domingo, 24 de junio de 2012

Sapo de otro pozo

Capítulo II- sapo de otro pozo

Dejé de sentirme sola en el mundo con mi bebé Down,  cuando me contaron de un grupo que se llamaba ¨down is up¨. Aunque el nombre me chocó como algo imposible, leí la nota que aparecía en un diario zonal. Me la trajo la estudiante de terapia ocupacional que cuidaba a Andrés mientras yo preparaba mi tesis de maestría o salía al gimnasio, algunas tardes por semana. Fue el primer paso para salir del pozo. Pero todo tiene dos caras. Me enfrenté por primera vez a un grupo de mujeres que tenían unos diez años más que yo en promedio, todas muy chetas, de San Isidro, señoras de su casa, que pasaban los cuarenta años, y al nacer su cuarto o quinto hijo, se enteraron que tenía  Síndrome de Down.  Y estas mujeres tenían una actitud muy distinta a la mía. Estaban tristes, si, pero a la vez, ya tenían la vasta experiencia de ser madres de hijos incluso adolescentes. No sólo eso, ellas tenían mucho en común entre sí. Se conocían del barrio, de los colegios, de los veranos, de la Iglesia. Todas pertenecían al mismo ambiente. Yo estaba acompañada pero era un sapo de otro pozo, aunque tardé un tiempo en darme cuenta.
Las primeras reuniones me quitaron un peso enorme de encima, el mundo de a poquito empezaba a girar otra vez. No me aliviaron el dolor y la rabia, pero estaban ahí, con sus hijos de ojos achinados y lenguas para afuera. Yo ya no estaba sola. Estas mujeres a la vez me presentaban un universo que yo todavía no podía imaginarme: me decían que todos los hijos tenían sus problemas, que todos eran difíciles a su manera. Ni que hablar que ellas tenían el tema del hijo Down mucho más bajo control que yo, varias lo consideraban una prueba del Señor. Fue también en esos meses cuando me dí cuenta de que había perdido la fe. Una consecuencia también inimaginable para mi pasado hippie, frenteamplista y reticente a todo contacto con los chetos, fue que de pronto me vi inmersa en tardes de té con señoras bien, en salas decoradas con empapelados de flores, floreros con girasoles, sillones floreados con fundas festoneadas.  Y todas eran simpáticas, buenas. Y yo, como si llevara un saco impresentable abajo del brazo, empecé a guardar mis prejuicios socialistas bajo una capa de tolerancia, y abracé la burguesía sin rastros de resentimiento. Me quedaba una incomodidad de fondo, como arena en el zapato o una etiqueta en el cuello de la remera. Algo que no me cerraba pero iba por dentro. Para afuera yo sonreía y asentía en conversaciones inverosímiles para mi vida pasada, es decir, los treinta años que había vivido fuera de ese mundo.

Creo que aguanté en el grupo un año o un poco menos. Yo seguía sin aceptar lo que me había pasado, aunque desde que supe lo que tenía Andrés, me encontré frente a un único camino: sólo podía intentar hacer todo para que él fuera la mejor versión de sí mismo, dentro de sus posibilidades.

Entre los planes del grupo estaba que los niños en el futuro tuvieran su grupo de amigos,- Down, pero gente como uno-, como me dijo irónicamente el papá de una nena también trisómica. La sola posibilidad de verme unida por años a estas chicas bien me estaba asfixiando. Además, había otro problema, si yo apenas podía aceptar a mi propio hijo, los otros bebes Down me causaban una mezcla de horror y desesperación. Les sonreía, los mimaba, pero yo los veía y me preguntaba si Andrés era tan espantoso como ellos, y concluía que no, que él tenía que ser el más lindo y el menos, ¿menos qué? ¿menos retrasado? ¿Sería cierto que existía una competencia casi imperceptible entre las madres por mostrarnos que nuestros niños  eran los menos Down de todos?. Ya teníamos incorporado el chip, que todavía no se llamaba chip, de la palabra correcta. Porque el adjetivo mongólico, que tanto terror me causaba antes de imaginarme como madre de Andrés, había desaparecido del vocabulario general. Mis amigas, mi tía que siempre lo usaron, nadie lo dijo más a mi alrededor.  Las otras madres llamaban a los bebés los chinos, pero yo no podía encontrarle la gracia. En esas palabras se traslucía la burla de la vida.
Tratando de encontrar soluciones imposibles, yo me dedicaba a leer libros especializados en el tema del síndrome, que iban desde la fisiología, el aprendizaje, hasta las enfermedades más comunes y como consecuencia me deprimían más que lo que me ayudaban. Y entonces  empezaron a suceder cosas, como en una historia de terror donde las pesadillas se vuelven realidad.  No me dieron tiempo de terminar mis libros cuando uno, y después otro de los nenes del grupito, como en las páginas que había leído, empezaron a tener episodios de convulsiones, y las madres se enteraron que sufrían una forma de epilepsia llamada Sindrome de West. Un poco después, uno de ellos recibió diagnóstico de celiaquía, otro de hipotiroidismo, otro necesitaba urgente una cirugía cardiovascular  y uno o dos meses más adelante, otro de los nenes del grupo desarrolló leucemia. A esa altura yo ya no soportaba ni a las madres, ni a los niños, ni al futuro, y no veía solución a mi vida más que llorar de vez en cuando, y evadirme de la realidad pensando en el mundo que había perdido.

Cuando me enteré de que estaba embarazada otra vez. no me acuerdo de haberme sentido contenta, pero las estadísticas tenían que estar de mi parte. No podía salir todo mal otra vez. Hasta que no me hice la amniocentesis no respiré. Y después, la vida siguió su curso lento y de a poco aprendí a ser mamá de Andrés, cuando ya tenía a mi segundo hijo en brazos, como una segunda oportunidad. Y a las chicas no las ví más. Pero creo que yo me volví un poquito cheta. Por afuera nomás.





lunes, 11 de junio de 2012

en Morse

Nunca antes habían tenido más que buena onda e intercambio de miradas amables, de sonrisas de ella con guiños de él,  siempre desprovistas de tensión erótica. pero esa noche al bajar juntos el ascensor, solos por primera vez en casi un año de compartir la misma oficina, sabiendo que no quedaba nadie afuera ni arriba, algo se desató y se descolgó del techo de aluminio, una ráfaga de deseo que duró los ocho pisos como una luz encandilante. Cuando salieron, los dos lo sabían y no hubieran necesitado palabras para seguir adelante. Pero, siempre hay un pero, Lía se dio cuenta que tenía que volver a subir, imperiosamente a la oficina, a buscar algo super importante para su viaje del día siguiente. Esteban no tenía ninguna excusa para quedarse esperándola abajo. No se le ocurrió. No se animó. Y se fue, caminando solo, sorprendido, excitado y frustrado. Y desde entonces, los dos esperaron la vuelta de ella, cada uno imaginando su versión del próximo encuentro, y de cómo podrían forzar algo que no había pasado en tanto tiempo. La soledad en esa empresa estaba mal vista. Todos salían a comer a la misma hora, en grupos joviales, nadie se desviaba en parejas ni siquiera a comprar un chocolatín, y menos a la hora de la salida. Se iban escurriendo por goteo de a tres o cuatro,  encontraban un cómplice para la huída, calculando quién había llegado  a la misma hora que ellos, como gold standar para poder salir rajados.
Así era que no podían calcular con precisión quién se iba a unir a la salida cada día. Los días se hicieron pesados de incertidumbre. Las noches volvieron a tener etapas para Lía, como una carrera de postas, vigilia-sueño-vigilia, como le sucedía años atrás cuando otras ansiedades la desvelaban. De pronto en medio de la noche, un relámpago mental le iluminaba los recuerdos y sus fantasías se desparramaban sobre la almohada, tan difíciles de retener como plumas en el viento, y ella se quedaba despierta. Esteban con la verga dura en un cuarto de  hotel en penumbra, los dos desnudos, ella lamiéndole apenas como para excitarlo algo más pero no demasiado, apenas se imaginaba la escena se  calentaba como hacía tiempo que no le pasaba. Las fantasías eróticas habían desaparecido de su vida de casada como un animal en vías de extinción, ella sabía que andaban por ahí pero no las veía casi nunca.

Esteban pasaba el día entero enchufadísimo en los temas de la empresa, tomando decisiones prácticas, rápidas, difíciles o banales. Sin perder tiempo y sin desesperarse, tenía la capacidad de mantener la calma en medio de la tormenta incesante. Pero esos días se encontró mirándose preocupado el pelo canoso, se vio desprolijo con los rulos crecidos (los mismos que le encantaban a Lía). Se preocupó por ir a la peluquería. Se miró la barriga ya no tan plana y pensó que estaba más gordo.
Intercambió mails con Lía, que estaba en un congreso en Philadelphia, sobre los temas que trabajaban en común.  Por debajo de las frases repetidas que hacían propuestas o consultaban soluciones o solicitaban reportes, el mensaje silencioso seguía tecleándose como un código Morse invisible.

Y así pasó la semana hasta que volvieron a encontrarse en otra reunión de última hora. Esta vez había clientes, el ambiente iba a ser un poco distinto, menos distendido.

Lía se fue a la peluquería el día anterior a la reunión, apenas volvió a Buenos Aires, se depiló toda. Esa mañana buscó una combinación negra con encaje que le apretaba un poco pero le dejaba las lolas bien arriba y como servidas en bandeja. Se puso una blusa fresca, pensando que quizás tendría que ir a recogerla del piso para volver a vestirse después en algún telo cerca de la oficina. Trató de imaginar cuál sería la elección de Esteban, ¿la obvia, el telo de ahí a la vuelta?, ¿o tendría alguna sorpresa pensada?
Durante el día estuvo ocupada en todos los temas pendientes y no paró de trabajar, aunque sentía que había como un espacio de aire entre ella y el mundo. La duda le aceleraba el corazón más que las ganas. De verdad, ella no había sentido una atracción tan fuerte por Esteban hasta ese día loco del ascensor. Ella tenía una teoría: esa vez, estaban los dos tan cansados que simplemente no tenían filtros y si hubieran sido dos salvajes en la jungla, hubieran cogido ahí mismo. Pero no, eran dos compañeros de trabajo. Más bien, Esteban era su jefe. Apenas lo pensaba, se volvía transparente, como si estuviera por desaparecer.

Pero cuando lo vio llegar sin el traje habitual, vestido casual a pesar de que era miércoles, con campera ligera y saco de lana, sin corbata, la garganta se le secó y no pudo volver a hidratarse por más que tomó varios vasos de agua. Cuando en medio de la reunión, sentada al lado del VP, notó las miradas directas y persistentes de él, por sobre el cañón de power point, a la vista de todos  y bajo la luz dicroica de la sala de conferencias, todo su coraje y sus fantasías se disolvieron de pronto. Si, el deseo se le escurrió entre las manos, se le fue volando junto con sus latidos precipitados y de pronto la invadió la calma inigualable. No, no tenía que ponerse a prueba ni tenía que jugarse a apagar el incendio que había iniciado. Pero no hay que dejar a un hombre con las ganas, y menos al jefe. Lía se dio cuenta del lío en que se había metido. Otra vez tendría que escapar por la puerta trasera de la vida. Cuando la reunión terminó, Lía se fue a su escritorio, juntó papeles, cerró la laptop, se puso el tapado y la cartera, y se fue por el pasillo al ascensor. Nadie a la vista. Salió a la noche y la sintió helada. Caminó sin fuerzas, entre la tristeza y la calma. Cuando llegó a la esquina, el semáforo estaba rojo. A un par de metros, el grupo de cuatro conversadores incluía a Esteban, que no se dio vuelta.  La luz se puso verde y Lía empezó a caminar, dejando al grupo atrás. Siguió apurada hasta que llegó a su auto. Se subió y arrancó, y el tráfico la llevó hacia adelante. No miró por el retrovisor, por las dudas.