sábado, 1 de junio de 2013

Siempre me quedaron cortos


Vengo de una familia de gente larga, alta, flaca: iba a decir estirada pero suena feo. También, cierto, hay algunos más estirados que otros.  De todo. La familia, esa  buhardilla genética y social. De la familia de mi padre me viene el aspecto físico. De la de mi madre, la ira explosiva de mis peleas, una marca característica, como en la yerra. Pero la ansiedad  viene del lado paterno: los episodios repetidos que se llamaban surmenage cuando mi padre era joven, antes de que el ataque de pánico se pusiera de moda. Yo tengo una versión más leve, menos fulgurante, no llego a niveles intolerables como él, como algunas de mis primas, o mis tías, pero, como todo el resto de mi herencia, mi ansiedad es una cagada.
Los brazo huesudos, las rodillas flacas. Mis primos varones tenían un aspecto espantoso en su adolescencia, con codos punteagudos y pantorrillas finitas. Las mujeres en cambio, casi dábamos  con el look anoréxico de los noventa, sólo que eso fue antes de que se pusieran de moda, porque yo fui adolescente en los ochenta. Que además era una época extremadamente difícil para conseguir jeans largos en Montevideo. El universo textil se agotaba en gorditas culonas de un metro sesenta y cinco. A partir de los catorce o quince años, cuando desaparecieron los baggies (aquellos pantalones bolsudos que me quedaban perfectos), se me volvió casi imposible encontrar un pantalón al que no le faltaran al menos unos diez centímetros de pierna (y le sobrara lugar para una pelota en mi cola). Los jeans siempre me quedaban cortos. Y en tela nevada, para mayor horror. Cuando aparecieron los Topper de caño alto, encontré la solución: equilibraba los pantalones cortos con las zapatillas de básquetbol.