martes, 11 de abril de 2017

Furia



Otra mañana con la casa rebosante de mugre, chorretes y platos grasosos con restos de comida, ropa sucia y tasas, migas, chorros de mermelada y leche, toallas húmedas, sábanas revueltas, zapatos impares y medias negras. Y la llamada de improviso, la empleada no viene hoy, cuando yo me había prometido que hoy iba a revisar ese cuento, le iba a dedicar un rato a escribir pero no, es hora de ponerme los guantes de látex fucsia y poner mi furia y mi velocidad bipolar al servicio del hogar. Cuando lavo con el chorro a máxima potencia pienso que ninguna empleada lava tan rápido como yo. Me propongo tener toda la casa ordenada en una hora, es una carrera contra mí misma y contra la neurosis del ama de casa. Tengo que dejar todo reluciente, pero rápido, saber que yo triunfé y que el día es mío. Saltan chorros en cascada de las tasas que enjuago como un robot super veloz. Bowls, asaderas, espátulas, tablas, ollas. La ventana está abierta y sale vapor de la pileta, entra aire frío pero no lo siento, la bronca y el agua caliente me mantienen a buena temperatura. Sé que tengo mi secreto primermundista, el lavavajillas al costado donde pude cargar diez platos, vasos, cubiertos, tápers, pero no entra todo, y no todo se lava bien. Limpiar la mesada. Cargar el lavarropas. Al lado está la secadora, otra marca de mi alto estatus social de ama de casa. No seca mucho, ya voy por el cuarto ciclo, deben ser ocho horas de secadora. La  uso sólo en los días de lluvia. La vuelvo a prender. Hay tres tenders llenos, que recién puedo sacar al sol después de la tormenta de ayer, más el lavado actual  en el lavarropas.  Subir y bajar con dos canastos que explotan de ropa revuelta. Volver a subir y tender las camas como si hiciera volar cometas hasta el techo. Miro los cajones de juguetes: la tentación de cargar todas las cajas de legos y fósiles de juguetes en el auto, hacer desaparecer todo. Levanto papeles y más medias perdidas, enderezo, estiro, guardo, doblo. Voy pasando de una habitación a otra, dejo las ventanas abiertas para liberar el aire de la noche y entra viento fresco. Una más, dos, tres, cuatro. Cada vez más cerca de la libertad. Es el momento de ordenar mi escritorio y poner en su lugar la laptop, el cuaderno  y los papeles. Suena el timbre.  La empleada no es porque no viene. Es la segunda opción, es mi marido que se fue a llevar a los chicos al colegio. Se suponía que dejaba el auto en el taller y yo  lo iba a buscar. Entra y le explico en dos palabras ¨no vino¨.  Respiro hondo para impedir que se le ocurra hacer el chiste de ¨tenés ocho minutos¨.  Me pregunta ¨vas a salir ya?¨, no, anda vos solo a la estación por favor, no voy a salir corriendo ahora.
Escribo en secreto y en soledad. Se supone que sabe que escribo pero no sabe cuándo ni dónde. Hace unos años escribía de noche en el dormitorio en una mesita en una esquina, mientras él era el dueño de la televisión y hacía zapping entre películas empezadas, documentales y programas periodísticos. Hasta que se volvió a encontrar con la NBA. Después de unos años de aislamiento nocturno y gracias a la televisión on demand, pude volver a ver películas y sobre todo las series norteamericanas,  nuestras telenovelas mexicanas del siglo XXI, con las que llenamos las noches, el sinónimo moderno de hogar y paz.

Mi marido se demora un rato, no sé bien qué hace pero yo sigo ordenando más detalles, buscando documentos, juntando lápices, sumando puntos al orden de la casa esperando el momento en que cierre la puerta.  Hoy no tengo tiempo de compararme con mis ex colegas de laboratorio,  quizás ya lo hice cuando llore  antes de empezar a limpiar. Después me puse en acción a una velocidad que sólo es posible cuando estás viviendo el momento.  Tanto que me cuesta meditar y resulta que el mejor mindfulness es lavar la vajilla como si estuviera por perder el avión a Italia. Cuando lavo furiosa recuerdo a mi abuela que lavaba así  y yo me preguntaba por qué, y veo que fallé, que caí en el mismo ciclo. Mi vida atrasa medio siglo. Mi referencia de matrimonio más temida eran mis abuelos. El matrimonio machista, el hombre agresivo y dominante, la mujer frustrada y silenciosa.  Estoy segura de que el ruido no cesaba jamás la cabeza de mi abuela. Por eso era tan despistada. Estaba desconectada del mundo de esa manera característica de quien está muy ocupado con los diálogos internos. Ella me decía vos tenés que estudiar para no depender de nadie y a mí me parecía lo más obvio del mundo. Pero terminé con el plan menos pensado. Soy una madre ama de casa con muchos hijos, una casa moderna y soleada en los suburbios, con jardín y pileta, y manejo una camioneta enorme para ir al colegio, al supermercado, al gimnasio, cumpleaños, casas de amigos de mis hijos  y doctores. Y me quedo sin empleada demasiado seguido. Y no es ni por tratarlas mal.  Y termino llorando al teléfono con la mujer de la agencia de mucamas. Ese es un pequeño resumen de mi vida inesperada.

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