, opresivas como las paredes grises y el tubo lux que lo rodea. No habla con nadie. Detesta a las gordas de voz aguda y pelo teñido de rojo, de amarillo, que conversan a los gritos mientras clasifican y archivan papeles en la otra punta de la oficina. De vez en cuando cuchichean muy bajito hasta estallar todas en una carcajada gallinácea. Son unas ordinarias, piensa Manuel.

Mañana es domingo, tiene que ir a buscar a Micaela a casa de su ex. La sola idea de tocar el timbre y tener que hablar con ella esas mínimas palabras ríspidas de siempre, le produce ansiedad y desagrado. A veces, cuando tienen algún lío denso pendiente, en general porque ella le reclama más plata para la nena, para la nena dice la guacha de mierda que se compra ropa en el shopping todas las semanas, esas veces prefiere no ver a Micaela ese domingo antes que aguantar a la loca. Pero por suerte mañana piensa ir a buscarla muy tranquilo, mudo y con su mejor cara de asco para su ex mujer. Después se irá con la nena a buscar al abuelo, para ir caminando hasta la pista de patín, sin llegar hasta el parque porque con los juegos eléctricos termina gastando una fortuna. Después de patinar la va a compar un helado, si ella se lo pide, y cuando ya esté oscureciendo la tendrá que llevar de vuelta con su mamá. Y volverá solo a su apartamento silencioso y frío una semana más, y quizás vea otra vez ¨El retorno del Jedi¨.