martes, 1 de diciembre de 2009

El premio


Gloria llevaba la cuenta exacta de cuántos años, meses y días habían pasado desde la última vez que vio a Alvaro. Lo llevaba con ella como el recuerdo añorado de alguien que ya no está. Pero lo cierto es que Alvaro vivía y respiraba el aire de la misma ciudad que ella. A unas decenas de kilómetros de distancia, transcurrían sus días, y Gloria imaginaba esa vida en sus detalles más triviales, esos que repiten rítmicamente millones de personas.
¨A esta hora se debe estar bañando, quizás escuchando esta misma radio¨. La radio que escuchaban juntos una década atrás, temprano, mientras se duchaban rápidamente para llegar en hora al trabajo. Tantas cosas seguían su curso.
Seguramente a la nochecita en la casa de Alvaro, el ritual de la cena familiar debía de ser importante. ¿Tendría la mujer de Alvaro las mismas peleas que Gloria tenía con sus hijos? Y él, ayudará a su mujer o será el típico hombre casado, un poco desconectado de su familia, absorvido por el trabajo?. Esas divagaciones le surgían a Gloria durante los momentos más inesperados. Siempre había algún detalle que le trajera a Alvaro en sus reflexiones. Y cada pequeña noticia que escupían los diarios y la televisión, que podía tener una lejana coincidencia con los gustos y las andanzas de la vida de Gloria, le hacía surgir la misma duda en su cabeza.

¨cuando Alvaro escuche esto, ¿se acordará de mí?¨. Esa mochila de preguntas le pesaba invisible a Gloria Nunca tendría la respuesta.
Una mañana, leyendo el diario en el subte rápidamente, encontró una foto de él, sonriendo, recibiendo un premio en su empresa, junto a sus compañeros. Alvaro era el líder del grupo, como siempre lo fue.
Gloria recordó con nostalgia los tiempos en que estudiaban juntos, cuando sus carreras profesionales parecían tener un horizonte común. Mró a su alrededor al llegar a la oficina, las lúgubres luces de bajo consumo, la ventana ciega que era mejor ignorar, la planta con bajísima expectativa de vida que una nueva y optimista empleada había depositado en su alféizar. Definitivamente, demasiadas cosas en sus vidas actuales separaban a Gloria y Alvaro. El futuro se convirtió en un presente tal cual lo había planeado Alvaro. En cambio para Gloria, todo era raro, todo lo que le sucedió fue impredecible, pero al cabo de cuatro o cinco malas decisiones, sostenidas en el tiempo, la diferencia entre ellos dos aparecía publicada en el diario. Alvaro ganó un premio a la excelencia, y ya no era el primero, quizás el segundo tampoco. Mientras tanto Gloria pensaba, embotellada en el centro. La calle que tomaba para volver a su casa, era la misma por la que tantos años había caminado con Alvaro. Una sola mirada a la plaza que tantas veces cruzaron, le traía demasiados dolores juntos. Cada recuerdo con su propia marca, imposible de abandonar por el camino. Aunque Gloria no era infelíz, lo que más le dolía era la memoria de los sueños que tuvo y perdió por el camino.
Una foto de Alvaro en el diario, llegó volando a su mente. Es cierto, él se esforzaba en todo hasta superar sus límites, con confianza y serenidad. Gloria, en cambio, fue dejándose caer antes de romper sus propias barreras. Su gran meta actual era lograr hacer dormir a sus niños temprano, cada nohe, para llegar temprano al colegio.
Si, sin duda, Alvaro era parte de las fotos de su pasado. Gloria pensó:
¨¿Se imaginará que yo me enteré de su premio?¨.
Ya no importaba.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

La nueva


Después de despedirse de Andrés con una sonrisa, Elisa se subió al Peugeot con gesto seguro, y saludó con la mano mientras ponía la marcha atrás. Aceleró un poco más de la cuenta para un camino de tierra, y partió dejando una buena cortina de polvo que servía rápidamente para ocultar la silueta de Andrés, que ya estaba de espaldas entrando nuevamente a la casa a buscar sus valijas. Ya estaba todo perdido, o todo ganado. Ya no había dados para tirar la suerte, porque los dados ya habían caído hacía años. Andrés ya tenía un hijo, Marina ya tenía un hijo. Andrés se estaba yendo a Washington a vivir, con su familia: mujer e hijo. Lo esperaba una buena oportunidad, Se dijeron:
-adiós, que tengas buena vida.
Elisa se quedó en el pueblo de siempre, en la casa de siempre, con el marido de siempre, Con más hijos. Tuvo otros trabajos, y ya no volvió más a trabajar con Andrés en la redacción del Diario ¨la voz de Artigas¨. Ahora ganaba más plata como secretaria de un médico. Pero el Doctor, como todos los Doctores, no distinguía bien la diferencia entre asistente y camarera, y eso a Elisa le molestaba como piedra en el zapato. El Doctor estaba muy solo. Se le notaba en las palabras que no decía. En la mirada sonriente. Pero el Doctor además tenía su propio pedestal ambulante desde el cual hacía los chistes, y conversaba confianzudamente con Elisa. Generalmente esas charlas la ponían incómoda, le recordaban los lejanos tiempos en que armaban el diario por las tardes con Andrés, y cómo sentían que hacían la diferencia entre vacío y verdad en el pueblo, que era el universo. Ahora en cambio, Elisa se sentía la secretaria de Dios, pero de un dios en el que no creía. Un dios de mentira.
También era cierto que el Doctor le resultaba conmovedor, quizás como resultado de alguna atracción muy oculta. Tan oculta que no se podía distinguir en la oscuridad, si la comparaba con el resplandor de la imágen de Andrés, que desde lejos, años después, aún le ardía en una esquina de sus recuerdos más calientes.
Siempre convenía comparar fantasías con fantasías, porque llegando a la realidad, no había dudas que Mateo, su marido, era un buen amante y no se podía quejar, después de quince años juntos, seguían funcionando en sincronía. Todo dependía de que ella estuviera de buen humor. A veces se aburría mucho en la cama con él, pero cuando estaba contenta, no había dudas de que Mateo tenía el récord de todo en su vida. Sobre todo, el récord de aguantarla en los días buenos y en los malos.

Pero un día el Doctor decidió contratar a otra secretaria. Y entonces llegó Micaela, veintidos años, pelo largo y negro, caderas anchas y ropa de otra generación. Y Elisa se vio en ese espejo, con veinte años y cuatro hijos más, la piel algo arrugada, las piernas que no se veían pero que ella sabía, no eran las de antes, hasta el pelo iba perdiendo gracia con los años. Mateo la seguía viendo linda como siempre. El Doctor había dejado de mirar a Elisa un buen tiempo atrás. Él seguía solo a la vista de todos, pero a escondidas, siempre tenía alguna compañía. A pesar de que en el pueblo todos se conocían, siempre quedaba lugar para dudar. Quién sería esta vez. Esa era la duda, casi siempre.

Un día vino Micaela a decirle:
-Mirá, Elisa, dejame decirte una cosa, al Doctor no le gusta mucho que converses tanto con las pacientes, esto es un escandalete. Te lo digo yo, porque me doy cuenta. Él es un hombre fino, le gusta el silencio y la ópera. Tratá de hablar menos, y en voz más baja. Por favor.
Elisa la miraba y arrugaba la frente mientras arqueaba las cejas para oir mejor. No necesitaba decir nada. Abrió su cajón y empezó lentamente a tirar papeles y galletitas viejas, biromes usadas, publicidades viejas, cuadernos. Revolvió un poco para buscar las fotos de sus hijos que ya no tenía colgadas en su escritorio, más algunos documentos importantes que necesitaría para empezar esos trámites pesados de activar y desactivar cuentas de bancos, de la seguridad social, y todas esas cosas.
Con eso bastaba, lo básico. Sacó el saco y la cartera del perchero. Todavía era temprano y no había pacientes esperando. El Doctor llegaría en un rato, pero el mensaje ya había sido entregado. Era hora de irse.

viernes, 9 de octubre de 2009

La esquina rosada




Después

Aquella mañana de Marzo me desperté temprano, me duché rápido, y me vestí decidida a excitarlo. Elegí la musculosa azul y lila, que se ataba al cuello, dejando la espalda bronceada al alcance de la mano. Preferí usar unos pantalones ligeros -antes que una mini-, y las sandalias de cuero estilo sesenta. Con eso bastaba. Salí con el pelo mojado. Yo volvía de las vacaciones entre dunas, playa, y atardeceres. Todo era posible.
Caminé las tres cuadras hasta la parada de ómnibus. Él estaba ahí, esperando. Como siempre, le di un beso leve en la mejilla, aunque lo que quería era besar lentamente sus labios gruesos, como soñaba tantas noches.
El ómnibus llegó, lento como siempre. Por el camino subieron los pasajeros habituales, algunos compañeros de facultad, amigos circunstanciales, que sospechaban, o quizás envidiaban intrigados, la pasión disimulada. Yo charlaba sólo con Martín, no veía a nadie más que a él en el 128. Por fin, bajamos en la esquina del edificio viejo, y seguimos la pendiente de la sierra olvidada debajo de las calles del Cordón. Cada uno se dispersó por su lado, con la tranquilidad de saber que el otro estaba cerca, como un talismán.
Entré a la biblioteca, antigua capilla del convento donde se instaló la Facultad, rodeada de laureles y parrales, con una fuente circular al frente. Subí a la sala de lectura y me metí en uno de los cubículos rectangulares, sin ventanas. Él entró poco después, junto con otros compañeros. Preparábamos un póster para el Congreso de Antropología Latinoamericana.
Yo hacía esfuerzos por parecer concentrada en recortar y pegar, mientras me perdía mirando sus ojos negros y su boca, el pelo desordenado. Trabajábamos inclinados sobre la mesa, frente a frente. Yo sentía su aliento a café, respirando sobre mí.
Levanté la vista y él estaba ahí, mirándome fijo, tan cerca que podría haberlo besado. Hoy iba a ser el día.
De repente, entró Adriana, la directora del proyecto, con su pollera larga y su chaleco a cuadros, el pelo con permanente, y su vocecita.
-¿Cómo van?
Me miró con la envidia de sus viejos treinta y tres años, con la certeza atravezada en su corazón, recordando el apartamento que le había comprado su padre, el previsor, que conocía a su hija y no creía que fuera a conseguir marido.
Miró a Martín como siempre lo hacía, con cara de melancolía y amor maternal, todo junto, y con la impotencia de saber que él no la deseaba. No dijo nada y se fue. Sabía que estaba de más.
A mediodía almorzamos con otros amigos. Yo intentaba disimular el temblor de mis manos mientras cortaba la tarta, o para tomar el vaso de la mesa. Cuando salimos de la cantina, él caminaba tan cerca, detrás de mío, que pisó el taco de mi sandalia y la rompió. Me hablaba con una voz tan suave que podía adivinar su exitación.
-Disculpame
-No pasa nada
Pasamos toda la tarde deseando tocarnos.
Llegó la hora de irse. Las eternas cuadras hasta la parada, siempre con gente alrededor, la charla, las bromas, formaban el escenario de la expectativa y las ganas contenidas.
Ya eran las cinco y media. Bajamos juntos, en la parada de siempre: Rivera, frente al Zoológico. Pero esta vez doblamos por La Gaceta, hacia la rambla. Llegamos a la puerta de un hotel, de paredes rosadas y puertas marrones. En esa esquina, alejada del tránsito, surgió la conversación obligada.
-¿Estás segura?
-Sí
-Mirá, yo no estoy enamorado, no te quiero lastimar
-No sé, entonces mejor no
-¡No! ¿Cómo me vas a decir primero que sí y después que no? me muero...
-Está bien, vamos.
No me importaba nada más. En ese momento quería tener su piel pegada a la mía, sudar juntos y sentirlo entrar en mí.
Atravesamos un pasillo oscuro, y subimos una escalera alfombrada, apenas iluminada con lucecitas rojas en los escalones. Estábamos nerviosos. Llegamos a una habitación también en penumbra. Una cama circular hacía la situación más extraña. El olor a incienso era fuerte, pero pronto se desvanceció, cuando empezamos a besarnos. Fueron besos eternos. Mi lengua lamía sus labios y su lengua y más me humedecía. Cerrábamos los ojos y los abríamos, sintonizados. Al fin lo tenía, sintiéndolo todo pegado a mí.
Rápidamente me desnudó. Yo sentía su pecho, sus piernas calientes, su sexo duro contra mí. Luego posó apenas sus dedos sobre el clítoris mojado, sólo un toque, y después sin equivocaciones, empezó a remontar camino hacía mi interior. El viaje fue rápido, lo esperábamos hacía años, y llegamos juntos, mientras el mundo se esfumaba en ese orgasmo.
Después, un momento perfecto. Estábamos libres y relajados. Él me besaba por debajo del ombligo, una piel entonces bronceada y firme, con algunos vellos rubios, que llegaban hasta el pubis. No existía el tiempo, aunque no teníamos mucho. Pronto volveríamos al mundo real.
Esa noche no me sentí una infractora. Estaba demasiado felíz y cansada. Resonaban la paz y el silencio en mi cabeza. Y mi cuerpo flotando en el sofá, mientras en la televisión daban Footloose, y me devolvía a mí misma, muchos años atrás.

Antes

Martín tenía veintisiete años y yo, veinticinco, entonces. Había sido la primera pasión puramente sexual de mi vida. Sin sentimentalismos. Cada uno tenía su pareja. Nos creíamos taan adultos. Pero, un año y medio después de desearnos en cada palabra y en cada mirada, una tarde, antes de la primavera, me pareció ver amor en sus ojos. Tratando de disimular la sorpresa, sentí algo líquido, cayendo al vacío, dentro mi vientre. En ese segundo, en otro 128 lleno de gente, detenido en el semáforo frente al Parque Rodó, me enamoré. Siempre algo arruina la perfección.

Mucho después

Vuelvo a Montevideo después de doce años, con Javi, mi segundo marido, y mi hija Angela. Ya no tengo mi lugar aquí, vendimos el apartamento del BHU al separarnos con Guillermo, un tiempo después de vivir en Madrid.
Yo he cambiado mucho. Observo los cambios en la ciudad: lo fundamental sigue igual que siempre. Ahí está la cúpula brillante del edificio del viejo Sorocabana, donde vivió mi abuela. El tiempo se detuvo en algunas esquinas del Centro. Me encuentro con amigos mantenidos por años, vía e-mail. Escucho la charla de antes, la de siempre, que hace una eternidad no escuchaba: me asombra y me alivia. Me cruzo con conocidos por las calles. Abrazos, reuniones.
-¡Qué hacés por acá!? ¡Tanto tiempo!.
En un momento, alguien comenta:
- Lucía, sabés que Martín se vuelve de Estocolmo. Se separó de la mujer, y allá se enganchó con una chilena. Tiene una hija. La lista del paradero de los emigrados continúa. La mitad de los uruguayos de mi edad, deambulamos por el mundo. Dejo de oír lo que me dicen. Me sorprende escuchar ese nombre después de tanto tiempo. Martín. Los lugares del pasado siguen ahí, pero nosotros no. Los recuerdos se hacen cada vez más irreales, más inasibles. Sé que en una época, al verlo llegar, tenía que hacer esfuerzos para seguir respirando sin agitarme. Su nombre pronunciado en el aire, me aceleraba el pulso. Martin. Hoy pasé por la calle La Gaceta, y en vez del viejo hotel, encontré una torre brotada de balcones vidriados, con el nombre ¨Esquina rosada¨.

domingo, 30 de agosto de 2009

En piloto automático

Sucedió, aunque yo no me hubiera animado a apostar diez pesos a que de verdad ocurriría: el viaje de dos semanas a Madrid y Paris nos devolvió la pasión olvidada en algún rincón de más de una década de matrimonio. No porque no tuviéramos suficiente sexo, pero –al menos para mí- la libido funcionaba en piloto automático: velocidad constante, rumbo fijo al hombre del otro lado de la cama, que casualmente era mi marido, semana tras semana, año tras año.
Pero medio mes de verano europeo, lejos de la rutina, nos transportó en el tiempo, casi al momento en que estábamos –o yo estaba- plenamente enamorada. Digo ¨yo¨, porque mi marido clama que sigue igual de enamorado que antes. Yo lo quiero mucho, pero si comparo el volcán de felicidad interior que me desbordaba una docena de años atrás, con el chorrito de la fuente serena, constante y algo aplastada del que bebo hoy, la diferencia me deja nostálgica, confundida y dudando… Pero volviendo a nuestro amor renacido, todo calma y fuerza, ya habíamos vuelto hacía unos días y entonces ocurrió lo de siempre, Felipe llegó a la cama pasada la una de la mañana, cuando yo ya dormía profundamente hacía un par de horas y, -como si la escena no se hubiera repetido ¿decenas?, ¿cientos? de veces en nuestra década y pico de convivencia-, mi marido decidió ponerse juguetón y despertarme, en busca de algo de amor, y suficiente sexo.
Yo todavía no entiendo por qué no lo entiende, se lo he dicho clara y oscuramente, de buenas, malas y malísimas, sin solución. Y todavía le sorprende que me enoje cuando me despierta. Pero, pero, esta vez, con todo mi feminismo de punta atemperado por el espíritu de las hermosas vacaciones, que todavía no me abandonaba del todo, decidí explicárselo en otro términos, literalmente. Y entonces le dije lo que contestó mi terapeuta, cuando le conté que a veces sentía un rechazo físico, fuerte, hacia mi esposo, lo cual sin embargo no impedía tener orgasmos. Y mi psicólogo me contestó, desde su barba-bigote+anteojos demasiado freudianos:
-lo que usted rechaza es el lugar en que queda ubicada como mujer

Bueno, eso mismo le quise decir yo a Felipe.
-no sos vos, es un tema freudiano, a esta hora de la noche, me despertás cuando sabés que me molesta, y pretendés que yo quiera hacer el amor contigo.

Felipe no entendió un carajo, como ocurre con todos los temas no concretos, y se enojó igual. Como siempre, ya estábamos volviendo a la normalidad. Pero el punto más bajo lo alcanzamos al otro día, mejor dicho, a la otra noche. Felipe se fue a dormir a las tres y media de la mañana, después de ver algunas horas de TV, ¿a propósito o por la natural inmadurez de los cuarentaipicos?, y justo a las cuatro de la mañana, ¿o antes? se despertó Agustín, llorando, a esa hora terrorífica en la que la estadística indica que voy a estar despierta al menos una hora, preparando mamadera, algún cambio de pañal inevitable, los provechos, el crío despierto como el dos de oro, paseando y paseando el cochecito por el living hasta que se duerma, mientras que yo alcanzo niveles siderales de lucidez, ansiedad y cansancio, todo junto, por anticiparme al insomnio que me espera por el resto de la madrugada, y el atontamiento para el día que se viene…
Entonces, mi marido trasnochado me dejó al chiquilín llorando, luego tuve un largo día de vacaciones escolares en casa, con el único entretenimiento planificado de la jornada consistente en una visita por triplicado al oculista infantil. No recuerdo cómo llegó la mañana, pero de pronto ahí estaba el sol, una mañana clara de invierno. Y yo ya bajaba, más dormida que despierta, cuando un par de botas de lluvia ubicadas misteriosamente en medio de la escalera, me dejaron con un pie doblado, obviamente, esguinzado, aunque a esa hora del día el optimismo o la tontera simple me llevaron a pensar que con un poco de hielo lo solucionaba todo. Y, dado que esa era mi única oportunidad de sacar a los tres pichones a alguna parte, en medio de la histeria, digo, pandemia de gripe A, y que tenía el turno pedido hacía dos meses, me lancé a la aventura por la autopista con una hinchazón incipiente.

La lucha en el salón de espera del oculitas llegó a hitos no alcanzados aneriormente y dio por tierra con mis planes naive de ir a pasear por Santa Fe, con los tres, y tomar chocolate con churros! De dónde saqué tanta inocencia?! A veces soy tan ingenua…

Claro que yo esperaba que Felipe apareciera, al menos para el final de la cocnsulta triple, pero no, me llamó recién cuando yo lograba atar el cinturón de la sillita de Agustín, después de (intentar inmovilizarlo por varios minutos sin éxito… ante la mirada incrédula y horrorizada ) luchar un par de minutos cuerpo a cuerpo hasta asustar a las señoras que esperaban su auto en el estacionamiento de Recoleta (y agradecían que aquellas bestiecitas no eran sus nietos)

Entonces, decía, me senté en el auto y sonó el celular
-¿Dónde estás?
-Eso no importa, ¿vos estás en la oficina todavía?
-Pero, ¿dónde estás?

Ya lo conozco tan bien que adivino la pregunta que encierra ese tonito curioso

-Ni se te ocurra que voy a ir hasta el microcentro a esta hora a buscarte. Yo precisaba ayuda acá con los tres niños. No vine a resolver tus problemas de transporte. Entendés eso, ¿no?
Sin apagar el teléfono, giré la llave y arranqué el motor del auto.

El embotellamiento de la nochecita invernal se fue haciendo cada vez más lento, al tiemor que mi pie hinchado se enfriaba más y más y cada vez me costaba más trabajo y dolor, moverlo.

Cuando, después de una hora y media logré detener el auto adentro del garage de mi casa, saqué como pude el pie afuera del auto como quien tantea territorio desconocido, pero ya no podía apoyarlo. Tuve que llegar saltando hasta el sofá. Guille, mi hijo mayor, me trajo hielo, bueno, la cubetera, directo del freezer, pero no se le puede pedir más con sus seis años. Me las arreglé con el hielo adentro de una bolsa del supermercado, y me la até al pie con un repasador, que a Agus le inspiraba gran curiosidad, por lo que tenía que espantarlo como mosca sin lograr siquiera relajar la pierna (se empeñaba en agarrarlo para romperlo y chuparlo)

Mientras lo sacudía al niño de encima de la bolsa como hormiga de la gelatina, finalmente apareció Felipe, fresco, felíz, fútil:
-¿No cenaron?
-¿No ves que no me puedo mover?

Y esa noche, de la manera más insospechada, la dulce venganza llegó, aunque no se podría pensar que mi esguince fuera muy disfrutable, pero fue lo mejor que conseguí: yo, recostada en el sofá, y Felipe luchando para mantener a los tres niños sentado en la silla a la hora de la cena, luego hacerles lavar dientes, poner piyamas, levantar la mesa etc, etc. Qué placeres sencillos los de la vida matrimonial. Y así transcurrimos un día más.

sábado, 15 de agosto de 2009

Alta rotatividad



No veían a Leonardo desde hacía cuatro años. Por eso cualquier cosa que llegara de su parte era reverenciada como un tesoro. Así fue como llegó Pedro, un amigo español, su compañero lavacopas, hijo del dueño del mesón donde Leonardo trabajaba mientras estudiaba Hotelería en Madrid.
Pedrito resultó ser un chico tímido para sus veintialgos, muy suave en sus maneras. Tenía un flequillo negro a lo Paul Mc Cartney, como era lógico en los años ´70. Le dejaron el mejor dormitorio, le organizaban grandes menúes para la cena, un paseo a Punta del Este, al Cabildo de Montevideo. Pero pasaron dos, tres, cuatro semanas, y Pedro no parecía tener apuro en irse de Uruguay. Algo raro había en ese asunto. Algo no cerraba. Hasta que todo cerró. Una tarde, Eladia entró al dormitorio ¨de Pedro¨, a buscar un tapado suyo en el armario. Sin querer, se le cayó una bufanda sobre el bolso de Pedro que estaba guardado allí dentro. Cuando la fue a sacar, sintió un objeto de metal duro, y no pudo resistir la tentación de mirar el contenido del bolso.
-¡Casandra! ¡vení rápido!
-¿Qué es eso? dijo Casandra espantada, mientras Eladia le mostraba un reluciente revólver mezclado entre las medias y los calzoncillos de Pedro.
Las hermanas no podían creer lo que veían, y se les cruzaban toda clase de hipótesis por la mente. Entre mate y mate, asustadas, madre y tía decidieron hacer una llamada urgente a Leonardo. Cuando escucharon la verdadera historia, no sabían si sentirse aliviadas o más asustadas todavía. El tal Pedrito era un escapado de la ultraderecha franquista, en franca caída por esos días.

-Busquémosle un hotel, acá no quiero que se quede más-, le dijo Casandra a Eladia. Apenas se cambiaron de zapatos y se pusieron sus trajes de chaqueta y pollera idénticas, como les gustaba lucirse, y salieron las dos a buscar hoteles baratos por el centro. Decidieron ir a los más alejados de la 18 de julio. Entraron a uno que tenía un zaguán oscuro, algo tapado por los árboles de la calle.

- Buenas tardes, me puede decir la tarifa semanal por favor
- No señora, acá se cobra por horas
- ¿En serio? ¡cómo han cambiado los hoteles en estos años!

Casandra y Eladia salieron del hotel tomadas del brazo, desorientadas y algo indignadas por la situación. Esa noche, Eladia le contó la historia a su hija Elisa, que se rió hasta las lágrimas. Yo escuchaba todo sin entender mucho, mientras jugaba con mi muñeca, pero la risa era contagiosa.

jueves, 23 de julio de 2009

Isabel esperando

Había una vez, hace no mucho tiempo, en una ciudad no muy grande, una mujer. Se llamaba Isabel y era muy dulce, muy agradable, y muy triste. Isabel esperaba a alguien que no llegaba, hacía mucho tiempo, hacía días, semanas y años. Esperó, mirando por la ventana, parada en la puerta de su casa, o sentada al lado del teléfono, esperó haciendo la cola en el supermercado, en el cine, y en casi todos los bares de la ciudad. Hasta que un día, se olvidó por un rato que estaba esperando a alguien. Mientras se agachaba para recoger un papel de caramelo que había visto tirado en la calle, alguien se paró frente a ella, inadvertidamente. Estaban en la parada del ómnibus.
Cuando levantó la vista y lo vió, pensó, no, tampoco es él, no me voy a equivocar otra vez.
Subieron al ómnibus cuando llegó, y se sentaron, cada uno en su asiento, en lugares alejados uno del otro. Se bajaron en el mismo sitio, y caminaron en la misma dirección, y siguieron caminando hasta detenerse frente a la misma puerta. Entonces se saludaron, y se miraron a los ojos, pero estaba muy oscuro para saber cómo era la mirada del otro en realidad. Entraron a la fiesta a la que ambos venían, y se mantuvieron alejados. Isabel supo que se llamaba Alberto, cuando lo saludaron unos amigos. Cuando ya era tarde, casi hora de irse, empezaron a conversar, e Isabel, sabiendo que Alberto no era el que buscaba, se sintió tranquila y relajada, sin nada que perder. Conversaron y siguieron conversando mientras volvían de la fiesta, caminando por la noche fría de la ciudad. En un momento un foco de auto, o alguna luz inesperada iluminó los ojos de Alberto, y ella pudo ver sus ojos, justamente en el momento antes de despedirse, cada uno camino a su casa. Decidió darle una oportunidad a esos ojos. Y se la dio. Se volvieron a ver una vez, y otra vez, y ella seguía tranquila porque Alberto no era el que ella estaba esperando. Una noche, estaban cansados y cerca de la casa de Isabel. Ella lo invitó a subir, y casi por necesidad -dadas las
circunstancias-, a dormir con ella, o bueno, casi lo invitó ella, casi se invitó él.
El sexo con él fue reconfortante, abrigador, y eso también le demostró a Isabel que Alberto no era, no era el esperado. Y con esa seguridad se volvieron a ver pronto

¡Platón!


Ya se acababan las clases, Daniel dejaba de ser el profesor de filosofía. La primera vez que revisé el webmail, creo que habían pasado diez minutos desde que le escribí. (1) Eran alrededor de las once de la mañana

Para las nueve de la noche ya estaba perdiendo las esperanzas. Me escapé una vez más a mi escritorio, y apenas moví el mouse, aparecieron las letras negritas y regordetas del mail sin abrir, sin estrenar:

Respiré hondo antes de abrirlo, como para bajar la frecuencia de mis latidos, y las expectativas por su respuesta. Cuando leí el mensaje, me quedé sin palabras, y casi sin aire. La realidad le ganó a mis fantasías.


de: Daniel Fernández Garrido
fecha: 17 de diciembre de 2009, 20:53

Hola Carla
Ya desde la antiguedad las relaciones oníricas fueron consideradas más significativas que las de la vigilia. Contame si averiguas algo en el oráculo... siempre es interesante lo que trasciende la apariencia

---------------------------------------------------------------
de: Carla Del Campo
fecha: 17 de diciembre de 2009, 10:40

Daniel,
Anoche recibí un mensaje inescrutable, de los dioses. En mi sueño curativo, yo era tu arcilla, y vos, el artesano, que me moldeaba. Voy a consultar al oráculo para descifrar el mensaje. Qué opinás?
Carla




Me contuve para no escribirle nuevamente. La respuesta me había dejado en un estado de euforia y fascinación difíciles de esconder. Sus palabras resonaban en mi cabeza mientras estaba en la cama, en la ducha. A la mañana siguiente, me despertaron sus palabras repicando en mi cabeza. Era el último día de curso, y me tenía que ir a trabajar toda la mañana. Las horas que faltaban para la hora de clase no pasaban más. Después de dudar varias veces sobre si me convenía un look sexy o uno indiferente, me decidí por una musculosa negra escotada y una pollera verde, con sandalias. Discreto, elegante y atrevido. El día no pasaba más. Cada minuto se tomaba su tiempo en dar la vuelta al reloj. Después de siete largas horas de ansiedad y verano anticipado, llegó el momento y salí a la carrera atravesando edificios modernos, encendidos en llamas por los últimos rayos de sol. Llegué más temprano que nunca a la universidad. Saludé con mi mejor sonrisa a los compañeros que tomaban café en la cantina. Mi alegría no coincidía con los 38ªC de sensación térmica adentro del salón, ni con los rostros sudados y exhaustos que me rodeaban. La energía me sobraba. Pero el corazón me latía a lo loco cuando él entró al salón.
El atardecer de diciembre teñía de rosa la pared del aula y el calor del aire, vapor casi saturado, recordaba que éramos demasiados alumnos para un aula tan chica. Yo estaba sentada en la segunda fila. Lo miraba tranquila, pero sabía que mis ojos le pasaban el mensaje

Entramos en el ritmo del repaso final, su voz y la filosofía me conquistaban como siempre. En la pantalla aparecían imágenes de Aristóteles, de Séneca. Era evidente que la clase de hoy no era como las anteriores. Seguro él estaba tan nervioso como yo, debajo de su apariencia. Se notaba que estaba desconcentrado. No pudo terminar la frase más básica de toda la filosofía occidental:
- el mundo de las ideas de...
-¡Platón!, saltó Maxi, el traga inimputable del grupo

Después de dos horas eternas, llegó el final del curso. Ahora era el momento. Yo necesitaba más agua para que no se me pegaran los labios, aunque ya me había tomado una botella entera. Mi voz no quería salir. O eran las palabras que me faltaban. Todos nos despedimos amablemente. Creo que le dije apenas ¨adiós¨. Me quedé en el pasillo, buscando excusas adentro de mi cartera, dejando pasar los minutos, Sentía el golpeteo de mis latidos en el pecho. Podría jurar que se escuchaban resonando en todo el corredor. En realidad no se oía nada. No pasaba nadie más por allí. ¿Dónde estaba Daniel? ¿en la sala de profesores? ¿o se había ido por el ascensor de la otra puerta? La incertidumbre me llenaba de angustia. Salí despacio, agotada por la frustración, empecé a bajar las escaleras. Quedaban algunos compañeros abajo, en la puerta. Deliberaban:
-¿vamos a tomar algo?
-Bueno, pero a dónde

La conversación se fue diluyendo, nos fuimos despidiendo de a poco, hasta que sólo quedamos mi amiga Elina y yo. Sin apuro, caminamos hasta la otra esquina, donde se suponía que nos teníamos que separar. Como suceden en todos los finales, nos aferramos a la última charla. La tarde asfixiante se había convertido en una noche hermosa y tibia, la alegría navideña de la calle no se había extinguido, pero en mi cabeza había estallado la piñata de la ilusión y sólo me quedaba el papel picado de la decepción, y el dolor del golpe al orgullo.

En eso escucho una voz:
- ¡Adios!, buenas vacaciones
Era él. Nos dio un beso cariñoso a cada una, sin decir nada más, y se fue caminando. Dobló hacia la izquierda. La dirección opuesta a la mía. Una ola de calor y silencio me estalló en la cara. No soportaba seguir parada allí, hablando, o esperando el colectivo.
Paré un taxi que pasaba. Elina se sorprendió:
-¿No te vas en colectivo?
-No puedo más, estoy muerta. ¡Felices fiestas!, exhalé con una sonrisa frágil, sin saber cuándo más podía resistir sin llorar.

Apurada, me subí al taxi. Me desparramé en el asiento. Saqué el papel con el mail impreso. Lo volví a mirar una vez más. Las palabras ya no tenían sentido. No decía nada. Eso era todo.

Una foto en blanco y negro


De chica se peinaba sola par ir a la escuela, porque su mamá no estaba en todo el día. Rossana se arreglaba la moña y se ataba el lazo de la túnica, como podía, antes de salir a la escuela nª 39. Seguramente no tenía una apariencia muy prolija. La maestra lo notaba.
A los dieciséis años empezó a trabajar en una casa de fotografía para pagarse el dentista y el ómnibus. Concurría a un liceo público de Pocitos, y se sentía incómoda entre los chetos. Nucna se habituó, siempre se sintió fuera de lugar, menos que los demás, pero superior a la vez.
Los años de facultad fueron difíciles y hermosos. Rossana tuvo algunos novios. Les presentaba a su familia pobre e intelectual. Ella necesitaba mostrar su orígen, su interior, para que la entendieran. Con mucho esfuerzo logró excelentes notas y terminó la licenciatura en tiempo récord. Como estudiante obtuvo un puesto de ayudante de cátedra y cuando se recibió, ganó una beca para hacer un posgrado en La Sorbonne. Se fue a Paris con una valija chica, con ropa gastada y zapatos viejos. Pasaron más años de trabajo duro y sacrificio, y de éxito profesional, y de nuevos amores. Recorrió Europa y Asia. Tenía suficientes (no demasiados tampoco) euros en su bolsillo y en su cuenta bancaria, pero sin embargo, Rossana se sentía la misma nena pobre que se peinaba sola.
Hasta que un día volvió. Llegó a Montevideo con sus valijas impecables y su marido francés. El aeropuerto de Carrasco le pareció tan chico, anticuado y sucio… La familia esperaba afuera. Se abrazaron felices.
Llegaron a la casa paterna. El barrio y todo el entorno le resultaban extrañamente lejano y familiar a la vez. Eran imágenes del pasado que volvían a ser reales. Rossana trató de mostrarle a Jean Luc su pasado, su historia. Casi todo seguía igual que antes: la casa destartalada, el auto viejísimo de su padre, la depresión de su madre, pero por primera vez ella se sintió lejos de la nena que fue, mucho tiempo atrás. Rossana era otra mujer ahora, quería que él entendiera cómo había sido su vida antes de conocerlo. En aquella época no conocía aceite de oliva, y la cena de Navidad era matambre con tomates rellenos.
Para esta Nochebuena pensaba comprar lechón y buen vino, aunque en su casa no había dos copas iguales. Sus hermanos, ahora casados, no vivían mucho mejor que sus padres: gastaban lo mínimo en el supermercado, no usaban el teléfono más que lo imprescindible. Los padres de Rossana no tenían teléfono hacía mucho tiempo- ANTEL lo desconectó por deudas impagas. Sin embargo para todos ellos, las cosas estaban ¨como siempre¨. Ahora los hermanos vivían cerca de la casa de los padres, había sobrinos nuevos y sobrinos ya crecidos. Se reunían todos los domingos, como siempre. La familia se había adaptado a vivir con su ausencia. Rossana se sintió sola. Ningún lugar le pertenecía ahora. Sentada en la hamaca del fondo, inventaba una vida diferente. Por un rato quiso ser aquella nena otra vez.

lunes, 13 de julio de 2009

Fuera del sistema


Fuera del sistema

Estoy llegando tarde al congreso, un poco por el congestionamiento de tránsito del mediodía en el centro, y otro poco porque preferiría no tener tiempo de encontrarme con todos ellos antes de la conferencia. Entro apurada y mirando con cuidado los escalones, que en la penumbra de la sala se me hacen difíciles de distinguir, a pesar de la luz mínima que ilumina cada escalón. Busco un asiento que oculte mi presencia lo mejor posible, como un pecador en la iglesia: encuentro lugar en una de las últimas filas, un poco hacia el centro, para evitar ver a algún conocido que pase retrasado por el corredor. Me pregunto si mi aspecto habrá cambiado tanto para los que no me ven hace tres años: la maternidad se me nota en algunos ángulos, pero también me visto mejor que antes. Es el cambio de ambiente.Lentamente me voy habituando a la luz tenue. El disertante, un especialista en proteomics, de la Universidad de Berkeley, despliega en pantalla gigante su lista interminable de nuevos genes y las funciones de sus correspondientes proteínas de resistencia a patógenos vegetales. Como siempre, los norteamericanos impresionan con el volumen de su producción científica. Y siempre agradecen al final a una decena de estudiantes, -indudablemente chinos por sus nombres-, y me puedo imaginar entonces la mezcla de prolijidad oriental, con tecnología y recursos de última generación, que está detrás de sus avances. Ellos vienen a presentar el Estado del Arte. Aprovechan la oportunidad de conocer South America. Cualquier lugar del Cono Sur les viene bien, con tal de que esté por debajo de la línea del Ecuador. Y aquí nos encanta creer que no hay diferencias entre el Primer Mundo científico, y el nuestro.
La conferencia termina y yo me siento apabullada por la cantidad de información que intenté procesar durante una hora. La última vez que leí sobre ese tema, la lista contenía algo más de diez genes genes. Esta es la era de la secuenciación automática, de los chips de DNA, de la bioinformática, la era de la que yo me quedé afuera. Viene el descanso y otra conferencia más. Sé que si salgo a tomar un café me voy a encontrar con ellos, con alguno o con todos. Desde la pelea con Ricardo, no volví al laboratorio. Pienso, ¿qué hago? mejor que temer es actuar. Me decido por el café.
No bien llego al hall de entrada, me encuentro con algunos de mis ex-compañeros. No puedo dejar de saludar, responder a las preguntas de asombro escéptico. Para cambiar de tema, pregunto por mi amiga:
-¿Y Fabiana no vino?
-Nooo, Fabiana está fuera del sistema-, me responde Julia, con un tono impaciente. Julia habla con aparente ingenuidad, pero siempre sabe lo que dice. El reverso del mensaje está dirigido a mí.
-Disculpame, entonces ¡yo me tengo que ir a la plaza a leer ¨Para tí¨!
-Ay, no te enojes, es una forma de decir... ¡Vos siempre malinterpretando todo!, ¡Eduardo!, mirá lo que dice Victoria...
Observo a Julia rápidamente: ya no tiene ese aire perenne de mochilera recién llegada del Sur. Quizás es la piel algo pálida, el pelo largo y tieso, o el pantalón de corte sastre. No sólo yo estoy más grande. Me alejo antes de decir algo más; mejor no escucharla. Pero sus palabras repican en mi cabeza. Pienso: entonces, Fabiana, la posdoc a cargo del secuenciador automático del Instituto, está ¨fuera del sistema¨, porque tiene un cargo técnico. A pesar de que Julia también tiene un posdoc, y es una jóven investigadora, no está dispuesta a aceptar que la misma información pueda ser absorbida en diferentes niveles, según el contexto académico y profesional al que pertenece el oyente. O justamente por esa razón. Hay lugares que son para unos pocos.Pienso en Fabiana que es tan práctica, que considera a Julia su amiga, y que convive con situaciones como esta, todos los días. Imagino que Fabiana no pudo venir porque no tendría quien pudiera ir a buscar a sus hijos a la salida del colegio. En mi retirada quedo frente al campo visual de Eduardo. Lo observo: se acerca a saludar sin demasiadas ganas. Lo encuentro más gordo y canoso. Puedo notar que está tenso, él, que solía ser tan tranquilo. Trato de imaginar la razón. ¿Será el peligro de ceder posiciones en la lucha constante? Todos están muy cambiados desde que tienen más poder. Se nota que él sí está dentro del sistema. Mucho tiempo atrás fue un becario jóven y solidario. También fuimos grandes amigos. No veo nada de eso cuando lo miro. Disimulo y devuelvo el saludo con una sonrisa mínima

Por suerte llega Marina, y me saluda con alegría sincera. Ahora ella es la jefa del laboratorio, el cargo que antes tenía Ricardo, quien ahora es Director del Instituto. Todos dicen que está cada vez más loca, será por eso que nos tenemos cariño. Ella está igual, con sus canas sin teñir y sus anteojos redondos. Creo que ella también mira con ojos del pasado cuando me ve.Conversamos mínimamente. Los hijos, las últimas vacaciones en la playa, su nuevo proyecto de investigación.
No hay lugar para preguntarle si hay posibilidades para mí, un lugar, un trabajo. No quiero escuchar un ¨no¨ amigable y compungido. ¿Realmente quiero eso? Sigo mi camino.Finalmente llego hasta la mesa donde está el café. Adelante mío diviso una cabeza inconfundible: castaño, rulos despeinados, y no se ha quedado pelado.
-¿Lucho?Se da vuelta, con una medialuna en una mano y un cortado en la otra, y una sonrisa enorme:
-¡Vica! ¿qué hacés por acá?! ¿no estabas repartiendo pastillas en los hospitales?
-Si, ¡Viagra!, ¿necesitás, por casualidad? Menos mal que estás lindo como siempre.
-¿Vos estás más pulposa o me parece a mí?
Me hace reír con el juego de siempre. Noto que se me esfumó la tensión en el entrecejo, el que tengo siempre arrugado. Luis sigue habitando su nube personal: el mundo real todavía es un asunto distante para él; tiene suerte.En eso aparece Jerónimo, con su aspecto de niño cool: zapatillas de tela, jeans de tiro bajo, flequillo lacio: parece casi un popstar adolescente. Puedo soportar cualquier cosa menos a él. Lo veo y comprendo que el recuerdo de la derrota todavía me hiere. Cuando Ricardo decidió darle el cargo a él, y no a mí, nuestros méritos no eran tan diferentes. Todos decían que Ricardo quería tener más hombres en su grupo. Que se sentiría más a gusto así. Pero sí, Jerónimo era más jóven, y brillante, también. Si, era el mejor y yo me quedé afuera.Detrás de Jerónimo, anónimo como siempre detecto a Ricardo, con su calva brillante y el eterno saco de lana gris. Se le nota en la mirada la ansiedad contenida, la necesidad de tenerlo siempre cerca a Jerónimo, al alcance de la mano, aunque sin dar jamás el paso siguiente. Por lo visto eso sigue igual. Prefiero irme antes de tener que saludarlo, antes que me pregunte qué estoy haciendo ahora. Él lo sabe.Nuestro último encuentro fue en Aeroparque, el año pasado. Esa vez nos saludamos apenas con un gesto, nos miramos fijo y en silencio, y cada uno siguió su camino. Yo iba de viaje a Mendoza por trabajo: actualmente estoy en un laboratorio multinacional, y eso siempre llena de repulsión a cualquier científico, incluida yo misma. Tengo un sueldo mucho mejor ahora, mejor que el de Ricardo, probablemente, pero me dedico a mirar papeles y revisar firmas, entre otras cosas. Le llaman control de calidad de datos, de los ensayos clínicos en pacientes que son tratados con nuevos medicamentos. Trabajo administrativo, en su mayoría. Un eufemismo maravilloso, ideado por los de Recursos Humanos, sin lugar a dudas, para no herir orgullos profesionales.Dudo si quedarme o no a la siguiente conferencia. Tengo que aceptar que ya no formo parte de la galaxia científica. Aunque me pese, la ciencia es una especie de religión para mí: puedo no participar en el ritual diario, pero no deja de ser parte de mi espíritu. Que yo pretenda considerarme una científica no practicante, al círculo de Iluminados del Instituto de Biociencias le suena ridículo, casi irritante.Camino rápidamente hacia la puerta. Veo a Eduardo hablando por celular con aspecto de persona importante. Nos saludamos con la mano, de lejos. Sigo caminando sin mirar a los costados. No espero el ascensor, voy por la escalera, bajo y salgo al sol. Estoy afuera.





















viernes, 12 de junio de 2009

LOS LABIOS DE DALI




La luz del sol cruzaba burlona el vidrio grueso de la ventana fija del hotel.  A esa hora de la mañana, nuestros cuerpos desnudos después del sexo transitorio, se movían como en un escenario de papel crepé, muy frágil e incómodo.  Había que vestirse, salir al sol, a la calle, a la realidad.
Esta vez no fue gloriosa, como las anteriores. Andrés falló, su sexo orgulloso naufragó en medio del viaje de placer, y la mañana espléndida de verano fue testigo indiferente de su humillación.  Yo trataba de disimular la decepción, el mal humor.  No quería ver el jacuzzi sin usar, ni el sofá con forma de labios rojos.
Me senté de espaldas a todo, al borde de la cama, a ponerme las sandalias.  De pronto, Andrés dijo:
-No encuentro el forro, ¿qué hiciste? ¿te lo guardaste?
-¡No!, lo tiré a la basura

Lo miré sin creer lo que había escuchado.  Creo que me puse roja de vergüenza, o de rabia.  No podía entender una reacción tan absurda.  Al final me reí.
-¿Vos estás loco?
-¿No te lo habrás guardado para tener un hijo mío?
-¡Pero no!. Basta. Andá a fijarte al tacho de la basura. ¡No puedo creerlo! por una vez, estás más loco que yo. Vámonos, por favor.

Como casi siempre, no dijo nada más.  Nos conocíamos bien. No era hombre de andar gastando palabras. Cerramos la puerta de la habitación.  Bajamos la escalerita en silencio.  Qué lindo lugar. Estilo loft. No lo aprovechamos lo suficiente. Subimos a su auto.  Siempre me pregunté cuántos hoteles conocería ese auto. Tomamos la primera salida de la autopista, a la derecha.  Mientras saltábamos lomos de burro por una calle semi rural, camino a nuestro pequeño universo de casas modernas y jardines verdes perimetradas por una frontera de alambre electrificado, escuché la última explicación de la mañana.
-Tengo que decirte una cosa, Andrea está embarazada.
-Me lo imaginaba
-¿Por qué?
-Porque sí, lo sabía.

No hablamos más en todo el viaje.  Así quedaba redimida su masculinidad.  Una poderosa razón espiritual, había impedido que Andrés luciera toda su potencia sexual.  Yo debía ser comprensiva.  Eso era lo que él necesitaba.
Me quedé callada.
-Si, yo tendría un hijo contigo.  En otra situación.
No lo dije.

Entonces parecía el final. Pero no.  Algunos finales parecen el horizonte de la carretera:  está ahí nomás, avanzamos un poco, y sigue estando allí adelante.  Las imágenes movidas al costado del camino, quedan atrás.  Nosotros corremos y no llegamos, sólo vemos cambiar el paisaje.
Algunos años después, nos saludamos desde nuestros autos.  Tenemos autos más grandes, casas ampliadas. Tenemos varios hijos, cada uno.  Todos son rubios, todos son hermosos, todos son felices.  A veces no se sabe quién es hijo de quién.

martes, 12 de mayo de 2009

la ventana de la esquina


Mientras camino hacia esa esquina con Agustín de la mano, que me pide insistentemente que le compre un alfajor, en una sonriente mañana otoñal de vacaciones, el recuerdo me cae en la cabeza literalmente, como una rama o una manzana que cayera de un árbol.  Ahí al lado del kiosco, esa ventana, era la casa de Fabio.  Hacía años que no pasaba por allí. Años que no lo recordaba. Tiene sus ventajas irte de la ciudad en que naciste. 
Irse: verbo en infinitivo, verbo de los deseos, del futuro.  Finalmente un día me fui.  Para los que se quedaron, los recuerdos se mantuvieron anclados a lugares reales, que cruzan a diario, fijos como barcos en el puerto.  Para los que nos fuimos, las memorias están impresas en frágiles fotografías que se nos van borrando con el tiempo, que se decoloran. Pero la casa ahí sigue, firme y rozagante con su ventana en la ochava, la puerta de madera alta, angosta, con los pomos de bronce, y el balconcito con barrotes torneados.  Se me cruza por la cabeza la canción que habla de  ¨diez años después¨.  Me recuerdo con piedad y ternura. Diecinueve años tenía yo. Ahora tengo el doble.

Nos fuimos del cumpleaños de no sé quién, caminando por la rambla, y charlando, charlando, charlando. Recién nos habíamos conocido, pero no podíamos parar de contarnos cosas. Nos fuimos de aquel cumpleaños  a eso de a las cuatro de la mañana. Caminábamos y nos mirábamos a los ojos.  Cuando llegamos a mi casa serían las siete.  La calle estaba vacía, era toda nuestra. Eramos los dueños del amanecer. Todavía teníamos cosas que decirnos. Nuestras palabras coincidían, se acomodaban perfectamente las unas con las otras como en un juego de amor (o de sexo) perfecto. 

La espina


¿Para qué sirven las espinas?

Eso le preguntó el Principito al aviador, porque quería saber si su rosa se podría defender del cordero dibujado. Bueno, la cosa es que las espinas sirven para pincharte. También las astillas, pero la que me clavé en la casa de mi suegra se parecía tanto más a una espina gordota que a una astillita inofensiva. Y sobre todo, parecía tener la intención clara de atacarme, o al menos, de defenderse. Resulta que nos fuimos a Montevideo, a ver a la familia, sobre todo a la familia política (la mía). Era el festejo de los cincuenta años de casados de mis suegros y el cumpleaños de mi suegra, todo junto. Qué paquetón. La primera noche nos quedamos a dormir en casa de mis suegros: niños en el piso, sobres de dormir, bolsos desparramados entre los dieciseis silloncitos que tiene mi suegra en el living (es que los dormitorios, que no se usan, están literalmente llenos de cosas, tan llenos que no hay lugar ni para poner una cama). Todo un lío suficiente, y ahí se despertó Guille:
-mamaaaa, me hice pis...
Ya cuando escucho el tono del ¨mamaaaaaa¨, adivino lo que viene después. Me terminé de despertar de un salto. Ahí empezamos la tarea de sacarle toda la ropa pillada al nene, la cual iba cayendo al piso en un montón considerable, que incluía, piyama, calzoncillo, sobre de dormir, medias, camiseta... Entonces, ocurrió. Me agaché para levantar el bulto pichinado, usando mi mano a modo de pala, y en eso, ay!! pegué un grito de dolor. Volaron calzones mojados por los aires, y me miré el dedo. Tenía algo negro y largo por debajo de la uña de mi índice derecho.
-¿Qué me clavé, por dios?!
No podía creer el tamaño de la astilla que había debajo de mi uña, que llegaba apenas a sobresalir. Tenía unos 12 ó 13 mm de largo y estaba bien agarrada a mi carne. Qué dolorcito del carajo! y qué bronca. Bronca, si. Algo se estaba riendo de mí en ese momento, un Alguien satisfecho de su venganza. Con su gran alma atrapada entre vigas oxidadas y techo inglés. Con sus paredes mohosas y su pintura descascarada, con sus dormitorios convertidos en guardamuebles, se estremecía levemente por la risa. O quizás era sólo despecho por mi rechazo. Ella que fue tan hermosa, ahora convertida en una embrujada.
La mañana terminó en la guardia, con tres pinchazos de anestesia, una uña cortada, y mi dedo convertido en una antorcha blanca. Como si fuera un algodón de azúcar blanco, volví dolorida a casa de mi suegra, a recoger a los chicos y a hacer las valijas. Me fui a casa de mi prima María.

viernes, 24 de abril de 2009

la boxeadora






Me visto de negro. Short, musculosa, zapatillas, camperita con capucha. Empieza a sonar la música. Entramos en calor. Piñas frente al espejo del gimnasio. Hay hombres pero la mayoría son mujeres. Muchas pegamos mejores piñas al aire que los hombres. Y patadas voladoras. Al ritmo de ¨Satisfaction¨ , remixado con sirenas de policía. La ficción nos sale perfecta. En un buen día me siento Cameron Diaz en ¨Los ángeles de Charlie¨. Me pregunto a quién le pega cada una de estas mujeres. A qué personaje invisible le estamos metiendo esos ganchos derechos. Y el golpe al estómago me sale bien.


http://www.lesmills.com/global/en/members/bodycombat/learn-the-moves.aspx


martes, 14 de abril de 2009

el tiempo en el reloj




Pasados


Ya había entrado a tantas casas, en tantos barrios, que no le ví nada de especial a ésta, encerrada entre otras dos casas iguales a ella: los mismos balcones, las mismas puertas, sólo un farolito al lado del timbre le daba un detalle diferente y exclusivo entre sus semejantes.  Al abrir la puerta, percibí ese aire añejo y desteñido de los lugares que guardan recuerdos entre sus paredes, aunque los habitantes y los muebles ya no convivan bajo ese techo.  Sentí al caminar por el corredor, como que interrumpía una reunión confidencial entre los pasados más y menos remotos, donde el presente quedaba excluído.  El lugar estaba completamente vacío, pero yo lo sentía repleto de recuerdos invisibles.  El sol se abría paso a través del  polvo denso de las ventanas, y pensé que quizás era su calor que mantenía la atmósfera en estado de vigilia.  Pero entonces advertí un objeto oscuro
en el piso, a mi izquierda, apenas fuera del perímetro de luz sobre la madera opaca; era un reloj  de péndulo con tapa de cristal, rectangular, con números romanos y unas agujas largas y trabajadas, que marcaba las cuatro y tenía la puerta abierta.  Así fue que supe de dónde había escapado el tiempo que vivía en esa casa.




                                          Melusina, 1992

martes, 7 de abril de 2009

El tren del invierno







Llegó apurado, como si el tren estuviera  a punto de partir.  Se sentó en un asiento quedaba vacío.  Se lo notaba ansioso, no paraba de mover los pies: a veces daba golpecitos con uno solo, otras veces, alternaba el movimiento. Cruzaba los pies, estiraba las piernas, las volvía a cruzar.   También se acariciaba las mejillas, con gesto preocupados.  Todavía faltaban quince minutos para que el tren partiera.
El día gris que se dibujaba por las puertas de la estación, hacía pensar que el vagón era una especie de cueva  subterránea que protegía del frío y de la tormenta invernal que en cualquier momento comenzaría.
El chico nerviosos llevaba calzoncillos de lana.  Se le notaban por debajo del jean.  Eso le daba un aire de fragilidad que contrastaba con su gorra y campera verdes estilo militar.  Más bien parecía un militar de la Antártica, yo que su campera tenía  una capucha bordeada con piel oscura. Quizás para contrarrestar su naturaleza friolenta y casi inocente, es que se había hecho un piercing en el labio inferior.  Con aquel símbolo ritual parecía decir:  ¨¡Alto!  No soy tan frágil como parezco.  Tengan cuidado.¨
El tren arrancó su marcha.  El movimiento inicial, siempre impredecible, lo tomó por sorpresa.  El movimiento de vaivén se fue acelerando, ruidoso y pesado, un poco sacudido sobre los viejos rieles.
El muchacho dejó de mover los pies.  Observaba el paisaje gris a través de la ventanilla, con la mejilla apoyada sobre su mano.  El tren atravesó el territorio solitario sembrado de rieles y cables, de villeríos lejanos y rascacielos intocables como telón de fondo.
Cuando el tren se detuvo en la primera estación, el muchacho se puso alerta, como si hubiera percibido un sonido que lo despertara de su meditación. En cuanto sintió el movimiento nuevamente, se calmó.  El tren seguía su marcha. 
Imperceptiblemente, el cielo empezó a oscurecerse, cada vez más.  Los muros sucios, que alguna vez fueron blancos, reflejaban un resplandor apenas violeta.
El muchacho miraba hacia abajo, para no marearse con la sucesión de imágenes que pasaban por al ventanilla. Los árboles, esqueletos negros que protegían este tramo del camino, parecían tristes guardianes de las vías manchadas de aceite.
El tren se detuvo en la siguiente estación.  El chico se enderezó, miró alrededor.  El cielo estaba más negro, casi no se veía nada afuera.  El chico sujetó con las dos manos la mochila negra que llevaba en la falda. Que no se le fuera a olvidar. 
En este tramo el tren parecía ir más y más veloz.  A través de la campera verde se empezó a distinguir el fondo rojizo del tapizado de los asientos.  La cara y el gorro verde permitían ver algo de la ventana del otro lado del tren. 
A medida que la velocidad aumentaba, el volúmen que ocupaba el cuerpo del muchacho, se iba convirtiendo en una masa de puntos negros y verdes, algunso beige, cada vez menos densos.  Pronto se parecía a la nube de humo que dejan los camiones viejos por la ruta.
El cielo estaba cada vez más negro.  Nadie iba sentado al lado del chico nube de humo.
Entonces el tren empezó a disminuir la velocidad, en un decampado, y en una curva se sacudió tanto que deba la impresión de que iba a descarrilar. 
Con el salto brusco, la nube negra se disolvió completamente.  A la vera de la curva apareció un pequeño pino verde, no muy alto, con su tronco negro, y con un arito  plateado que colgaba de una rama.  Su verdor contrastaba con los paraísos desnudos y los plátanos secos. 
El tren se detuvo en la siguiente estación.  Un muchacho de unos veinte años, subió y se sentó en el asiento.  El tren arrancó. El muchacho se acariciaba la cara gesto preocupado

viernes, 3 de abril de 2009

La primera vez



Alguien me contó hace poco, que le pasó algo parecido a esto. Y eso me hizo acordar...


Una sola película en la vida me produjo arcadas. Un cocinero sádico, elegía sus víctimas para cocinarlas en originales variantes. Los ingredientes de las macabras recetas incluían sangre, como  mínimo, órganos externos o visceras, orina o materia fecal, y combinaciones de todos ellos. Me acuerdo que la gente en el cine, se levantaba de los asientos y se iba yendo, indignada, o espantada.  Yo nunca me había ido del cine antes de terminar una película. 
Era mi primera vez en un cine de la calle Lavalle, la primera vez en el cine en Buenos Aires.  La primera vez que me levanté del cine y me fui.  Era esa  época en la se tienen  muchas
 primeras veces por delante, muchas expectativas-fantasías-esperanzas.   Todavía me pregunto, ¿hoy me iría de ese cine  o me aguantaría  hasta el final para ver cómo terminaba esa asquerosidad de película?

Nuestro mundo es ese poquito que nos rodea, y sin embargo es nuestro universo personal.   La ecuación que rige nuestras pequeñas vidas, tiene muchas variables. ¿Tiene infinitas variables? 
 Nos gusta imaginar que sí, en nuestra infantil soberbia.  Pero no.  Nuestras posibilidades, nuestras probabilidades están acotadas,  somos una probabilidad de 1/x,  nos guste o no.  Bueno, somos el producto de la probabilidad de sucesos independientes, está bien. Tenemos algunas chances más. 
  Si pudiera repetir los cálculos de mi vida, ¿volvería a caminar sola hasta una terminal en Brasil?,¿no cocinaría ninguna torta durante la adolescencia? 
  Pero, alto.  Si cualquier otro sujeto en el mundo decide rehacer los cálculos de su vida, al mismo tiempo que yo,  ahí se me armaría el problema matemático, y de repente
 me cambiarían las opciones, bah, las variables.Uf.   Ni hablar si a dos sujetos les da por hacer ecuaciones complejas con su vida, a la vez que yo lo intento.  Terminaríamos todos locos, 
encerrados, y si el psiquiatra resulta que no quería hacer eso, que quería tocar el piano. De pronto, te encontrás encerrado, enchalecado, empastillado, y el doctor quién es, a este no lo conozco, 
traiganme al otro, ¡al otro!.
Entonces al final no es tan malo tener una sola opción, una sola oportunidad de vivir  la vida por primera vez.  Una segunda oportunidad también, sólo se tiene una vez.  
Un día de estos me alquilo el DVD y te cuento el final.  ¿lo conseguiré?

sábado, 28 de marzo de 2009

diario de las vacaciones III


DIA 3 Agustín sigue llorando.   El sol explota en el cielo, la playa está hermosa.   Subo con Agus a hacer el almuerzo, los hermanos grandes se quedan  en la playa con el papá.  La cuesta arriba es el menor de los problemas. Desconecto mis oídos del llanto de fondo.  Abro la puerta, llego al primer piso donde está la cocina (tan moderna que no está abajo como las de siempre), sigue llorando.  En el piso, llora. En el carrito, llora. En la bañera, llora. Conclusión, cocino con Agus a upa.  Qué difícil es prender un fósforo con un bebe en brazos.  No dejo de arrepentirme de no haber comprado la sillita de comer para viajes.  Ya estoy soñando con el primer día de lluvia, para ir a bagayear al Chuy. Cuidado con los sueños...
DIA 5  Síndrome de abstinencia consumista Desde Agosto estoy soñando con la playa, desde Octubre, sueño con la casa que alquilé por internet. Desde Diciembre no veo la hora de irme de la ciudad, lejos de los hipermercados, los embotellamientos, el calor sobre el asfalto a las cuatro de la tarde.  Estamos a mediados de enero,  hace cuatro días que llegamos.  Hoy llueve, y estamos encantados de subirnos al auto rumbo al chuy -chopping MAL!, el pago más oriental de la patria.    El Chuy es nuestra pequeña Africa personal, territorio lejano y misterioso y tentador.  Supermercado El Cairo, allá vamos.

DIA 6.  Para que el Ratón Perez no tenga que revolver el tacho
La otra paleta se le cayó hace un par de semanas, y desde entonces Guille parecía un linyera con diente suelto en medio de la boca. Por suerte la paleta que faltaba se le cayó de una vez. y ahora tiene un buen portón para que pae la lengua sin abrir la boca.  Pero resulta que mi pichón dejó su diente envuelto en una servilleta, sobre el mantel, a mediodía, después de comer  Si, así mismo.  Ahora tenemos un niño llorando a gritos, y un tacho lleno de papeles, restos de comida, y tantas otras cosas. Es una tarde hermosa, soleada,  con unas nubes barrigonas y doradas que pasan trotando por el cielo, veo las olas rompiendo en la orilla, desde la ventana.  Bajo la mirada y vuelvo a revolver  el tacho de basura una vez más.  Germán ya lo hizo una vez.  Yo tampoco tengo suerte. Un intento más y el ingeniero  con su meticulosidad característica, lo logró.  Recuperamos el tesoro.    Y ahora dejalo abajo de la almohada, nene!

DIA 7. Visitas II.  Filosofía del jabón
 Mi otra cuñada (no, la otra) está de visita.La pregunta de hoy es: ¿por qué da asco usar jabón ajeno en la bañera,  pero en el lavatorio no?.
Mi otra cuñada es amorosa, una especie de Máxima Zorreguieta con algunos kilos de más.  Ella es una regia.  Llega con su revista FACES en un bolso de la Cote d´Azur, de quién sabe que año, pero todo en ella tiene un glamour añejo.   De todas las visitas políticas es la más agradable.  Incluso, desde que se casó, se acuerda que hay que ayudar en tareas como tender la mesa, lavar los platos...  Limpiar el baño, no.  Pero vamos mejorando.  A todo esto, como tantas otras veces, me fui a duchar y me encontré, el jabón del lavatorio en la ducha. Y viceversa.  Sólo ella pudo ser.  Digo yo, no entiendo: le da asco refregarse  por su regio  cuerpo,  el jabón con el que nos hemos bañado nosotros, ok.  Pero por qué no le da asco usar ese mismo jabón, en el lavatorio, donde todos nos lavamos las manos.    Un paso más allá en la reflexión,  y ¿no se puede traer su propio jabón?


DIA 9:  Clásicos enganchados: la mascota
Ah, por cierto,  sigue el viento en Rocha.  Ya me empieza a poner un poco ansiosa esto de las tormentitas que no se terminan de ir.  Lo de siempre.  Pero para entretenimiento familiar, tenemos un nuevo integrante- es el gato de Guille, que apareció ayer, y ya tiene nombre y apelldo: Gasparín Rayo.  Y los niños chochos.  Es chiquitito y está pendiente de todos nuestros movimientos.  Se ve que está muerto de hambre.  Es blanco y gris, y Agustín  llora  cuando se lo mostramos muy de cerca.   Guille lo vigila todo el día, esperando que el gato lo venga a buscar a él.  Le pone leche a cada rato. Esta mañana cuando fui a preparar el desayuno. me encontré el sachet vacío, en la heladera.  Pongamos orden


DIA 10.  Visitas III.  Más cuñados
Uh,  estos  dudaron y dudaron.  Que vamos, que no vamos, que no sabemos cuándo vamos, que no sabemos si nos quedamos a dormir. Al final, vinieron. Son Marcelo y Marcela.  Y los nenes. Divinos por ahora, crucemos los dedos.  Bueno, la cosa es que ese es el tipo de visita que para cuando lleganm una ya está medio podrida.  Es que algo no está bien.  
Marce (la)  no parece estar del todo a gusto.  Por algo somos su familia política.  Bueno, tenemos algo en común, je.  Lástima que no pasamos de ahí.  Y Marce (lo) no es muy expresivo. Así que nunca se sabe si disimula la alegría o es que nada lo divierte en serio.  También, después de tantos años de casado.  Pero, estamos en la playa.  Tenemos algo que nos gusta a todos. Ahí vamos en patota. Los primos juegan. El bebe duerme, todo fluye suavemente.  Le pido a Germán que me pase protector  por la espalda.  y Marce (lo) me ofrece: 
-¨querés que te ponga yo?¨

A Marce(la)  casi le da el shock anafiláctico.  Yo salté como si me hubieran hecho ¨bu!¨  por la espalda:
-¨no, dejá, Andá a cuidar el cochecito de Agustín,  mejor¨

Encima fue de chambón, nada de levante.  Pero a mi cuñada se le pusieron los ojitos viborosos.  Yo sabía que íbamos a tener alguna escenita.  La que fuera.  Siempre pasa.  Es que Marce (la) cuida a su bombón (por lo redondo), con mucho celo.  Guai que me ponga protector solar su gordi.  Es el caso  de la pareja en la que él  alguna vez fue lindo, y ella, siempre fue un bagre. Y anda con los bigotes de punta para protegerlo  Cualquier mujer es una amenaza. frente a los encantos irresistibles  y redondeados de     Difícil si les toca. 




DIA 12.   Siguen las visitas: los recién casados.
Nada como una pareja de recién casados que, realmente creen que ellos son distintos a todos los demás.  Que no tienen, ni van a tener ningún problema, ninguna viscisitud en su plácida vida  marital.   Mi prima, por caso, que está en plena adolescencia a sus frescos 39.  Acurrucada a su maridito, observaba con cierto espanto nuestra conversación  de doce años y tres hijos juntos:
-pero, estás loca? cómo vas a tirar ese yogur?
-es que llevaba cuatro horas arriba de la mesa!!!!!
-y, lo hubieras guardado!!
-por qué no lo guardaste vos, eeehh??


DIA 13.  Viendo llover en Rocha. Se acabó la sequía? 
¨para de lloveeeeeer¨...  ¿No dice eso un tema de Maná?  no sé por qué me desperté con esa canción en la cabeza.   También puede ser que me haya despertado antes la gotera sobre el acolchado, a la altura de los pies.  PEro la cama es de los lugares más secos que quedan en nuestra hermosa y moderna casa de veraneo.  Tenemos exactamente veinticuatro  goteras.  Las conté mientras iba serruchando envases plásticos de agua, cajas de tetrabrik de leche,  para ponerlas debajo de cada una., además de secar el piso no sé cuántas veces,  porque  con el viento las goteras ¡cambiaban de lugar!. Chocolate por la noticia

DÍA 14.  Explotó todo
Lo último que nos faltaba.  Con tanta humedad rochense, saltaron los fusibles! apagón y otro apagón. Explotó el kohinor. Socorro!!!  me parece que ya me quiero ir de acá. A los botes!!!!  
volvamos a los caños de escape, los camiones enormes, los supermercados.  Extraño mi lavarropas!!!!  


DÍA 15
Chau playita!  Por supuesto, el útlimo día es el más maravilloso. El agua estaba como nunca. Me levanté a las siete a pasear por la playa, las olas están más verdes y transparentes que nunca.  Qué nostalgia dejar todo esto. 
El auto ya está que explota.  Nos espera la ruta hasta Colonia, con una parada en lo de mi suegra. Oh, no



nube en punta del diablo

Me encantan las tormentas que llegan con un aspecto fantástico

diario de las vacaciones II

DÍA  0.  Despegamos.   Agustín empieza a llorar

Germán llegó a casa media hora antes de irnos, juntó sus cositas, las metió en la esquina del bolso que le reservé, cargó el auto cual camello de los Reyes el 5 de enero,  con todo lo que yo venía juntando desde ayer, y salimos rumbo al Buquebus.  Sí, somos emigrantes de acá enfrente,   casi se nos puede llamar porteños, pero no. Cruz diablo. No somos no, ni porteños, ni yoruguas, somos ... residentes permanentes.   
  No se oyó un llanto durante nuestros primeros 17 km de viaje. No lo podìamos creer.  Estas van a ser unas buenas vacaciones, pensé.  Agustín  llegó al barco sonriente. Este es su primer verano. Pero yo ya sé la que me espera  con un bebé en la playa.  Y bueno, el que quiera celeste, que le cueste.
Claro que todo cambió al apoyar  las llantas sobre suelo oriental.  Qué largos son los kilómetros a veces...  130 Km, contados mojón por mojón, es lo que demoró en dejar de llorar.  Intentamos de todo en el camino, no lo duden. 


DÍA 1  Operación playa

Parecía que el viaje tendía a infinito pero no. ¡Llegamos al fin!  Y la casa es tal cual la vimos por internet, es más linda, está más cerca de la playa de lo que yo me atrevía a imaginar.  Son casi las 5 pm, estamos a tiempo de ir a la playa,  empieza la primera maratón, preparados, listos, y una hora después ¡largamos!

DIA 2  La belle famille le dicen los franceses 

Al fin me despierto en una cama que no es la de siempre, con una claridad distinta a la de mi dormitorio. El día está maravilloso, primer éxito de las vacaciones.  Rápidamente la cama se llena de niños y se parece a la canción ¨cinco osos en la cama y el chiquito se cayó¨.   Definitivamente es la hora de levantarme, pero todavía no tengo fuerzas como para correr a buscar bizcochos.  Queda para mañana.  Arranca la carrera del desayuno: según para quién, café con leche, teta o  Vascolet,  que no les gusta, aunque les contamos que nosotros lo tomábamos de chicos... (una pregunta, será rico de verdad o es pura nostalgia?).
 Una hora después, algún Vascolet sigue intacto en su taza, y yo ya estoy haciendo camas, lavando, armando bolso de playa, la lista interminable.  Hora y media después, estamos listos.  Agustin tiene sueño, llora. Una teta más.  Dos horas post prandiales,  nos vamos a la playa.  
Las olas están a unos cien metros de nosotros.  Pero aún así el viaje se hace largo. Apenas Andrés da un paso por la calle de arena y piedritas, empieza a quejarse:
-me uelen los pies, upa, pinsha
Tomamos un atajo salvaje por el pastito, atravesando el camping de los últimos hippies atrincherados que resisten en  Rocha VIP.  Se me cruza un  recuerdo  lejano:  mi pasado de acampante en Valizas y el Cabo Polonio.  ¡Que viva el progresismo con agua caliente!
Y por fin, ¡la arena!  vuelan las ojotas, las remeras, la sombrilla, los bolsos. Llega el  duro castigo diario  del veraneo:
-¡A ponerse protector todos!
-¡No tiedo pdotetod!
-A mí, sólo los brazos
Luchas, forcejeos absurdos, y veinte minutos después, estamos todos embadurnados.  Nos queda media hora de sol sano. Disfrutemos.

Aaah, las ola, las olotas con espuma de Rocha, para saltarlas, como si fuera chica.  Me atajo las tetas que se me salen del soutien.  Es lo que tiene el amamantamiento. Viva la lactancia!
El agua está preciosa, no está congelada como siempre. ¿Será el calentamiento global?  Estamos fritos.
Me olvido rápido, estoy disfrutando  todo a full. El mar, el cielo, la arena, el viento, mis hijos y mi marido, por supuesto.
Suena el celular.  Es mi suegra
-Estee, oíme, estamos buscando la casa de ustedes, ¿ por dónde está?
Ahí voy yo,  cuesta arriba con el cochectio. Agus se despertó.  Es más fácil bajar a la playa que remontar loma arriba el camino a la casa...
Para cuando llego, podría freír un huevo  sobre mi frente con protector SPF30 .  Me encuentro a mi suegra parada en la puerta, junto con mi cuñada Clota,  y en el auto, mi suegro, mezcla de ¨Largo¨, con el protagonista  de la película ¨el bulto¨ de Retes (véanla, más no les puedo decir), y la frutilla del postre, el marido de Clo, el pelado de bigotito tirolés, con gorro del papá de la chilindrina, bermudas con piernas flacas, medias y zapatos. Vikter el inimputable.  Claro, lo veo así  y entiendo por qué aquella vez se apareció en  el asado de cumple de un año de Guille, con traje, chaleco y pañuelo en el bolsillo...   
en   short queda como desvalido,   pobre  tipo.
Espero que se vayan temprano.  Pero ojo, que mi suegra es buena!


diario de las vacaciones I

¿Cómo te fue en las vacaciones?¨ 
Todavía nos siguen  haciendo esa pregunta, y ya estamos por comernos el huevo de pascuas, y al recuerdo del  veraneo ya lo tenemos  en el dedo gordo del pie.  Así que he decidido compartir mi diario de vacaciones con uds.  para saber qué queremos decir cuando decimos:
-¨¡bárbaro!¨.    Al menos, según el rubro.  Este viene a ser, rubro familia con niños chicos, bebé incluído, y familia política a distancia necesaria pero no suficiente  (nunca es suficiente),  del lugar en cuestión elegido para vacacionar...

DÍA -1  Packaging y logística

Después de meses de mirar por internet la casa que quería alquilar , después de seguir mirando la casa que ya había reservado, después de organizar mentalmente  lista de cosas para llevar,  que incluyeran todas las pequeñeces que  formarían el gran bulto del equipaje de vacaciones, al fin llegó  el día de hacer las valijas.  El  primer problema es dónde  meterme sin que los nenes empiecen a revolver  todo.  Mientras tanto mantengo mi clásico diálogo interior, sea verano o invierno.  Cuánto de cada cosa es mucho, cuánto es poco.  El clima es como los mercados de Wall Street, si intento pronosticarlo, lo altero, por lo tanto la ropa elegida según mis predicciones siempre sale mal
-cinco remeras de manga larga?
-no, son muchas
-¿tres?  ¿son pocas?  hará calor o frío? ¿ lloverá mucho o poco?  ¿se secará la ropa?

No sé por qué dudo ante hechos tan contundentes en este mundo como que en Rocha te congelás siempre,  llueve siempre y la ropa demora en secarse más que el 174 en pasar (cuando el 174 demoraba años en pasar, pero cierto, hace años que no vivo en Montevideo, quién sabe cuánto demora ahora).
Aunque el tiempo esté maravilloso, en quince días siempre hay tiempo de que eso suceda. Sobre todo cuando ya no te queda ropa limpia.  Y con tres niños chicos, que van y ensucian y  mojan y sacan del ropero y se meten encima lo que se les ocurre, nunca nada es demasiado.  Sobre todo los bodies para el bebe.

Rubro farmacia: ibupirac, termómetro. ¿Amoxicilina será  demasiado pesimismo?
Rubro electrónica:  todas las cámaras y todos los celulares,  con sus cargadores, memorias.  La tecnología no pesa pero rellena
Allá atrás quedó el tiempo en que una era inubicable en Rocha (bah, en casi cualquier lado que no tuviera un teléfono cerca).  Recuerdo la primera vez que sonó el celular de Germán (tiempo de novios, siglo pasado) en medio de las dunas, rumbo al Cabo Polonio.  Todos los caminantes nos quedamos atónitos.  

Rubro cocina, no tengo límites.  Sé que voy a extrañar los licuados, pero si aparece un minipimer en la valija mi marido se muere de risa.    Pero la prioridad este año vuelve a ser la leche de bebé, y polvos varios para preparar papilla. 
Planeta bebé:  ALGO de todo esto no puede viajar.  Sé que me voy a arrepentir de no haber comprado la sillita de comer para viajes
Toca el turno al universo playa.  El volúmen acumulado  se vería tan bien en un container.  Pero la realidad es que tenemos que meterlo en el baúl de un Scenic. Ay, recuerdo cuando ese baúl me parecía gigante.