domingo, 13 de enero de 2013

Domingos de paseo

Detectar el momento exacto en que empieza el ¨para siempre¨, cosa difícil cuando sos niño. Hasta el día de hoy, si me lo permito, los fines de semana me cae la modorra, me quedaría leyendo todo el tiempo, jamás fui a un club social, aunque sí tuve mis épocas de salir en bicicleta cuando vivía sola y estudiaba en la universidad, como parte de mi combate permanente contra la soledad que me agobiaba (aunque tenía muchos amigos), por la incertidumbre de cuánto tiempo más iba a durar. Puedo recordar cuándo empezó. Ahí vuelvo al para siempre. Estaba en lo de los fines de semana, no sé cuándo empecé a aburrirme, las imágenes que me vienen a la mente son de sábados (¿domingos?) de sol, en casa de mis abuelos, que tenía un lindo patio, y yo quieta en alguna parte, o con las piernas colgando para afuera de la ventana, mientras mi madre se levantaba tarde, y después del almuerzo, dormía la siesta. De lunes a viernes trabajaba como loca, y eso era lo que quería hacer el fin de semana.  No tengo idea de si se le ocurrió alguna vez que podría llevarme a pasear, que era una buena idea. Supongo que sí, y lo habrá descartado porque eso implicaba gastar plata. El gran tema de la vida. Mi madre vivía para trabajar y ahorrar. Para comprar un apartamento, después que se divorció de mi padre. Pero lo de los fines de semanas aburridos de pronto cambió, fue cuando yo estaba en cuarto año de primaria, ella se hizo una amiga que vivía en el Parque Posadas, estaba divorciada y tenía un hijo de mi edad. Habían vuelto recién de Barcelona. No eran exiliados retornando, porque todavía estábamos en medio de la dictadura, pero tenían toda la mística. Durante todo el año siguiente, el ochenta y dos, tuvimos de esos domingos en el Museo Blanes, tardes de picnic al sol en el Prado, o tomando chocolate caliente en casa de Alicia, la amiga. Y Manuel, el nenito sabihondo que me desafiaba todo el tiempo con sus preguntas imposibles: ¨sabés cuál es la capital de Corea del Norte?, Pyongyang¨. Yo me divertía, lo admiraba y también lo odiaba por su superioridad en todo, aunque en altura me llegaba por el codo.
Mi madre se transformaba cuando estaba con Alicia. Los fines de semana divertidos tenían un motor secreto, mi madre estaba felíz. Escuchaba las historias de su amiga sobre Barcelona, la vida entre los artesanos que vendían piedritas pintadas en las Ramblas, y le parecía fascinante. El futuro de pronto se le iluminó. Se sintió joven. Tenía treinta y tres años y siempre se había sentido vieja.  Empezó a hacer planes para irse a España, a Barcelona, donde todo parecía posible. Me preguntó a mí si me gustaría irme, y yo con mis once años, contesté con sinceridad: ¨no, a mí me gusta estar acá¨.  Durante mucho tiempo me culpé por esa respuesta, porque al año siguiente, mi madre se fue sola y no volvió hasta el ochenta y cinco, eso fue la primera vez. Después se volvió a ir, y así siguió. Yo me quedé viviendo con mis abuelos maternos y mi tía abuela.  La familia de mi padre empezó a aparecer con más fuerza en mi vida. Mi padre, sólo para tomar una coca cola en algún bar, ir al cine.  Mis tíos me llevaban a pasear, a pasar los fines de semana a sus casas de la playa, en La Floresta, El Pinar o Punta Ballena. Mi abuela paterna tomó las riendas del sentido común, algo que no abundaba en mi casa. Pero el momento en que todo empezó, fue en el Aeropuerto de Carrasco, justo después que mi madre embarcó. Ya no estaba a la vista. Subimos con mis abuelos a la terraza de cemento a ver despegar el avión, estacionado lejos en la pista, borroso por mi miopía,  y que después de un rato interminable empezó a correr y salió volando, achicándose como un punto negro hasta desaparecer en el cielo.  Aunque quizás, lo de la soledad había empezado antes.

martes, 8 de enero de 2013

el baile de carnaval


Como todos los veranos, aquel Febrero estaba con mis tíos y mis primos, pasando las vacaciones, en un pueblo que ni siquiera me gustaba, en esa situación tan particular, que implicaba siempre ser la que se portaba bien, la prima mayor, la que estaba de visita obligada, y entonces ayudaba y hacía caso a todo, sin contestar ni enojarme. Nunca pedía nada.  Para afuera todo funcionaba perfecto. La casa de mi tío estaba en Pan de Azúcar, era linda, de estilo italiano, muy grande y fresca, con un estudio enorme lleno de libros y ventanas con vista a las sierras y al bosque. Eso era lo que más me gustaba, porque lo otro era tremebundo. Para ir a la playa cada día había que armar varias conservadoras llenas de refuerzos de mortadela y queso, pascualinas, naranjas, manzanas, agua y Coca Colas. Para la tarde leche con Vascolet y bizcochos, además de otros bolsos con toallas y abrigos. De todo menos protector solar. En esa época todavía no nos habíamos enterado del agujero de ozono. Después nos subíamos a la Ford 100 con varias sillas y sombrillas, para ir hasta Solís, a unos veinte kilómetros por la ruta. Seis chiquilines sentados en la caja, nadie había visto un cinturón de seguridad en su vida. Allá desembarcábamos todo el equipaje para ir a la playa frente al Hotel Alción, donde nos encontrábamos con otros amigos. Así todos los días. La sensación de ridículo y fuera de lugar me pesaba en cada movimiento familiar. Yo tenía amigas que estaban en el Hotel y me invitaban a la pileta, algo que para mí era la mayor maravilla imaginada, aunque el agua estaba siempre helada, pero el guardavidas era un rubio musculoso y con la nariz pelada de tanto quemarse. Tenía unos veintidos años y nosotras catorce, o sea que estaba totalmente fuera de nuestro rango, pero igual nos fascinaba. En una de esas tardes de pileta,  me enteré que esa noche había baile de Carnaval en el Hotel. Como mis primos eran más chicos, mi tío todavía no había entrado en la etapa de llevar y traer adolescentes de los bailes. No sólo eso, él no perdía su costumbre de campo, de irse a dormir a las diez de la noche y levantarse a las seis de la mañana. La sola idea de pedírselo parecía incompatible con la realidad. Yo no estaba acostumbrada a que nadie me llevara a ninguna parte, en Montevideo ya viajaba con mis amigas en taxi para todos lados porque detestaba que mi abuelo apareciera caminando a buscarme a las fiestas de quince. En la casa de mis abuelos, donde yo vivía todo el año, mi actitud era rebelde y agresiva,   totalmente opuesta a la docilidad del verano.  Mi tío, además, pertenecía a la categoría de tíos políticos, -era el esposo de mi tía-, o sea, de esos que son cercanos pero aún con el paso de los años mantienen una cierta distancia afectiva. Así que pretender eso de él era una exigencia inapropiada desde todo punto de vista, y yo lo sabía. Pero sólo por esa vez me permití hacer un desplante,  y decidí insistir con lo que quería, como mis primos, que hacían caprichos a cada rato por las pavadas más mínimas.
No puedo recordar si el guardavidas era el único chico que me gustaba en ese momento, o si había alguno más que ni siquiera registro. Sólo me acuerdo de que fui vestida con un conjunto de pantalón amarillo y una camisola blanca y suelta pero con hombreras muy ochentosas: enormes, con un estampado como de hojas de diario, terrible. Supongo que debo haber llevado un cinturón por encima,  el pelo largo con aquel flequillo infame, y seguro, unos aros grandes, rouge, rímel y delineador. No puedo saber si la noche fue inolvidable o intrascendente pero me inclino más por lo segundo. Tengo la impresión difusa de que mi tío rezongó mucho, pero quizás se dio por vencido enseguida, y calculó que por una vez sola podía hacerlo.  Lo que más recuerdo de esa noche es que la sensación de que había alguien haciendo algo por mí.